Escribí Ana y Flor en el Reino del olvido hace diez años debido a mi incomprensión ante el olvido. ¿Por qué olvidamos?, ¿Qué es lo que olvidamos y por qué?, Ventajas y desventajas del olvido. Cuando la escribí, el olvido me creaba gran sospechosísmo.
Aunque una desilución en mi corazoncito me llevaba a escribir, no me parecía ni prudente ni que valiera gran cosa escribir al respecto. Tenía que abordar el asunto desde otro ángulo, darle la vuelta a lo obvio y trasladarlo a otra cosa más general. El resultado fue una historia para niños.
En junio del 2002 Ana y Flor en el Reino del olvido (junto con otras obras) empezó un ciclo de lecturas dramatizadas en distintos foros como parte de un proyecto que reunía actores, directores y demás creativos (egresados y estudiantes) del CUT, CNA y la FFy L. Para noviembre, las obras se probaron con diferentes públicos y como textos dramáticos pasaron la prueba.
Posteriormente, Ana y Flor en el Reino del olvido se presentó en el Foro del José Martí en una corta temporada pero tampoco ahí me involucré más que para la difusión y promoción de la obra. Total que de Anita y su carnalita, sólo me había quedado en la dramaturgia, en ningún caso tuve que ver con la dirección. Como quien dice, la eché al mundo y me desentendí.
Ahora, diez años después, llevé la obra para su lectura en clase sin esperar que los chavos del taller optaran por su montaje. La mostré para ganar tiempo en lo que encontraba una obra que tuviera los personajes que necesitaba. Pero una vez que se decidieron por ella, no tuve más que encarar mi propio trabajo con otros ojos.
Me encontré un texto muy esbozado en la dirección y en la escenografía. ¿Y qué hacía yo con tantas indicaciones? De entrada cambié el sexo del antagonista (hay más mujeres en el grupo); tenía que elegir para ajustar cuerpos de chicas muy desarrolladas que me den el tipo de niñas; compensar con acciones a los dos personajes que no tienen texto; integrar a las dos chicas nuevas y de nuevo pensar en una escenografía mucho más parca que me permita no retrasar el montaje.
También tuve que hacer ajustes con el final porque después de diez años, creo encontrar aquello que mi profesor de composición me puso a replantear y que entonces no quise darme por enterada: aceptar que Flor era una adolescente que estaba no sólo en todo su derecho, sino que biológicamente ¡era completamente normal que tenía que cambiar su personalidad!
Es decir, escribí la obra cobijando a Ana sin darle chance a Flor de plantear su postura (¡Zaz! Lo que es el inconsciente). En ese entonces, me parecía justo el reclamo de Ana y aunque sabía que el final-final, me faltaba amarrarlo más, di el visto bueno (ignorando a mi muy querido profesor) y la saqué al mundo con esa pequeña omisión del desarrollo hormonal de Flor. Cosa que espero haber enmendado esta vez.
¡Y qué extraño me resulta trabajar un texto mío después de tanto tiempo de no leerlo siquiera! Más extraño porque sé lo que pasa escena tras escena y sin embargo, es un texto que me es ajeno. ¡Cuánta emoción en esos días de ir a ver a mi chiquita al teatro! Como madre emperifollada que va al festival de su retoño el diez de mayo. Fue experimentarme como dramaturga incipiente. Fue mirar en los ojos de los que me acompañaban a las funciones, el orgullo compartido. La satisfacción de ver en escena un texto que me ningunearon en otro proyecto.
Desde luego que le sigo teniendo cariño a esa obra. Me trae muy buenos recuerdos. Fue la sublimación de una situación que me tuvo en jaque emocional por un buen rato (Se me olvidó otra vez...-¡Salud!- y pos, Se me olvidó olvidarte...). Ana y Flor fue el deshacerme de esa historia y el marco del inicio de otra que también me bamboleó el corazón.
Pero me resulta ajena quizá porque no fui yo quien la buscó para montarla. No es de lo que quisiera hablar o poner en la cancha de juego en este momento. El olvido dejó de ser una incognita. Es una pregunta contestada. Pero pasó por enfrente de mí y (pareciera que) de manera casual se convirtió en un proyecto mío. ¿Será que estoy omitiendo algo en mi saber del olvido, que me hace regresar al tema?
Dicen que los libros te encuentran en el momento justo. Yo sé que las canciones también. Los hijos pródigos, ¿Para qué era que regresaban? De existir, Ana y Flor serían unas chamaconas universitarias (suponiendo que no les ganaron las estadísticas quedándose en las filas ninis o en la de los embarazos adolescentes) con un camino ya definido o bastante esbozado... Creo que me gusta más recordarlas como aquellas niñas para las que un muñeco puede ser un compañero de aventuras.


