25 de diciembre de 2012

El recuerdito de Ana y Flor


Escribí Ana y Flor en el Reino del olvido hace diez años debido a mi incomprensión ante el olvido. ¿Por qué olvidamos?, ¿Qué es lo que olvidamos y por qué?,  Ventajas y desventajas del olvido. Cuando la escribí, el olvido me creaba gran sospechosísmo.
 
Aunque una desilución en mi corazoncito me llevaba a escribir, no me parecía ni prudente ni que valiera gran cosa escribir al respecto. Tenía que abordar el asunto desde otro ángulo, darle la vuelta a lo obvio y trasladarlo a otra cosa más general. El resultado fue una historia para niños.
 
En junio del 2002 Ana y Flor en el Reino del olvido (junto con otras obras) empezó un ciclo de lecturas dramatizadas en distintos foros como parte de un proyecto que reunía actores, directores y demás creativos (egresados y estudiantes) del CUT, CNA y la FFy L. Para noviembre, las obras se probaron con diferentes públicos y como textos dramáticos pasaron la prueba.
 
Posteriormente, Ana y Flor en el Reino del olvido  se presentó en el Foro del José Martí en una corta temporada pero tampoco ahí me involucré más que para la difusión y promoción de la obra. Total que de Anita y su carnalita, sólo me había quedado en la dramaturgia, en ningún caso tuve que ver con la dirección. Como quien dice, la eché al mundo y me desentendí.
 
Ahora, diez años después, llevé la obra para su lectura en clase sin esperar que los chavos del taller optaran por su montaje. La mostré para ganar tiempo en lo que encontraba una obra que tuviera los personajes que necesitaba. Pero una vez que se decidieron por ella, no tuve más que encarar mi propio trabajo con otros ojos.
 
Me encontré un texto muy esbozado en la dirección y en la escenografía. ¿Y qué hacía yo con tantas indicaciones? De entrada cambié el sexo del antagonista (hay más mujeres en el grupo); tenía que elegir para ajustar cuerpos de chicas muy desarrolladas que me den el tipo de niñas; compensar con acciones a los dos personajes que no tienen texto;  integrar a las dos chicas nuevas y de nuevo pensar en una escenografía mucho más parca que me permita no retrasar el montaje.
 
También tuve que hacer ajustes con el final porque después de diez años, creo encontrar aquello que mi profesor de composición me puso a replantear y que entonces no quise darme por enterada: aceptar que Flor era una adolescente que estaba no sólo en todo su derecho, sino que biológicamente ¡era completamente normal que tenía que cambiar su personalidad! 
 
Es decir, escribí la obra cobijando a Ana sin darle chance a Flor de plantear su postura (¡Zaz! Lo que es el inconsciente). En ese entonces, me parecía justo el reclamo de Ana y aunque sabía que el final-final, me faltaba amarrarlo más, di el visto bueno (ignorando a mi muy querido profesor) y la saqué al mundo con esa pequeña omisión del desarrollo hormonal de Flor. Cosa que espero haber enmendado esta vez.
 
¡Y qué extraño me resulta trabajar un texto mío después de tanto tiempo de no leerlo siquiera! Más extraño porque sé lo que pasa escena tras escena y sin embargo, es un texto que me es ajeno. ¡Cuánta emoción en esos días de ir a ver a mi chiquita al teatro! Como madre emperifollada que va al festival de su retoño el diez de mayo. Fue experimentarme como dramaturga incipiente. Fue mirar en los ojos de los que me acompañaban a las  funciones, el orgullo compartido. La satisfacción de ver en escena un texto que me ningunearon en otro proyecto.  
 
Desde luego que le sigo teniendo cariño a esa obra. Me trae muy buenos recuerdos. Fue la sublimación de una situación que me tuvo en jaque emocional por un buen rato (Se me olvidó otra vez...-¡Salud!-  y pos,  Se me olvidó olvidarte...). Ana y Flor fue el deshacerme de esa historia y el marco del inicio de otra que también me bamboleó el corazón.
 
Pero me resulta ajena quizá porque no fui yo quien la buscó para montarla. No es de lo que quisiera hablar o poner en la cancha de juego en este momento. El olvido dejó de ser una incognita. Es una pregunta contestada. Pero  pasó por enfrente de mí y (pareciera que) de manera casual se convirtió en un proyecto mío. ¿Será que estoy omitiendo algo en mi saber del olvido, que me hace regresar al tema?  
 
Dicen que los libros te encuentran en el momento justo. Yo sé que las canciones también. Los hijos pródigos, ¿Para qué era que regresaban? De existir, Ana y Flor serían unas chamaconas universitarias (suponiendo que no les ganaron las estadísticas quedándose en  las filas ninis o en la de los embarazos adolescentes) con un camino ya definido o bastante esbozado... Creo que me gusta más recordarlas como aquellas niñas para las que un muñeco puede ser un compañero de aventuras.

 
 
 
 
 
 
 


5 de diciembre de 2012

Antojito

Si fuera millonaria me gustaría tener una biblioteca pública.
Con un gran acervo y un equipo de bibliotecólogos que la tuvieran muy ordenada.
Y tener un espacio con grandes ventanales y gruesas cortinas para recibir a los caídos
que necesitan  restauración o que por vanidad pidan una encuadernación.
 
Tendría que haber alfombras pachonas, cojines y pufs de colores.
Un despachador de café de sabores y mucha agua simple.
Una zona de hamacas
 en un jardín empedrado, pasto verde muy brillante y un espejo de agua.
Y un baño.
Dinero_mexicano : Hermosa mujer multiétnico con burbujas de pensamiento de pila de dinero aislada sobre un fondo blanco.

 

28 de noviembre de 2012

¿Tepache, yo?

Ayer conocí el mercado de "la cuarta", en Ciudad Neza y aunque yo no iba por nada específico porque  sólo iba de acompañante, salí de ahí con una rebanada de sandía en una mano, un tepache en la otra y una gran sonrisa en el rostro.

El recuerdo  de un tepache  más remoto en el tiempo, pero también el más cercano por sus implicaciones, lo tengo en mi infancia, en mis días de la primaria cuando mi papá me llevaba a la escuela. Sobre la calle de Corregidora y alrededores, justo atrás de Palacio Nacional , era muy común ver  a los señores con su barril anaranjado sobre  una base que tenía llantas a los lados para facilitar su transportación vendiendo esta bebida en bolsas de plástico.

Cuando había oportunidad y -supongo ahora- dinero, mi padre me preguntaba si  quería un tepache, pero como desde entonces su color me provocaba sospechosísmo, siempre decliné la invitación.

Aún así, por compromiso, llegué a darle un sorbo al que mi padre me ofrecía  sólo para certificar que mi negativa tenía un fundamento en ese sabor concentrado que no me convencía.

Más tarde, una vez que iba rumbo a Tepelmeme a un tequio cultural , hicimos parada en Puebla para esperar a un grupo de danzantes. El calor estaba a todo lo que daba y bajamos del camión. En una esquina había un local donde vendían tepache y de nuevo, presionada por las circunstancias acepté tomarme uno

Más de diez años después de aquél tepache de mi niñez, me siguió pareciendo muy fuerte el sabor y el gustito a fermento que lo acompaña, me desagradó. Afortunadamente una vez en el camión, no me fue difícil deshacerme de aquel tepachín.

Después, lo más cerca que estuve de ese sabor, fue en la universidad, cuando una amiga (de ese entonces), llevaba agua de fruta de su casa. Para las cuatro de la tarde aquello se volvía un tepachazo que (ni modo) por solidaridad había que compartir.

Hace algunos años, debí probar un tepache en la avenida cercana a mi casa. Creo que fue por iniciativa de mi hermana y quizá por esa nostalgia de la que hablé al inicio que nos compramos uno. Y volví a recordar por qué no lo acostumbro.

Pero el tepache de ayer llegó a mí por una invitación a la que no me pude negar. Mi compañera se compró uno de litro y yo pedí uno de cinco pesos, sospechando que no me iba a gustar. Pero ante la insistencia, tomé el de diez pesos.

Ella se veía tan segura cuando me garantizó que era muy rico que acepté. Lo probé y el sabor esta vez era muy dulce y estaba frío. Era como una inocente agua de piña azucarada. Así que seguí sorbiendo mientras mi memoria me decía que algo le faltaba o le sobraba a ese tepache que no era como lo recordaba.

En eso pensaba mientras  le daba traguitos al tepache, cuando la señora de los postres indemnizó a mi compañera por la espera con una rebanada de sandía para cada una.

No cabía de alegría: me recordó aquellos domingos en que iba a desayunar barbacoa al mercado "Abelardo Rodríguez" , a un lado del Teatro del Pueblo, con mi hermano y mi cuñada. Flaca, como era en esos días,  pero con una barriga redonda y satisfecha.

Salí del mercado con la sonrisa chimuela de mi infancia, pero con dos décadas más al lomo. Con las manos ocupadas por el tepache y la rebanada de sandía que me habían regalado. Y tan contenta salí a la calle, dando pasos saltarines, que pasé por alto la recomendación de mi padre; la básica: no comas cosas "frías" con  cosas "calientes". Desde luego no se refiere a la temperatura de los alimentos, sino a su naturaleza intrínseca.

Y que me tomo la mitad del tepache y la mitad de la sandía: mortal para mi pobre estómago. Hay un momento  en la vida de toda mujer... Empecé con retortijones y eso sólo fue el comienzo, una vez en casa, la diarrea y el vómito hicieron que me acostara desde  las ocho de  la noche para olvidarme del malestar.

Un tecito de manzanilla y cuatro tabletas de Pepto Bismol después, me permiten contarla. Y pienso que quizá la chica fresa de la canción, no era tan fresa; sólo tenía un estómago igual o más fregado que el mío. Por si las moscas, trataré de no caer en las trampas de mi memoria y la próxima vez, poder decir: ¿Tepache, yo? Para nada...










25 de noviembre de 2012

Dios te ama

... pero yo soy su consentida, reza una calcomanía en el auto de una vecina. Suena pretencioso, pero esa es la sensación que me queda cuando los astros se alinean y a pesar de empezar mal la jornada, al final todo me sale bien.

Teatro del Pueblo; Jesusa Rodríguez; Domingo por la tarde. Mi casi acompañante ya estaba adentro y el teatro estaba abarrotado. Marqué por teléfono pero no había solución: les repartieron el boleto en la fila. Aún así lo intentamos. Se asomó al balcón y me lanzó su boleto. De caricatura: el pequeño papel se meció por el aire casi en cámara lenta y al caer, se metió por entre los barrotes de la reja quedando fuera de mi alcance. Ya estaba buscando un plan B para recuperarlo cuando pasó un tramoyista  que me entregó el boleto con cara de incredulidad ante la historia que le conté sobre cómo llegó hasta ahí mi pase mágico.

Me acerqué a la puerta y ahí estaban otras tres personas argumentando que habían ido al baño y por eso se salieron de la fila, pero sí tenían boleto.  -¡Y no hay ninguno cerca, fuimos bien lejos!- agregué apoyando a los otros tres. Como seguimos insistiendo, el guardia nos permitió el paso.

Efectivamente, adentro no cabía ni un alfiler y me senté en un escalón. Después de un rato, una mujer mayor me preguntó cuántos años tenía. Cuando se convenció de que estaba apta para estar ahí, me dijo: "Si quieres siéntate aquí, pero está bien fea la obra".  Se levantó para irse y me dejó su lugar: butaca en la primera sección.

Sala Miguel Covarrubias; Talleres libres de la UNAM; Fin de semana. No encargué el boleto con anticipación porque no estaba segura de poder asistir. De hecho, me salí de una comida para llegar a la función de un amigo. Aunque estaba cerca del CCU, cuando llegué, ya estaba cerrada la taquilla. Me acerqué a la puerta principal para ver si haciéndole a la chillona, me permitían el paso. Me batearon con cara de profesional: sin piedad.

Ya me iba, diciéndome que "así no se hacen las cosas, que hay que hacer sólo una a la vez"... Cuando vi la puerta trasera abierta. Me acerqué dudosa y le dije al guardia que quería pasar al baño. Sonrió y me dijo que le preguntara a la señora de la segunda puerta. Ya estaba casi adentro. La señora me vió de arriba-abajo y de regreso, pero me permitió la entrada cuando dije que se trataba de una verdadera emergencia. 

Ya iba para la sala, cuando me regresó señalándome los baños hacia el lado contrario.  Ya estaba adentro. En el baño, me encontré algunas bailarinas y les pregunté si había acceso desde ahí a la sala. Dijeron que sí, pero con gafete. Que podía pasar con ellas si quería. Entre las chicas con vestuario hawaiano y yo que iba de pana, supongo que no le fue difícil a la vigilante, reconocerme y escoltarme hacia la salida. Otra vez estaba fuera.

Afuera, pero picada. Ahora me decía que si ya había llegado hasta ahí dejando pendiente el postre en mi reunión, pues ahora había que entrar. Merodeé la puerta trasera como pretendiente de pueblo pensando en un plan C. En eso la providencia dejó la puerta abierta. ¿Cómo le hago? Puerta abierta y sin guardia. ¿Cómo entro? Desde afuera podía ver al guardia 2  platicando  con el guardia 1 (el de cara profesional) y luego irse los dos hacia la  puerta principal.  Ahora es cuando...

Pasé la primera puerta y mientras pensaba la excusa para la señora de vigilancia, abrí la segunda puerta y ¡no estaba! Todavía lo pensé un instante antes de aventurarme hacia el lobby. Una vez adentro, encontré la puerta lateral que daba al escenario. Me metí y aprovechando el cambio de grupo, me escurrí para la butaquería y encontré un lugar vacío. La voz en cabina anunciaba al grupo de folcklórico: era mi número. Me acomodé en la butaca y me preparé para ver el número. Grité y aplaudí con mi sonrisa brillando en la oscuridad.



Tec de Monterrey; Sábado por la mañana;Congreso patito. Iba con el tiempo justo... para llegar tarde. Hay que sumarle que me pasé una parada del autobús, por lo que tuve que regresar caminando dos cuadras largas. Llegué a la entrada del estacionamiento y en la caseta me pidieron una identificación oficial que por supuesto no llevaba. Me dijeron que con el boleto no había problema, pero sí lo había porque yo  no traía mi boleto sino la organizadora de eventos de la escuela. Y cuando se me ocurrió llamarle, ¡tampoco traía teléfono! Como la fila de autos esperando entrar era larga, el vigilante optó por dejarme pasar.
 
Una vez adentro, fui a la mesa de registro, dí mi nombre pero no me encontraron. Entonces pedí que me buscaran por escuela y así dieron conmigo. Me entregaron el gafete con el salón y el número de taller. Sin embargo, cuando venía en el camión, revisé el listado de talleres y me di cuenta que al que me inscribieron (porque no alcancé cupo en el que yo quería) era el número antecesor  de otro taller que era más útil para mí.

Así que lo intenté: le dije al muchachito de los gafetes que había un error, que yo me había inscrito al "31" y no al "30". Fue un ir y venir hasta que finalmente el chico me dijo muy contento que me había conseguido el cambio. 

Después de la conferencia inaugural  no alcancé cuernito en el lunch, sólo una feita concha bimbo. Afortunadamente, una amiga me lo consiguió y guardé el pan de mentiritas para más tarde. Y qué bueno, porque al salir de los talleres ya no había comida. De casualidad, fui una de las últimas que alcanzaron dos tacos de longaniza con papas y un vaso de agua de jamaica que por supuesto devoré. Me pidieron de nuevo el boleto, pero me la pasaron con el gafete.

Cuando ya me había resignado a comerme la concha patito para completar mis 2000 calorías de la tarde, me encontró una amiga y me dió un boleto extra que tenía para ir  a la filita donde estaban repartiendo pizza para los que no alcanzamos comida. El mesero me sirvió una rebanada hawaiana bastante desolada, así que le pregunté si me la podía cambiar por una  de aceitunas negras y jaló otra rebanada más generosa junto con un chesco. Panza llena, corazón contento. Me esperé hasta la clausura para irme en la camioneta de la escuela, lo cual me ahorró una hora extra en el tráfico de periférico si me iba en transporte público. Me sentí como Don Gato tomándose la leche del camión repartidor que lo deja en su bote de basura.

 
 
 Y aunque se trate de asuntos aparentemente intrascendentes en mi vida, lo cierto es que esos pequeños golpes de buena suerte (por llamarles de algún modo), me hacen sentir apapachada por el cosmos.
 
 
 
 
 
    



18 de noviembre de 2012

Estacionamiento con servicio de universidad

El  sábado pasado me presenté a un congreso sobre educación en el Tec de Monterrey, pero no fue hasta el lunes en que tuvimos la oportunidad de intercambiar comentarios entre los compañeros de trabajo, cuando dimensioné  el circo en el que había participado (debo decir  que mi opinión sobre el congreso, no incluye a la tallerista, sino exclusivamente a las conferencias magistrales). 

La primera conferencia estuvo a cargo de Alfonso Pompa Padilla, rector del Tec Campus Ciudad de México, donde expuso 5 retos  para los estudiantes del nuevo milenio. En términos generales, los temas que puso sobre la mesa fueron eso: muy generales. El sr. Pompa utilizó una presentación que evidentemente no hizo él mismo porque desconocía  las cifras ahí mostradas ("bueno, no les hagamos mucho caso"), no manejaba  los datos precisos de lo que quería contextualizar ("mejor no las digo, porque siempre se me olvidan. Dejémoslo en la zona que rodea al DF") y comentó en voz alta  que no sabía qué habían hecho con la lámina sobre el reto cultural y social que debería estar ahí.

Todo pudo haberse quedado en que la ponencia era un comercialote sobre las bondades del Tec como oferta educativa, pero la cosa se puso bastante mal cuando en la sesión de preguntas se le ocurrió decir cosas como que el problema de México es que se quedó en el pasado en lugar de ver al futuro. ¿Para qué sirve la  historia? Nos han vendido la idea de que el petróleo es nuestro, pero ¿Quién tiene un barril de petróleo en su casa? En estos tiempos de violencia ¿A quién le importa que Benito Juárez haya dicho  que la educación debe ser laica?, ¿Por qué tiene que ser laica?; Los chinos no estudian historia y vean hasta donde han llegado, porque ellos no se quedaron en el pasado...
 Al final de su participación, le dieron la mascota del equipo de fútbol americano del Tec. Agarró el  peluche, lo  vió y se lo regresó a la edecán para que fuera rifado "junto con los otros premios de los patrocinadores". Como dicen los niños: ¡zzzzz! Que feo desaire. 
Para clausurar el congreso, se dieron dos conferencias magistrales que se quedaron en pláticas motivacionales sólo comparables a una sesión del Club de los optimistas o de Pare de sufrir, a decir de mis compañeros. Pumas, Burros blancos y Uameros unidos contra la falta de rigor académico de los expositores. En algún momento al Tec de Monterrey se le olvidó que se trataba del XII Congreso de Educación sobre los  Pilares de la Educación y llamaron a dos de sus profesores que tienen ya muy armado su número para animar el evento y ponernos a bailar  "Pajaritos a volar" (Norma Alonso imparte el Diplomado de Coaching Ejecutivo) y cantar canciones religiosas (Julio Vega, miembro del Programa en Innovación y Tecnología Educativa) porque sobre los cuatro Pilares de la Educación planteados por la UNESCO, sólo nos quedó la portada de un cuadernillo  para apuntes que nos dieron a la entrada del evento.  
Norma Alonso, entre otras cosas, nos aportó el verbo "coche" del cuál podría provenir el término coaching; nos contó como sacó adelante su taller con grandes empresarios porque su maestro le llamó por teléfono y le dijo que estando ella, el éxito era una garantía. También nos contó que su hijo no quiso jugar para la NFL porque donde él va, triunfa. Palabras poderosas: esencia del coaching.

Y si todavía no los impresiona su manejo del tema, a mí sí me impactó cuando dijo que le aconsejó a su hijo que no se atormentara por una pelea con su novia, total si no se iba a casar con ella, con que le diera un apachurrón (movimiento obsceno con los brazos), ¿Para qué se complicaba? Y cerró su participación con una frase de su autoría: "No eres responsable de la cara que tienes, pero sí de la jeta que pones". Y no se esponjen, porque no son groserías: son palabras de alto impacto.

Por su parte, el Dr. Julio Vega nos contó su paso por la vida: de vender refrescos junto al bracero de sopes de su madre, hasta el momento en que llegó  a Holanda a completar sus estudios, gracias al Tec de Monterrey. También nos contó que a partir de haber encontrado el " David" que había en la rocota que era su hijo, éste se  graduó (perdón, por ignorar qué le aporta su hijo titulado a la humanidad). Después se discutió con dos canciones que puso completitas (en video), previo aviso de hacer a un lado que fueran temas religiosos, lo importante es que tenían un bonito mensaje. "¡Vamos, canten!"
Lo más triste de  este show cómico-motivacional, es que  fue del agrado de muchos de los asistentes. Hubo quien aplaudió cada chiste; quien tomó notas de lo que se  iba diciendo; quien agradeció el hecho de que haya sido tan ameno y no puras cifras;  y quien  aplaudió de pie hasta el final.  Pan y circo para profesores de escuelas particulares por la módica cantidad de $230 pesos en  preventa.
El rector Pompa Padilla, mencionó que lo que le falta a nuestro país es actuar con ética para lograr verdaderos cambios sociales. Creo que aplica también al hecho de organizar responsablemente espacios donde se puedan preparar y actualizar los docentes que están en las aulas. Un Congreso con Conferencias  Magistrales, no una variante barnizada de intelectualidá de Los Comediantes de televisa sin risas grabadas.
 













8 de noviembre de 2012

Pokémon

Los mejores festejos, considero que se dan cuando éste nace de la buena voluntad de los implicados. En cambio, los cumpleaños en los lugares de trabajo siempre tienen algo de incómodo porque si optas por no participar con toda la honestidad porque el festejado no te simpatiza, todos te malmiran por cortado.

Y cuando participas por compromiso,  sabes qué estás de  más porque  se cuentan puros chistes locales entre los cuates y el festejado. Además de  la pena ajena de ver que hay gente que una vez que toma su pastel, elude pasar  a felicitar al cumpleañero o que más de uno no canta las mañanitas y se ve que está haciendo acto de presencia para no quemarse.

Y si el festejado eres tú, con mayor razón conoces quién es quien te pone las piedras en el camino y no le crees las "muchas felicidades" y el seudoabrazo donde sólo te medio palmotean los hombros. Doble pena ajena que les cobren en tu presencia lo de "la cooperación" para el pastel.

Todavía se puede ver algo más gachito  (¿o triste?) y es que un pastel sea el motivo para el protagonismo malsano de una persona. Tuve el infortunio de ver el berrinche de la organizadora de un cumpleaños doble porque uno de los festejados no llegó.

"¡Cómo! Tanto esfuerzo, el tiempo, la sorpresa, la gasolina y el desgaste de ir por el pastel en mi carro; y no fue cualquier pastel sino uno grande, para los dos... y todo para que no viniera".

Cabe aclarar que el ausente cumplió años un día antes del día del festejo, que fue el aniversario de la otra festejada que además era la jefa y donde el pastel  muy especial, grande y para los dos, tenía tulipanes amarillos de plástico en el decorado (no un adorno unisex).

Luego de las mañanitas, desplazó a la festejada y se puso cortar el pastel. E incluso le hizo la observación  a alguien, cuchillo en mano, de que "aunque no pagó, se le iba a convidar pastel pero con la invitación a integrarse a los festejos".

Lo que me indignó fue escuchar cómo vertía cizaña con la jefa sobre el supuesto contratiempo del ausente, descalificar el contratiempo, decir que aquello era una crónica de una inasistencia anunciada, que era la quinta defunción en el año de la abuela materna del susodicho, que no había ido porque no se le había dado la gana.

Todavía peor,  fue escuchar las justificaciones por la balconeada a "su amigo". Porque: "¡Cómo! Tanto esfuerzo, el tiempo, la sorpresa, la gasolina ..." Lo verdaderamente canalla del asunto, es que la dejó plantada  con el detalle del pastel uno de los festejados. Si el ausente quería quedarse en casa, en Garibaldi, en un prostíbulo, a ella le tenía sin cuidado, lo que le molestaba, es que "¡Cómo! Tanto esfuerzo, el tiempo, la sorpresa..."

 Pero lo que remató con el colmo de la falsedad, fue que nos pidiera que escucháramos lo que le escribió al ausente por el Facebook: "... haces que el resto de los que te rodeamos seamos mejores personas al  contar con tu amistad..." ¡Un pepto, por amor de Dios!

No me ciego y sé que todos buscamos algo de protagonismo en un sentido u  otro. Es parte de nuestra sombra. Pero hay personas que me generan la sensación de que el alma humana es algo imposible de entender. Me asusta un poco que no seamos capaces de ver cuando mutamos con actitudes de esta especie, porque no dudo que yo haya aparecido ante los ojos de otras personas como esta mujer apareció ahora ante los míos.

No está de más echarle un ojito a nuestra sombra para cerciorarnos de que no nos ha salido un rabo o las orejas se nos han puesto un poco puntiagudas.

pokemon coloring pages

4 de noviembre de 2012

Ésa es la cuestión

Dicen los estudiosos que para ser indígena hay ciertos requisitos mínimos que hay que cubrir: Hablar un  idioma original, nacer dentro de un pueblo indígena y que ese grupo te reconozca como parte del mismo. Es decir, que hasta en el agua, hay niveles.
 
En mi etapa preescolar, mi apariencia fue motivo de simpatía porque apenas levantaba  unos cuantos centímetros del piso. Hasta las hermanas menores de mis compañeras de grupo -que eran  más altas que yo- me veían con ternura. En la primaria, durante los dos primeros años, recuerdo que las otras niñas del salón  hasta se peleaban porque me sentara con ellas en el recreo. 
 
Claro que, conforme pasaron los años y se iba perfilando quién era quién en el aula, mi simpatía natural se perdió (acaso con razón... pero no creo). Sea como sea, mis rasgos no fueron motivo de burla, quizá  porque entre mis compañeritas de la primaria, mayoriteaban las descendientes de mazahuas. Así que  por ahí no había mucho que criticar.
 
En la Secun, yo era más bien  de las equis, así que no había necesidad de que nadie se ensañara conmigo. Ya en el CCH, desde que entré me incliné por el teatro y la grilla, así que me llamaban  despectivamente "la política" y eso siempre me dió mucha risa (en ese entonces todavía no estaba de moda la expresión: "¿eso qué?" tan apropiada en este caso).
 
Ya en la lejana CU, formaba parte de los "cuatro fantásticos" que se creían los "non-plus-ultra", a decir de las compañeritas del grupo.  De nuevo pesaba más que fuera de los poco sociables, que mi apariencia indígena. Aunque ya para entonces,  había reciclado un par de blusas bordadas súper cómodas y muy ad hoc con la moda de la facultad, con las que me dejaba ver por esos tiempos.
 
Total que en lugar de ser motivo de burla o discriminación, mi pinta indígena me valió para dos cosas: una invitación para modelar semi desnuda para unas fotos en un folleto de tintorería mexicana  (en ese tiempo tomaba un taller en la Escuela de Artesanías del INBA) y otra invitación para audicionar en La Malinche de Rascón Banda.
 
La primera oferta la decliné porque ya tenía diferencias con el que era mi profesor y me "daba la oportunidad" de aparecer en su catálogo. Me parecía un tipo oportunista, egocéntrico, incoherente entre su hacer y su decir, además de rabo verde. Me presionó con el cuento de que le urgían las fotos y que era una muy buena oportunidad para mí, si es que quería ser actriz. (Permítanme vomitarme en su idea de lo que es ser una actriz).
 
La segunda invitación sí la acepté. Audicioné y me quedé. Mis rasgos indígenas sumados a  mi corta estatura me valieron mi primer trabajo profesional. Un minuto en escena por dos horas de montaje total en cada función (aquí suenan los grillos: cri-cri-cri). Sin embargo, esta chambita me permitió ver de cerca cómo se maneja el teatro profesional y lo distante que está de lo que uno se imagina en la escuelita.
 
Este recuento viene a colación porque a mi regreso de Santa Rosa después de los nueve días de la muerte de la abuela, me reincorporé a las clases optativas de México, nación multicultural y todo lo que me había ahorrado en dudas e interrogaciones  sobre mi identidad hasta ese momento, se me vino encima después de mi estancia y participación en los funerales de mi abuela.

¿Soy  oaxaqueña como dice mi acta de nacimiento o de "México", como nos  dicen allá ?, ¿Expiró mi membresía como santaroseña después de los nueve días de mi abuela?, ¿Por qué es tan fácil para los otros entenderme como "oaxaqueña"?, ¿Qué tan chilanga soy si mi paladar se crió con el sazón de mi madre y mi corazón vibra con el sonido de la banda de viento?, ¿Y qué hago  sin las letras, sin las aulas (incluidas las simbólicas), sin los tacos, los pambazos y las tortas de tamal?, ¿Por qué si camino allá, hombro con hombro con sus mujeres, me siento en mi ambiente del metro y medio?, ¿Por qué basta un par de frases en mixteco para sentirme de nuevo fuera del círculo?

Ser o no ser, como dijo Hamlet, no es tan sencillo.





 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


Una cita pospuesta

Alguna vez durante la carrera debo haber -por lo menos- hojeado alguna de sus obras, pero francamente no recuerdo ningún título en particular. Lo cierto es que llegó el día de encontrarme de frente en la biblioteca de la F.F. y L., a ese señor: Antonio González Caballero.

Sobra decir que lo que leí me movió muchas cosas, de ahí que esté escribiendo. Primero, su fotografía en la solapa del libro. Esperé la foto típica que ponen en todos los libros: con el mejor ángulo del escritor y en el mejor momento de su vida. Sin embargo, me encontré con  un rostro cargado de arrugas, nariz prominente, mirada fija y triste.  Me parecía increíble haberme reído tanto con el ingenio de un hombre con esos rasgos.

Luego, una mini biografía que no dice nada que se pueda certificar, salvo algo que  debió ser crucial en su historia de vida y que es también -quizá- lo más incierto para conocer su origen:  el haber nacido en una casa hogar. Y por último, la obra misma.

¡Qué maravilloso es el poder leer algo que te atrape desde el inicio! Y es que Los nudistas del buzón sentimental, es un texto que me arrancó sonoras carcajadas en plena línea tres del metro en hora pico. Sin censura ni sonrojo, carcajadas plenas. Conforme leía, regresaba a la solapa para encontrarme con sus ojos caídos: ése hombre decía esas cosas...
 
Los nudistas del buzón sentimental cumple con ese teatro que combina la vertiginosidad de los textos contemporáneos, pero con el lenguaje universal de las buenas farsas. Un simbolismo muy básico  por evidente, pero justo por esa sencillez es que te sacude la polilla de las buenas costumbres que te impiden hablar con la verdad; aceptarnos (y aceptar al otro) como somos y no como lo pide el ideal.

Y lo más difícil, aceptar toda la maraña de mentiras (grandes o chicas, blancas o muy negras) que tejemos alrededor de nuestra propia historia y del personaje que representamos ante la sociedad para encajar dentro de ella con los roles que nos han asignado y hemos aceptado jugar. No con la esencia que tenemos cuando ni Dios padre nos impide vernos tal cual somos.

Algo que reconocí al poco tiempo de mis andadas alcóholicas en mi década de los veinte, es que llegaba a un punto de lucidez y veracidad en la cual me metía al baño, me mojaba la cara, me veía al espejo (cuando había uno a la mano) y podía resolver casi cualquier conflicto existencial en el que anduviera atorada en un honesto monólogo privado.

Ahí podía decirme sin tapujos lo que pensaba y esperaba de mí o de los otros involucrados. Y así, entre caguama y caguama, entre canción y canción,  me levantaba a dialogar con la del espejo que tiraba netas a la menor provocación. Eso me gustaba. Era dura y certera esa chaparrita de los ojos rojos que me terapeaba. Y casi siempre tenía razón, aunque casi nunca le hiciera caso.

Lo mismo pasa con la historia de González Caballero, donde los personajes pueden despojarse de sus fantasmas, encararlos; verse reflejados en los ojos del otro luego de un pacto de hosnestidad. Y al final, esa desnudez del alma, les aligera el paso, les deja más claro el camino a seguir. Canjearon el matrimonio y el sexo ocasional por un momento de cómplice camaradería.  Un buen trato, después de todo.

Un texto crudo y desolador escrito a los 66 años de edad - justo el doble de los que hoy tengo yo-  Los nudistas del buzón sentimental  fue sin duda un encuentro muy afortunado.

29 de octubre de 2012

Holbox

Algo que hace especial a la isla de Holbox, es lo apasible y sencillo del lugar.  Holbox significa "hoyo negro" en maya. Dicen que se llama así porque en el centro de la isla había un lugar donde la "tierra" se separaba, formando un hoyo. Pero a ese lugar, ya sólo va la gente que vive por ahí. En la zona destinada al turismo conviven los hoteles con las casas habitación y con los comercios. Casi todas las construcciones son de una sola planta en calles sin pavimentar que te permiten ver la arena blanca  bajo tus pies. El transporte local es por medio de mototaxis, motonetas que puedes rentar o a patín.

Por lo que se refiere a  la vida nocturna en la isla, hay antros pero ni son muchos ni son tan ruidosos. Una vez que sales de las calles céntricas, a unos cuantos metros está la playa con su golpeteo de mar opacando cualquier otro sonido.

Entre la fauna que es posible ver en esta parte de la isla, hay  artesanos "nais" con dreadlocks, perforaciones y tatuajes que le cayeron en algún momento a Holbox y ahí se quedaron... O eso supongo porque no se parecen a los artesanos que venden en los puestos ambulantes que hay en la calle principal.
 
El centro es realmente pequeño y lo recorres en tres chanclazos. El turismo es muy específico también: parejas,  familias pequeñas o de plano personas de a solapa. Así que cuando nos encontramos en el restaurante de la cooperativa pesquera cerca de quince comensales, la cocinera estuvo apunto de saltar por la ventana porque no la veía llegar. Esperamos poco más de una hora por un filete, unos tacos de camarón (¡muy buenos!), unas brochetas y algo más.

El viernes escuché en la radio, que una A.C. estaba muy apurada tratando de amarrar compromisos con la SEMARNAT para que se respete los acuerdos de la reserva ecológica de Yum-balam antes de que termine la presente administración, ya que desde hace tiempo hay empresarios interesados en la construcción de una zona hotelera "que le dé impulso al desarrollo sustentable de la región". Y no es por nada, pero todos sabemos como acaban ese tipo de proyectos.  Como dice Sabina, hacen de un edén sencillo, "un bodrio de urbanización". 

Nos platicaban en el paseo en busca del tiburón  ballena, que en Holbox tenían reglamentado esta actividad, mientras que en Cancún, las salidas se hacían de manera  indiscriminada. Y efectivamente, cuando encontramos algunos ejemplares de tiburón ballena, ya estaban ahí un par de lanchas más y al poco rato, llego una embarcación particular. A nosotros nos recalcaron que no podíamos tocarlos y bajamos al agua en parejas; sólo una a la vez y dos veces por pareja. Del resto de las lanchas, bajó toda la gente que quiso y permanecieron en el agua después de que nosotros emprendiéramos el camino de regreso.
 
El argumento del guía, es que si el animal está comiendo, es molesto que haya gente observándolo y peor aún, tocándolo. En mi primera inmersión al agua, a pesar de saber lo que tenía que hacer, la fuerza del oleaje me aturdió. Suenan tan simples las instrucciones desde la superficie, que al grito de ¡Ahora! -la señal para lanzarnos al agua-, yo dije como el Chapulin Colorado: "Si me aviento... Sí me aviento..."  Pero el instinto quería cerciorarse de que "¡Ahora!" se refería a mí, porque yo no veía al tiburón ballena por ningún lado.


tiburon ballena"Ahora", me volvieron a gritar y esta vez si vi la sombra justo donde señalaba el dedo del guía. Y ni modo. Claro, que cabía la posibilidad de no tirarme al agua, pero después de tantas horas de viaje por carretera y algunas otras por mar, era sencillamente descabellado echarse para atrás. Además, ¿Qué era lo peor que podía pasar? Y  me lancé.  De pronto, gracias a que el guía me jaló del brazo quedé frente al enorme pez y pude verlo desde la cara hasta la cola. Metros y metros de animal pasando ante mis ojos, con las branquias abriéndose y cerrándose como persianas.  Y después, sólo burbujas. Impresionante. No puedes imaginar lo que son 14 metros de animal hasta que lo ves pasar ante tus ojos. ¡Y yo con mi metro y cachito!

En la noche que pasamos en Holbox, los sapos saltaban a nuestro encuentro en las calles arenosas. Los cangrejos transparentes salían de sus agujeros en la playa y el cielo cargadito de estrellas nos quitaba las palabras y nos dejaba libre el pensamiento.

Si hay algo que pudiera pedir a todos los dioses mayas, sería que alejaran de Holbox al hombre blanco, rojo o de cualquier color  que sólo ve en  la isla un negocio prometedor.


 
 
 
 
 
 


















20 de octubre de 2012

Esta sonrisa es para ti

"Ñí" es la representación gráfica del sonido que acompaña una risa blanca. Por ejemplo: cuando echas chispas porque la tv o el stereo no enciende y alguien te hace ver que no está conectado el aparato; "Ñí" aparece cuando preguntas quién demonios tomó tus llaves y las traes en las manos; o cuando a las 6:00 am suena una alarma después de una reunión entre amigos y sugieres gruñendo que el  dueño la apague y te dan tu teléfono."Ñí" es la risa que pretende ser amable para pedir disculpas por  tus 5 segundos de idiotez humana sin dolo.

La imagen de "ñi", surge en mi  familia por una mujer ya mayor que mientras platicaba, una nube de humo salía por sus labios y cuando la cosa lo ameritaba, te sonreía con gran plenitud  un "ñí"  que dejaba ver las ventanas abiertas de sus  dientes ausentes. Mujer de  piel enjuta y arrugada. Su afición al cigarro se acompañaba también de su gusto por la jarra. Una de esas mujeres que son un hueso  difícil de roer para la vida, a pesar de lo mucho que, aparentemente, ésta se esmera en su labor.
 
Eso es de las cosas que me genera más sospechosísmo: la fortaleza de espíritu de algunas personas para mantener una risa a prueba de balas. Hay gente que ha tenido una vida de verdad difícil y lo sorprendente es verlas con la risa constante, con la broma hacia sí mismos, animando a los demás con su chispa; cuando sin más les cae -de nuevo- la voladora, como un mazapanazo en la nuca para el que dormita. Y después, una vez más de pie, "riendo demasiado, acaso porque saben que la risa es la envoltura de un dolor callado", parafraseando el poema  de López Méndez.
 
Pero el "ñi" al que hago referencia hoy, es el que proviene de un secreto inconfesable. Un "ñi" que esconde el motivo, pero que se escapa y se proyecta en el rostro incapaz de  mantenerse oculto. Ese "ñi" que te traiciona y le dice a los demás que la vida se trae algo  entre manos y que  ya lo sabes. Incluso, aún cuando se trate de una falsa alarma, un"ñi" puede nacer de la pura sospecha de que algo interesante está por suceder.

Sea por un lapsus brutus o por algún secretillo picarón, el "ñi" es una risa sana que hay que agradecer a la vida.



 
 
 
 

10 de octubre de 2012

Corre que te alcanzo

No hablaré de que Chole me agarró de la mano ni del Kaopectate ni del Pepto. Lo escatológico no es lo mío. El  sábado 06 de octubre se llevó a cabo la X Carrera Nocturna del Circuito Universitario de Carreras que organiza la Dirección de Actividades Deportivas y Recreativas de la UNAM.

Hace 10 años la corrí por primera vez y desde entonces, rigurosamente, yo y poco más de tres mil universitarios más, nos damos cita cada año para gastarnos las suelas y el cartílago esa tarde-noche de octubre. Desde los preparatorianos que van a ganarse unos puntos extras en su clase de educación física, hasta los veteranos cuyas  piernas  delatan todo su kilometraje. Y entre esa multitud, los ex hijos del AFG, que dejamos nuestras sedentarias vidas cotidianas para correr ese día. Aunque sea sólo ese día.

 Este año llegué una hora antes de la salida. Pasé a la Biblioteca Central a cambiarme, dejé mis cosas en paquetería; saludé a los ex compañeritos  del AFG; calenté; hice un acto de valentía extrema pasando a los wc portátiles que colocan en el área de salida y me fui colando entre las pumas que ya estaban preparadas para la salida, buscando no quedar al final con las preparatorianas.

Universitarias: ¡México, Pumas, Universidad...! ¡Qué emoción  gritar los goyas previo a la salida! Eso siempre me entusiama deveras. Dieron el afónico  disparo de salida y empezamos el trote por la primera subida hacia los campos de fútbol. Ahí fue cuando me di cuenta de que habían cambiado la ruta y eso me tuvo a la espectativa.

Y no fue lo único que cambió. La Nocturna empezó siendo una carrera gratuita para los  estudiantes y con una cuota de recuperación para trabajadores y académicos, pero este año estuvieron a punto de cancelarla junto con el  Pumathon, (carrera de 10 kms con la que se cierra el Circuito) por falta de presupuesto.

Ya otros años se había corrido el rumor de que querían quitar el programa de AFG y el Circuito, pero todo  había quedado en rumores. Pero al parecer,  este año los usuarios de estos servicios tuvieron  que hacer presión mediante escritos y reuniones con los directivos para pedir que no se cancelaran las carreras.

Es triste porque aunque dejaron que La Nocturna se hiciera, no se prestó el Estadio Olímpico, que es donde se instala la meta y la zona de premiación; además, la cuota de recuperación se pidió también a los estudiantes.

Hace 10 años,  en La Nocturna y en Pumathon nos daban el número de corredor impreso, 4 seguros para prenderlo a la playera del evento y una medalla, de rigor. Después, cambiaron la medalla por un llavero y finalmente, hace un par de años, lo eliminaron. También llegaron a repetir el modelo de playera en las dos carreras para economizar en el pedido.

Yo me enteré hasta el final de la carrera, mientras repartíamos abrazos entre los ex compañeritos del AFG y tomaban las fotos del recuerdo que ya han de estar circulando en facebook. Pero quizá muchos de los pumas que estuvieron ahí no lo sepan todavía y tampoco se enteren después  que este circuito de carreras se ganó de nuevo con organización y convicción de universitarios para los que dejar el hígado en el asfalto del circuito universitario cada año, es una forma más de vivir  la universidad.

Ser puma de sangre azul y piel dorada no se queda en el fútbol. El logo del puma deportivo que diseñó Manuel, "el pájarito" Andrade, inicialmente estaba destinado a todos los equipos de la Universidad y de hecho se le solicitó en la misma Dirección de actividades deportivas y recreativas, no por el Club Universidad Pumas. Si el  señor  Narro se hubiera asomado, aunque fuera a las cámaras de seguridad de CU a ver la carrera, (ésta u otra) se daría cuenta que además del verdadero olor a puma que ahí se despide, está el sudor, el entusiasmo, la camaradería, las sonrisas, el dolor, el cansancio, el espíritu de la Universidad corriendo entre nosotros. Sabría lo que tiene de cierto el eslogan oficial: "Esto también es la Universidad".




pajarito 2..


 








 






30 de septiembre de 2012

Uno como quiera...

El horror  y el desgaste que implica estar al final de una relación sentimental, sólo es comparable con el doble horror y desgaste que implica estar en medio del final de una relación sentimental de terceros.

Es incómodo porque la prudencia dicta mantenerse al margen, pero los implicados, inevitablemente te llevan entre las patas porque su estado anímico  repercute en su quehacer diario (y por consiguiente en su interacción contigo) y peor aún cuando te embarran en sus escenas melodramáticas de pacotilla (aportación de mi sobrino para referirse a las telenovelas).

El doble horror viene con la identificación de lo que vemos en los fulanos en cuestión y lo que en algún momento de nuestras vidas hemos hecho nosotros en la misma situación (¡sopas!): guerra de poder; chantaje; exageración; incongruencia en el hacer y el decir; intolerancia; masoquismo (o sadismo, según sea el caso); sarcasmo; crueldad... ¡¡Paren esa masacre!!

Qué despliegue de energía hace quien martiriza al otro pobre infeliz (fuente energética del despilfarrador) que da una batalla perdida de antemano porque las evidencias y la razón así lo muestran claramente, empero,  como uno de los 299 soldados del ejército de Léonides, hace ¡gulp! y resiste ¿heroícamente? haciendo caso omiso a la alerta amarilla (a  la que no pelamos en aras del  "todavía lo podemos arreglar").

Qué triste papel el de quien espera a que baje la guillotina sobre su cuello. ¡Ay de aquél que no oiga al experimentado José Alfredo en La noche de mi mal. Incluso, si el sujeto en cuestión no nos simpatiza, de cualquier forma su estado lastimoso nos conmueve y podemos advertir que se están pasando de lanza con él (ella) y éste (a) se está poniendo de tapete para que así sea.

Qué gandallas podemos llegar  ser cuando creemos tener la sartén por el mango (digo "creemos", porque a esta vida nada se le olvida y te pasa la factura cuando menos te lo esperas. Incluso siendo tú el abandonado, después compruebas que en el pecado se lleva la penitencia). Pero antes de volverte un cuerpo decadente lleno de vendas, mientras te sientes Mumm- Ra el inmortal, no te importa exponer al otro. Y mucho menos reparas en que estás incluyendo a terceros para lograr tu fin (ahí es donde entramos los espectadores); te sirves de otros para recalcar lo inútil y  rata de dos patas que es ése (a) al (a) que vas a dejar.   ¡Y mira el pimpollo que tuviste y perdiste! (¡Sácatelas!).

Como espectador forzado, puedes distinguir las metidas de pata de ambas partes y cómo se podría      -con un poco de civilidad y humanidad- terminar el asunto con saldo blanco. Quizá en eso reside el desgaste para uno: en la consciencia del daño que se hacen dos personas sin poder intervenir a favor de nadie; en la consciencia de los errores propios sin poder regresar el tiempo para corregirlos; en la incertidumbre de cómo repercutirá la nueva situación de los fulanos en lo que a ti te compete directamente.

Eso me lleva a pensar que si el final de un noviazgo puede ser una cosa tremenda,  debe ser peor un divorcio  (asunto legal o práctico en el caso de las uniones libres), sin contar con los daños a terceros cuando hay hijos de por  medio. Y peor aún en el caso de haber un padre que hable mal o que le prohiba tener trato con su descendencia al otro.

En última instancia, el espectador adulto que no tiene un vínculo afectivo con la pareja en proceso de separación, lo más que puede perder es un trabajo, un servicio,  un contacto, en fin, algo que tiene solución. No pasa de ser una situación embarazosa en la que siempre habrá forma de hacerse a un lado para que no nos salpiquen, pero si se trata de tus padres, ¿Cómo te haces de la vista gorda?, ¿A quién le das la razón si uno te prepara el desayuno y el otro te ayuda con la tarea?

Cuánta razón tiene doña Luchita cuando dice que "uno como quiera, pero ¿y las criaturas?"












25 de septiembre de 2012

Con tinta sangre del corazón

En plena oscuridad, no intento ahogar la carcajada que la "Cheves" me provoca con sus gestos. La carismática chamacona  sabe que nos tiene en la bolsa y se le nota lo mucho que disfruta estar en el escenario.

Por mi parte, ya relajada y  disfrutando como espectadora, aprovecho los  amelcochados díalogos de los protagonistas para fugarme, cual Homero Simpson, para comparar lo que observo con lo que acabo de presentar una hora antes en ese mismo escenario."Nacos" v.s. "Lisístrata".  Lino v.s. Lisístrata. Mi paso de actríz a directora, zigzagueando por el discreto oficio de la dramaturgia.

Pienso en mí a los quince años, participando en el mismo Festival de Teatro Universitario: Madre; Lino de niño; niña de la calle. Mis personajes en una historia colectiva que armamos en el TACO con la cual pasamos a la segunda ronda de eliminaciones. Una historia al estilo de Ismael Rodrìguez en Nosotros los pobres donde al protagonista le pasa de todo, combinado con texto de González Dávila donde no hay final feliz.

Nacos es una historia que pretende desmentir las historias rosas de las telenovelas, pero se mueve en la misma cancha: jóvenes ricos que se enamoran de unos pobres pero con un corazonsote. Aderezan la historia con un cuestionamiento sobre el ser naco y  la sobrevaloración que se le da a la apariencia, incluso para elegir Presidente de la República.

Regreso a los años noventa y recuerdo  cómo eran esas sesiones en las que todos aportábamos ideas para armar nuestras obras. Sin un profesor de teatro formal, nuestro monitor que era autodidácta, nos "tiraba línea" para llevar a la "crìtica social" nuestra historia.  

En Nacos, creo reconocer esa misma intenciòn de nuestro monitor en su director (autor de la obra). Me veo adolescente en esa compañía de teatro, convencida de estar "creando consciencia" en el pùblico. Los veo  salir  con un discurso que ya es suyo. Veo en ellos una pasión que no encuentro en los Lisístratos. No he encontrado la forma de generarles la necesidad de estar en un escenario que a  los Linos  (y a  los Nacos)  nos hacía  sentir que cualquier teatro era pequeño para mostrar lo que habìamos creado.

Pienso en mi Lisìstrata, adaptaciòn libre de la obra de Aristòfanes.  ¡¿?! ¿La hubiera montado a los quince años?, ¿Cuál es mi parámetro para elegir las obras que monto ahora?, ¿Con qué compañía de teatro me gustarìa trabajar?, ¿Los Nacos o los Lisístratos?,  ¿La experimentación o lo académico? Mi corazòn se divide.

Porque al igual que en los Nacos, reconozco el lado flaco de  la dramaturgia de mi amado Lino de los quince años. Veo en ellos mi visiòn del mundo y del teatro de  cuando tenìa puesta la camiseta de mi taller  de teatro que no era el oficial sino el que heredó un espacio cultural con el movimiento estudiantil del 87.  La nostalgia es grande. Con cuánto desdén mirábamos a los chavos del grupo de teatro oficial que montaban textos escritos por otros. Y quince años después, heme aquì, adaptando textos clàsicos para muchachos de escuela privada.

En algún momento los chicos me han pedido que escribamos una historia especialmente para ellos. Pero se me ponen los cabellos  de punta cuando sugieren algo como "Vaselina" o las Princesas en un talk show.  Piden tambièn Romeo y Julieta porque de oìdas -igualito que Joan Sebastian dice en su canciòn- les ha llegado la versión de  que es una historia romantiquìsima pero  se resisten  a creer que son  cinco actos en verso que hablan de la imprudencia de unos adolescentes.

Ante tales propuestas, mi pluma prefiere el silencio. Pero tengo la esperanza de montar al primer descuido de mis jóvenes reguetoneros, algo de Lorca,  Moliére o Darío Fo. Mi bandera rojinegra-combativa le apuesta al teatro escrito (¡ah, porque el teatro también se escribe y merece un salario! ¡Ja!)  y la camiseta que hoy porto trae estampada la  gota que escurre de esos tinteros.




























7 de septiembre de 2012

No somos nada

Uno
El taxi avanza a muy buena velocidad por Ermita Iztapalapa; toma Zaragoza y en la avenida casi desierta, en un par de minutos llegó a mi centro de trabajo. Camino hacia la escuela y algo no es como todos los días. Firmo mi hora de entrada  y preparo mis cosas para empezar la jornada. Entra la coordinadora y nos dice que ella estará en recepción por lo de las ausencias. Pregunto a qué se refiere y le pide a otra compañera que me cuente. ¿Qué pasó?

En la tarde del miércoles 5, en varias calles de Neza se oyeron balazos supuestamente de Antorchistas en venganza por la muerte de dos de sus líderes. Un profe cuenta que un motociclista pasó por la (en ese momento ) ya desértica avenida Texcoco y al perderse en la siguiente esquina, se escucharon los balazos. ¿Quién disparó y a quién?

Bajo a la formación habitual y sabiamente dice Kevin: "Se siente la tensión en el ambiente". Efectivamente. Pocos niños y el ambiente se siente cargadito. Avanzamos a los salones y los niños se apresuran a decir lo que escucharon. Para evitar controversias, empiezo con el tema del día.

Al llegar a otro salón, los niños que vieron lo que pasó fuera de sus casas dicen: "¿Quiere que le cuente cómo pasó?". Confío en que   esta vez la información es de primera mano, pero me lo tomo con reservas porque son niños de primer  grado.

Al llegar a la clase con el grupo de tercero, enlazo el tema de la clase con lo sucedido el día anterior: ¿Qué importancia tiene el arte en nuestros tiempos? Hablo de insensibilidad, del poco respeto por la vida ajena. Les pido que sintetizen lo que pasó en su municipio la tarde anterior y lo relacionen con el video de la clase pasada.

Brenda dice: "No fueron los antorchistas. Fue la Familia. Por mi casa pasaron varias camionetas, de las grandes y blindadas y empezaron los balazos allá por la Villada... Fueron los narcos..."

La profesora de Cívica me comenta en el wc: "Ayer dió su primer informe de gobierno el Eruviel. Se van a poner de a peso las cosas." En sala de maestros, Diana nos cuenta: "A la panadería de mi papá le aventaron una botella con  lumbre. Pero mi papá dice que va a cambiar de local porque él no piensa pagar la cuota".¿Qué pasa?

Por la noche nada se dijo en el noticiero y en la mañana tampoco se mencionó nada en la radio. ¿Qué es lo que hace que  un mar de gente que diariamente transita de Ciudad Neza al Distrito se  mantenga  a raya? El metro cerrado en  Pantitlán y otras estaciones ; sin transporte público; comercios cerrados;  las calles vacías...

Más tarde en las noticias se habla de rumores y lo constatan entrevistando a un transeúnte que regresa del trabajo y asegura que no sabe nada, salvo lo que ha escuchado en la calle, pero que a él no vió nada...  ¿Por qué minimizan la situación?

Creo en la palabra de los niños. Decir que no pasó nada me parece que es dar pie a que crezca la incertidumbre y que se cree su mentada "psicosis". Si los medios de comunicación se hubieran limitado a decir lo que ocurrió la tarde del miércoles en Ciudad Neza, hubiera evitado, me parece, que la histeria se extendiera hacia Iztapalapa y Los Reyes. La falta de información es lo que propicia los rumores

Dos.

El lunes 3 de septiembre fui a la biblioteca y en la sección de espectáculos de El Universal encontré  una entrevista a tres productores de teatro mexicano. Me llevé toda la sección para leerla más tarde,  pero no fue hasta hoy que comencé a revisarla. 

Entre  encabezados, pies de fotos y anuncios,  vi una foto a la que no le puse mayor  atención y seguí recorriendo con la mirada la enorme página de arriba abajo. Mis ojos volvieron al recuadro y leí: ¡Si nos dejan!está de luto. Vi la foto de nuevo y reconocí al actor, a pesar de la mala calidad de la fotografía,  sin ralacionar el título de la nota con ése que aparecía en la foto. Empecé a leer a partir del tercer párrafo, justo donde  hablaban del currículum del actor que había fallecido. Que había fallecido.  Regresé  a la foto y me congelé: se trataba  de Octavio Castro.

Leí la nota esta vez desde el pricipio y ésta era clara y breve. O quizá clara no, pero sí breve. Decía que el día anterior, a la 1:30 am había fallecido "al no poder recuperarse de una enfermedad que lo llevó al hospital desde hace algunas semanas". Más currículum y nada más. Lo cual habla muy bien de él, sin duda. Es decir, en vida  buscó  desarrollarse como actor en diferentes medios y al parecer, lo logró.

Y es curioso, porque en su currículum sólo  muestran   lo que realizó en el mundo del espectáculo, sin incluir los proyectos no comerciales en los que  partícipó, como en la película de "El violin" y la versión cinematográfica de De la calle, (entre otros cortometrajes y montajes).  Me resonó aquella canción de  Los Caifanes: "afuera tú no existes, sólo adentro...".  No alcanzó una nota en la sección de cultura y en la sección de espectáculos le dan cobertura porque salió en la Familia P. Luche, actuó en un largometraje con Ana de la Reguera y en dos telenovelas. ¿Pero de qué murió?

 En algún diario con mis memorias de los años de CCH, tengo un dibujo hecho por Octavio en una servilleta de papel, una tarde de chelas en el local de Doña Pelos. De esa generación que estuvimos en el TACO (taller de teatro no oficial del CCH-OTE) en el 94-95, tres de nosotros nos fuimos al CNA, al CUT y a la FF y L.,  respectivamente,  a seguir estudiando teatro.  Simpático, alegre y comprometido, el Tavo fue el único que se mantuvo al pie del  cañón en su vocación de actor.

Hace unos meses, para celebrar el 15 de mayo, nos invitaron a ver el musical ¡Si nos dejan!  Lo vi en escena y me dió un sincero gusto verlo en activo ahí. Y ahora, de manera casual me entero que para él, el telón se cerró de manera definitiva.

Alcohol, drogas, depresión, estrés, bilis, un infarto, cruzar sin  precaución una calle, una bala perdida... cualquier cosa nos puede dejar fuera de la jugada. Y quizá no es que antes no pasara, pero a veces, como en esta semana, las cosas te pasan por diferentes frentes y más cerquita. Como dice  Mireya: "no somos nada". 

¡Salud, por el Tavo! Seguramente a esta hora, estará brindando con Dionisos.