25 de junio de 2014

Ni princesa ni esclava, simplemente Maléfica

En la secundaria, la maestra de Español implementó la biblioteca itinerante que consistía en comprar un libro de una larga lista puesta en el pizarrón y después de leerlo, lo debías prestar a alguien más y a su vez, otros te prestaban su libro para que al final del ciclo, leyeras diferentes obras literarias. Creo que fue así que leí Los cuentos de los hermanos Grimm en edición de Porrúa. Lo que pasó después, fue que luego de leer varios cuentos, los escenarios y la estructura de los mismos me parecieron muy similares y los leí por destajo, sin mayor atención.

Tampoco recuerdo sino vagamente la versión de Disney de La bella durmiente. Así que fui al cine a ver Maléfica sin ningún prejuicio por el personaje. Digamos entonces, que era un público semivirgen ante la historia que me presentaron en pantalla.

                                                    

LO QUE VI:

Una hada-niña que daba consejos motivacionales a los demás habitantes de un lugar encantado; una hada que comanda un ejército de árboles; una hada que tras dormir en el hombro de un viejo amor de juventud, es traicionada por éste al cortarle las alas por ambición a la corona; una hada muy dolida que cobra venganza; una hada sentimental que trata de enmendar sus malos pasos incluso, exponiendo su propia vida.
                                                           
 
También vi un niño que simpatiza con una niña hada, igualmente huérfana; un adolescente promedio que sigue su vida después del primer amor; un hombre cobarde para matar, pero lo suficientemente cruel como para violentar de forma premeditada a alguien, que por decir lo menos, confiaba en él. Un hombre temeroso y ciego ante los hechos.

LO QUE NO VI:
El amor de Maléfica- Estéfano. Si era el punto medular de la anécdota, nos lo quedaron a deber. ¿Cuál es el gancho de Contrabando y traición? Que en  tres minutos te cuentan cómo enloquece de rabia Camelia la texana y mata a Emilio Varela, aunque en eso se le va la propia vida. Es un verdadero gancho al hígado aquello de: "con la parte que te toca, tú puedes rehacer tu vida; yo me voy a San Francisco, con la dueña de mi vida...". Es una historia redonda que plantea la confianza y la camaradería con la que se juegan el físico en los negocios y el despecho que despierta en Camelia el notición que le da Emilio. Maléfica se queda todavía más tibia que la bruja verde de El Mago de oz (en la última versión de Disney), porque nunca pisa a fondo el acelerador del odio y el rencor, sino que termina -por lo menos en el discurso- conquistada por Aurora. Se anula así, cualquier nexo con el tema de  la sombra o cualquier otra enseñanza que el personaje en su versión oral (y más antigua) tuviera como  finalidad. 
                                                       

Aunque tampoco vi el amor Maléfica-Aurora. Me dejó la impresión de ser un caso de empatía;  una identificación con Aurora por el placer que les provoca ese lugar a las dos  y esa forma de vida natural y mágica. Todo el tiempo que dedica a cuidarla y hacerle pequeñas maldades,  en realidad es un tiempo muerto: ¿Qué otra cosa hubiera hecho de su vida? No atentó contra alguien más; nadie se opuso a sus nuevas disposiciones y sus relaciones públicas nunca fueron demasiado íntimas con nadie, las otras hadas tenían su propio relajo. En todo caso, había que conservar a Aurora (futura reina) para preservar el bosque y con ello, el bienestar de todos.
                                                                                      

Desde esta perspectiva,  se entiende que el  trato con Estéfano fue importante para ella, pero en realidad no vemos ni la amistad ni el enamoramiento, ni la decepción, ni lo que pasa sentimentalmente con Estéfano: no somos testigos presenciales, queda sobrentendido, porque nos lo cuentan. Y aunque el lenguaje cinematográfico, es esencialmente visual,  no hay mayor registro actoral de estos hechos. 

Maléfica dice con sus ojitos verde-amarillo brillantes que perdió a sus padres, pero también en eso nos manipulan sentimentalmente: las hadas no son procreadas como los humanos (tan sólo Google y Yahoo dan diversas respuestas al respecto). Por lo demás, a las otras hadas no se ve que les preocupe tener padres, marido o hijos. De hecho, se les ve contentas de terminar con su etapa de tías de Aurora. Por cierto, tampoco envejecen: sólo Maléfica madura más o menos al ritmo de Estéfano.

LO INTERESANTE:
Las alas de Maléfica. ¿Qué es un hada sin alas?, ¿Te imaginas a Campanita sin alas? Ella se opone a un ejército sin hechizos, utilizando solamente sus alas. Pero qué mal si te cortan las alas, y más si es un fulano y peor todavía, si es a la mala.  Como elemento metafórico, me parece que se puede omitir la inconsistencia de que mágicamente se le adhieren de nuevo. Un animal que pierde las alas, muere; vamos, hasta  los unicornios (en un plano fantástico), se mueren si les cortas el cuerno.
                                                  
Por otra parte, promocionan a Maléfica como la verdad sobre los no tan malos (de hecho pasa de bruja a hada, bajo el algodón aséptico de Disney a este cuento), pero si eso fuera cierto, tendrían que darle derecho de réplica a Estéfano. ¿Por qué no mata a Maléfica cuando puede?, ¿Cobardía o restos de amor? Tampoco se ve si se enamoró de ella o  le mintió cuando le dio aquel primer beso. Él también era un huéfano que estaba solo en el mundo y la relación con Maléfica debió tener algún impacto en su vida. En la historia sigue habiendo buenos y malos, sólo que  Maléfica, a pesar del nombre, desde el inicio es del bando de los buenos. Casi podría decirse que el hechizo contra Aurora, se le chispoteó
   
Si el amor verdadero (el de pareja) no existe, (aunque hay un guiño de complicidad en una de las tomas finales a Phillip, quien nunca se enteró cómo, cuándo y para qué llegó al castillo, pero igual sonrió para la foto) entonces, ¿Qué  esperanza nos dejan a las jóvenes casaderas? (¡Jo! Ya habíamos comentado algo de eso a propósito de Alicia en el país de las maravillas). Maléfica nos deja  apelar al amor fraterno.

Con un ritmo lento y por momentos estática, la historia de Maléfica a mi parecer no se sostiene por sí misma. Angelina Jolie llena la pantalla con los close up, así que casi ni se nota la poca participación del resto del elenco. Me agradó el personaje de  Diaval, el cuervo: simpático y oportuno como buen patiño. Y salvo por el traje tipo Gatúbela que le ponen al final a Maléfica, el vestuario y los efectos especiales hacen  un buen soporte. Sin la posibilidad de tener una historia sólida de un personaje de naturaleza oscura, la cinta se vuelve como un capuchino del oxxo: debajo de la espuma sólo te queda medio vaso de líquido dulzón.

              Malefica chibi by wampir00
                                                                      

3 de junio de 2014

De cómo los elefantes aprendieron a jugar a las canicas o cada quien su clericot

Me dio mucho gusto encontrar Las tremendas aventuras de la Capitana Gazpacho o de cómo los elefantes aprendieron a jugar a las canicas en la red y poder releerla. Es un texto dramático cuya puesta en escena de Abraham Alcalá, disfruté en el foro del Museo Universitario del Chopo hace como dos años. Esa noche salí con el corazón encendido y  el cerebro revoloteando tratando de darle sentido a todo lo que vi esa noche.
 
Pero necesitaba leerla, saber si la magia provenía del dramaturgo o se trataba del encanto del director. Un buen día -en la Facultad- encontré  la obra en una antología y pude ver que ese mundo disparatado, tan parecido al nuestro, era  producto del ingenio del autor: Gerardo Mancebo del Castillo. ¡Qué vitalidad de texto! Al leer la obra, uno quisiera interpretar a todos los personajes. Hay un  constante guiño del autor con referencias a otras obras y otros autores que te mantienen atento todo el tiempo.

Es sumamente divertida en medio de lo terrible que resulta ver la caricatura en la que queda convertido el amor. Gerardo Mancebo del Castillo nos muestra personajes que son parte de nuestra cotidianeidad, de nuestra cultura, de nuestra educación sentimental. Vemos personajes que desairan la posibilidad de un amor por ir tras una quimera; enamorados de un ideal o bien, envueltos en una relación enfermiza.
Si para el ser humano no fuera necesaria la compañía, la amistad, el amor, el afecto, la complicidad de otro humano, otro gallo nos cantara. En escena vemos un par de hermanas que sostienen un diálogo que en realidad es un monólogo sobre las aspiraciones de cada una;  un marido machín cuyo único placer reside en sobajar a su mujer; un  hombre que huye de las caricias de una mujer, mientras exige los gritos de su amor platónico. Es como ver correr a los personajes en un escenario fijo que  da vueltas en círculo para dar la impresión de movimiento: en realidad no van a ningún lado con sus deseos.

                                                  

Y a propósito del desamor, también me encontró Yourcenar o cada quien su Marguerite. una adaptación de dos textos de Marguerite Yourcenar. En esta obra, Jesusa Rodríguez juega con el carácter de algunos personajes mitológicos: un Teseo miedoso y sin escrúpulos, una Fedra sexualmente liberada y una Ariadna maquiavélicamente abnegada.

Aunque no del todo de mi agrado por el ritmo y estilo de los diálogos, el planteamiento de la obra es una cosa innegable: en cada relación en la que cedes para mantenerla a pesar de saber que no funciona, los involucrados están condenados a la simulación, la omisión, y la  mentira; pero además, ese juego empieza desde el principio de la historia. Lo tenebroso es cuando todo eso que  no se quiere ver o que se pretende restarle importancia sobre la pareja, sirva después para vomitarlo sobre el otro una vez que el amor se ha agotado. La metáfora del Minotauro como el monstruo devorador que cada uno se crea es lo único que justifica ubicar la historia en un contexto clásico. 


  


Dos textos con una estética diametralmente distinta abordando un mismo tema. Y es que en esto del amor,  pasa como con el clericot: no hay receta que se parezca.



                                                                












A propósito de los 35

Así como una carrera en el circuito universitario no se termina hasta que recibes tu playera conmemorativa, para mí el festejo por cumplir un año más de vida no es ni antes ni después: es justo el día que corresponde. Y el pastel es importante: es el momento en que se pueden pedir y conceder los deseos que has venido maquinando y depurando hacia el final del año. Si se cumplen o no, si hay más festejos o no, es extra. Me gusta ese rito porque hace evidente el final y el inicio del próximo ciclo simbólicamente. 

Mi cumple me genera cierta ansiedad que  me levanta antes de que suene  mi alarma biológica. Y hoy desperté con un sueño que era un reto laboral con una de las chicas -que más me simpatiza- del taller. De ahí recordé que esa generación sale del bachillerato este año y pensé que quizá no tenga oportunidad de desearles buen camino. Luego pensé: ¿Qué es lo que yo  de esta vida como para aconsejar a unos adolescentes? La respuesta es: nada. Cada uno aprende lo necesario en el momento en que se presenta la ocasión del aprendizaje  significativo.  
He de ser necia, a pesar de todo y dejaré aquí dos cosas que cada año olvido y en el camino, vuelvo a recordar:

Autocompadecerte, es señal de que ya se amoló la cosa. El peor estado en el que nos podemos meter, es la autocompasión. Es meternos el pie a nosotros mismos. En cuanto más  rápido lo detectemos estamos en la posibilidad de levantarnos, si no, ni Dios padre...

Esto no se acaba, hasta que se acaba. Ésta es mi favorita porque me hace pensar en que para bien o para mal, todavía queda algo por hacer.

La idea era completar 35, pero si de cualquier forma lo olvido, ni al caso. Este año se me figura distinto y complicado. ¿Pero qué sería la vida si todo fuera estático e invariable?