El pasado 6 de mayo terminó temporada la obra de José Saramago Don Giovanni o el disoluto absuelto basada en la ópera de Mozart "Don Giovanni o el disoluto condenado" en el Teatro Juan Ruíz de Alarcón, en el CCU.
Después de haber visto esta puesta en escena de Antonio Castro, me quedo con la duda si realmente Saramago quiso poner en la mesa de discusión todo lo que el director escribe en el programa de mano, porque entonces uno espera salir sacudido con lo que uno va a ver, oír y ¿quién sabe? hasta sentir, con ese "hombre lascivo" que nos prometen en la sinopsis.
Lo cierto es que ni doña Ana resulta una tumba hombres que pierde al inocente don Giovanni, ni éste se presenta ante el público como un macho cabrío que incomode con sus usos y costumbres. Antes bien, se rumora que su fama de buen amante es más cuento que novela.
Al don Giovanni de Antonio Castro lo oímos platicar de sus conquistas y vemos que desprecia a una mujer mayor como muestra de su mal corazón, pero la relación con doña Ana se queda en el plano anecdótico, no tenemos elementos para saber si realmente se enamoró de ella, si fue una mala pasión, capricho o un número en la estadística. Don Giovanni queda reducido a un personaje unidimensional: es el mujeriego típico sin más complejidades.
La confrontación de don Giovanni con la estatua del Comendador (padre de doña Ana) queda entonces reducida a algo circunstancial en la historia que no llega a provocar temor, risa, ni la indignación que supone el hecho de que un padre muere al defender el honor de su hija ante un seductor, (suponiendo que esa fuera la intención ).
Doña Ana, al contrario de la ópera de Mozart- Da Ponte, aparece en un par de escenas hacia el final de la obra en las que le oímos decir apenas unas líneas. Es un personaje tan irrelevante en el montaje que la actriz que lo interpreta dobletea personaje (Zerlina) con sólo un cambio de peluca.
No encontré el conflicto de la obra ni del personaje. Don Giovanni es un conquistador que lo único que lo mortifica es que pongan en duda su "hombría" con la pérdida de un libro que registra sus conquistas; Doña Ana deja de lado lo ocurrido con don Giovanni y encuentra rápido consuelo con Don Octavio; Zerlina engaña a su esposo con don Giovanni en una escena rápida y desdibujada. Los personajes de Zerlina y Masetto están en escena sólo para justificar el final: un marido que cobra a balazos la infidelidad de su mujer.
Definitivamente, o el montaje se quedó a medio camino de las espectativas del director o el texto de Antonio Castro en el programa de mano fue demasiado ambicioso. La dirección nos quedó a deber la controversia prometida.
La escenografía de Mónica Raya cumple bien e incluso se ve sobrada con todos los movimientos de tramoya que tiene ante un montaje al que le faltó dirección, para mi gusto. Visualmente, la escena inicial me parece lo más acertado del montaje por la información que nos da del personaje principal: nos muestra un don Giovanni desinhibido y gustoso de su cuerpo; acostumbrado a que le sirvan y lo adulen. Me quedo además, con las actuaciones de Carlos Cobos en el papel de Leporello y de Lucero Trejo en el de Doña Elvira, quienes levantan con gracia la puesta en escena por momentos.
Tirso de Molina escribe El burlador de Sevilla en 1630 y más de un siglo después, en 1787 Mozart y Da Ponte componen su ópera Don Giovanni o el disoluto condenado, inspirada en la primera. En 2012, Antonio Castro nos pregunta "¿Y en todo caso, no podrían ser las mujeres quienes seducen a Don Giovanni? ". 2065 mujeres, en efecto, son muchas mujeres. Suficientes para corromper a un pobre hombre que lo único que buscaba era encontrar la esencia de la mujer.
Pareciera una pérdida de tiempo tantos años y tantas páginas escritas en la historia de la humanidad como para regresar al inicio de los tiempos y señalar a las mujeres como sembradoras de tentación y causa de la pérdida del paraíso terrenal de estas pobres criaturas del señor llamadas hombres.