19 de octubre de 2016

Sábado de nostalgia

                                                                                                                      Con cariño leal, a Enrique.

El primer golpe bajo que me aplicó la memoria, fue hacerme pasar de largo ante la entrada del Jardín Botánico. Un lugar al que iba -por lo menos-, cuatro días a la semana en otro tiempo. Al entrar, descubrí un pequeño y agradable espacio con bancas metálicas a la sombra de un gran árbol; un torniquete a  un costado de la caseta de vigilancia impide ahora el paso y desde ahí se podía ver la carpa blanca que indicaba el lugar de la cita.

Busqué un lugar vacío y me dispuse a escuchar al Coro de Filosofía y Letras.  La memoria saltó de nuevo y me hizo un tajo fino como el que dejan las hojas blancas recién salidas del paquete de papel: un hueco en mi corazón y las lágrimas saltaron por mis ojos: Tres piezas africanas.



Tengo presente de manera racional lo que le aportó el Coro a mi vida: no sólo me regaló muchas satisfacciones en lo creativo, también me dio la experiencia de compartir la voz con desconocidos, en lugares donde la música es una ventana a la vida. Pero desconocía lo que podía pasar en mi corazón con un encuentro así. Lo último que esperé fue escuchar canciones que había cantado con la misma camiseta en otro momento de mi vida. Y eso me desarmó.

La memoria traía imágenes, sensaciones, retazos de recuerdos agolpados. Mi corazón fue revolcado en dos momentos más durante el concierto: El Chiriguare y Lamento Borincano.  Más lágrimas y ni una lona que disimulara ese desnudo de mi corazón al aire libre.

Veía el cuerpo del coro y ninguna cara conocida. Sin embargo, todo me era familiar: era evidente el gozo y la entrega de esos muchachos y la sonrisa llena de complicidad con su director. ¡Y yo sabía de qué se trataba! Lo había vivido también: muchas horas de ensayo, tensión y exigencia que al momento de la presentación son canjeados por el humor, cariño y la seguridad que ese director deposita en su equipo de trabajo.

Cuando dejé el Coro, lo hice con la seguridad de que mi ciclo ya se había cumplido. No podía invertir el tiempo que el Coro me requería para seguir evolucionando y no sin pena colgué mi uniforme de coralista. Y seguí caminando, di vuelta a la página y la experiencia vivida se asentó en algún lugar de mi alma.

Alguna vez me encontré un video del Coro de FFyL y me llené de gusto con las cosas nuevas que habían implementado. Fue un grato sabor de boca. Y hoy, de golpe y porrazo, me vi  conmovida de pies a cabeza. Supe entonces, desde las víceras que algo de mí se quedó entre esas partituras.

Ver a esa nueva generación quizá como alguien más me vio a mí, tiempo atrás, me llevó a la conclusión de que la magia que se crea en ese coro persiste porque hay un cuidador del alma y la esencia de ese coro: Enrique Galindo Leal.

Y sí: un viejo amor, ni se olvida ni se deja.





   





4 de julio de 2016

¡Qué se joda Gran Bretaña ..... y Oaxaca, también!

Miraba el noticiero de Joaquín López-Dóriga, quien sorprendido y enojado al mismo tiempo, anunciaba que en el referéndum celebrado en Gran Bretaña para definir su permanencia o no en la Unión Europea, los votantes se habían manifestado por la salida: el Brexit había ganado por una diferencia mínima de votos. Después, el conductor continuó su discurso mencionando la reacción de algunas personalidades del ámbito europeo ante este hecho; el impacto en el mundo financiero y la desolación de los jóvenes británicos por lo incierto de su futuro.


Concluido el tema británico, abordó el tema de Oaxaca y su indignación creció. La nota empezaba con un comentario del Secretario de Educación Aurelio Nuño, quien desolado declaraba que le resultaba satisfactorio el diálogo entre la Secretaría de Gobernación y la dirigencia de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE). Inmediatamente, el conductor anunció el desabasto de alimentos en el estado ocasionado por los bloqueos carreteros y justo aquí soltó la condena: ¡Que se joda Oaxaca!


Contextualizando, la condena venía a cuento porque desde su perspectiva, la irracionalidad y la barbarie de los oaxaqueños que decidieron cerrar las carreteras como mecanismo de presión para establecer una mesa de diálogo con el gobierno estaba provocando que otros oaxaqueños se quedaran sin alimentos. 


Con independencia de que ambos temas, el referéndum británico y la ingobernabilidad en Oaxaca son temas que ameritan una amplia reflexión, lo que quiero resaltar es el hecho de la indignación del conductor porque la realidad no se ajusta a su ideal de como ésta debe ser. De tal forma, para los británicos lo conveniente es permanecer en un bloque económico más amplio y que los habitantes de Nochixtlán, no deberían permitir y menos apoyar las acciones de un grupo a todas luces impresentable, como la CNTE. Terca realidad. 


La arrogancia del comunicador, que por informar las noticias todas las noches se pretende poseedor de la verdad absoluta o por lo menos del deber ser, le impide el pequeño acto de humildad de sólo mirar lo que ocurre frente a sus ojos y preguntarse por qué los británicos han decidido explorar otra vía; por qué los jóvenes -con la ventaja que representa ser usuario de tiempo completo de las redes sociales-, no promovieron y convencieron al resto de los votantes acerca de las ventajas de permanecer en la Unión Europea;o por qué la ingobernabilidad en Oaxaca se está volviendo cíclica y no se ha resuelto dentro del mismo estado o de qué manera se ha hecho que no satisface a los manifestantes; por qué la población de las diferentes regiones apoya y participa en acciones que, según los medios, les son tan lesivas.

Vale la pena tener en cuenta cuando nos sentamos frente al televisor, lo que menciona Ryszard Kapuscinski(premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2003), "actualmente la información es sólo objeto de mercancía" y como tal, queda sujeta a las reglas del mercado. Las empresas de comunicación crean un mundo que resulta atractivo para el consumidor, sin importar si es real.(1) 
           
Por supuesto va un saludo y el reconocimiento para los reporteros que a riesgo de su propia vida, acuden a los lugares donde ocurren los hechos e intentan buscar testimonios que den cuenta de lo acontecido, considero que la mejor manera de honrar su trabajo es buscar otras fuentes alternas como la prensa escrita, la radio, las redes sociales, que nos permitan formar un criterio propio y contrastarlo con la verdad digerida que ofrecen los conductores en la televisión que como agentes de mercado, intentan vendernos una imagen poco objetiva del diario acontecer.  

1.  González Calvo, Gerardo, África en los medios. Un silencio clamoroso, en  Castel - Sendín (eds), Imaginar África. Los estereotipos occidentales sobre África y los africanos, España, Ed. Catarata - Casa África, pp. 153 -156. 

20 de abril de 2016

Mercado laboral en tiempo de Reformas


A las meseras de La Pagoda y El Popular

En un café céntrico muy popular, Sandra trabaja como mesera. Cumple jornadas de diez horas, literalmente efectivas, porque la demanda para ocupar una mesa en el lugar es mucha; siempre hay lista de espera durante las veinticuatro horas que permanece abierto el local. Ella tiene tres hijos, no tiene una pareja, ella suma a la cifra de jefas de familia reportadas por el INEGI.

Sandra tiene treinta o treinta y dos años; es de estatura regular, delgada, de piel morena, atractiva a pesar del horrendo uniforme que lleva impecablemente limpio y planchado; tiene el cabello recogido y maquillaje discreto. Mientras prepara sus implementos para limpiar la mesa que recién se desocupa, uno de sus compañeros se le acerca por detrás, le pregunta en un tono que pretende seducir, que cuándo va a salir con él. Ella voltea encabronada, lo mira a la cara y le dice: “Tengo tres hijos, ¿los vas a mantener? Si no, no me estés chingando”.

Tres hijos. Ésa es la razón por la que Sandra acepta un trabajo donde le pagan setenta pesos diarios (más comisión y porcentaje de propinas), trabajando diez horas diarias que en situación extraordinaria pueden extenderse hasta trece. No todas le son pagadas como horas extra, pero se condiciona el trabajarlas, para conservar el empleo.

Al salir en la madrugada espera cerca de una hora para que el transporte de la empresa la lleve a su casa, junto con las otras compañeras que abordan el mismo vehículo. Si tiene suerte, será de las primeras en ser llevadas a descansar. Ella vive en la zona de la Merced, así que en diez minutos podrá estar en su casa. Si la suerte no juega a su favor, puede ser que tarde hasta una hora más. Con su salario y la inseguridad a la alza, no puede rehusar esta prestación. Al día siguiente, nuevamente, si la suerte juega a favor le tocará cubrir el turno de la tarde y podrá descansar algunas horas. Si no es así, regresará a las siete de la mañana. En este lugar no se sabe el turno que te tocará cubrir, todo depende de múltiples factores de mercado.

Sandra puede llegar minutos antes de su hora de entrada para tomar sus alimentos (otra prestación de la que goza). Lo podrá hacer sentada, si alcanza lugar en alguna de las dos mesas de un metro cuadrado -cada una-, que están dispuestas en el pasillo de metro y medio de ancho que da al "vestidor":  un rincón habilitado con unas tablas que hay que acomodar para que cubran apenas lo suficiente la intimidad de las trabajadoras al cambiarse de ropa.

Durante la jornada y pese a las condiciones anteriores, Sandra tendrá que mostrarse amable con los comensales porque de ello depende que la propina sea buena, pero inevitablemente el fastidio, la frustración, el cansancio y el enojo afloran y desembocan en sus compañeras con quienes compite por la clientela. Porque, aunque se tiene asignado un número determinado de mesas, proporcionar un servicio satisfactorio le garantiza que en la próxima visita, los comensales la busquen. Aquí, literalmente, el trabajo se defiende con uñas y dientes: haciendo malas jugadas a las “nuevas”, confrontando por todo y por nada a quien asigna las mesas, a la cajera, al personal de cocina, a los muchachos del aseo. No podría ser de otra manera ante la presión de tener casa llena todo el tiempo; limpiar las mesas, tomar la orden, pedir los alimentos en la cocina, calcular el costo de los alimentos, atender caprichos de comensales y agilizar las gestiones para garantizar que cada mesa sea ocupada el mayor número de veces posible durante la jornada.

En un ambiente así, es difícil percibir que el enemigo no es el trabajador que está al lado. Impensable hacer alianza para mejorar las condiciones de trabajo o establecer relaciones humanas más amables. Como sea, alguien dirá: al menos Sandra no figura en la estadística del desempleo.

Como cada año -en la antesala de otro 1° de Mayo-,las autoridades administrativas, los académicos, los organismos internacionales y los medios de comunicación comenzaran a arrojar la acostumbrada numeraria de las tasas de desempleo, el reto en la creación de nuevos empleos, el incremento al salario mínimo. El presidente hablará de los resultados de las reformas implementadas en su administración en materia de educación, en el sector energético; hablará de los múltiples viajes al exterior para ofertar el país al mejor postor y cómo todo ello redundará en mejoras para la “clase trabajadora”. 

Otra forma de hablar del tema, es poner rostro y nombre a las trabajadoras y trabajadores a los que las grandes reformas no alcanzan a trastocar sus condiciones laborales. 

11 de marzo de 2016

8 de marzo

En defensa de la intolerancia, el libro de Slavoj Zizek, resulta desde el título, toda una provocación. En este texto el autor plantea que se hace necesaria una posición de intolerancia hacia las reivindicaciones sociales de las minorías de cualquier tipo: nacionales, étnicas, raciales, de género, ambientalistas, sexuales, etc. en aras de cuestionar la actitud hegemónica en el mundo globalizado, expresado como liberalismo tolerante y multicultural, que encubre la despolitización de la economía. Los Estados hacen concesiones a las demandas específicas de las minorías y con ello evita que la atención se centre en la enorme desigualdad económica que aún existe en todo el mundo y que lo divide en dos: unos pocos muy ricos y otros muchos, muchísimos muy pobres. 


Pensando en esta tesis, me alcanzó el 8 de marzo que se celebra como una extensión del 10 de mayo, como si las mujeres sólo lo fuéramos en función de nuestra capacidad de procreación. El Gobierno Federal anuncia la cobertura del Seguro Popular para la atención del cáncer de ovario; se menciona que las mujeres son mayoría en el gremio magisterial y también son ellas quienes alcanzaron las notas más altas en el pasado proceso de evaluación. A través de las redes sociales circulan frases para congratularnos – lamentarnos lo abnegadas y luchonas que somos, que somos mejores que los hombres en muchos planos aunque ganemos menos que ellos, etc. 

Recordemos que el origen de la conmemoración del 8 de marzo refiere la lucha de trabajadoras rusas por la reivindicación de sus derechos laborales


Actualmente el 8 de marzo se promueve como una fecha para reivindicar nuestra condición de género, pasando por alto que la crisis, la explotación, el desempleo y la pobreza nos iguala a hombres y mujeres. Justo aquello que las mujeres rusas de principios de siglo XX demandaban. 

No desconozco la tesis de la feminización de la pobreza, ni la doble y triple jornada (yo misma la he vivido), pero tengo claro que lo que está en el fondo de nuestra desigualdad de género es una desigualdad económica. 


Por eso me resulta atractiva lo propuesto por Slavoj Zizek, porque con independencia de nuestras particularidades de género, raza, cultura, preferencias sexuales, etc., a millones de mujeres y hombres nos iguala la condición de desigualdad económica. Considero que la suma de voluntades para defender nuestro derecho a la vida como seres humanos, abonará bastante para continuar con nuestras reivindicaciones más particulares.


Aquí la referencia por si fuera de su interés: En Defensa de la intolerancia. Zizek Slajov. Ediciones Sequitur. Madrid, España 2007.

22 de febrero de 2016

La papa sin catsup

La visita del Papa dividió en por lo menos tres posturas a los mexicanos: a favor, en contra y los que se abstuvieron de opinar. Lo cierto es que esta visita, no pasó desapercibida para casi nadie en esta Ciudad de México. Ya sea por el cierre de calles, el tráfico o las coberturas especiales en radio y televisión, aunque sea de rebote, todos escuchamos o vimos algo referente al Papa Francisco.

Y no hubiera escrito nada  al respecto, si no fuera porque leyendo en el metro, encontré unas palabras de Fernando Savater que me regresaron al tema. En Política para Amador, se menciona -entre otras cosas-  que el hombre necesita creer que sus gobernantes u otras figuras de poder (padres, jefes, líderes, etc.) son mejores que el hombre común. De otra forma, ¿cómo obedecerlos? 

"No hay nada más humano que la pretensión de que aquellos a los que obedecemos son más que humanos o encarnan algo situado por encima de las pasiones y flaquezas humanas." Dice Fernando Savater.

Me llamó la atención la forma en que una locutora de Stereo Joya, abordó el exabrupto del Papa al final del  Encuentro de Jóvenes en la ciudad de Morelia. Mientras Mariano Osorio anteponía el clásico: "es humano", su compañera trataba (atropelladamente) de plantear que no se trataba de una equivocación, que no se trataba de un "errar es de humanos", sino que el enojo había tenido razón de ser y en ese contexto, enojarse era lo correcto. Porque de no haberse enojado, entonces sí "tendríamos de qué preocuparnos..." (palabras más, palabras menos). ¿Por qué? No le dejaron continuar su idea.

Sé que no es la mejor referencia la que cito, pero viajaba en un camión. Y eso que yo escuché con reserva, también lo escuchó por lo menos otras treinta personas, (sin contar a toda la audiencia con que  cuenta dicha estación). El Papa se enoja, luego entonces, enojarse es un acierto que lo vuelve más humano. Si humanizamos al Santo Padre, entonces, ¿qué le otorga la santidad si es igual al resto de la población?

Lo primero que pensé fue que en cualquiera de los dos casos expuestos por los locutores, el punto era justificar, la reacción del Papa. Ésa era la línea en los medios de comunicación: la disculpa del hecho. La noche anterior, al ver la noticias, lo que yo vi fue un hombre mayor, alterado. Pero la lectura de la locutora me puso a pensar que si el enojo es políticamente incorrecto, ¿la historia de la Madre Teresa de Calcuta sería la misma si alguna vez hubiera perdido los estribos públicamente? Si una mujer promedio que se enoja -públicamente o en privado-  es, por lo menos, una histérica, ¿aplicaría la justificación para la Madre de haberse dado el caso?

En mi pueblo hay un tremendo descontento porque el sacerdote asignado es un enojón porque empieza la misa a la hora en punto (esté quien esté) y porque no lleva una buena relación con el Coro (que por otra parte, era otra especie de mafia en el pueblo). Aquí el enojo, también es mal visto.  Uno podría pensar que siendo cura de pueblo, sería más fácil aceptarlo como humano dado su trato cotidiano con la comunidad. Pero no es así. ¿Cuándo y con quiénes el enojo es un acierto

Cerremos con Savater: "El Consejo de Ancianos siempre ha tenido peso de autoridad (...).  Pero la experiencia vital de los ancianos, su madurez, su sosiego ante los arrebatos y pasiones, siguió determinando que la gente confiase en su liderazgo".

... , una de las visitas más importantes del Papa Francisco en 2016
Enojado, con o sin razón, el Papa Francisco no mostró el temple para algo que desde un principio se sabía que podía ocurrir en un evento de tal magnitud. Y lo humano del asunto, como error o como acierto,  es lo que queda sobre la mesa. Si todo hubiera transcurrido sin este detalle,  quizá la visita del Papa hubiera sido como una papa sin captsup.




Política para Amador. Savater, Fernando. Ed. Ariel. Col. Ariel, #112. Págs. 61-65.

https://www.youtube.com/watch?v=WRmZ01ErqFY


Lo sagrado y lo profano


Inevitablemente la visita del Papa me ha dispuesto a escribir, no desde la perspectiva del análisis de la institución religiosa o de la política nacional e internacional porque hay muchos y buenos intelectuales para ello, pero tampoco voy a escribir desde la banalidad de las televisoras que transmitieron la visita como si fuera una edición de “Sabadazo” o “Venga la Alegría”.

Sin duda la visita del Papa Francisco propició lo sagrado y lo profano de este pueblo mexicano.

Lo sagrado manifestado en la necesidad de movilización de los mexicanos, los que por decisión salieron a la calle o acudieron a las concentraciones; los que no fueron convidados mediante un boleto; la verdadera periferia que se desplazó muchos o pocos kilómetros para escuchar lo que venía a decir una persona externa, porque ya no quiere escuchar a los propios -sean de izquierda o de derecha-, decir lo que de todas maneras ya sabíamos: las cosas en México están muy mal.

Lo sagrado manifestado en la jugada maestra de los indígenas chiapanecos haciendo partícipes a los asistentes mestizos de una misa en lenguas maternas, de su manera particular de comunión y recibir después la venia vaticana para ello. Recordé el cuento de Edmundo Valadés, La muerte tiene permiso donde solo faltó que algún indígena dijera “…pues muchas gracias por permitirnos celebrar misa en nuestras lenguas, pero como nadie nos hacía caso, desde hace varios siglos que lo hacemos así”.

Lo profano expresado en la desnudez que exhibió la clase política, la élite religiosa, los empresarios adscritos a una Cámara, los cantantes “estrellados del canal”, los convidados de las primeras filas.

Lo profano expresado en la ejecución de obra pública en tiempo récord y en lugares en los que, en otras circunstancias, jamás se verá reflejado el presupuesto público, con esos montos y con esa celeridad.

Tiene razón el Papa Francisco: México es un pueblo que sorprende. Para bien y para mal.  

27 de enero de 2016

Mexicanos al grito de guerra

cabesams
Un gusto culposo de la niñez, era que me gustaba cantar el Himno Nacional Mexicano durante los lunes de honores a la Bandera. Cantarlo con fe y convicción. Me lo sabía completo, incluso las estrofas que sólo se cantan en el concurso de Coro convocado por la SEP. Y me ponía muy de malas que mis compañeros equivocaran la letra. ¿Cómo la podían olvidar? Si hubiera que entonarlo para motivar a todos los mexicanos para defender el país, ¿cómo íbamos a lograrlo? Me parecía simplemente, imperdonable.

Ya en la secundaria, me tocó la época dorada de Mejía Barón al frente de la Selección Mexicana de Fútbol. El mundial de 1994 nos encontró en las aulas de la Secundaria Diurna #98 y Froylán, un chico mayor que el resto del grupo, era el único al que le prestaban un televisor en su casa (y que manejaba una camioneta), para ver los partidos en horario de clases. Ni antes ni después de esa temporada futbolera del Mundial y la Copa América, volví a emocionarme con tanta verdad y tan a pie juntillas por algo que tuviera que ver con el orgullo nacional.

La primera vez que escuché acerca de la isla de Clipperton, fue en 2001, durante mi curso de Comprensión de lectura en Francés. Y, por supuesto, no volví a pensar en el tema una vez terminada la lección de ese día. Hasta hace una semana.

El sueño de la Mantarraya es  una obra escrita y dirigida por  Alejandro Ainslie, a partir de ideas y textos de La isla de la pasión de Laura Restrepo. Según palabras del propio director, en el programa de mano, el objetivo del montaje es dar a conocer el caso y poner en la mesa de discusión la reapertura del caso, ya que la isla de Clipperton, es "uno más, para sumar a la cadena de despojos territoriales que ha sufrido nuestro país".

En la obra,  anecdóticamente hay un ir y venir del presente al pasado de los personajes, para relatar el contexto histórico en el que se dió dicho despojo. El asunto dramático, se pone en la historia personal del gobernador de la isla, Ramón Arnaud (de ascendencia francesa, por cierto), quien antepone su fervor patriótico a un asunto ético de vida o muerte. ¿Se debe aceptar la ayuda de un enemigo nacional para salvar la vida?

El sueño de la Mantarraya, desde mi punto de vista, trata de enlazar ambas historias que en realidad caminan de manera separada: una es la historia del manejo político que se le dió a la posesión de la isla,  y otra, la historia de las circunstancias y las decisiones tomadas por quienes vivieron el hecho histórico. Lo primero, condiciona lo segundo, pero no a la inversa.

El montaje muestra los manejos y negociaciones que a nivel político se entablaron con Francia por la posesión de Clipperton. Una vez derrocado Porfirio Díaz y puesto el caso de Clipperton bajo arbitraje internacional, se deja a su suerte -sin comida ni agua potable- , al gobernador de la isla junto a su guarnición de soldados y sus respectivas familias.

La historia del capitán Ramón Arnaud es la historia del miedo. Con un antecedente de deserción en su expediente, se le ordena trasladarse a la isla de Clipperton e incluso, se le nombra teniente y después gobernador de la misma. Por miedo de ser acusado de traición, acepta el puesto;  más tarde y por el mismo motivo, se queda en la isla a pesar de la falta de alimentos, aun cuando se les presenta la posibilidad de ser rescatados por un barco norteamericano. Es también el miedo a morir en la isla -quizá- lo que lo precipita al mar a cumplir su sueño premonitorio.

El director apuesta por el discurso patriótico, y  pone el dilema ético de Ramón Arnaud como un acto nacionalista, en el que antepone su honor militar a su propia sobrevivencia. Lo que sigue en la historia de los habitantes de Clipperton, es terrorífica: hambre, locura, violencia y muerte. Esta estampa del comportamiento humano que nos muestran en El sueño de la mantarraya, juega en contra del dramaturgo (que es el mismo director): el montaje nos dice que es irracional preponderar el honor de una nación, a la vida y el sufrimiento padecido por los niños y mujeres que vivieron el suceso. Como si no hubieran sido suficientes esas muertes y violaciones, ¿por qué pensar que recuperando el título de propiedad de la isla, esas vidas perdidas tendrán algún sentido? ¿Para qué pretender pelear un territorio en aras de un homenaje póstumo a los héroes anónimos, como lo plantea el director en el programa de mano? 

"Clipperton es una isla mexicana, porque la ganamos con la sangre y el esfuerzo de valerosos mexicanos que dieron su vida por defender la soberanía de un territorio lejano, desconocido y estéril", dice de nuevo Ainslie en el mencionado programa de mano. Si pensamos que hoy en día no se invierte en el campo mexicano, en la ciencia ni en la tecnología mexicana, que nos hace pensar que esta vez se  invertirá en el resguardo y en la explotación de los escasos recursos naturales de la isla? 

El mismo texto de Alejandro Ainslie habla con sarcasmo del patriotismo que se les inculca a los militares a pesar de ser la misma Patria que "defienden", quien les da la espalda. Si damos por cierto la versión de Ainslie sobre el nacionalismo en las acciones de Ramón Arnaud, veríamos lo peligroso que es creer en México como algo en abstracto. Los actos de un militar responden a su Jefe Máximo, quien siempre será un humano con pasiones e ideas propias. No es México quien pide más territorio, quien defiende determinada religión o declara la guerra a otro país. Siempre se  trata de un asunto entre hombres (humanos).

Cuando recuerdo la pesadumbre  y la frustración que dejaba en mi yo adolescente, un partido perdido de la selección mexicana de fútbol pienso que fue buena idea dejar de pensar en el equipo y yo como una misma cosa. Los logros y las derrotas son de quien las trabaja. Y eso no me hace sentir menos mexicana. ¿Qué implica ser mexicano? Estoy segura que nada cercano a un estado de ceguera. El caso de la isla de Clipperton, desde luego me parece que es un capítulo de nuestra historia que hay que tener presente, más que como un caso de soberanía nacional, como un episodio absurdo del comportamiento humano.

El sueño de la mantarraya, La isla de Clipperton se presenta en el Teatro Santa Catarina en su última semana, hasta el 31 de enero de 2016.

http://www.teatrounam.com/

                                     



26 de enero de 2016

La mercantilización de la vida misma.


En un periodo de tiempo relativamente corto he escuchado la frase: “esto vende”. La primera vez ocurrió en una plática familiar donde la frase completa fue: “ser oaxaco vende”. El contexto de la frase era una narración acerca de los beneficios obtenidos en el ámbito laboral (en un medio de comunicación), una vez declarada la pertenencia a una etnia, aunque de ello sólo queden los rasgos físicos.

México es un país racista donde el componente étnico del mestizaje sólo es bien visto como atracción turística o tema de museo. La población indígena apenas alcanza el estatus de sujeto de derecho aunque en los hechos sigue encabezando las cifras de la pobreza extrema. Por eso me llamó la atención esta declaración que puede entenderse como una estrategia para revertir una situación adversa y posicionarse de mejor manera en la escalafón de la sobrevivencia.     
             
La segunda referencia la escuché en la conferencia África representada en los medios de comunicación, dictada en el marco del Foro de Estudios Internacionales México 2015 Una mirada hacia África: Presente, integración y futuro donde se dijo: “la miseria, la violencia, la tragedia, el hambre y la enfermedad retratadas de África es lo que vende”. El ponente explicaba que pocas veces los medios de comunicación difunden noticias positivas acerca de África y que lo se difunde abona a construir una idea parcial y superficial de África, donde no se profundiza en las causas de ese panorama negativo que se difunde.

A pesar de reconocer la efectividad en la comercialización de las cualidades y las condiciones adversas tanto de los pueblos indígenas como africanos, esta efectividad me entristece porque se antepone el carácter utilitario de ambas condiciones y se deja de lado una reflexión más profunda y sobre todo acciones concretas para vivir la condición de otredad de una manera digna, pareciera que en este contexto de crisis económica se vale vender la esencia cultural y la miseria en aras de la sobrevivencia. El capitalismo y la globalización propician que todo sea susceptible de convertirse en mercancía. Hasta la vida misma.