29 de enero de 2013

Una de perdidas

Me llamó la atención el modo en que Carla Morrinson cuenta algunas anécdotas sobre su niñez en un documental (Dolores de colores). Entre otras cosas, habla de la ocasión en que se perdió en un centro comercial, siendo muy chica y el temor con el que se quedó durante muchos años. Para mí, la vida antes de los cinco años es completamente borrosa y creo que las sensaciones que  guardo provienen de las fotografías que conservamos en el álbum familiar.
De mi etapa  preescolar, ubico chispazos inconexos: Jorge de la Muchacha y Amparito; mi traje de baño para el chapoteadero; mi primer pambazo...  (ya hablaré después de esa rara etapa). Recuerdo cosas  o momentos muy concretos y justamente  uno de ellos me lleva directamente al mostrador de dulces de El Nuevo Mundo, en el corazón de la ciudad de México.
Cualquiera que haya ido al Zócalo Capitalino recordará los aparadores de esta tienda departamental que cubren  las paredes que dan a las calles de 16 de septiembre y Venustiano Carranza. Hace un par de años recuperaron su dulcería en la planta baja, porque hubo un periodo largo de años, en que desapareció. Y en los años ochenta, también estaban ahí las vitrinas con dulces y confites. Nosotros llevábamos cerezas azucaradas que vendían por gramos cuando por alguna providencia nos caían unos pesos extra.
En la versión de Yucuiñálu niña, estoy segura de que avisé de mi partida hacia los juguetes cuando me dirijí hacia las escaleras de piedra donde los exhibían por temporada navideña. Mientras hacía "tiempo" (¡Ja! Suena ridícula esta expresión cuando se tiene menos de cinco años) viendo los juguetes, miraba de reojo a mis hermanos mientras los atendían en el mostrador; pero en algún momento ellos se fueron de ahí y no supe a dónde. Pero yo estaba convencida de que ellos iban a ir por mí.
Me recuerdo merodeando por todos los escalones, entre triciclos, bicicletas, muñecas, etc. y regresando de vez en cuando con  los muñecos gigantes de peluche que eran los que más me gustaban (para poder decidirme por alguno en caso de que "alguien" me dijera que podía llevarme un juguete).  Y como seguían sin ir por mí, hasta eso me aburrió y me senté a esperar...
No sé cuanto tiempo estuve ahí, pero por la cara de alivio de mis hermanos, supongo que mucho. Me dijeron un par de cosas que no entendí y no recuerdo, pero me llevaron con ellos a casa y hasta ahí quedó el asunto. Después, platicándolo muchos años después con mi hermana, me habló del terror de regresar a casa sin mí; incluso pasó por su cabeza no regresar.  
Quizá ayude decir, para recrear bien la escena, que siempre he sido muy pequeña.  Si ahora no alcanzo el metro y medio,  a los tres o cuatro años quizá medía unos cincuenta cms. La prueba está en mi foto de graduación del Kinder: le llego a la cintura a mi madre y ella tendría la misma estatura que yo tengo ahora. Eso explica por qué a pesar de haber pasado varias veces por ahí, desde  las escaleras eléctricas, nunca me vieron.
Y yo por mi parte, camuflajeada entre los juguetes, no alcancé a entrar en un ataque de pánico porque estaba segura de que ellos sabían dónde encontrarme. Es más, quería pasar desapercibida para los empleados de la tienda, no me fueran a decir algo por estar ahí sentada.
¡Qué percepción tan distinta la que se puede tener de una misma situación con menos o más años! Para mí, a diferencia de la Morrison, fue un evento que se guardó en mi memoria por mucho tiempo antes  de volverlo a recordar como un momento largo y aburrido, pero no traumático como lo fue para ella.
Afortunadamente en ambos casos, la extraviada que nos dimos fue sólo por un momento y regresamos a lado de nuestros familiares con saldo blanco. Ni yo me perdí, ni mis hermanos se tuvieron que ir a la calle para evitar unos buenos cuerazos que, seguramente, les iban a acomodar mis padres si llegaban sin mí.

O quizá no.
 

13 de enero de 2013

La historia que es solamente una historia

De niña, leí algunos libros de cuentos chinos. Fueron de mis primeros libros. Siendo de la misma serie, eran muy similares en el formato, no así en las ilustraciones. Me gustaba mucho el tipo de historias aunque me ganaba el ansia de avanzar más rápido cuando empezaban con su recurso de repetir  desde el principio la parte en que empezaba la aventura del héroe, cada que éste  se encontraba con un nuevo obstáculo en su camino. Así empieza Seda.  
Cuando leí esta novela, terminé con las de cocodrilo de fuera. Grandes lagrimones fuera de mis oscuros ojos y el corazón ligeramente oprimido.  ¡Zas! ¿Qué era lo que no me cuadraba de esas lágrimas? Me  iba a contestar, pero decidí que no tenía que ser aguafiestas y si ésa era mi primera reacción ante el inesperado final, entonces se valía ser sentimental. La tarea era volver a leer la novela de Alessandro Baricco para descubrir porqué me creaba sospechosísmo
No he hecho la tarea, pero con la lectura de Se busca heroína regresó a mi cabeza Seda. La doctora Rivero narra la anécdota de La mujer de Gilles de Madeleine Bourdoux. En la lectura de dicha obra, ella  interpreta la historia de Bourdoux como una denuncia de "los peligros que acechan a aquellas mujeres (u hombres) cuyo único anhelo es conservar al hombre (mujer) amado (a), lo que puede llevarlas (los) a la autodestrucción". ¡Zas! y... ¡Zas!
La anécdota de La mujer de Gilles me trajo a la memoria Seda. Ahora sí: ¿Por qué me causó sospechisísmo llorar por la mujer amnegada que se tragó la infidelidad de su marido hasta el día de su muerte?  He de confesar que una vez que se me secaron los lagrimones aquella misma tarde de lectura, insistí en preguntarme y me contesté, a reserva de volverla a leer.
(Aviso: Si no han leído Seda y lo piensan hacer, brinquen éste y el siguiente párrafo.)  Mi conclusión fue que no era admirable la actitud de la esposa al escribir una carta simulando ser la amante de su marido para mantenerle la ilusión de esa aventura, apaciguarlo y vivir con él el resto de su vida; sin reproches ni escenas de sofá, como dice Sabina. 
Yo no podría. Yo no he podido. No podría vivir con una persona a la que  se le revuelve el corazón por otra persona sin reprochárselo. No podría verlo en vela  con los pensamientos lejanos sin berrear desconsolada.   Imposible quedarse en un lugar donde se siente que el que sobra es uno.
(Viene del aviso. Sigue lectura.) Bien por la esposa si ése era su plan y  la estrategia no la mortificaba, pero definitivamente empeñar la dignidad, -y sobre todo- el bienestar emocional, es cosa seria, me parece. De  ahí que me conmoviera el dolor de ésa mujer, con la reserva de que se necesita ser masoquista o tener una mente muy maquiavélica para actuar así.

Alessandro Baricco narra con mucha fluidez y maneja todos sus recursos para  conseguir que nos dejemos llevar por ese amor incondicional de aquella mujer. Pero si uno lo piensa con detenimiento, ¡qué chinga para su corazón! Sobre todo porque después, el personaje se desvanece en su tumba y el autor  nos sigue hablando del marido. Señal de que en ella, no nos debemos detener. 

Si Seda fuera teatro, uno tendría que estar muy al pendiente de lo que el autor provoca con su obra para saber cuál es la postura del dramaturgo. Pero al ser una novela, la cosa es distinta. Me parece muy reduccionista quedarme sólo con la lectura "feminista" de la novela (de cualquier forma, ahí queda la historia de Hélène).
Mientras leía Seda, me parecía estar leyendo esos cuentos chinos de mi infancia por la forma, pero también por el fondo de historia ancestral; la trayectoria de un héroe con todo  y  personaje fantástico que le ayuda en el camino como lo menciona Mircea Eliade en El héroe de las mil caras; y de vuelta al género dramático, me parecía ver la trayectoria tragicómica del héroe saltando obstáculos antes de llegar a su meta.
Seda, podría ser la historia de un hombre, que al igual que Peer Gynt de Ibsen, sale corriendo tras algo que siempre estuvo en el lugar de partida, pero que sin ese recorrido, jamás hubiera encontrado. El viaje  de un hombre para apaciguarse el cuerpo y el alma. Su autor la define simplemente como una historia.
 
Seda. Baricco, Alessandro. Ed. Anagrama.





8 de enero de 2013

En busca de heroínas

En estas vacaciones llegó a mis manos Se busca heroína de Paulina Rivero Weber, doctora en filosofía. El texto, aunque tiene una declarada nota que avisa lo que no es el libro, también  señala su inclinación por una postura feminista que se sustenta en aquellas cosas que no cambian en la sociedad a pesar de los años, con respecto a este mundo favorecedor del género masculino.

Mi postura al respecto también es clara: en este mundo hay gandallas (independientemente del sexo al que pertenezcan) y mujeres que no se han esperado a que les den permiso para hacer lo que han querido hacer en su vida. Que no la tuvieron fácil es muy cierto, pero las necesidades más básicas son de incumbencia de todo el género humano. Nunca he leído de primera mano a una feminista seria y el  feminismo exprés y comercial es otro extremo -me parece- que excluye a otro humano.

Aunque el libro se centra en la escacez de heroínas en la lituratura,  el tema en realidad es un punto de partida para hablar del ser mujer y no dejar el esqueleto en el intento. Habla de la responsabilidad de hacerse cargo de nuestra vida (tema unisex) y de marcar límites en todas las relaciones que se mantienen (tema unisex) en beneficio de una sana individualidad.

Es muy clara y sobre todo accesible en su escritura aunque el libro esté lleno de citas a las obras de Nietzsche y  Heidegger. También aporta versos y fichas de poetizas hispanoamericanas con las que ejemplifica sus ideas. Se busca heroína puede ser un libro muy básico para quienes tienen un rato en la búsqueda de rumbo, su mérito está en que deja mucha tela de donde cortar para otras reflexiones tanto por la antología de poemas (aunque no soy  afecta a  la poesía) como por la bibliografía  que anexa.

Lo que pone en la mesa, es la necesidad no sólo de replantearse el asunto de ser mujer, sino también el de la masculinidad, con todos sus riesgos y responsabilidades correspondientes. Asusta saber que todos somos responsables de la situación en la que nos encontramos conviviendo; las mujeres por reproducir una educación que nos desfavorece  y los hombres por no desmentir que son los todo poderosos. Sin duda, hay mucho que hacer todavía en busca de una situación más equitativa.













Se busca heroína. Reflexiones en torno a la heroicidad femenina. Rivero Weber Paulina. Ed. Itaca.