Me llamó la atención el modo en que Carla Morrinson cuenta algunas anécdotas sobre su niñez en un documental (Dolores de colores). Entre otras cosas, habla de la ocasión en que se perdió en un centro comercial, siendo muy chica y el temor con el que se quedó durante muchos años. Para mí, la vida antes de los cinco años es completamente borrosa y creo que las sensaciones que guardo provienen de las fotografías que conservamos en el álbum familiar.
De mi etapa preescolar, ubico chispazos inconexos: Jorge de la Muchacha y Amparito; mi traje de baño para el chapoteadero; mi primer pambazo... (ya hablaré después de esa rara etapa). Recuerdo cosas o momentos muy concretos y justamente uno de ellos me lleva directamente al mostrador de dulces de El Nuevo Mundo, en el corazón de la ciudad de México.
En la versión de Yucuiñálu niña, estoy segura de que avisé de mi partida hacia los juguetes cuando me dirijí hacia las escaleras de piedra donde los exhibían por temporada navideña. Mientras hacía "tiempo" (¡Ja! Suena ridícula esta expresión cuando se tiene menos de cinco años) viendo los juguetes, miraba de reojo a mis hermanos mientras los atendían en el mostrador; pero en algún momento ellos se fueron de ahí y no supe a dónde. Pero yo estaba convencida de que ellos iban a ir por mí.
Me recuerdo merodeando por todos los escalones, entre triciclos, bicicletas, muñecas, etc. y regresando de vez en cuando con los muñecos gigantes de peluche que eran los que más me gustaban (para poder decidirme por alguno en caso de que "alguien" me dijera que podía llevarme un juguete). Y como seguían sin ir por mí, hasta eso me aburrió y me senté a esperar...
No sé cuanto tiempo estuve ahí, pero por la cara de alivio de mis hermanos, supongo que mucho. Me dijeron un par de cosas que no entendí y no recuerdo, pero me llevaron con ellos a casa y hasta ahí quedó el asunto. Después, platicándolo muchos años después con mi hermana, me habló del terror de regresar a casa sin mí; incluso pasó por su cabeza no regresar.
Quizá ayude decir, para recrear bien la escena, que siempre he sido muy pequeña. Si ahora no alcanzo el metro y medio, a los tres o cuatro años quizá medía unos cincuenta cms. La prueba está en mi foto de graduación del Kinder: le llego a la cintura a mi madre y ella tendría la misma estatura que yo tengo ahora. Eso explica por qué a pesar de haber pasado varias veces por ahí, desde las escaleras eléctricas, nunca me vieron.
Y yo por mi parte, camuflajeada entre los juguetes, no alcancé a entrar en un ataque de pánico porque estaba segura de que ellos sabían dónde encontrarme. Es más, quería pasar desapercibida para los empleados de la tienda, no me fueran a decir algo por estar ahí sentada.
¡Qué percepción tan distinta la que se puede tener de una misma situación con menos o más años! Para mí, a diferencia de la Morrison, fue un evento que se guardó en mi memoria por mucho tiempo antes de volverlo a recordar como un momento largo y aburrido, pero no traumático como lo fue para ella.
Afortunadamente en ambos casos, la extraviada que nos dimos fue sólo por un momento y regresamos a lado de nuestros familiares con saldo blanco. Ni yo me perdí, ni mis hermanos se tuvieron que ir a la calle para evitar unos buenos cuerazos que, seguramente, les iban a acomodar mis padres si llegaban sin mí.
O quizá no.
O quizá no.