29 de noviembre de 2017

El complot mongol o cada quien su calle de Dolores



-  (...) No entendí...
- Lo mejor es que terminemos.
- Mmmh... Sí,  es lo mejor...

Y colgó la bocina de un teléfono público, al otro lado de la ciudad. ¡Pinches novios! ¡Pinches ex novios!

Ese mismo día, todavía con la incredulidad de haber terminado de esa forma una relación de poco más de un año, me dirigí a la calle de Dolores. Convocada por el letrero de "Se busca empleada de mostrador" de una librería que hoy en día ya no existe, pero que en esos ayeres tenía la osadía de poner a sus empleados a "jalar clientes" enfrente de El sótano, fui a mi entrevista de trabajo. Y me lo dieron. ¡Pinche trabajo!

Parecía un mal chiste del destino que mi nuevo empleo se ubicara precisamente entre las calles de Dolores y de López. Mi primer apellido.  Ni cómo negar la cruz de mi parroquia. ¡Pinches cruces! 

"México, con cierta timidez, le llama a la calle de Dolores su barrio chino (...). Más que un barrio chino, da el aspecto de una calle vieja donde han anclado algunos chinos, huérfanos de dragones imperiales, de recetas milenarias y de misterios."

Me tomó por sorpresa no sólo el ritmo, sino el estilo y el carácter del  personaje principal de la que es considerada una de las piezas clave en la novela negra mexicana: El complot mongol. La historia transcurre entre ires y venires por el barrio chino y el centro histórico de los años setenta, para detener una intriga contra la paz mundial. Dicho así, la trama podría parecer inverosímil, lo cierto es que Rafael Bernal, atrapa por la forma llena de humor negro que tiene para hablar de este México priísta de ayer y de hoy.   

Hay muchas cosas por las cuales esta novela me gustó. Pero sin duda, Filiberto García es un personaje que se queda colgado en la orilla más flaca del corazón. Su "pinche" esto y lo otro, es el  leitmotiv con que remata sus reflexiones. Entre tropezones  y descalabradas  durante la investigación del complot, deja caer ese pinche con la aspereza del kilometraje recorrido desde la primera juventud en su natal Michoacán, hasta sus actuales días como matón disfrazado de investigador por los democráticos tiempos que ha dejado la Revolución Mexicana y su exquisita clase política.

"La cara oscura era inexpresiva, la boca casi siempre inmóvil, hasta cuando hablaba. Sólo había vida en sus grandes ojos verdes, almendrados. Cuando niño, en Yurécuaro, le decían el Gato, y una mujer en Tampico le decía mi Tigre Manso. ¡Pinche Tigre Manso! (...)"

Tan manso el Gato-Tigre, que toda su dureza y machismo se transforma en torpeza y candidez frente a la sumisa Martita: 

"Le sonrió. Si me vuelve a sonreír, el señor don Rosendo del Valle y el Coronel se van al carajo. ¡Pinche maricón que soy! ¿Desde cuándo tan modoso para saltarle a una changuita?"
Y mientras en una línea  narrativa se desarrolla toda la trama sobre la conspiración en el barrio chino, en otra vemos fragmentos de la vida de Filiberto García, su iniciación como pistolero, sus primeros muertos, sus demonios interiores y la nueva ilusión que le despierta una mujer asiática:     

"¿Y si le cuento todo a Martita? (...). Más que contarle cosas, ya debería estar acostado con ella. ¡Pinche Martita! Capaz y se está riendo. Pero a lo mejor sale más suave así, con calma."

El final no puede ser más gris: el Tigre-Gato ha perdido la mansedumbre y una vez saldadas las cuentas, compra con coñac un plañidero alcohólico para un velorio. ¡Pinche velorio! ¡Pinche Soledad! Uno termina con muchos sentimientos arremolinados: entre la rabia provocada por la politiquería mexicana; la compasión ante un amor frustrado... Somos testigos de ese crujido proveniente del alma  de un hombre que no va a retoñar. Y eso explica por qué van en la novena reimpresión de El complot mongol.    

Mi estancia en la que fue la librería "El Caballito", estuvo lejos del paraíso de libros que yo imaginé. Aún así, como parte de las prestaciones no contempladas en el contrato, pude conocer mucha gente y algunas de sus historias. Encontré compañeras que fueron mis amigas porque nutrieron mi raspado corazón; la imagen de un sol anaranjado iluminando el monumento a la Revolución, una tarde de domingo despoblado; intercambio de poemas por cuentos en una café literario sin café, a la entrada del metro Bellas Artes; un concierto del Panteón Rococó, en el Zócalo después de la jornada laboral;  unos hot cakes fríos en la Alameda Central, doblemente valiosos por compartirlos en una amena charla salpicada de filosofía y psicología con Magnolia (sus temas favoritos, aunque en realidad era estudiante de pedagogía). Le  perdí la pista, pero no el cariño. Con eso me quedo. De la calle de Dolores para mí.

Seis meses después, cuando vi y aprendí lo que había que ver y aprender de mi estancia en El Caballito, salí de las  calles de Dolores y López. La vida me tenía un viaje a Cuba. Un día, - de los últimos que estuve ahí-,  él regresó. Fue a buscarme a la salida del trabajo. Y tiempo después, regresamos. Pero ésa, es otra historia.  ¡Pinches novios! ¡Pinches ex novios!



Bernal, Rafael. El complot mongol. Ed. Joaquín Mortiz. Novena reimpresión, 2017. México. pp.221.
   











  


30 de agosto de 2017

Machaca western o las lluvias de agosto

Hoy en la noche empieza oficialmente la fiesta patronal de Santa Rosa de Lima. Pude haber ido. Pero a pesar de la añoranza de oír la música de viento, ver las danzas y mojarme con la lluvia fría y el olor a tierra mojada en los pulmones, tuve miedo de volver a sentirme extraña.

La última vez que estuve en la fiesta grande, fue en 2009, luego de un periodo más o menos corto de no asistir. Y en aquella ocasión, todo fue diferente a lo que recordaba:  no había primos, la lluvia corría por toda la calle principal hasta encharcarse frente a la iglesia (el pavimento no filtra el agua y no hay coladeras), había pocos músicos en la banda municipal, y no conocía a los paisanos que venían de Estados Unidos (hijos de mis contemporáneos).  El paso del tiempo me cayó de golpe.  

El guacho, machaca western  trata de ese regreso a un lugar que tampoco es lo que solía ser. Con una estética de cómic, Luis Mario Moncada se sirve del ambiente del viejo oeste para hablar del viaje que hace el Forastero, un  gánster citadino que regresa con una misión a sueldo y,  -quizá-,  a cumplir una promesa a un viejo amigo, pero es sorprendido por el amor y por la novedad que envuelve el poblado de Cactus.


En el pueblo (y en otros estados del sur del país), guacho es el soldado raso. En América latina, significa huérfano o hijo natural, incluso se dice de la persona que tiene malas intenciones.  Luis Mario Moncada lo utiliza como se usa en Sonora, como sinónimo de "chilango". En  cualquiera de estas acepciones, se trata de un extraño, de alguien ajeno a la comunidad en cuestión, y en definitiva, es una forma despectiva de llamar al otro.



El viejo oeste es el escenario donde cabe la nostalgia,  la pasión y la traición. La estética del cómic acepta la interacción de los personajes con una estatua que simboliza el orden. El guacho, machaca western, es una obra que nos abre la puerta a ese lugar  (físico o simbólico) del que hemos sido expulsados y nos ha convertido en extraños.

No habrá más fiestas patronales como las que viví en mi niñez y mi adolescencia. No habrá más lluvia con olor a tierra mojada ni  barro rojo que detenga mis huaraches a cada paso. Algunos de las y los primos ahora son abuelos. Santa Rosa de Lima dejó de ser un punto de reunión en el periodo vacacional de verano. La festividad unía a los niños de la ciudad y los del pueblo.  Ellos eran el pase, la acreditación para ser parte de la colectividad. Ser menos "guachos" en la tierra de los padres. California y  Oregon les han dado su propia barnizada de "guachos".



El guacho, machaca western. Moncada, Luis Mario. Ed. Instituto Sonorense de Cultura. 2010.




      









26 de julio de 2017

Dramaturgia Terminal

"Es hora de poner punto final a treinta años de labores dramatúrgicas", es la frase con la que cierra el autor, la nota introductoria a este tomo editado dentro de la colección Arco Iris. La Editorial Colibrí  recoge cuatro obras cortas de Vicente Leñero. La selección abarca obras escritas  en el año de 1984, 1989, 1995, 1996 -1997. 

Una característica en común en estas obras, es un diálogo ligero conseguido con oficio de dramaturgo experimentado: con personajes históricos o de un entorno contemporáneo y cotidiano, éstos se deslizan del pensamiento a la palabra y de ésta a la acción. O la inacción.

HACE YA TANTO TIEMPO (1984)

Es la historia de dos personas adultas mayores que en otro momento de su vida (37 años atrás), se separaron por esas cosas "raras" o "tontas" de la vida (según la canción de su preferencia), y se dan cita para armar un rompecabezas de recuerdos al que ya le faltan piezas. Sin embargo, es un momento propicio para celebrar la vida.

Esta pieza, es una delicia: la coquetería de una mujer mayor, la expectativa de cada uno respecto al encuentro,  la tensión que se genera al retomar la causa de su separación; el ego y la soberbia de los -en otro tiempo- jóvenes enamorados y de nuevo la calma. Sin duda, un texto con delicados matices para los intérpretes de esta obra.

AVARICIA (1989)

Casi un chiste escénico, un juego fársico de apenas una escena a propósito del humor (hasta el último soplo de vida) de Álvaro Obregón,  a partir de un capítulo del libro El militarismo mexicano de Vicente Blasco Ibáñez. 

TODOS SOMOS MARCOS (1995)

Otra historia de separación de una pareja donde un suceso histórico, es el detonante para que  los personajes fijen posturas políticas y de paso, decisiones de vida. El conflicto de pareja sirve como pretexto para contraponer distintos puntos de vista que el surgimiento del EZLN y la figura del subcomandante Marcos provocaron en la sociedad y que fueron motivo de debate en su momento. 

DON JUAN EN CHAPULTEPEC (1996-1997)

¿Qué pasaría si...? Parece ser el ejercicio recreativo de Vicente Leñero al plantear un romance entre José Zorrilla y Carlota, así como  la traición como otra forma de muerte para Maximiliano. Basado en hechos históricos, Leñero se da una licencia literaria para su juego escénico, aderezado con versos de la versión original del Don Juan Tenorio de Zorrilla.








Dramaturgia Terminal. Cuatro Obras. Leñero, Vicente. Col. Arco Iris. Editorial Colibrí. 









10 de marzo de 2017

LA NOVIA DEL PAPILOMA

Peralvillo es una vieja colonia de la Delegación Cuauhtémoc que conforma, junto con la colonia Guerrero y la Morelos, parte del cinturón de inseguridad que rodea al Centro Histórico de la Ciudad de México. Con cierta regularidad se escucha al señor que recorre las calles con su megáfono anunciando la nota roja que tuvo como escenario alguna calle con el nombre de un maestro de la música clásica: Beethoven, Mozart, Berlioz, Caruso, Wagner, Schubert, etc. 
 
Con el inicio del año, en la colonia se ha instalado una tensión permanente por el incremento de delitos de diversa índole. Aunque no tengo datos estadísticos que sustenten lo dicho, comparto la misma apreciación,  con los vecinos que también la perciben.
     
Chopin es una calle predominantemente de uso habitacional, con viejas vecindades, unidades habitacionales de interés social, pequeños comercios y tránsito vehicular local y en general no se padece de contaminación auditiva. 
             
En la madrugada del domingo, cerca de las cinco de la mañana, los vecinos de la calle Chopin despertamos con los gritos destemplados de la novia de El Papiloma.

De la nada, de repente se escuchó: ¡¡¡Pinche jodido, dijiste que te ibas a comprar un colchón, guey !!! ¡¡¡Pinche Papiloma!!! ¡¡¡Todavía es buena hora para ir a coger con el Miki, me lo voy a coger sin condón, bien rico, pinche Papiloma!!! (...) ¡¡¡Papiloma!!! ¡¡Papiloma!! ¡Papiloma! ¡Dame mi chamarra, guey! ¡Solo quiero mi chamarrra!...

Como Papiloma no daba señales de interlocución, la novia volvió a la carga: ¡¡¡Marcos Papiloma!!! ¡¡¡Dame mi chamarra, pinche Papiloma!!!...

No sé si fue Papiloma o algún vecino enojado por la interrupción de su sagrado descanso o alguna buena conciencia ofendida por el monólogo y el alias de Marcos, pero en lugar de la voz del Papiloma, lo que se escuchó a continuación fue la torreta de una patrulla que cruzó la calle y se retiró, en una clara acción de rondín.

Desconozco cómo hizo la novia de Papiloma para hacerse invisible a los patrulleros, pero la presencia policiaca terminó por enfurecerla y una vez que los oficiales se retiraron, cantó la despedida: ¡¡¡Pinche Papiloma, puto decrépito que no puedes ni coger!!! ¡Ya me lo había dicho Miriam! ¡¡¡ Chinga a la puta que te parió!!! ¡¡¡Pinche Papiloma, ya valiste verga, sé cómo vives, guey!!! ¡¡¡Te vas a pudrir en la cárcel, pinche Papiloma!!!

A la distancia se volvió a escuchar la sirena de la patrulla que nuevamente cruzó la calle y se retiró. No se escuchó que el auto se detuviera, ni se escuchó forcejeo alguno, por lo que supongo que no levantaron a la novia del Papiloma. El silencio se volvió a adueñar de la madrugada en la calle Chopin.

Ya no me volví a dormir y me quedé pensando en la sabiduría de los Tigres del Norte, con la reflexión que hacen en la canción Camelia la texana: "…una hembra si quiere a un hombre, por él puede dar la vida; pero hay que tener cuidado, si esa hembra se encuentra herida…".  Ahora la texana Camelia y los siete plomazos que le descargó a Emilio Varela me parece una historia menor frente a la furia de la novia de El Papiloma. Esta anécdota califica para trascender como leyenda urbana.

19 de octubre de 2016

Sábado de nostalgia

                                                                                                                      Con cariño leal, a Enrique.

El primer golpe bajo que me aplicó la memoria, fue hacerme pasar de largo ante la entrada del Jardín Botánico. Un lugar al que iba -por lo menos-, cuatro días a la semana en otro tiempo. Al entrar, descubrí un pequeño y agradable espacio con bancas metálicas a la sombra de un gran árbol; un torniquete a  un costado de la caseta de vigilancia impide ahora el paso y desde ahí se podía ver la carpa blanca que indicaba el lugar de la cita.

Busqué un lugar vacío y me dispuse a escuchar al Coro de Filosofía y Letras.  La memoria saltó de nuevo y me hizo un tajo fino como el que dejan las hojas blancas recién salidas del paquete de papel: un hueco en mi corazón y las lágrimas saltaron por mis ojos: Tres piezas africanas.



Tengo presente de manera racional lo que le aportó el Coro a mi vida: no sólo me regaló muchas satisfacciones en lo creativo, también me dio la experiencia de compartir la voz con desconocidos, en lugares donde la música es una ventana a la vida. Pero desconocía lo que podía pasar en mi corazón con un encuentro así. Lo último que esperé fue escuchar canciones que había cantado con la misma camiseta en otro momento de mi vida. Y eso me desarmó.

La memoria traía imágenes, sensaciones, retazos de recuerdos agolpados. Mi corazón fue revolcado en dos momentos más durante el concierto: El Chiriguare y Lamento Borincano.  Más lágrimas y ni una lona que disimulara ese desnudo de mi corazón al aire libre.

Veía el cuerpo del coro y ninguna cara conocida. Sin embargo, todo me era familiar: era evidente el gozo y la entrega de esos muchachos y la sonrisa llena de complicidad con su director. ¡Y yo sabía de qué se trataba! Lo había vivido también: muchas horas de ensayo, tensión y exigencia que al momento de la presentación son canjeados por el humor, cariño y la seguridad que ese director deposita en su equipo de trabajo.

Cuando dejé el Coro, lo hice con la seguridad de que mi ciclo ya se había cumplido. No podía invertir el tiempo que el Coro me requería para seguir evolucionando y no sin pena colgué mi uniforme de coralista. Y seguí caminando, di vuelta a la página y la experiencia vivida se asentó en algún lugar de mi alma.

Alguna vez me encontré un video del Coro de FFyL y me llené de gusto con las cosas nuevas que habían implementado. Fue un grato sabor de boca. Y hoy, de golpe y porrazo, me vi  conmovida de pies a cabeza. Supe entonces, desde las víceras que algo de mí se quedó entre esas partituras.

Ver a esa nueva generación quizá como alguien más me vio a mí, tiempo atrás, me llevó a la conclusión de que la magia que se crea en ese coro persiste porque hay un cuidador del alma y la esencia de ese coro: Enrique Galindo Leal.

Y sí: un viejo amor, ni se olvida ni se deja.





   





4 de julio de 2016

¡Qué se joda Gran Bretaña ..... y Oaxaca, también!

Miraba el noticiero de Joaquín López-Dóriga, quien sorprendido y enojado al mismo tiempo, anunciaba que en el referéndum celebrado en Gran Bretaña para definir su permanencia o no en la Unión Europea, los votantes se habían manifestado por la salida: el Brexit había ganado por una diferencia mínima de votos. Después, el conductor continuó su discurso mencionando la reacción de algunas personalidades del ámbito europeo ante este hecho; el impacto en el mundo financiero y la desolación de los jóvenes británicos por lo incierto de su futuro.


Concluido el tema británico, abordó el tema de Oaxaca y su indignación creció. La nota empezaba con un comentario del Secretario de Educación Aurelio Nuño, quien desolado declaraba que le resultaba satisfactorio el diálogo entre la Secretaría de Gobernación y la dirigencia de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE). Inmediatamente, el conductor anunció el desabasto de alimentos en el estado ocasionado por los bloqueos carreteros y justo aquí soltó la condena: ¡Que se joda Oaxaca!


Contextualizando, la condena venía a cuento porque desde su perspectiva, la irracionalidad y la barbarie de los oaxaqueños que decidieron cerrar las carreteras como mecanismo de presión para establecer una mesa de diálogo con el gobierno estaba provocando que otros oaxaqueños se quedaran sin alimentos. 


Con independencia de que ambos temas, el referéndum británico y la ingobernabilidad en Oaxaca son temas que ameritan una amplia reflexión, lo que quiero resaltar es el hecho de la indignación del conductor porque la realidad no se ajusta a su ideal de como ésta debe ser. De tal forma, para los británicos lo conveniente es permanecer en un bloque económico más amplio y que los habitantes de Nochixtlán, no deberían permitir y menos apoyar las acciones de un grupo a todas luces impresentable, como la CNTE. Terca realidad. 


La arrogancia del comunicador, que por informar las noticias todas las noches se pretende poseedor de la verdad absoluta o por lo menos del deber ser, le impide el pequeño acto de humildad de sólo mirar lo que ocurre frente a sus ojos y preguntarse por qué los británicos han decidido explorar otra vía; por qué los jóvenes -con la ventaja que representa ser usuario de tiempo completo de las redes sociales-, no promovieron y convencieron al resto de los votantes acerca de las ventajas de permanecer en la Unión Europea;o por qué la ingobernabilidad en Oaxaca se está volviendo cíclica y no se ha resuelto dentro del mismo estado o de qué manera se ha hecho que no satisface a los manifestantes; por qué la población de las diferentes regiones apoya y participa en acciones que, según los medios, les son tan lesivas.

Vale la pena tener en cuenta cuando nos sentamos frente al televisor, lo que menciona Ryszard Kapuscinski(premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2003), "actualmente la información es sólo objeto de mercancía" y como tal, queda sujeta a las reglas del mercado. Las empresas de comunicación crean un mundo que resulta atractivo para el consumidor, sin importar si es real.(1) 
           
Por supuesto va un saludo y el reconocimiento para los reporteros que a riesgo de su propia vida, acuden a los lugares donde ocurren los hechos e intentan buscar testimonios que den cuenta de lo acontecido, considero que la mejor manera de honrar su trabajo es buscar otras fuentes alternas como la prensa escrita, la radio, las redes sociales, que nos permitan formar un criterio propio y contrastarlo con la verdad digerida que ofrecen los conductores en la televisión que como agentes de mercado, intentan vendernos una imagen poco objetiva del diario acontecer.  

1.  González Calvo, Gerardo, África en los medios. Un silencio clamoroso, en  Castel - Sendín (eds), Imaginar África. Los estereotipos occidentales sobre África y los africanos, España, Ed. Catarata - Casa África, pp. 153 -156. 

20 de abril de 2016

Mercado laboral en tiempo de Reformas


A las meseras de La Pagoda y El Popular

En un café céntrico muy popular, Sandra trabaja como mesera. Cumple jornadas de diez horas, literalmente efectivas, porque la demanda para ocupar una mesa en el lugar es mucha; siempre hay lista de espera durante las veinticuatro horas que permanece abierto el local. Ella tiene tres hijos, no tiene una pareja, ella suma a la cifra de jefas de familia reportadas por el INEGI.

Sandra tiene treinta o treinta y dos años; es de estatura regular, delgada, de piel morena, atractiva a pesar del horrendo uniforme que lleva impecablemente limpio y planchado; tiene el cabello recogido y maquillaje discreto. Mientras prepara sus implementos para limpiar la mesa que recién se desocupa, uno de sus compañeros se le acerca por detrás, le pregunta en un tono que pretende seducir, que cuándo va a salir con él. Ella voltea encabronada, lo mira a la cara y le dice: “Tengo tres hijos, ¿los vas a mantener? Si no, no me estés chingando”.

Tres hijos. Ésa es la razón por la que Sandra acepta un trabajo donde le pagan setenta pesos diarios (más comisión y porcentaje de propinas), trabajando diez horas diarias que en situación extraordinaria pueden extenderse hasta trece. No todas le son pagadas como horas extra, pero se condiciona el trabajarlas, para conservar el empleo.

Al salir en la madrugada espera cerca de una hora para que el transporte de la empresa la lleve a su casa, junto con las otras compañeras que abordan el mismo vehículo. Si tiene suerte, será de las primeras en ser llevadas a descansar. Ella vive en la zona de la Merced, así que en diez minutos podrá estar en su casa. Si la suerte no juega a su favor, puede ser que tarde hasta una hora más. Con su salario y la inseguridad a la alza, no puede rehusar esta prestación. Al día siguiente, nuevamente, si la suerte juega a favor le tocará cubrir el turno de la tarde y podrá descansar algunas horas. Si no es así, regresará a las siete de la mañana. En este lugar no se sabe el turno que te tocará cubrir, todo depende de múltiples factores de mercado.

Sandra puede llegar minutos antes de su hora de entrada para tomar sus alimentos (otra prestación de la que goza). Lo podrá hacer sentada, si alcanza lugar en alguna de las dos mesas de un metro cuadrado -cada una-, que están dispuestas en el pasillo de metro y medio de ancho que da al "vestidor":  un rincón habilitado con unas tablas que hay que acomodar para que cubran apenas lo suficiente la intimidad de las trabajadoras al cambiarse de ropa.

Durante la jornada y pese a las condiciones anteriores, Sandra tendrá que mostrarse amable con los comensales porque de ello depende que la propina sea buena, pero inevitablemente el fastidio, la frustración, el cansancio y el enojo afloran y desembocan en sus compañeras con quienes compite por la clientela. Porque, aunque se tiene asignado un número determinado de mesas, proporcionar un servicio satisfactorio le garantiza que en la próxima visita, los comensales la busquen. Aquí, literalmente, el trabajo se defiende con uñas y dientes: haciendo malas jugadas a las “nuevas”, confrontando por todo y por nada a quien asigna las mesas, a la cajera, al personal de cocina, a los muchachos del aseo. No podría ser de otra manera ante la presión de tener casa llena todo el tiempo; limpiar las mesas, tomar la orden, pedir los alimentos en la cocina, calcular el costo de los alimentos, atender caprichos de comensales y agilizar las gestiones para garantizar que cada mesa sea ocupada el mayor número de veces posible durante la jornada.

En un ambiente así, es difícil percibir que el enemigo no es el trabajador que está al lado. Impensable hacer alianza para mejorar las condiciones de trabajo o establecer relaciones humanas más amables. Como sea, alguien dirá: al menos Sandra no figura en la estadística del desempleo.

Como cada año -en la antesala de otro 1° de Mayo-,las autoridades administrativas, los académicos, los organismos internacionales y los medios de comunicación comenzaran a arrojar la acostumbrada numeraria de las tasas de desempleo, el reto en la creación de nuevos empleos, el incremento al salario mínimo. El presidente hablará de los resultados de las reformas implementadas en su administración en materia de educación, en el sector energético; hablará de los múltiples viajes al exterior para ofertar el país al mejor postor y cómo todo ello redundará en mejoras para la “clase trabajadora”. 

Otra forma de hablar del tema, es poner rostro y nombre a las trabajadoras y trabajadores a los que las grandes reformas no alcanzan a trastocar sus condiciones laborales.