25 de junio de 2013

Una de payasos o cinco tips para no encontrar trabajo

A veces me sorprende la  facilidad que tengo para boicotearme.  Sin ir más lejos, la semana pasada me avisaron que había un casting en la onda del clown. Me puse muy contenta porque iba a improvisar con mi maestro y su nuevo grupo, así que preparé dos narices para prevenir cualquier eventualidad, aunque eso implicó que me durmiera pasada la media noche.

Al otro día, regresé temprano del trabajo y  puse la lavadora. Tenía planeado poner una carga de ropa, comer, planchar mi vestuario y salir con tiempo suficiente para la cita. Hasta ahí, todo  estaba bajo control.

En mi vida, sólo había estado en otros dos castings: La primera vez fue rápido porque la convocatoria -al parecer- se hizo en corto entre los actores y producción de la obra. En mi caso, la maestra de escenografía se acercó un día después de clase para hacerme la invitación. Me dio los datos del teatro y me dijo a quién buscar.

Al director se le había ocurrido una escena extra después de pasar un fin de semana en Pátzcuaro y necesitaba una actriz con pinta de niña indígena que atravesara el escenario y arrojara un rosario con dolor y desprecio por la nueva religión impuesta.

Eso fue lo que dijo la traductora que  eran las indicaciones de Johann Kresnik. ¿Eres católica? No. ¿Dudas? No. Fui hacia una de las piernas del teatro, tomé aire y caminé siguiendo las indicaciones. A ojo de buen cubero, medí el escenario y cuando estaba a la mitad del mismo, volteé hacia las butacas: qué oscuro y qué silencio. Miré el rosario y lo arrojé con fuerza.  Me quedé ahí parada hasta que se oyeron algunos sonoros aplausos (Poquitos, pero sinceros; juar-juar).
 
Después supe que además del director y la  traductora, me vieron algunas de las actrices, la coreógrafa y parte de la tramoya. Encendieron las luces  y Eva, la traductora, me dijo que había estado muy bien y que si me convenía la paga, firmara el contrato. Eso fue todo: tenía una escena en La Malinche.

La segunda vez, asistí a una convocatoria para formar parte de una compañía de teatro que se dedicaba al teatro escolar. Al lugar asistieron mayoritariamente estudiantes de teatro. Yo tenía un par de  años de  egresada, así que ya me había "enfriado". Me sentí  incómoda desde el principio: todos calentando, haciendo pasos de jazz, maquillándose, platicando sobre su larga experiencia en audiciones...
 
Sabía que tenía que preparar un monólogo y una coreografía; yo había memorizado media presentación del mosquito de Doña Rosita la soltera de Lorca y el esbozo de lo que podría improvisar con una  pieza de música de banda el Recodo. Yo no había llevado danza ni expresión corporal para actores en la carrera porque no eran asignaturas del tronco común. Así que dí por hecho que lo que querían ver, más que técnica, era  tu expresión corporal. 
 
Se me hizo eterno el tiempo de espera y una vez adentro, me puse muy nerviosa. Se me olvidó el texto apenas había empezado. Pedí una segunda oportunidad y me volví a atorar en el mismo tramo. Como pude lo terminé. Para entonces, estaba tan contrariada que mi esbozo de coreografía se convirtió en el revoloteo de un ave con las alas defectuosas. Pasé pena propia.
 
Lo extraño fue que en la semana me llamaron para que me integrara como parte del equipo de producción. Me dieron cita un día  en el mismo lugar de la audición  sin que nadie más llegara ni me contestaran en el teléfono que tenía registrado de ellos. Ahí paró todo.
 
Después de esa experiencia, más que nunca me quedó claro que mi corazón de pollo no estaba hecho para sobrevivir a los avatares de la vida de actriz. Y la vida se encargó de llevarme por otros rumbos.
 
De regreso a la historia inicial, estábamos en que llegué temprano a mi casa, llené la lavadora y subí por la ropa. Eran veinte para las dos, estaba acalorada y amodorrada. Pausé la lavadora y me di veinte minutos para reposar en la cama. Tenía el reloj en la mano y mientras me decía que era mala idea cerrar los ojos, no sé cómo, pero cuando los volví a abrir, ¡eran las tres y cuarto! Increíble, como comercial de colchón.
 
La cita era a las cinco y media hasta Polanco, no había comido ni buscado mi vestuario. La bata que había conseguido estaba muy arrugada y tampoco tenía a la mano los "juguetes" de mi clown. Pensé en no ir, pero sólo de pensar en que me había desvelado para alistar mis narices (¡Ja!), no podía hacerme esa trastada.
 
Bajé, eché la ropa en la lavadora (¡Vaya idea!); planché vestuario y bata,  junté mis cosas. Saqué la ropa y la tendí (¿Así o más imprudente?). Salí a toda prisa y me dirigí al metro. Planeaba irme en camión hasta Barranca del muerto y luego hacer el transbordo. No había camiones y lo interpreté como una señal para cambiar la ruta. Tampoco traía  monedas, así que ocupé unos minutos para comprarme unas papas fritas para comer algo y tener cambio. Me metí al metro y tomé la línea dorada.
 
Comiquísimo: caminé rápido sobre las rampas del interminable transbordo y por alguna situación (que si me hubiera gustado  la física en la secundaria, ahora lo podría explicar mejor), la banda metálica, al final, me aventaba un par de pasos adelante y aprovechando el impulso, me encarreraba de nuevo con pasitos cortos pero rápidos. Casi puedo verme como en los dibujos de Quino: Mafalda con su nubecita de polvo detrás de sí (¡Ja!). 
 
Total que salí del metro Polanco a las 5:15 (¡Dios existe!).  Tomé el microbús y aunque le pedí al operador que me bajara en la calle acordada, al inútil se le olvidó. Afortunadamente vi el nombre de la calle y me bajé sólo una cuadra después. Cinco treinta y dos estaba frente al edificio indicado. En el elevador me topé con una mujer robusta que traía una gran mochila. Le pregunté si iba al casting y contestó que sí. Así que la seguí. Ella iba recomendada por alguien, así lo dijo cuando se registró.
 
El lugar era pequeño, apenas una apretada salita de espera con un sólo sillón y un par de sillas; un escritorio y detrás, una recepcionista  que nos registraba y tomaba nuestros datos; a su espalda, un letrero que decía: "Cuéntanos una anécdota que te haga reír. Queremos ver tu risa. Ja ja ja".
 
Vi caras conocidas al fin: me saludaron mi maestro y su asistente. Ellos ya habían pasado. 
- "¿Cómo estás?"... "¿Cuál era el fuerte de tu clown?"... "No, eso no"... "Provemos con pollito y con ratón"... "Improvisa algo con pollito y con ratón"... "Tienes que contar una anécdota"... "Traes zapatos?..."Ojalá te quedes"... "Nos marcamos"... "¿Traes bata?"...
 
Se suponía que nos íbamos a presentar en bloque, por teléfono me había dicho que "improvisaríamos algo", quizá algo de lo que vimos en las clases. Yo entendí con ese plural, que la gente que él invitó ( incluída yo) pasaríamos todos en grupo; no que yo tenía que resolverlo sola. De haberlo sabido, quizá no hubiera ido. ¿Y ahora, qué carambas contaba? Estaba bloqueada.
 
Pasé a cambiarme mientras trataba de armar mi historia. No me concentraba. Soy gente de risa fácil y carcajada abierta, pero en ese momento mi cerebro tenía las riendas de cada uno de mis músculos ante la situación de pánico escénico. Y mi cerebro carece de sentido del humor
 
La delgada pared me permitía escuchar las indicaciones que le daban a la gente que estaba antes de mí en la lista. Y mi cabeza seguía en blanco. Decidí que adaptaría una de las anécdotas de mi hermana, esas siempre me hacen gracia. Me nombraron y pasé. El camarógrafo me dio otras instrucciones:
 
- Te vas a presentar, muy breve; dices a qué te dedicas y luego presentas algo.
- ¿Me presento yo o a mi clown?...Presento algo, ¿algo cómo qué?... ¿Puede ser una canción?
 
De nuevo mi cerebro tomaba el control y era yo la que entrevistaba al chico de la cámara. ¿Canción? Era justo lo que mi maestro  había dicho que no intentara. Además, ¿Qué pretendía cantar si no había pensado en nada? Yo y mi bocota... "El triunfo del clown, está en su fracaso", dice mi maestro. Y sí: me estaba presentando de manera formal cuando uno de mis gags se activó solito. El camarógrafo se rió y yo continué. Después pasé a la canción; ahí estaba mi voz de gato y sin ninguna colocación:
 
Todas las mañanas cuando sale el sol,
sale la gallina y se le ve el calzón...
 
Terminé de cantar y me tomaron fotos de frente y de los perfiles (¡Ja! Imaginé cómo me vería con mi número de preso y mi nariz roja). Salí en menos tiempo de lo que tardé en entrar. Me cambié de nuevo y me fui caminando hacia el metro. Hice un recuento y me percaté de que no me había movido del sitio en que me paré al momento de la canción;  repetí una estrofa cuando se me olvidó lo que seguía, pero me mantuve siempre tiesa en mi lugar sin aprovechar la letra para jugar en escena. ¡Toing! Antes de salir, escuché la potente voz de la mujer robusta que encontré en el elevador.
 
Me palomeé que hubiera ido y que me hubiera presentado. Aunque no exploté bien a mi clown, lo cierto es que yo fui con una idea equivocada y luego las cosas también cambiaron una vez adentro. Lo tomé como una experiencia de vida y como la certificación de que no me agrada exponerme de esa forma. No tengo esencia de actriz.
 
Al otro día por la tarde, recibí la llamada de un número desconocido que después relacioné con otro número, así  que dejé correr la llamada porque estaba en el cine. Eso fue a las seis de la tarde; al llegar a mi casa, había un mensaje en el buzón de voz con la indicación de mandar una foto sin caracterizar y a las ocho me mandaron un mensaje al celular, de nuevo con la dirección del correo electrónico donde había que mandar la foto.
 
Y yo sin fotos de rostro completo; la cámara sin bateria. Me recogí el cabello mientras la cargaba. Me tomaron una foto express con mis cabellitos parados, con una pésima iluminación y con la cara sudorosa de tanto trajín. Envié la foto casi a las diez de la noche, en lo que se adjuntaba el archivo. A esa hora, lo hice más por no dejar que porque realmente creyera que me podían llamar. Había hecho todo lo que no se debe hacer en una entrevista de trabajo: no responder al primer llamado; no mostrar interés ni disposición de tiempo y entregar el currículum con manchas de mole.
 
Desde luego no me llamaron, pero seguramente veré el comercial en unos meses con una sonrisa en los labios. Apenas unos segundos en pantalla de un anuncio  que tiene detrás la historia de un buen número de gente; tanto de los rechazados como de los aceptados en el casting... y una que otra despistada.
 
 
 
 
 









4 de junio de 2013

De nariz colorada


Era mi cumpleaños, pero como me lo celebraron un día antes, ese domingo parecía un día común en mi casa.  Eso para mí constituía un agravio insoportable. Si nadie me iba a festejar en MI cumpleaños (el día preciso), yo sí lo haría. Así que junté mis pesos y mis cositas para irme al teatro sumamente ofendida.
 
Llegué al teatro y todavía dudaba un poco. En esos días iba al cine sola para reafirmar que no necesitaba de nadie más para hacer lo que  quería. Pero ir sola al teatro, me intimidaba. Al teatro va quien puede pagarlo y te arriesgas a que el montaje no te guste. Y mientras yo volvía a contar mis pesitos y leía la sinopsis por enésima vez,  la hora apremiaba y no podía darme el lujo de  pensarlo más: con todo el dolor de mi corazón, desembolsé el costo  del boleto sin saber que ése fue el mejor regalo que me pude hacer.  
 
Ya en la sala, me instalé en mi lugar y la función empezó. Risas: aquello  se ponía bueno. En algún momento, el único actor en escena dijo que necesitaba la ayuda de un espectador para contar la historia. Bajó y merodeó por todos los pasillos. Nos miraba y pasaba de largo. Pero regresó: me preguntó cuánto pesaba y me invitó a subir con él al escenario. 
 
 La obra era Ícaro; el actor, Daniele Finzi. Fue mi primer encuentro con el clown y me maravilló. Acababa de entrar a la facultad y entre el berrinche, la sorpresa y el escenario, creo que mi participación fue más bien torpe. Finzi tenía la mirada clara, triste y daba confianza, pero mi pánico escénico era más grande porque  venía de adentro. Quizá no se manifestaba físicamente, pero en mi cabeza pasaban mil cosas: seguía la historia; las indicaciones; cuidaba de dar el frente a el público; escuchaba sus reacciones; intentaba no equivocarme. (¿? ¡Qué asurdo, yo no conocía la historia!) Me sentía como perro en avenida. De  ahí la razón del por qué no soy actriz.
 
Al final de la obra, me dijeron que podía pasar a saludar a Daniele a su camerino. Cuando entré, aún tenía parte del maquillaje y el vestuario. Se notaba cansado y su sonrisa triste estaba más triste aún. No sabía qué decirle. Sólo atiné a preguntar qué le llevó a escribir Ícaro. Su mirada contestó antes que su voz: comentó algo sobre un hermano enfermo que pasó mucho tiempo hospitalizado; y luego, cuando supo que yo estudiaba teatro y que me interesaba la dramaturgia, dijo que ya sabría después, de dónde vienen los temas.
 
 
Me sentí boba, era evidente que a pesar de los años que tenía representando Ícaro, era una obra que le removía cosas. Dijo que cuando buscaba compañero para la función, escogía a alguien que tuviera la mirada de su hermano. Tragué saliva. ¿Qué vió en mis ojos ese día?
 
Salí del teatro después de darnos mutuamente las gracias. Tenía un revoltijo se emociones que el pensamiento no podía ordenar. Mi enojo del medio día ya no estaba ahí; pensaba en  lo que acaba de vivir.
 
Una parte había sido chistosa, pero entre más cosas compartíamos en escena, al final, más difícil era dejar el escenario sin ese compañero. Me había emboletado preparando una huída para luego sacarme del juego con un nudo en la garganta y la idea fija de que ése no podía ser el final, ¿Por qué se quedaba ahí? Dramáticamente (técnicamente), debía quedarse; pero yo no quería dejarlo solo. Me enganchó y al público conmigo.
 
A la salida, caminé tratando de aclarar mis ideas. Quería invitar a todos los transeúntes a ver Ícaro; quería que todos sintieran la magia que yo encontré ese día en el teatro. No me engañó mi percepción:  hace unos meses conocí a un actor que decidió encaminar sus pasos como artísta, hacia eso que encontró en Ícaro como espectador: el clown. Claro que también encontré gente que después de ver la obra dos veces, ya no la encontró tan mágica. En gustos se rompen géneros, dicen...
 
Hoy mientras buscaba imágenes para esta nota, vi un video con algunas escenas de Ícaro y automáticamente el corazón se me hinchó. A pesar del tiempo transcurrido, Ícaro me dejó una espinita  que de vez en cuando me punza todavía. Y no sé si es el cansancio por tanto tiempo frente al monitor, o noto en mi nariz un pequeño punto rojo...
 
 
 
 
 
 
   
 
 

2 de junio de 2013

Madre sólo hay una

¡A Dios, gracias!... Fue el comentario unánime en la encuesta rápida entre mis compañeras de trabajo. Cosa curiosa porque ambas son madres y concluyeron que las suyas eran el vivo ejemplo de aquello que no quieren llegar a ser. Pienso en mi madre. Y aunque tardamos cierto tiempo para entendernos, finalmente pienso que no me fue tan mal en la repartición. Habrá que ver que piensa ella al respecto.
 
Por principio de cuentas fui su sexto embarazo, a la edad de 35 años. Cuenta la leyenda que en el hospital del IMSS, frente al parque de los venados, mi padre se fue a tomar un café para aguantar la desvelada cuando yo, inoportunamente quise salir a ver qué jais por estos rumbos.
 
Se le  voceó varias veces porque había necesidad de una cesárea y necesitaban su autorización, cuando no se le encontró, mi madre pidió firmar como responsable. Pero en eso,  con una ayudadita extra, fui expulsada a este mundo cruel.
 
Siempre se me dijo que mi padre fue el más interesado en tener un hijo más. Mientras mi madre candorosamente, argumentaba que el mismísimo señor  Presidente de la nación pedía que las familias ya no fueran tan grandes. A lo que mi adorado padre respondía que el sr. Presidente, no mantenía a sus hijos y que él decidía cuantos hijos quería tener.
 
Entonces mi madre esgrimía que el próximo retoño sería mujer (según su teoría del niño-niña), a lo que mi padre contestó con el viejo y conocido, "¿Eso qué?, Con que venga bien..." Así que sin más argumentos mi madre se vio en la enfadosa tarea de embarazarse y darme a luz. Datos sueltos dicen que de bebé, Yucuiñálu lloraba demasiado. Mi madre se desesperaba y me gritaba; entonces salía al quite mi hermano mayor y en ausencia, mis hermanas me cargaban hasta que me tranquilizaba.
 
Hace poco estuve indagando un poco sobre los abuelos, tatarabuelos, tíos y anexas. Eso dió pie para que habláramos de nuevo de mi nacimiento. Y aquí entre nos., mi madre confirmó lo que ya empezaba a deducir: ella no quería embarazarse de mí. Habían pasado ya seis años desde su último hijo y sentía que ya estaba del otro lado cuando a mi padre se le ocurrió la morrocotuda idea de tener un hijo más. Aceptó, pero acto seguido después de nacer yo, pidió que le ligaran los ovarios sin consultarlo con mi padre. Cerró la fábrica definitivamente y por cuenta propia
 
Para los que me conocen, seguramente pensarán que reaccioné como personaje de La rosa de Guadalupe, por las fuertes declaraciones de ese día. En realidad, me tranquilizó que se sincerara. Me creaba sospechosísmo la versión de que ser madre es la cosa más maravillosa de esta vida y que todo sacrificio es poco.
 
Casi tengo la edad de mi madre cuando se embarazó de mí. A veces el cuerpo me pesa y no quiero levantarme del sillón; otras me engento o  me da por salir sola  a la calle para caminar. No me imagino con cuatro hijos y un marido en un par de  cuartos de escasos metros; otro embarazo por compromiso marital, después de seis años pensando que la crianza había terminado.
 
Puedo entender las razones de esa oposición, en este momento.  Sobre todo por la idea que mi madre tiene de lo que debe ser la maternidad. Y en ese aspecto, cumplió bien. Además de los alimentos, el aseo personal y del hogar, recuerdo sus masajes en los pies que siempre me hacían ronronear.
 
Mi madre vivió dentro de una familia disfuncional; empezó a trabajar siendo niña y de paso, mi abuela tuvo su propia historia bastante intensa y el abuelo... Bueno, él también tuvo la suya. A mi madre la educaron con la idea de que ser mujercita es saber cocinar, planchar y lavar. Que había que casarse de blanco y que el matrimonio es para toda la vida. Su patrón de belleza implica que seas "blanquita", delgada y alta. Lo paradógico es que mi madre es más morena que yo, es más o menos de mi estatura y por sus fotografías, delgada no fué.
 
Mi madre planchaba hasta la ropa interior de mi padre. Le gusta cocinar y lo hace muy bien. Lava a mano su ropa; borda; teje con aguja y gancho; cose en su vieja máquina General Electric de pedal; a últimas fechas, le dió por leer biografías de personajes famosos, la biblia y cuentos de terror. Pero la actividad que más le acomodó es la de armar rompecabezas. Empezó con algunos de 100 piezas, para niños  y ahora su fuerte son los de 1000 pzs; aunque no les hace el feo a los de 1500 pzs. Cuando puede, va a hacer ejercicio con las personas de la tercera edad, aunque le choca que les hablen como si fueran "tontos".
 
Admiro de ella que es una mujer de acción. Por ella salieron mis padres del pueblo buscando una mejor oportunidad para sus hijos. Aprendió a leer con la niña que cuidaba y que era apenas unos años menor que mi madre; junta las sílabas y escribe enunciados; trabajó en casa de entrada por salida cuando yo era niña para completar el gasto y  cuando mi padre dejó su empleo, ella puso un negocio de tamales.
 
Mi madre se casó dos veces con el mismo hombre; cacheteó a la mujerona que insultó a su sobrina un 15 de septiembre, en el zócalo;  a mi padre le ha cuidado la espalda en sus pleitos de borrachera; opina en las asambleas comunitarias en el pueblo; promovió la campaña a favor de AMLO en mixteco, en plena plaza pública del municipio.
 
Lo mismo va a Bellas Artes a ver una compañía de ballet que mis funciones de teatro callejero; gusta tanto de las crepas acompañadas de un capuchino espumoso, como de sus frijoles de olla; tiene un amplio repertorio para interpretar, desde rolas de su época como El diablito loco;  boleritos como El tiempo que te quede libre o más contemporáneo, como  La camisa negra o Día de suerte.  A mí me cantaba la de  "Lindo pescadito, ¿No quieres salir?..." Aunque lo suyo, lo suyo,  son las rolas de J.L. Perales, Julio Jaramillo y Chayito Valdés; usa vestido, falda o pantalón, según la ocasión. No se pinta el cabello para no batallar con las raíces, pero es coqueta en su arreglo personal: impensable que salga al mercado con un mandil que no le combine.  
 
A vivido como lo ha decidido. Mi madre es fría para tomar decisiones y a pesar de la educación que recibió, ha ido modificando algunas de sus ideas para no ser más una mujer abnegada. Otras no, pero se  adapta bien a los tiempos y a las circunstancias. No se  amedrenta fácilmente y tiene claro sus límites morales. No es envidiosa y sí solidaria.
 
Mi madre es, lo que se dice, una mujer cabrona en la acepción coloquial cubana; chingona en el coloquial mexicano; y lo que  la Real Academia Española reconoce  como brava. Al cumplir 60 años quiso una fiesta de disfraces y ella se vistió de Fiona. Mujer de tragos, baile y canciones; mujer de trabajo fuerte; mujer de hogar por convicción.





Un poco la brecha generacional y otro poco el temperamento de las dos, nos ha costado entendernos y aceptarnos como somos, pero lo cierto es que la admiro como persona.
 
Madre sólo hay una y... ¡Qué buena onda! ¿Se imaginan lo que es vivir con una mujer así
 
 
 

 
 
 
 
 

1 de junio de 2013

Rápidos y furiosos

Aunque la historia está llena de inconsistencias y escenas inverosímiles, lo cierto es que Rápido y furioso 6 me mantuvo al filo de la butaca  todo el tiempo. ¿El gancho? El sentido de pertenencia y (he de reconocer), el morbo por la reaparición de Lety.
 
 
 
Desde el inicio vemos a un protagonista (Dominique) que aunque lleva una vida ilícita, mantiene  a la hermana (Mia) al margen de sus negocios chuecos; aunque malo con los malos, es dócil con la novia (Lety), quien además es parte de ese ambiente de carreras callejeras. Entonces entra en escena el chico chido de la película (Paul Walker) como  policía  que se infiltra en el clan y termina enamorado de la hermana de Dom. Hasta ahí el grupo base.

Para la quinta película, los amigos del vecindario se reducen al ex pretendiente de Mia que va a morir en Río de Janeiro; los nuevos amigos y equipo de trabajo se va a conformar con colegas convocados para dar un tentador golpe en esa misma ciudad que los podría sacar de trabajar. Se agrega una mujer policía que ocupará provisionalmente el lugar de Lety (Michell Rodríguez), a quien dan por muerta. 
 
Todo está puesto para la sexta película: Dom lleva una vida pacífica en las Islas Canarias con su nueva pareja cuando Hobbs, (policía estadounidense) llega a pedirle ayuda y le muestra  fotos actuales de Lety. En adelante la tensión estará puesta en ese reencuentro.
 
Balazos, corretizas y un muy buen agarrón entre Lety y otra policía a catorrazo limpio aparte, las historias de amor paralelas van aderezando todo lo demás y  a mi parecer, disculpan aquellas escenas que en otro contexto no dudaría en abuchear. Como la atrapada de Dom cuando Lety sale volando del tanque, sólo comparable (por lo chafa) con el salto de una azotea a otra de Banderas con Salma Hayek en Pistolero.

Declaro mi particular simpatía por los personajes principales. Tienen un clan rete jalador que se cuida las espaldas mutuamente, por lazos de sangre, sentimentales o de camaradería. Se mantiene constante el código de honor del protagonista: la familia ante todo, donde los amigos son  como una segunda familia. Todos se procuran y se cuidan entre sí. Es fácil empatizar con los Toretto y compañía  por el asunto de la lealtad que se profesan. Pues, ¿Quién no ha deseado sentirse parte de un grupo, equipo, etc. como ése?
 
Mientras corren las estruendosas escenas no puedo evitar que mi cerebro reaccione y  me cuestione sobre lo que veo y escucho: ¿Es posible mantener un amor incondicional por alguien que no te recuerda?, ¿Puedes enamorarte de cero por segunda vez de una misma persona?
 
Las tres parejas que vemos en la pantalla tienen ciertas particularidades que las hace diferentes a pesar de desarrollarse en un contexto similar. Quizá la pareja más convencional sea la de Brian con Mia Toretto (haciendo a un lado su afición por la velocidad): son un matrimonio joven con la ilusión de su primogénito. Dom y Lety es una pareja menos formal pero no menos comprometida; mucha pasión, nada de niños y mucha adrenalina.

Lue y Gisele es una pareja muy particular. Su romance empieza como un elemento chusco en la quinta película,  pero se torna hasta cierto punto melancólica: él es el romántico, la observa a cierta distancia, respetando  su espacio, su personalidad y  sus desiciones.

Ella, por su parte es práctica y con los pies en la tierra; no espera un contrato matrimonial para  sentir que ha sentado cabeza, consciente de que la vida que llevan tiene como consecuencia que la muerte los puede alcanzar en cualquier momento. Me gusta su escena al final de la película: me conmueve que  él piense que la está salvando y es ella quien en realidad lo salva a él.
 
Hay otras dos escenas que me agradaron particularmente. La primera, cuando con mucha  sangre fría, la nueva pareja de Dom le da carta libre a  éste para que vaya a buscar a Lety. Incluso, es Elena quien se encarga de poner a salvo al hijo de Mia. Y al final, decide  retomar su vida como policía, asumiendo que su lugar no está con Dom, sino haciendo lo que sabe y le gusta ser. Se hace a un lado con dignidad y sin chantaje.
 
 
 
 
Creo que justamente por eso, la rivalidad entre ellas no es un tema que se aborde en la película. Ambas (Elena y Lety), son mujeres que son buenas en lo suyo y saben ser compañeras de Dom más que una pareja inútil que funciona sólo como atractivo visual en la película. De hecho, ésa es una característica de los personajes femeninos en toda la saga. Gisele, por ejemplo, no duda en incorporarse a la nueva misión; su futuro matrimonio es un asunto secundario y cuando su prometido le pide que se cuide, ella responde que esa es la forma en que decidieron vivir.
 
La segunda escena es cuando Dom deja que Lety regrese con los malos. Aunque se podría tomar como chantaje, no trata de convencerla de  nada; ni  siquiera le propone que no regrese con Shaw, sólo evoca recuerdos de su pasado común, apelando a su memoria sensorial. Como no le resulta, la deja marcharse. Al final, es la misma Lety quien decide quedarse con ellos.   
 
Pienso que hay muchos momentos en los que no sé si se trata de un recurso para no enbrollar la anécdota o realmente se concibieron a los personajes como gente que está más allá del bien y del mal y por lo cual no se casan con el pasado; hacen constantemente  borrón y cuenta nueva sobre los errores de los demás, permitiendo que  la vida continúe. Lo cual tiene sentido, dado su modus vivendi. ¿Tiene caso el rencor, cuando constantemente están en peligro?
 
De tal forma, Dom excusa a su cuñado por el accidente de Lety y ésta a su vez, tampoco le permite que se disculpe ni le aclare lo que pasó. En realidad,  salen sobrando las escenas de Brian en la cárcel, dado que a nadie le interesa saber cómo ni por qué del "pequeño incidente".

Incluso, Mia le permite a Brian irse con su hermano a buscar a Lety, sin ningún reproche por exponer su vida o dejarla sola con el hijo. Por su parte  Elena se hace a un lado cuando regresa Lety a la vida de Dom y ésta aún sin memoria, se queda con los Toretto.   ¿Será, como dice Bill a Kiddo -en la película de Tarantino-, que nadie puede borrar la esencia de cada persona y que aún cuando hagan vida como la gente ordinaria, no pueden dejar de ser  quienes son al vivir al límite? Dom dice en tono romántico y no menos melodramático, que el indulto y la libertad es algo que no se pensó para gente como ellos. 

Tengo mis dudas sobre su final feliz. Soy una escéptica ante  tanta gente civilizada junta. Por lo pronto, me quedo con un buen sabor de boca y  a la espera de la séptima entrega aunque para mi gusto, ahí ya no hay nada más que contar.