A veces me sorprende la facilidad que tengo para boicotearme. Sin ir más lejos, la semana pasada me avisaron que había un casting en la onda del clown. Me puse muy contenta porque iba a improvisar con mi maestro y su nuevo grupo, así que preparé dos narices para prevenir cualquier eventualidad, aunque eso implicó que me durmiera pasada la media noche.
Al otro día, regresé temprano del trabajo y puse la lavadora. Tenía planeado poner una carga de ropa, comer, planchar mi vestuario y salir con tiempo suficiente para la cita. Hasta ahí, todo estaba bajo control.
En mi vida, sólo había estado en otros dos castings: La primera vez fue rápido porque la convocatoria -al parecer- se hizo en corto entre los actores y producción de la obra. En mi caso, la maestra de escenografía se acercó un día después de clase para hacerme la invitación. Me dio los datos del teatro y me dijo a quién buscar.
Al director se le había ocurrido una escena extra después de pasar un fin de semana en Pátzcuaro y necesitaba una actriz con pinta de niña indígena que atravesara el escenario y arrojara un rosario con dolor y desprecio por la nueva religión impuesta.
Eso fue lo que dijo la traductora que eran las indicaciones de Johann Kresnik. ¿Eres católica? No. ¿Dudas? No. Fui hacia una de las piernas del teatro, tomé aire y caminé siguiendo las indicaciones. A ojo de buen cubero, medí el escenario y cuando estaba a la mitad del mismo, volteé hacia las butacas: qué oscuro y qué silencio. Miré el rosario y lo arrojé con fuerza. Me quedé ahí parada hasta que se oyeron algunos sonoros aplausos (Poquitos, pero sinceros; juar-juar).
Después supe que además del director y la traductora, me vieron algunas de las actrices, la coreógrafa y parte de la tramoya. Encendieron las luces y Eva, la traductora, me dijo que había estado muy bien y que si me convenía la paga, firmara el contrato. Eso fue todo: tenía una escena en La Malinche.
La segunda vez, asistí a una convocatoria para formar parte de una compañía de teatro que se dedicaba al teatro escolar. Al lugar asistieron mayoritariamente estudiantes de teatro. Yo tenía un par de años de egresada, así que ya me había "enfriado". Me sentí incómoda desde el principio: todos calentando, haciendo pasos de jazz, maquillándose, platicando sobre su larga experiencia en audiciones...
Sabía que tenía que preparar un monólogo y una coreografía; yo había memorizado media presentación del mosquito de Doña Rosita la soltera de Lorca y el esbozo de lo que podría improvisar con una pieza de música de banda el Recodo. Yo no había llevado danza ni expresión corporal para actores en la carrera porque no eran asignaturas del tronco común. Así que dí por hecho que lo que querían ver, más que técnica, era tu expresión corporal.
Se me hizo eterno el tiempo de espera y una vez adentro, me puse muy nerviosa. Se me olvidó el texto apenas había empezado. Pedí una segunda oportunidad y me volví a atorar en el mismo tramo. Como pude lo terminé. Para entonces, estaba tan contrariada que mi esbozo de coreografía se convirtió en el revoloteo de un ave con las alas defectuosas. Pasé pena propia.
Lo extraño fue que en la semana me llamaron para que me integrara como parte del equipo de producción. Me dieron cita un día en el mismo lugar de la audición sin que nadie más llegara ni me contestaran en el teléfono que tenía registrado de ellos. Ahí paró todo.
Después de esa experiencia, más que nunca me quedó claro que mi corazón de pollo no estaba hecho para sobrevivir a los avatares de la vida de actriz. Y la vida se encargó de llevarme por otros rumbos.
De regreso a la historia inicial, estábamos en que llegué temprano a mi casa, llené la lavadora y subí por la ropa. Eran veinte para las dos, estaba acalorada y amodorrada. Pausé la lavadora y me di veinte minutos para reposar en la cama. Tenía el reloj en la mano y mientras me decía que era mala idea cerrar los ojos, no sé cómo, pero cuando los volví a abrir, ¡eran las tres y cuarto! Increíble, como comercial de colchón.
La cita era a las cinco y media hasta Polanco, no había comido ni buscado mi vestuario. La bata que había conseguido estaba muy arrugada y tampoco tenía a la mano los "juguetes" de mi clown. Pensé en no ir, pero sólo de pensar en que me había desvelado para alistar mis narices (¡Ja!), no podía hacerme esa trastada.
Bajé, eché la ropa en la lavadora (¡Vaya idea!); planché vestuario y bata, junté mis cosas. Saqué la ropa y la tendí (¿Así o más imprudente?). Salí a toda prisa y me dirigí al metro. Planeaba irme en camión hasta Barranca del muerto y luego hacer el transbordo. No había camiones y lo interpreté como una señal para cambiar la ruta. Tampoco traía monedas, así que ocupé unos minutos para comprarme unas papas fritas para comer algo y tener cambio. Me metí al metro y tomé la línea dorada.
Comiquísimo: caminé rápido sobre las rampas del interminable transbordo y por alguna situación (que si me hubiera gustado la física en la secundaria, ahora lo podría explicar mejor), la banda metálica, al final, me aventaba un par de pasos adelante y aprovechando el impulso, me encarreraba de nuevo con pasitos cortos pero rápidos. Casi puedo verme como en los dibujos de Quino: Mafalda con su nubecita de polvo detrás de sí (¡Ja!).
Total que salí del metro Polanco a las 5:15 (¡Dios existe!). Tomé el microbús y aunque le pedí al operador que me bajara en la calle acordada, al inútil se le olvidó. Afortunadamente vi el nombre de la calle y me bajé sólo una cuadra después. Cinco treinta y dos estaba frente al edificio indicado. En el elevador me topé con una mujer robusta que traía una gran mochila. Le pregunté si iba al casting y contestó que sí. Así que la seguí. Ella iba recomendada por alguien, así lo dijo cuando se registró.
El lugar era pequeño, apenas una apretada salita de espera con un sólo sillón y un par de sillas; un escritorio y detrás, una recepcionista que nos registraba y tomaba nuestros datos; a su espalda, un letrero que decía: "Cuéntanos una anécdota que te haga reír. Queremos ver tu risa. Ja ja ja".
Vi caras conocidas al fin: me saludaron mi maestro y su asistente. Ellos ya habían pasado.
- "¿Cómo estás?"... "¿Cuál era el fuerte de tu clown?"... "No, eso no"... "Provemos con pollito y con ratón"... "Improvisa algo con pollito y con ratón"... "Tienes que contar una anécdota"... "Traes zapatos?..."Ojalá te quedes"... "Nos marcamos"... "¿Traes bata?"...
Se suponía que nos íbamos a presentar en bloque, por teléfono me había dicho que "improvisaríamos algo", quizá algo de lo que vimos en las clases. Yo entendí con ese plural, que la gente que él invitó ( incluída yo) pasaríamos todos en grupo; no que yo tenía que resolverlo sola. De haberlo sabido, quizá no hubiera ido. ¿Y ahora, qué carambas contaba? Estaba bloqueada.
Pasé a cambiarme mientras trataba de armar mi historia. No me concentraba. Soy gente de risa fácil y carcajada abierta, pero en ese momento mi cerebro tenía las riendas de cada uno de mis músculos ante la situación de pánico escénico. Y mi cerebro carece de sentido del humor.
La delgada pared me permitía escuchar las indicaciones que le daban a la gente que estaba antes de mí en la lista. Y mi cabeza seguía en blanco. Decidí que adaptaría una de las anécdotas de mi hermana, esas siempre me hacen gracia. Me nombraron y pasé. El camarógrafo me dio otras instrucciones:
- Te vas a presentar, muy breve; dices a qué te dedicas y luego presentas algo.
- ¿Me presento yo o a mi clown?...Presento algo, ¿algo cómo qué?... ¿Puede ser una canción?
De nuevo mi cerebro tomaba el control y era yo la que entrevistaba al chico de la cámara. ¿Canción? Era justo lo que mi maestro había dicho que no intentara. Además, ¿Qué pretendía cantar si no había pensado en nada? Yo y mi bocota... "El triunfo del clown, está en su fracaso", dice mi maestro. Y sí: me estaba presentando de manera formal cuando uno de mis gags se activó solito. El camarógrafo se rió y yo continué. Después pasé a la canción; ahí estaba mi voz de gato y sin ninguna colocación:
Todas las mañanas cuando sale el sol,
sale la gallina y se le ve el calzón...
Terminé de cantar y me tomaron fotos de frente y de los perfiles (¡Ja! Imaginé cómo me vería con mi número de preso y mi nariz roja). Salí en menos tiempo de lo que tardé en entrar. Me cambié de nuevo y me fui caminando hacia el metro. Hice un recuento y me percaté de que no me había movido del sitio en que me paré al momento de la canción; repetí una estrofa cuando se me olvidó lo que seguía, pero me mantuve siempre tiesa en mi lugar sin aprovechar la letra para jugar en escena. ¡Toing! Antes de salir, escuché la potente voz de la mujer robusta que encontré en el elevador.
Me palomeé que hubiera ido y que me hubiera presentado. Aunque no exploté bien a mi clown, lo cierto es que yo fui con una idea equivocada y luego las cosas también cambiaron una vez adentro. Lo tomé como una experiencia de vida y como la certificación de que no me agrada exponerme de esa forma. No tengo esencia de actriz.
Al otro día por la tarde, recibí la llamada de un número desconocido que después relacioné con otro número, así que dejé correr la llamada porque estaba en el cine. Eso fue a las seis de la tarde; al llegar a mi casa, había un mensaje en el buzón de voz con la indicación de mandar una foto sin caracterizar y a las ocho me mandaron un mensaje al celular, de nuevo con la dirección del correo electrónico donde había que mandar la foto.
Y yo sin fotos de rostro completo; la cámara sin bateria. Me recogí el cabello mientras la cargaba. Me tomaron una foto express con mis cabellitos parados, con una pésima iluminación y con la cara sudorosa de tanto trajín. Envié la foto casi a las diez de la noche, en lo que se adjuntaba el archivo. A esa hora, lo hice más por no dejar que porque realmente creyera que me podían llamar. Había hecho todo lo que no se debe hacer en una entrevista de trabajo: no responder al primer llamado; no mostrar interés ni disposición de tiempo y entregar el currículum con manchas de mole.
Desde luego no me llamaron, pero seguramente veré el comercial en unos meses con una sonrisa en los labios. Apenas unos segundos en pantalla de un anuncio que tiene detrás la historia de un buen número de gente; tanto de los rechazados como de los aceptados en el casting... y una que otra despistada.

