2 de junio de 2013

Madre sólo hay una

¡A Dios, gracias!... Fue el comentario unánime en la encuesta rápida entre mis compañeras de trabajo. Cosa curiosa porque ambas son madres y concluyeron que las suyas eran el vivo ejemplo de aquello que no quieren llegar a ser. Pienso en mi madre. Y aunque tardamos cierto tiempo para entendernos, finalmente pienso que no me fue tan mal en la repartición. Habrá que ver que piensa ella al respecto.
 
Por principio de cuentas fui su sexto embarazo, a la edad de 35 años. Cuenta la leyenda que en el hospital del IMSS, frente al parque de los venados, mi padre se fue a tomar un café para aguantar la desvelada cuando yo, inoportunamente quise salir a ver qué jais por estos rumbos.
 
Se le  voceó varias veces porque había necesidad de una cesárea y necesitaban su autorización, cuando no se le encontró, mi madre pidió firmar como responsable. Pero en eso,  con una ayudadita extra, fui expulsada a este mundo cruel.
 
Siempre se me dijo que mi padre fue el más interesado en tener un hijo más. Mientras mi madre candorosamente, argumentaba que el mismísimo señor  Presidente de la nación pedía que las familias ya no fueran tan grandes. A lo que mi adorado padre respondía que el sr. Presidente, no mantenía a sus hijos y que él decidía cuantos hijos quería tener.
 
Entonces mi madre esgrimía que el próximo retoño sería mujer (según su teoría del niño-niña), a lo que mi padre contestó con el viejo y conocido, "¿Eso qué?, Con que venga bien..." Así que sin más argumentos mi madre se vio en la enfadosa tarea de embarazarse y darme a luz. Datos sueltos dicen que de bebé, Yucuiñálu lloraba demasiado. Mi madre se desesperaba y me gritaba; entonces salía al quite mi hermano mayor y en ausencia, mis hermanas me cargaban hasta que me tranquilizaba.
 
Hace poco estuve indagando un poco sobre los abuelos, tatarabuelos, tíos y anexas. Eso dió pie para que habláramos de nuevo de mi nacimiento. Y aquí entre nos., mi madre confirmó lo que ya empezaba a deducir: ella no quería embarazarse de mí. Habían pasado ya seis años desde su último hijo y sentía que ya estaba del otro lado cuando a mi padre se le ocurrió la morrocotuda idea de tener un hijo más. Aceptó, pero acto seguido después de nacer yo, pidió que le ligaran los ovarios sin consultarlo con mi padre. Cerró la fábrica definitivamente y por cuenta propia
 
Para los que me conocen, seguramente pensarán que reaccioné como personaje de La rosa de Guadalupe, por las fuertes declaraciones de ese día. En realidad, me tranquilizó que se sincerara. Me creaba sospechosísmo la versión de que ser madre es la cosa más maravillosa de esta vida y que todo sacrificio es poco.
 
Casi tengo la edad de mi madre cuando se embarazó de mí. A veces el cuerpo me pesa y no quiero levantarme del sillón; otras me engento o  me da por salir sola  a la calle para caminar. No me imagino con cuatro hijos y un marido en un par de  cuartos de escasos metros; otro embarazo por compromiso marital, después de seis años pensando que la crianza había terminado.
 
Puedo entender las razones de esa oposición, en este momento.  Sobre todo por la idea que mi madre tiene de lo que debe ser la maternidad. Y en ese aspecto, cumplió bien. Además de los alimentos, el aseo personal y del hogar, recuerdo sus masajes en los pies que siempre me hacían ronronear.
 
Mi madre vivió dentro de una familia disfuncional; empezó a trabajar siendo niña y de paso, mi abuela tuvo su propia historia bastante intensa y el abuelo... Bueno, él también tuvo la suya. A mi madre la educaron con la idea de que ser mujercita es saber cocinar, planchar y lavar. Que había que casarse de blanco y que el matrimonio es para toda la vida. Su patrón de belleza implica que seas "blanquita", delgada y alta. Lo paradógico es que mi madre es más morena que yo, es más o menos de mi estatura y por sus fotografías, delgada no fué.
 
Mi madre planchaba hasta la ropa interior de mi padre. Le gusta cocinar y lo hace muy bien. Lava a mano su ropa; borda; teje con aguja y gancho; cose en su vieja máquina General Electric de pedal; a últimas fechas, le dió por leer biografías de personajes famosos, la biblia y cuentos de terror. Pero la actividad que más le acomodó es la de armar rompecabezas. Empezó con algunos de 100 piezas, para niños  y ahora su fuerte son los de 1000 pzs; aunque no les hace el feo a los de 1500 pzs. Cuando puede, va a hacer ejercicio con las personas de la tercera edad, aunque le choca que les hablen como si fueran "tontos".
 
Admiro de ella que es una mujer de acción. Por ella salieron mis padres del pueblo buscando una mejor oportunidad para sus hijos. Aprendió a leer con la niña que cuidaba y que era apenas unos años menor que mi madre; junta las sílabas y escribe enunciados; trabajó en casa de entrada por salida cuando yo era niña para completar el gasto y  cuando mi padre dejó su empleo, ella puso un negocio de tamales.
 
Mi madre se casó dos veces con el mismo hombre; cacheteó a la mujerona que insultó a su sobrina un 15 de septiembre, en el zócalo;  a mi padre le ha cuidado la espalda en sus pleitos de borrachera; opina en las asambleas comunitarias en el pueblo; promovió la campaña a favor de AMLO en mixteco, en plena plaza pública del municipio.
 
Lo mismo va a Bellas Artes a ver una compañía de ballet que mis funciones de teatro callejero; gusta tanto de las crepas acompañadas de un capuchino espumoso, como de sus frijoles de olla; tiene un amplio repertorio para interpretar, desde rolas de su época como El diablito loco;  boleritos como El tiempo que te quede libre o más contemporáneo, como  La camisa negra o Día de suerte.  A mí me cantaba la de  "Lindo pescadito, ¿No quieres salir?..." Aunque lo suyo, lo suyo,  son las rolas de J.L. Perales, Julio Jaramillo y Chayito Valdés; usa vestido, falda o pantalón, según la ocasión. No se pinta el cabello para no batallar con las raíces, pero es coqueta en su arreglo personal: impensable que salga al mercado con un mandil que no le combine.  
 
A vivido como lo ha decidido. Mi madre es fría para tomar decisiones y a pesar de la educación que recibió, ha ido modificando algunas de sus ideas para no ser más una mujer abnegada. Otras no, pero se  adapta bien a los tiempos y a las circunstancias. No se  amedrenta fácilmente y tiene claro sus límites morales. No es envidiosa y sí solidaria.
 
Mi madre es, lo que se dice, una mujer cabrona en la acepción coloquial cubana; chingona en el coloquial mexicano; y lo que  la Real Academia Española reconoce  como brava. Al cumplir 60 años quiso una fiesta de disfraces y ella se vistió de Fiona. Mujer de tragos, baile y canciones; mujer de trabajo fuerte; mujer de hogar por convicción.





Un poco la brecha generacional y otro poco el temperamento de las dos, nos ha costado entendernos y aceptarnos como somos, pero lo cierto es que la admiro como persona.
 
Madre sólo hay una y... ¡Qué buena onda! ¿Se imaginan lo que es vivir con una mujer así
 
 
 

 
 
 
 
 

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