1 de noviembre de 2011

La muerte según los recuerdos de Yucuiñálu

Desde hace un par de años la muerte dejó de ser algo abstracto y sobre todo, lejano. Desde la muerte de mi abuela, para ser precisos. La muerte entonces se hizo presente con todos sus huesos. Cuando uno es niño, se cae en la convención de que la muerte es asunto de adultos. Son ellos los que se preocupan, se movilizan, se organizan y lloran de deveras.

No recuerdo haber preguntado entonces qué era la muerte, pero si recuerdo que mi madre me dijo en alguna ocasión algo así como: "ya está con  Diosito", refiriéndose a un muerto. Y yo asumí que ahí estaba bien el difunto. Entonces, "Se petateó", "Pasó a mejor vida" y "Colgó los tenis" eran expresiones que utilizaba sin ningún empacho y seguramente, queriendo caer simpática a los adultos que me rodeaban.

Tengo presente cuando mi tía materna llegó una noche a tocar la enorme puerta de madera en Palma #33, para avisar de la muerte de un primo al que conocí apenas y nunca traté por la diferencia de edades. Creo que tuvo un accidente en  motocicleta. La muerte entonces eran las lágrimas de mi madre, el ajetreo y la posterior ausencia de mis padres.

Con la muerte de otro primo, todo era misterio. Nadie se detenía a explicarme qué pasaba pero se me pedía que no dijera "nada". Y yo no sabía a qué nada se referían. La muerte en esa ocasión fue el llanto de mi hermano mayor. La muerte fue dolor, pero no propio. Me conmovía su pena. Mi dolor era porque le tocaba a una persona fundamental para mi. La muerte hacía daño a otros que no eran el muerto.

La muerte de mi abuela materna coincidió con mi cumpleaños número 10, creo. Mi mamá no estuvo en mi festejo y de hecho no se me festejó porque mis hermanas también se fueron al funeral, a Oaxaca. Pero me dió el pretexto perfecto para tomar el protagonismo en mi grupo de  primaria, porque  claro, estaba tristísima  por la muerte de mi abuela y más aún cuando había caído justo en mi cumpleaños. Todos mis compañeritos preguntaban los detalles y yo daba vueltas a mi relato porque en realidad no los conocía.

Al decir verdad,  la muerte de  Mamajuana -como le decían a la abue- significó cierto alivio culposo. Mi abuela había perdido la memoria y era difícil tratar con ella cuando se alteraba. A veces me daba miedo; otras me daba mucha lástima y la mayoría de las veces, me sacaba de mis casillas. Así que su muerte me liberó de mi comisión de subirle el desayuno las mañanas del mes que nos tocaba cuidarla, pero me llenó de remordimiento por haberlo hecho de mala gana.

No recuerdo si fue a los nueve días o al cabo de año (término del rosario y el 1ºaniversario luctuoso, respectivamente) que estuve  en la ceremonia y lloré un poquito. Por no dejar. Mi madre me reconfortó diciendo que yo no le debía nada a la abuela; que no había razón para llorar. Antes bien, "la vi" mientras vivió con nosotros. Y con eso le di carpetazo al asunto: oficialmente yo estaba exonerada.

Con la muerte de mi abuelo materno -un año después- fue un poquitín distinto. De él recuerdo que cuando lo íbamos a visitar, pasábamos enfrente de las vacas de enormes y dulces ojos. Su cuarto era oscuro y él estaba acostado en su cama de carrizos y le pedía a su mujer que me diera leche de sus vacas. Por eso cuando murió, no me fue del todo indiferente.

Ví a mi tío más joven estar al pendiente en el entierro, como adulto, cuando en realidad sólo es un par de años mayor que yo. Por mi parte, me tenían un poco al margen, por ser niña citadina. Creo que  recé los nueve días lo que aprendí  en el novenario y hasta lavé unos trastes,  hasta que mi prima se sonrió con ironía y me preguntó: "¿Si sabes lavar trastes?" Me incomodó la desconfianza. Digo, no lo hacía en mi casa, pero tampoco hay que desarrollar  un método científico para poder hacerlo.

La venganza se presentó cuando todo se acabó  y se tuvieron que hacer las cuentas para saber lo que se había gastado, cuánto dinero se había juntado de la gente que apoyó y lo que hacía falta por cooperar. La prima de la risa irónica ya había terminado la primaria algunos años atrás y mi tío el jovenazo también;  por mi parte, estaba en el último año de primaria. Así que no perdí la oportunidad y al término de cada suma, les hacía saber que ya había terminado la operación. Con qué orgullo decía con voz muy alta los resultados antes que nadie.

Por supuesto que en ese tiempo no me importaba saber que mis jóvenes parientes habían hecho la primaria en una escuela rural que no da clases los viernes por ser "día de plaza" (como un tianguis citadino) o que quizá  mi tío no estaba de ánimo para competencias matemáticas sino pensando en que pronto tendría que irse a Estados Unidos para mantenerse a sí mismo y a su mamá. 
  
En mi caso, nunca había hecho sumas ni restas  con tantos ceros; además de que  las matemáticas nunca me gustaron, pero el honor se me iba en esas cuentas. Así que no sólo las terminé primero, sino que además las hice todas bien. El único problema fue leer aquellas cantidades. Afortunadamente, lo que no sabía lo pescaba de las tías que se adelantaban  tanteando las cifras. El extra fue ver orgullosa a mi madre cuando todo salió bien gracias a mi participación.

En la muerte del medio hermano de mi madre, me quedé en la casa (éramos vecinos). Desde la casa oía el llanto de las dolientes; recuerdo el sabor concentrado del caldo blanco de res y las cebollas  transparentes nadando en mi plato. Yo dormí con dos primos: Silvia y Juan, que eran de mi generación. Ese velorio fue la posibilidad de echar relajo toda la noche sin ningún adulto a la vista. Reír y hacer chistes sin la conciencia de que el difunto era nuestro pariente.

Una imagen que guardo de ese tiempo, también en el pueblo, es el paso del cajón del papá de un compadre de mis padres. Papá cargando el ataúd en una esquina; la banda tocando adelante y un cortejo pequeñito     -casi todos hombres- , detrás. Y a la distancia, el ataúd dio vuelta en la esquina y se perdió. Sólo  la música se escuchó un rato más. Ni mi madre ni yo fuimos al panteón porque  el  "aire del muerto" , no es bueno para los niños. Y quizá también porque ella estaba cansada de haber ido a hacer tortillas y ayudar en la casa del difunto.

La muerte de estas personas me hizo ver algunas cosas, pero en general  conservé la ingenuidad de mi niñez. La muerte fue considerada conmigo. Lo sigue siendo, pero empieza a generarme sospechosísmo.










19 de julio de 2011

Vamos al sol, Uli

La entrega anterior, hablaba  sobre la dirección del blog  y el origen de su nombre en un tono amargosito de hija ardilla. Pero la historia no acaba ahí. Si la dirección es la parte oscura del blog, el título recupera el lado hakuna matata que también habita en mí.

"Vamos al sol, Uli", es todo lo que quedó de una anécdota mal contada y peor escuchada. Una historia turbia donde yo terminé como una sonsacadora de adultos mayores y el inocente en turno (se supone), me respondió en tono sumiso: "Sí, vamos al sol..."

Es una frase que me hace reír y que viene bien a próposito del blog. ¿O no es sabroso tomar el sol a cierta hora de la mañana, cuando aún no quema? Dicen los que saben, que el sol tiene poder sobre plantas y animales, incluídos nosotros porque nos hace bien física y anímicamente.
Y aunque en realidad no gusto mucho del sol, a pesar de haber nacido en el mes más caluroso del año y ya bien entrada la primavera, me consta que el sol es reconfortante en ciertas circunstancias.

Hace dos años, justo el día de mi cumpleaños, me ayudaron a abrir una cuenta para un blog que no fructificó: "Teatro hecho a mano". No era ni el momento ni la temática adecuada.

Pero hace un tiempo, me dio por dialogar en la madrugada y en estado medio inconsciente conmigo misma, de cosas que una parte de mí insistía en tratar ahí mismo y mi lado obrero, decía que "pus' no son horas". Entonces supe que  había llegado la hora de buscar este espacio.

Vamos al sol, puede sonar esperanzador y hasta poético si no se le liga a la historia de la manipuladora  de hombres maduros. Vamos al sol, Uli  es un llamado a esa parte de mí,  que le da por platicar a deshoras, para sentarse a echar chisme a gusto, con todas las otras que soy en estado de vigilia. 



18 de julio de 2011

Vamos al sol, Uli / Los hijos de la cloaca

Aunque el nombre de este blog (Vamos al sol, Uli) parece alentador y hasta optimista (excepto para los temerosos a los rayos UV), nada tiene que ver con la dirección para acceder al mismo.

"Los hijos de la cloaca" es una expresión que utilizaba un primo cuando éramos adolescentes y doblemente sensibles ;) para referirse a los hijos que no éramos los "ojitos derechos" de nuestros padres.

Es decir, los hijos a quienes nunca nos llaman por nuestro nombre a la primera, sino después de uno o dos intentos fallidos; a los que después de preguntar doble vuelta a todos  si gustan más del  guisado en turno, notan que no te ofrecieron a ti; a los que siempre mandan a hacer los trabajitos sucios que nadie quiere hacer... Bueno, ya me expliqué, ¿no?

Y es que pese a lo que digan las madres recitando  directo de su manual:

- ¡Ay, cómo eres! Una madre siempre quiere igual a todos sus hijos...

Pues como que algo no cuadra a la hora de la hora. Los padres son más discretos en ese aspecto, creo. O quizá sólo se debe a que  su campo de acción es más pequeño y es menos perceptible su favoritismo, pero de que lo practican, lo practican. Ni duda cabe.

De hecho, me ha tocado escuchar en dos ocasiones decir a mi madre y  algunos tíos no sin cierto embarazo y algo de regocijo quiénes y por qué son sus respectivos ojitos derechos. Sin embargo, no arrojaron nada nuevo a lo que todos suponemos, se trata de un asunto de afinidad y de qué tan cerca estás de su ideal. Supongo que eso les sirve como constancia de que hicieron bien su labor de padres.

Resulta curioso todo el preámbulo que se da antes de que  los padres suelten la sopa de algo que en realidad es del conocimiento de todos: risas nerviosas, el "tú primero", las disculpas. Porque "no es que no los quieras, porque a todos se les quiere, pero a uno, se le quiere otro poquito".

Me reconozco como una auténtica hija de la cloaca. Y aunque no niego que a veces lo he utilizado para (mediante un chantajito) conseguir algunas cosas,  a veces también, no deja de sentirse gacho no tener pa' donde hacerse. Pero cuando pienso que algún costo ha de tener el hacer válido tu libre albedrío, apechugo y me asumo como otra hija de la cloaca.