19 de octubre de 2016

Sábado de nostalgia

                                                                                                                      Con cariño leal, a Enrique.

El primer golpe bajo que me aplicó la memoria, fue hacerme pasar de largo ante la entrada del Jardín Botánico. Un lugar al que iba -por lo menos-, cuatro días a la semana en otro tiempo. Al entrar, descubrí un pequeño y agradable espacio con bancas metálicas a la sombra de un gran árbol; un torniquete a  un costado de la caseta de vigilancia impide ahora el paso y desde ahí se podía ver la carpa blanca que indicaba el lugar de la cita.

Busqué un lugar vacío y me dispuse a escuchar al Coro de Filosofía y Letras.  La memoria saltó de nuevo y me hizo un tajo fino como el que dejan las hojas blancas recién salidas del paquete de papel: un hueco en mi corazón y las lágrimas saltaron por mis ojos: Tres piezas africanas.



Tengo presente de manera racional lo que le aportó el Coro a mi vida: no sólo me regaló muchas satisfacciones en lo creativo, también me dio la experiencia de compartir la voz con desconocidos, en lugares donde la música es una ventana a la vida. Pero desconocía lo que podía pasar en mi corazón con un encuentro así. Lo último que esperé fue escuchar canciones que había cantado con la misma camiseta en otro momento de mi vida. Y eso me desarmó.

La memoria traía imágenes, sensaciones, retazos de recuerdos agolpados. Mi corazón fue revolcado en dos momentos más durante el concierto: El Chiriguare y Lamento Borincano.  Más lágrimas y ni una lona que disimulara ese desnudo de mi corazón al aire libre.

Veía el cuerpo del coro y ninguna cara conocida. Sin embargo, todo me era familiar: era evidente el gozo y la entrega de esos muchachos y la sonrisa llena de complicidad con su director. ¡Y yo sabía de qué se trataba! Lo había vivido también: muchas horas de ensayo, tensión y exigencia que al momento de la presentación son canjeados por el humor, cariño y la seguridad que ese director deposita en su equipo de trabajo.

Cuando dejé el Coro, lo hice con la seguridad de que mi ciclo ya se había cumplido. No podía invertir el tiempo que el Coro me requería para seguir evolucionando y no sin pena colgué mi uniforme de coralista. Y seguí caminando, di vuelta a la página y la experiencia vivida se asentó en algún lugar de mi alma.

Alguna vez me encontré un video del Coro de FFyL y me llené de gusto con las cosas nuevas que habían implementado. Fue un grato sabor de boca. Y hoy, de golpe y porrazo, me vi  conmovida de pies a cabeza. Supe entonces, desde las víceras que algo de mí se quedó entre esas partituras.

Ver a esa nueva generación quizá como alguien más me vio a mí, tiempo atrás, me llevó a la conclusión de que la magia que se crea en ese coro persiste porque hay un cuidador del alma y la esencia de ese coro: Enrique Galindo Leal.

Y sí: un viejo amor, ni se olvida ni se deja.