El horror y el desgaste que implica estar al final de una relación sentimental, sólo es comparable con el doble horror y desgaste que implica estar en medio del final de una relación sentimental de terceros.
Es incómodo porque la prudencia dicta mantenerse al margen, pero los implicados, inevitablemente te llevan entre las patas porque su estado anímico repercute en su quehacer diario (y por consiguiente en su interacción contigo) y peor aún cuando te embarran en sus escenas melodramáticas de pacotilla (aportación de mi sobrino para referirse a las telenovelas).
El doble horror viene con la identificación de lo que vemos en los fulanos en cuestión y lo que en algún momento de nuestras vidas hemos hecho nosotros en la misma situación (¡sopas!): guerra de poder; chantaje; exageración; incongruencia en el hacer y el decir; intolerancia; masoquismo (o sadismo, según sea el caso); sarcasmo; crueldad... ¡¡Paren esa masacre!!
Qué despliegue de energía hace quien martiriza al otro pobre infeliz (fuente energética del despilfarrador) que da una batalla perdida de antemano porque las evidencias y la razón así lo muestran claramente, empero, como uno de los 299 soldados del ejército de Léonides, hace ¡gulp! y resiste ¿heroícamente? haciendo caso omiso a la alerta amarilla (a la que no pelamos en aras del "todavía lo podemos arreglar").
Qué triste papel el de quien espera a que baje la guillotina sobre su cuello. ¡Ay de aquél que no oiga al experimentado José Alfredo en La noche de mi mal. Incluso, si el sujeto en cuestión no nos simpatiza, de cualquier forma su estado lastimoso nos conmueve y podemos advertir que se están pasando de lanza con él (ella) y éste (a) se está poniendo de tapete para que así sea.
Qué gandallas podemos llegar ser cuando creemos tener la sartén por el mango (digo "creemos", porque a esta vida nada se le olvida y te pasa la factura cuando menos te lo esperas. Incluso siendo tú el abandonado, después compruebas que en el pecado se lleva la penitencia). Pero antes de volverte un cuerpo decadente lleno de vendas, mientras te sientes Mumm- Ra el inmortal, no te importa exponer al otro. Y mucho menos reparas en que estás incluyendo a terceros para lograr tu fin (ahí es donde entramos los espectadores); te sirves de otros para recalcar lo inútil y rata de dos patas que es ése (a) al (a) que vas a dejar. ¡Y mira el pimpollo que tuviste y perdiste! (¡Sácatelas!).
Como espectador forzado, puedes distinguir las metidas de pata de ambas partes y cómo se podría -con un poco de civilidad y humanidad- terminar el asunto con saldo blanco. Quizá en eso reside el desgaste para uno: en la consciencia del daño que se hacen dos personas sin poder intervenir a favor de nadie; en la consciencia de los errores propios sin poder regresar el tiempo para corregirlos; en la incertidumbre de cómo repercutirá la nueva situación de los fulanos en lo que a ti te compete directamente.
Eso me lleva a pensar que si el final de un noviazgo puede ser una cosa tremenda, debe ser peor un divorcio (asunto legal o práctico en el caso de las uniones libres), sin contar con los daños a terceros cuando hay hijos de por medio. Y peor aún en el caso de haber un padre que hable mal o que le prohiba tener trato con su descendencia al otro.
En última instancia, el espectador adulto que no tiene un vínculo afectivo con la pareja en proceso de separación, lo más que puede perder es un trabajo, un servicio, un contacto, en fin, algo que tiene solución. No pasa de ser una situación embarazosa en la que siempre habrá forma de hacerse a un lado para que no nos salpiquen, pero si se trata de tus padres, ¿Cómo te haces de la vista gorda?, ¿A quién le das la razón si uno te prepara el desayuno y el otro te ayuda con la tarea?
Cuánta razón tiene doña Luchita cuando dice que "uno como quiera, pero ¿y las criaturas?"
