30 de septiembre de 2012

Uno como quiera...

El horror  y el desgaste que implica estar al final de una relación sentimental, sólo es comparable con el doble horror y desgaste que implica estar en medio del final de una relación sentimental de terceros.

Es incómodo porque la prudencia dicta mantenerse al margen, pero los implicados, inevitablemente te llevan entre las patas porque su estado anímico  repercute en su quehacer diario (y por consiguiente en su interacción contigo) y peor aún cuando te embarran en sus escenas melodramáticas de pacotilla (aportación de mi sobrino para referirse a las telenovelas).

El doble horror viene con la identificación de lo que vemos en los fulanos en cuestión y lo que en algún momento de nuestras vidas hemos hecho nosotros en la misma situación (¡sopas!): guerra de poder; chantaje; exageración; incongruencia en el hacer y el decir; intolerancia; masoquismo (o sadismo, según sea el caso); sarcasmo; crueldad... ¡¡Paren esa masacre!!

Qué despliegue de energía hace quien martiriza al otro pobre infeliz (fuente energética del despilfarrador) que da una batalla perdida de antemano porque las evidencias y la razón así lo muestran claramente, empero,  como uno de los 299 soldados del ejército de Léonides, hace ¡gulp! y resiste ¿heroícamente? haciendo caso omiso a la alerta amarilla (a  la que no pelamos en aras del  "todavía lo podemos arreglar").

Qué triste papel el de quien espera a que baje la guillotina sobre su cuello. ¡Ay de aquél que no oiga al experimentado José Alfredo en La noche de mi mal. Incluso, si el sujeto en cuestión no nos simpatiza, de cualquier forma su estado lastimoso nos conmueve y podemos advertir que se están pasando de lanza con él (ella) y éste (a) se está poniendo de tapete para que así sea.

Qué gandallas podemos llegar  ser cuando creemos tener la sartén por el mango (digo "creemos", porque a esta vida nada se le olvida y te pasa la factura cuando menos te lo esperas. Incluso siendo tú el abandonado, después compruebas que en el pecado se lleva la penitencia). Pero antes de volverte un cuerpo decadente lleno de vendas, mientras te sientes Mumm- Ra el inmortal, no te importa exponer al otro. Y mucho menos reparas en que estás incluyendo a terceros para lograr tu fin (ahí es donde entramos los espectadores); te sirves de otros para recalcar lo inútil y  rata de dos patas que es ése (a) al (a) que vas a dejar.   ¡Y mira el pimpollo que tuviste y perdiste! (¡Sácatelas!).

Como espectador forzado, puedes distinguir las metidas de pata de ambas partes y cómo se podría      -con un poco de civilidad y humanidad- terminar el asunto con saldo blanco. Quizá en eso reside el desgaste para uno: en la consciencia del daño que se hacen dos personas sin poder intervenir a favor de nadie; en la consciencia de los errores propios sin poder regresar el tiempo para corregirlos; en la incertidumbre de cómo repercutirá la nueva situación de los fulanos en lo que a ti te compete directamente.

Eso me lleva a pensar que si el final de un noviazgo puede ser una cosa tremenda,  debe ser peor un divorcio  (asunto legal o práctico en el caso de las uniones libres), sin contar con los daños a terceros cuando hay hijos de por  medio. Y peor aún en el caso de haber un padre que hable mal o que le prohiba tener trato con su descendencia al otro.

En última instancia, el espectador adulto que no tiene un vínculo afectivo con la pareja en proceso de separación, lo más que puede perder es un trabajo, un servicio,  un contacto, en fin, algo que tiene solución. No pasa de ser una situación embarazosa en la que siempre habrá forma de hacerse a un lado para que no nos salpiquen, pero si se trata de tus padres, ¿Cómo te haces de la vista gorda?, ¿A quién le das la razón si uno te prepara el desayuno y el otro te ayuda con la tarea?

Cuánta razón tiene doña Luchita cuando dice que "uno como quiera, pero ¿y las criaturas?"












25 de septiembre de 2012

Con tinta sangre del corazón

En plena oscuridad, no intento ahogar la carcajada que la "Cheves" me provoca con sus gestos. La carismática chamacona  sabe que nos tiene en la bolsa y se le nota lo mucho que disfruta estar en el escenario.

Por mi parte, ya relajada y  disfrutando como espectadora, aprovecho los  amelcochados díalogos de los protagonistas para fugarme, cual Homero Simpson, para comparar lo que observo con lo que acabo de presentar una hora antes en ese mismo escenario."Nacos" v.s. "Lisístrata".  Lino v.s. Lisístrata. Mi paso de actríz a directora, zigzagueando por el discreto oficio de la dramaturgia.

Pienso en mí a los quince años, participando en el mismo Festival de Teatro Universitario: Madre; Lino de niño; niña de la calle. Mis personajes en una historia colectiva que armamos en el TACO con la cual pasamos a la segunda ronda de eliminaciones. Una historia al estilo de Ismael Rodrìguez en Nosotros los pobres donde al protagonista le pasa de todo, combinado con texto de González Dávila donde no hay final feliz.

Nacos es una historia que pretende desmentir las historias rosas de las telenovelas, pero se mueve en la misma cancha: jóvenes ricos que se enamoran de unos pobres pero con un corazonsote. Aderezan la historia con un cuestionamiento sobre el ser naco y  la sobrevaloración que se le da a la apariencia, incluso para elegir Presidente de la República.

Regreso a los años noventa y recuerdo  cómo eran esas sesiones en las que todos aportábamos ideas para armar nuestras obras. Sin un profesor de teatro formal, nuestro monitor que era autodidácta, nos "tiraba línea" para llevar a la "crìtica social" nuestra historia.  

En Nacos, creo reconocer esa misma intenciòn de nuestro monitor en su director (autor de la obra). Me veo adolescente en esa compañía de teatro, convencida de estar "creando consciencia" en el pùblico. Los veo  salir  con un discurso que ya es suyo. Veo en ellos una pasión que no encuentro en los Lisístratos. No he encontrado la forma de generarles la necesidad de estar en un escenario que a  los Linos  (y a  los Nacos)  nos hacía  sentir que cualquier teatro era pequeño para mostrar lo que habìamos creado.

Pienso en mi Lisìstrata, adaptaciòn libre de la obra de Aristòfanes.  ¡¿?! ¿La hubiera montado a los quince años?, ¿Cuál es mi parámetro para elegir las obras que monto ahora?, ¿Con qué compañía de teatro me gustarìa trabajar?, ¿Los Nacos o los Lisístratos?,  ¿La experimentación o lo académico? Mi corazòn se divide.

Porque al igual que en los Nacos, reconozco el lado flaco de  la dramaturgia de mi amado Lino de los quince años. Veo en ellos mi visiòn del mundo y del teatro de  cuando tenìa puesta la camiseta de mi taller  de teatro que no era el oficial sino el que heredó un espacio cultural con el movimiento estudiantil del 87.  La nostalgia es grande. Con cuánto desdén mirábamos a los chavos del grupo de teatro oficial que montaban textos escritos por otros. Y quince años después, heme aquì, adaptando textos clàsicos para muchachos de escuela privada.

En algún momento los chicos me han pedido que escribamos una historia especialmente para ellos. Pero se me ponen los cabellos  de punta cuando sugieren algo como "Vaselina" o las Princesas en un talk show.  Piden tambièn Romeo y Julieta porque de oìdas -igualito que Joan Sebastian dice en su canciòn- les ha llegado la versión de  que es una historia romantiquìsima pero  se resisten  a creer que son  cinco actos en verso que hablan de la imprudencia de unos adolescentes.

Ante tales propuestas, mi pluma prefiere el silencio. Pero tengo la esperanza de montar al primer descuido de mis jóvenes reguetoneros, algo de Lorca,  Moliére o Darío Fo. Mi bandera rojinegra-combativa le apuesta al teatro escrito (¡ah, porque el teatro también se escribe y merece un salario! ¡Ja!)  y la camiseta que hoy porto trae estampada la  gota que escurre de esos tinteros.




























7 de septiembre de 2012

No somos nada

Uno
El taxi avanza a muy buena velocidad por Ermita Iztapalapa; toma Zaragoza y en la avenida casi desierta, en un par de minutos llegó a mi centro de trabajo. Camino hacia la escuela y algo no es como todos los días. Firmo mi hora de entrada  y preparo mis cosas para empezar la jornada. Entra la coordinadora y nos dice que ella estará en recepción por lo de las ausencias. Pregunto a qué se refiere y le pide a otra compañera que me cuente. ¿Qué pasó?

En la tarde del miércoles 5, en varias calles de Neza se oyeron balazos supuestamente de Antorchistas en venganza por la muerte de dos de sus líderes. Un profe cuenta que un motociclista pasó por la (en ese momento ) ya desértica avenida Texcoco y al perderse en la siguiente esquina, se escucharon los balazos. ¿Quién disparó y a quién?

Bajo a la formación habitual y sabiamente dice Kevin: "Se siente la tensión en el ambiente". Efectivamente. Pocos niños y el ambiente se siente cargadito. Avanzamos a los salones y los niños se apresuran a decir lo que escucharon. Para evitar controversias, empiezo con el tema del día.

Al llegar a otro salón, los niños que vieron lo que pasó fuera de sus casas dicen: "¿Quiere que le cuente cómo pasó?". Confío en que   esta vez la información es de primera mano, pero me lo tomo con reservas porque son niños de primer  grado.

Al llegar a la clase con el grupo de tercero, enlazo el tema de la clase con lo sucedido el día anterior: ¿Qué importancia tiene el arte en nuestros tiempos? Hablo de insensibilidad, del poco respeto por la vida ajena. Les pido que sintetizen lo que pasó en su municipio la tarde anterior y lo relacionen con el video de la clase pasada.

Brenda dice: "No fueron los antorchistas. Fue la Familia. Por mi casa pasaron varias camionetas, de las grandes y blindadas y empezaron los balazos allá por la Villada... Fueron los narcos..."

La profesora de Cívica me comenta en el wc: "Ayer dió su primer informe de gobierno el Eruviel. Se van a poner de a peso las cosas." En sala de maestros, Diana nos cuenta: "A la panadería de mi papá le aventaron una botella con  lumbre. Pero mi papá dice que va a cambiar de local porque él no piensa pagar la cuota".¿Qué pasa?

Por la noche nada se dijo en el noticiero y en la mañana tampoco se mencionó nada en la radio. ¿Qué es lo que hace que  un mar de gente que diariamente transita de Ciudad Neza al Distrito se  mantenga  a raya? El metro cerrado en  Pantitlán y otras estaciones ; sin transporte público; comercios cerrados;  las calles vacías...

Más tarde en las noticias se habla de rumores y lo constatan entrevistando a un transeúnte que regresa del trabajo y asegura que no sabe nada, salvo lo que ha escuchado en la calle, pero que a él no vió nada...  ¿Por qué minimizan la situación?

Creo en la palabra de los niños. Decir que no pasó nada me parece que es dar pie a que crezca la incertidumbre y que se cree su mentada "psicosis". Si los medios de comunicación se hubieran limitado a decir lo que ocurrió la tarde del miércoles en Ciudad Neza, hubiera evitado, me parece, que la histeria se extendiera hacia Iztapalapa y Los Reyes. La falta de información es lo que propicia los rumores

Dos.

El lunes 3 de septiembre fui a la biblioteca y en la sección de espectáculos de El Universal encontré  una entrevista a tres productores de teatro mexicano. Me llevé toda la sección para leerla más tarde,  pero no fue hasta hoy que comencé a revisarla. 

Entre  encabezados, pies de fotos y anuncios,  vi una foto a la que no le puse mayor  atención y seguí recorriendo con la mirada la enorme página de arriba abajo. Mis ojos volvieron al recuadro y leí: ¡Si nos dejan!está de luto. Vi la foto de nuevo y reconocí al actor, a pesar de la mala calidad de la fotografía,  sin ralacionar el título de la nota con ése que aparecía en la foto. Empecé a leer a partir del tercer párrafo, justo donde  hablaban del currículum del actor que había fallecido. Que había fallecido.  Regresé  a la foto y me congelé: se trataba  de Octavio Castro.

Leí la nota esta vez desde el pricipio y ésta era clara y breve. O quizá clara no, pero sí breve. Decía que el día anterior, a la 1:30 am había fallecido "al no poder recuperarse de una enfermedad que lo llevó al hospital desde hace algunas semanas". Más currículum y nada más. Lo cual habla muy bien de él, sin duda. Es decir, en vida  buscó  desarrollarse como actor en diferentes medios y al parecer, lo logró.

Y es curioso, porque en su currículum sólo  muestran   lo que realizó en el mundo del espectáculo, sin incluir los proyectos no comerciales en los que  partícipó, como en la película de "El violin" y la versión cinematográfica de De la calle, (entre otros cortometrajes y montajes).  Me resonó aquella canción de  Los Caifanes: "afuera tú no existes, sólo adentro...".  No alcanzó una nota en la sección de cultura y en la sección de espectáculos le dan cobertura porque salió en la Familia P. Luche, actuó en un largometraje con Ana de la Reguera y en dos telenovelas. ¿Pero de qué murió?

 En algún diario con mis memorias de los años de CCH, tengo un dibujo hecho por Octavio en una servilleta de papel, una tarde de chelas en el local de Doña Pelos. De esa generación que estuvimos en el TACO (taller de teatro no oficial del CCH-OTE) en el 94-95, tres de nosotros nos fuimos al CNA, al CUT y a la FF y L.,  respectivamente,  a seguir estudiando teatro.  Simpático, alegre y comprometido, el Tavo fue el único que se mantuvo al pie del  cañón en su vocación de actor.

Hace unos meses, para celebrar el 15 de mayo, nos invitaron a ver el musical ¡Si nos dejan!  Lo vi en escena y me dió un sincero gusto verlo en activo ahí. Y ahora, de manera casual me entero que para él, el telón se cerró de manera definitiva.

Alcohol, drogas, depresión, estrés, bilis, un infarto, cruzar sin  precaución una calle, una bala perdida... cualquier cosa nos puede dejar fuera de la jugada. Y quizá no es que antes no pasara, pero a veces, como en esta semana, las cosas te pasan por diferentes frentes y más cerquita. Como dice  Mireya: "no somos nada". 

¡Salud, por el Tavo! Seguramente a esta hora, estará brindando con Dionisos.



5 de septiembre de 2012

Con la garra agüitada

El ausentismo por parte de los profes en nuestra entrañable casa de estudios, la UNAM,  parece ser una maldición gitana que nos ha perseguido desde hace muchos años. Sin embargo, en los últimos tiempos, las nuevas generaciones de Pumas preuniversitarios, por alguna razón, han resentido con mayor fuerza este abandono por parte de sus académicos.

En mis tiempos de ceceachera, recuerdo que los profes faltaban y uno sentía cierta molestia (sobre todo cuando te habías desvelado haciendo la tarea), pero a veces también se sentía cierto alivio (cuando no la habías acabado chido y todavía podías mejorarla) y la mayor parte de las veces, no pasaba a mayores porque en el CCH-OTE, siempre había algo que hacer.

Archivo:CU-Mexico-rectoria-1.jpg


Sin embargo, en la universidad aquellas ausencias si llegaron a mermar nuestro estado de ánimo.  Abollaron  las espectativas que  generaba estar en un aula de la meritita CU. Recuerdo perfectamente la emoción de haberme quedado en mi primera opción, que además, era una carrera de alta demanda. Llegué con mi joven corazón a las puertas de la facultad  de Filosofía y Letras ansiosa por comerme el mundo a mordidotas.

Con el transcurso de los meses y luego de los años, ese entusiasmo se fue apagando  ante lo que a mis ojos resultaba una ironía de la vida: los profesores que también daban clases en otras universidades  (públicas o privadas), nos aseguraban que éramos sus mejores estudiantes. Pero todos ellos, sacrificaban nuestras horas de clase en algún momento, por irse a esas otras universidades a cumplir con un contrato menos flexible que el que tenían con la UNAM.

Tengo muy presente el rostro de vergüenza y de pesar de un profesor (uno de los mejores que he tenido en mi vida como estudiante) cuando le hice justamente ese reclamo. Lo que le  dije aquella vez,  lo hirió porque ante todo, aquella también era su alma mater y él tenía el compromiso con ella aunque los recibos de pago le exigían buscar más horas en otras instituciones para completar un salario  decoroso. Ni hablar: la UNAM nutre tu alma, no tu despensa.

Apesar de las ausencias (culposas o no) de los profesores, mi generación salió avante. Llenamos esas ausencias con libros, cineclubs y la vida misma. Pero me llama la atención esta generación que se siente timada por los que alguna vez estuvimos en esas mismas aulas que ahora ellos abandonan con una doble decepción: la de encontrar una UNAM que no llena sus espectativas y estar dentro de una UNAM que como el león, no es como se la pintamos.

Me pregunto si  les pesa demasiado esa vigilancia que es también acompañamiento (y acaso, dependencia) de la educación básica privada, lo que les lleva a ese shock que implica tener la rienda suelta en una institución pública. Veo regresar con alivio a chavos que tuvieron un lugar en la UNAM y los encuentro  añorando que les dejen tarea, que los profesores lleguen a tiempo. Hasta miran con otros ojos su uniforme.

Y me preocupan algunas cosas. Por una parte ¿Cómo estamos haciendo nuestra labor en las aulas, los egresados de la UNAM?, ¿Qué juventud estamos formando?, ¿Los actuales docentes que tienen el privilegio de trabajar dentro de la UNAM, se han echado  a dormir tirando la fama que otros forjaron a pulso?  Y por otra, ¿qué hallaron (o no encontraron) estos preuniversitarios que salen despavoridos de la UNAM para meterse de nuevo al cascarón lleno de reglas y circulares?

¿Será que la doble ausencia, la de sus padres en casa y la de los profes en la escuela, los hace sentir  a la deriva?, ¿Por eso regresan con la madre autoritaria, que por una (no tan módica) mensualidad les proporciona  confort y   seguridad por ocho horas y media al día; cinco días a la semana (más sábados de eventos escolares y viajes nacionales o internacionales)?

Algo pasa. Algo está cambiando. Algo cambió en nuestra  universidad durante los años que dejamos atrás  nuestros duros pupitres. Tampoco  olvido a los Pumas que salen en los medios  ganando premios y concursos; los que generan nuevos saberes; los que portan con orgullo la camiseta. Pero se ha atravesado en mi camino gente valiosa que abandonó su matrícula en la UNAM creándome un enorme sospechosismo y lo que es hoy, me siento con la garra agüitada .