22 de agosto de 2012

No sólo de pan vive el hombre

Estaba  de ñoñita haciendo la tarea, cuando se me escurrieron las lágrimas. En el trabajo me dejaron ver un cortometraje llamado El circo de la mariposa y lo comencé a ver no sin cierto prejuicio porque me habían dicho que estaba "muy bonito" y que tenía "una frase hermosa, que no recuerdo".

Duraba  20 minutos, así que mejor, deunvez, lo vi. La primera imagen y sobre todo el desfile del circo en la calle, me remitieron a un libro que estimo con el corazón: Paseo en tiempo de guerra de Anne-Marie Pol. En el libro hay una compañía de teatro que se acompaña de pequeños números de magia y otras variedades para los soldados que están en campaña. La esencia de El circo de la mariposa y la compañía de teatro, me resultó muy parecida, así que eso aminoró mis reservas.

Trancurrieron los minutos y las escenas: yo las seguía comparando con lo que me habían contado y sumando lo que yo había imaginado: mi cerebro trabajando a trote constante.  De pronto, los vidrios de mis anteojos se empañaron: estaba llorando.
Nunca había notado que mi cerebro y mi corazón reaccionaran de manera independiente y simultánea cada uno en lo que le compete. Como cuando aún llueve y el sol brilla sin pudor.Científicamente, ya se sabe que lo que digo es imposible. Pero tengo en la cabeza muy clara la imagen de mi cerebro ocupado procesando la información  y sin darme cuenta cómo ni por qué, se me escurrieron las lágrimas. Es como si mi corazón hubiera captado el mensaje y  se hubiera marchado dejando muy atrás, al otro pobre imbécil (mi cerebro)  deliberando sobre cosas que nunca entenderá. ¡Qué sensación más extraña!

 No podría decir que El circo de la mariposa es una historia "inspiradora que cambió mi vida " porque  nunca dejé de ver el guión en marca de agua durante los 20 minutos que dura el corto. Es decir, la función  didáctica de éste pasa por encima del trabajo creativo y su función estética.

Pero también es claro que algo me conmovió. Y ese algo es el reconocimiento de aquello que separa al hombre del  animal. En este caso,  la satisfacción de la creación  y lo que esa creación le puede aportar a la sensibilidad de otros hombres. A eso me refiero cuando digo que no sólo de pan vive el hombre. Para la salvación de tu alma has de encontrar aquello que te hace bien en la vida, que va más allá de tus necesidades básicas y que no necesariamente es algo tangible.

Hace poco, mi padre dijo que sería una buena idea tener un circo para viajar por todos los pueblitos y conocer lugares. Lo dijo un hombre de 68 años. Un hombre que entregaba su sueldo en sobre cerrado para  sacar adelante cinco hijos. Un hombre que ha trabajado con  responsabilidad  practicamente toda su vida. ¿Qué implican sus palabras?, ¿Qué sueños se le fueron por las bolsas del uniforme? No dudo que tener una familia era parte de su plan de vida, pero ¿Qué le faltó hacer al hombre que es mi padre?, ¿Por qué pensar en la vida nómada e impredecible de un circo?  Por cierto, agradezco que nos haya incluido en su idea.
Más que con la historia de superación personal, me quedo con   el sentimiento de gratitud a  ese espacio (El círco de la mariposa) que le dió la posibilidad a sus artistas y a su público de reconocerse como humanos.






16 de agosto de 2012

De boca generosa

Andaba en busca de unas sombras para los ojos en una tienda, cuando el asesor de imagen se acercó a mí.  Me preguntó por el color que estaba buscando y por decir algo dije que azul, aunque en realidad buscaba un tono verde.

Sacó un exhibidor de sombras en todos los tonos y ese fue el gancho perfecto para que le contestara que quería una demostración del producto. Soy como uno de esos insectos bobos que vuelan hacia la luz: no puedo ver algo en  gran variedad de colores porque me encandilan. Me pasa lo mismo en las papelerías grandes o en las tiendas de tela... los estambres, los barnices, el departamento de shampoo... ¡En fin!  

Empezó por ponerme las sombras de color turquesa y las combinó con  gris, verde, y azul marino. Delineó los párpados de negro; usó "rimel" para las pestañas  y puso una línea delgada de más azul turquesa en las pestañas inferiores. Remarcó las cejas y para terminar, sacó otro cargamento de brillo labial. Mientras me decidía por un gloss en tono rosa, me dijo muy profesional:

- Bueno, como tú eres de  boca generosa, te vienen bien los tonos más oscuros...
- ¿? 

Él siguió con sus sugerencias y yo me quedé pensando en sus palabras. ¿En qué residía la generosidad de mi boca?, ¿Cómo sabía que hablo demasiado? ¿Me había escuchado decir palabrotas encadenadas en un momento de cólera?, ¿De dónde conocía mi faceta de besucona? ¿ O se refería tal vez a mi gusto por los besos largos?, ¿Qué sabía exactamente de mi?

Digo, conozco labios más  gruesos  y bocas más amplias que la mía. A lo más, es grande. Sobre todo  cuando se me escapa alguna carcajada. Incluso, si de generosidad se trata,  mi nariz da batalla.  Porque aunque no es prominente, podría tomarse como de proporciones "generosas".

- ...en cambio, los tonos rosa  no te favorecen. No favorecen las bocas generosas.

Y dale con aquello de la generosidad de mi boca. Yo me preguntaba si era una metáfora, un insulto, o de plano me sabía alguna cualidad  que yo hasta la fecha desconocía .

- ¿Ves? Que no te dé miedo mostrar tus labios. Claro que tampoco se trata de ponerte demasiado, porque ya es generosa tu boca,  pero con un color como el que eligiste, se te ve muy bien...
- ¿?

Me acercó el espejo para ver cómo había quedado y efectivamente, mis ojos resaltaban  sobre mi nariz  y mi boca brillante, lisa,  generosa y de color cereza.

- Bueno, amiga. ¿Qué te vas a llevar?

Además de la sombra turquesa y el brillo labial, me llevé también lo de "la boca generosa" para  seguir indagando al respecto.




15 de agosto de 2012

Mi panteón particular


Es  inevitable estremecerme hasta  la médula, cuando encuentro a mi paso un animal muerto: un perro, un gato, una paloma, un pájaro silvestre, una rata, etc. La piel se me enchina y un  escalofrío me sacude. Sin contar  algún gritito ridículo -hay que reconocerlo- que ocasionalmente se me ha escapado.
 
Estos animales anónimos (AA) que están en la vía pública ejercen en mi una sensación extraña. No es  miedo, lástima, ni asco. Es algo enteramente viceral. Mi cuerpo reacciona en automático. Es completamente  distinto a lo que se siente cuando muere un animal de tu familia.

En el patio de mi casa tenemos enterrados: dos perros, tres gatos, un perico y en una maceta, dos peces. Sus muertes han dejado en mí un dolor, una tristeza y casi siempre un sentimiento de culpa por cosas muy específicas que no contaré esta vez.
 



 

 

Pero además del  panteón familiar, tengo mi propia mini colección de cuerpos muertos en una sección de mi librero. Quise decir, cuerpos  de animales muertos.  Todo empezó con un escarabajo rinoceronte  (a reserva de que me corrija algún entomólogo) que encontré ya seco en una ventana en Sta. Rosa (Oax.). Me gustó ver ese cuerpo relativamente pequeño, completo y brillante. La muerte lo había dejado intacto.  Con los rasgos propios de la cabeza del animal y unas pequeñas líneas, pude decorarlo como una calavera. Le puse laca, me gustó como quedó y lo conservé.


No recuerdo el orden en que llegaron los demás inquilinos, pero tengo un colibrí; una lagartija de CU (¡Ja!  Juro que no he querido aludir a nadie);  una mariposa pequeña  de color aqua y otra de color amarillo; una catarina roja y algo que supongo que es una polilla. Todos ellos, cuerpos secos y casi completos (el tiempo ha empezado a pasarnos la factura).

 A estos pequeños cuerpos disecados los acompañan dos flores y algo que en otro momento debió ser una flor o quizá sólo  una planta, pero me parece muy peculiar con sus muchas espinas y su tallo decorado con ovalos irregulares. Me gusta.


 Volviendo a los AA, decía que mi reacción al toparlos doblando  una esquina era netamente viceral. ¿Por qué  reacciona mi cuerpo? ¿Es mi instinto el que le gruñe y le ladra a la  muerte? Las flores, el ataúd, el incienso, el esmero con el que se acicala a un humano en su encuentro con la muerte crea toda una atmósfera. Y hemos hecho una extensión de esa dignidad  para despedir a  nuestros animales. Pero los AA nos devuelven la crudeza de la muerte, donde a pesar del oropel, todos los cuerpos se corrompen en la tierra. Nada se escapa a la voracidad de los gusanos (incineración aparte).

He visto perros echados a un lado de otro animal muerto y me  provocó  una sensación lúgubre. Me escandalizé al verlos lamerse las patas junto a otro perro sin vida. ¿Pero, acaso no es lo que hacemos  los humanos  cuando muere uno de los nuestros?  Animales todos, a fin de cuentas.


 

8 de agosto de 2012

De perro o de burro

Si yo no me convencí con mis llamados, supuse que mi ánima menos. Y después del susto que le dieron, decidí que lo mejor era darle tiempo para que regresara por su propia cuenta cuando viera que este cuerpecito lo esperaba. Aunque sentía un poco de hambre, quise esperar un poco más. Quería irme en buenos términos con el mar veracruzano y sobre todo salir con el corazón templado. No podía regresar al hotel con el alma  demacrada.

Desde la arena vi a un hombre, quizá cuarentón, que caminaba por la arena. Cuerpo curtido y moldeado por el sol y el mar. Traía una red, un visor y un snorkel. Dejó sus sandalias en la arena y se acercó a donde  yo estaba. Retrocedí unos pasitos para, de nuevo, medir el terreno. Había un poco más de gente en el agua. Algunos adultos y niños estaban  a mi izquierda; enfrente, en el malecón, un hombre barbado,  mayor y enjuto;  atrás de mí seguía la  pareja  que entró al mar poco antes que yo la primera vez .

- Buenos días. Me dijo mi compañero que la había correteado la loquita hace rato. ¿Qué le dijo?

Como no pensaba llorarle a un desconocido  (aunque quizá hubiera sido sano) y tampoco iba a dejar mi orgullo votado en Veracruz, (ya bastante tenía con la desaparición de mi  ánima)  respondí que sólo habíamos hablado, que después yo me salí y ella se fué. Ajá.

-Es que luego viene y molesta a la gente, ya ve que está malita. A veces viene tomada, por eso le preguntaba.  También nos pasó con un borrachito. Se puso pesado, llamamos a la patrulla y luego estaba llorando para que no se lo llevaran. Yo y mis compañeros somos de la armada y venimos a darnos nuestras vueltas. Por eso, si usted me dice que la molestó, llamamos a la patrulla y la remiten ahora mismo.

Como insistí en que todo estaba bien, se despidió no sin antes ponerse a disposición, señalando el lugar donde iba a snorkelear, por si algo se me ofrecía.  No iba uniformado, ( ¿tendrá la armada, traje de baño establecido como uniforme? ), pero hablaba con coherencia y buenos modos, así que eso me tranquilizó.

Un rato después regresó con una amplia sonrisa para enseñarme un caracol vivo. A un lado estaban  un par de niños y eso hizo el ambiente más relajado.  El caracol tenía un tono magenta al igual que su brillante  concha. Al acercar el animal a mi mano,  se prendió de mi dedo, succionándolo. Hasta después de un buen rato de plática entre el veracruzano y yo, el caracol se animó a sacar sus antenas y pude verlo completo.

Me explicó que cuando se siente amenazado, se mete y sella la concha con una puertita (del mismo color y material de su concha) que tiene pegada al cuerpo. Estos caracoles los cocinan porque tiene muy buen sabor. En esa parte de la playa también hay caracoles grises y "disculpe por la palabra, pero aquí les dicen... chile de perro a éstos porque están rosas como la  parte del perro; y a los grises se les dice chile de burro porque son oscuros... bueno así le dicen aquí..."

Vi cómo se calzaba las sandalias después de quitarles la arena, sacudió su camiseta blanca  y luego caminó con calma  por la arena hasta que lo perdí de vista. Me pregunté, ¿qué presencia había sido más irreal: el hombre que me había mostrado algo hermoso del mar de veracruz o la mujer que extravió mi ánima  en las mismas aguas?

Era hora de salir del mar. Había quedado en ceros y en paz con la playa veracruzana. El hambre apremiaba, así que  tomé mis cosas y me dirigí al hotel.   El pescador de caracoles resultó un defeño renegado y nacionalizado veracruzano desde niño, feliz y convencido de que en el mar la vida es más sabrosa.








El miedo no anda en caballo de mar


El cabello corto y despeinado dejaban ver sólo parte de su rostro. Con la mitad del estómago fuera de lo que parecía un  traje de baño,  la vi acercarse bamboleante. Tendría quizá 25 años o menos, pero el cuerpo fofo y con enormes estrías arañando su piel, me hablaron de mucho más kilometraje.

-¿Estás bien, chica?
- Sí.
-Me da gusto que estés bien. ¿Puedo nadar?
-Sí, claro.
-¿Estás bien?
-¿Perdón?
-¿Estás bien?
-Sí.
-Qué bueno, chica. Me da gusto que estés bien.  Tu hermana me había dicho que estabas muerta.
-¿Qué?
- Sí: me dijo que te habías muerto.

Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo.  Pude sentir como se levantaron cada uno de mis bellos de los brazos. Medí la distancia de la mujer con respecto a mí y la que había hasta mis cosas. Medi sus intenciones. Medi mis posibilidades de salir corriendo del agua sin ser interceptada. Me topé con una mirada vacía como la del tiburón del acuario. Mirada fría, pero sobre todo vacía. No transmitía nada.  Me incorporé y ella también lo hizo. De hecho, lo hizo con más agilidad de lo que yo hubiera esperado.

-  No te vayas. Vamos a platicar. No te asustes. No tengas miedo...

En cuanto oí esa palabra, reaccioné. Había estado caminando en círculo para poner distancia entre la mujer y yo mientras me acercaba a la orilla. Sin dejar de mirarla a los ojos le respondí sin pensar.

-Sí me das miedo y sí me voy.   Me envolví en la toalla, me calcé las sandalias; tomé el resto de mis cosas y empecé a caminar hacia las lanchas del club de buceo.

-Tú ya estás muerta. No me vas a olvidar nunca...  Y me insultó hasta en inglés.

Me volteé un par de veces para cerciorarme de que no me seguía. Se quedó de pie hablando sola un rato más. Luego caminó hacia la salida del malecón y se perdió de vista.

Pensé en irme al hotel, en ese momento. Pero mi ánima se había quedado en el agua y no me podía ir sin ella. Asi que regresé mis pasos y me volví a meter al agua en el mismo lugar del que había salido.

Después de un rato, la mujer  regresó al malecón, pero ni siquiera volteó al mar.  Se acercó a una pareja que estaba sentada acompañando a su niña que brincaba divertida. Jugó de lejos con la niña  a esconderse y salir detrás de una escultura. La niña la buscó un par de veces y luego regresó saltando con su mamá. Ella también saltó imitando a la niña, pero cuando no recibió más su atención, se fue caminando con paso desganado hasta perderse.

Mientras, en el agua yo me llamé un par de veces por mi nombre; pero no fuerte. Supuse que en el malecón sólo puede haber  lugar para una loca. Y no había vacantes.

Varias cosas me rondaron en la cabeza. Si las personas  están fuera de nuestra realidad no significa que no tengan otra realidad alterna. ¿Y quién dice que la de ellos es menos válida que la nuestra? Si pierden el interés por cosas materiales y vanales de la vida, ¿En qué ponen su atención?

Lo que más me asustó del diálogo que sostuvimos, no fue  el hecho de darme por muerta sino que quién supuestamente se lo dijo fue "mi hermana".  Si  hubiera mencionado a cualquier otra persona, quizá no me hubiera pegado tanto.  Por eso la busqué con la mirada en el malecón. Yo la sabía dormida en el  hotel y sentí pánico al pensar que por alguna razón hubiera ido a buscarme y  esta mujer   se la hubiera topado antes de acercarse a mí y le hubiera  hecho algo.

Cuando no vi  ninguna señal de mi hermana y que todo trancurría su curso normal en la playa, entonces sí sentí miedo de lo que ella me pudiera hacer. Y no por maldad  ni  por alguna cuenta pendiente, porque en sus ojos no había ira, odio, rencor, ni nada parecido; sino para poder contar la historia de la hermana de alguien que flotaba muerta en el mar.

¿Qué es lo que la hizo perder el paso en esta realidad? ¿Sería su propia hermana la difunta de la que hablaba? Yéndonos a un extremo, ¿Me hablaba en sentido figurado? ¿Qué parte de mi no encontró latiendo? Por mi parte, nada para  sentirme viva de sopetón, como la sensación de un miedo cabrón.

En la última película de Batman, un preso le dice que lo que le impide salir de ahí, es que no tiene miedo. Y cuando  Bruce ubica su miedo en morir fuera de Gótica sin hacer nada por salvarla, escala sin la cuerda de seguridad y el instinto lo hace llegar hasta la salida.

Hasta hace medio año, mis miedos siempre fueron provocados por algo abstracto, por una pérdida, por las consecuencias de mis actos o por alguna situación de riesgo más o menos bajo control. Apartir de los tres asaltos y medio que me  sucedieron  este año, supe lo que es el miedo por algo concreto

A pesar de estar conforme con la manera en que he llevado mi vida hasta ahora, es distinto irte de aquí por una enfermedad o un accidente  a que alguien disponga de tu vida sin una razón. En estos tiempos, ésa parece ser la constante . El  no tener enemigos, ya no es garantía de tener un fin apacible. La muerte vuelve a ser una cosa sangrienta, pero a diferencia de los sacrificios humanos de antaño (a colación por mi visita a Cempoala), ahora no tienen nada de honorables.

Aún me sorprende mi respuesta  a la mujer. Supongo que no fue ni muy poética ni muy inteligente, pero me dio seguridad porque  le devolví una pelota que ella no esperaba. Lo sé porque tardó un par de segundos antes de contestarme y yo gané un suspiro de tiempo para salir del agua . El reconocer mi miedo me llevó a la acción. De haberme puesto al tiro o salir corriendo despavorida  quizá sólo hubiera provocado peores consecuencias.

Ignoro si bastaron los débiles llamados que me hice para devolver mi ánima a este cuerpecito; tampoco sé por cuanto tiempo recordaré a la mujer del mar o si su conjuro-maldición me seguirá por la eternidad. Sólo sé de cierto que si el miedo no anda en burro, menos en caballo de mar.











 














5 de agosto de 2012

Sólo Veracruz es bello

Dicen los veracruzanos que dijo el Papa Juan Pablo II. Pero seguramente, éste no se bajó del papamóvil; ya estaba muy cansado cuando pasó por ahí  o de plano no conoció otros estados de la república. Y es que en mi primer encuentro con la Villa Rica de la Vera Cruz, no quedamos enamoradas de mutuo acuerdo.

Sobra decir que aunque oaxaqueña, soy bien jarrito de Guadalajara. Lo admito: me gusta que me hablen bonito y si se puede, que me den trato de reinita...  Y cuando no se puede, con que me traten como persona, me doy por bien servida. Pero, ¡oh, desilución! En Veracruz me fulanearon (me ningunearon) de a feo.

Es el primer lugar de provincia  en que los habitantes no saben ni quieren ayudar a un foráneo extraviado. Los veracruzanos que te topas en la calle no saben  dónde queda el museo de la ciudad, el mercado, los hoteles, las calles (a pesar de tener placa  en casi todas las esquinas); unos a otros se echan tierra descalificando playas o paseos de la competencia; nadie da los buenos días-tardes- noches,  ni  las gracias y menos los de nada. Los taxis  te echan el carro encima; no te ceden el paso; te presionan con el cláxon... hasta me recordaron al D.F. en un mal día de tráfico, sin el agravante del calor bochornoso

Afortunadamente saliendo de la ciudad, hacia la playa,  los otros veracruzanos sí  fueron  amables. Pero aún así, tienen en general, una forma muy particular de pedir las cosas y de organizarte la vida, que ¡bueno! De esta forma tuve que posar para unas fotos que yo no pedí y que al principio concedí por no ser "amargosita". Pero después de la tercera, empecé a hartarme y mi sangre sureña dijo que ya estaba bueno de fotitos; que estaba bueno de que  dieran por concluida  mi visita a Cempoala por asumir que estaba cansada,  sin antes preguntarme; que estaba bueno de las órdenes de la vigilante del museo de la ciudad  donde  el colmo fue que me quisiera dictar hasta mi comentario en el libro de las sugerencias: "Ponle que debería haber clima y servicio de cafetería aquí adentro".

Por supuesto, la madre naturaleza no sabe de usos y costumbres del hombre y ella sí nos compensó en parte, lo que a punta de empujones, malascaras, claxonazos y órdenes los veracruzanos dejaron en mi sentido corazón defeño-mixteco.

Ojalá que me sea dada la oportunidad de conocer otras regiones del estado y que corra  con mejor suerte la próxima vez,  para quitarme esta primera impresión.  Me quedaron a deber la calidez y el  trato amable que tanto promueven las páginas de turismo. Veracruz es bello, sólo en las postales. En el trato humano es una ciudad difícil.