27 de agosto de 2013

Bailando con diablos


Siempre he creído que la única forma de disfrutar una función de danza folkclórica, es siendo parte del ballet; de cualquier otra forma, siempre resultará engorrosa por más que haya regiones que emocionan con su música.
Hace unas semanas asistí a una presentación de un amigo  donde la directora del taller echa mano de ciertos recursos escénicos que visualmente son atractivos, como caracterizar a una mujer como la virgen de la fiesta patronal ante la que se baila o el simular la actividad de hombres y mujeres que muelen, beben alcohol y conversan previo a una fiesta. En cierta medida recrea parte del contexto en que estos bailes se dan en su lugar de origen.
Lo novedoso  esta vez, fue que además del baile se recreó la comparsa que acompaña a la danza: sonidos de cohetes, hombres disfrazados de diablo, de perro, vaca, calavera y  jaguar que rodean a los danzantes e interactúan con...  ¿el público?
Justamente en esta semana empieza la fiesta en el pueblo de mis padres. Allá se presentan tres danzas: la de Chilolos, la de Chareos y los Diablos. La primera de ella sin diálogos y con una coreografía muy básica en pasos y cruces acompañados de dos armónicas pero monótonas piezas en tambor y flauta durante todos los días de fiesta. La segunda  es la representación de las batallas de los moros contra los cristianos, con diálogos y piezas musicales que contadas bandas ejecutan bien. Ahí Mahoma es el personaje que juega bromas a los danzantes y con su bastón mantiene a "raya" a los espectadores y sobre todo a los niños que se divierten  provocándolo jalando su raído vestuario y sus "juguetes" con los que hace chistes obscenos.
Bueno, hasta ahí me quedé yo en el 2002, durante la última fiesta patronal que pasé en Santa Rosa de Lima (¡hace 11años!). Durante toda mi infancia, desde los 5 años hasta mi penúltimo año en la universidad, era tradición tener una muda de ropa nueva para llevarla puesta el día de la Misa y por supuesto, en la noche durante el baile en la cancha municipal. Pero ése es otro tema.
Quiero centrarme en lo que las danzas implicaban para la comunidad: lugar para echarte un taco de ojo; el pretexto para estar en la calle; estatus social para los danzantes; el espacio de diversión para los niños que haciendo a un lado lo formal del asunto se correteaban con el Mahoma por toda la cancha; entretenimiento de los más grandes y el momento más esperado para los jóvenes y adultos que acechábamos el momento de descanso de los Chareos y la irrupción de los Diablos en la cancha con los metales de la banda de viento resonando: la hora en que los que hasta entonces habíamos sido espectadores éramos parte del festejo.   
                                                               
Pienso en la imagen: civiles bailando entre hombres vestidos con chivarras llenas de pelo de toro sobre los pantalones, capulinas de piel (o camiseta de tirantes) y máscaras de madera con rasgos de diablo tronando su chicote a diestra y siniestra apurando a la banda para que toquen más y mejor; haciéndose presentes algunos con elegancia, otros imponentes y otros hasta graciosos.
 
Hasta allá me llevó la función de danza en el teatro Carlos Lazo de la UNAM: a la añoranza de poder ser partícipe sin diálogo ni coreografía; de comentar cualquier cosa en voz alta sin pudor, de saborear unos chicharrones de llanta o un elote recién cosechado, de cobijarme de la lluvia en los portales de la cancha municipal. 
                                           
Aunque en el escenario  del Carlos Lazo las luces resaltan el contraste de la música con tambor y flauta de carrizo que suenan a prehispánico  con lo desparpajado de los pasos que remiten a nuestra raíz negra y para completar  la estampa, el vestuario bordado con lentejuela con reminiscencia hispana no logran, empero, hacernos llegar el olor a la pólvora, a tierra mojada, ni al alcohol caído de las botellas de cerveza. Las butacas apretadas una tras otra no te permite seguir la música con los pies. La comparsa se anima y baja hasta el público sin que este reaccione desde el instinto de seguir el relajo: es un teatro y el espectáculo termina donde empieza  la primera fila de butacas. 
No sé quién o quiénes, pero lo han conseguido: han puesto la correa sobre nuestro instinto lúdico. Disfruté y agradecí el esfuerzo de la directora del taller de danza folkclórica de la Facultad de Química y de los Talleres libres de la UNAM por tratar de invocar el regocijo bullicioso que despiertan las fiestas populares originarias.
                   

21 de agosto de 2013

El pollito pío, el taladro bzzzzz...


¿Dolió? Sí, aunque menos de lo que esperaba. La sesión en el estudio fue corta según la tatuadora, para mí fue laarga. El tiempo que estuve acostada en aquella plancha,  (en realidad era un maletín gigante que al desdoblarlo y atornillarlo, era una camilla) pensaba en el diseño y en cómo se me vería. Respiraba por tiempos (4 para meter aire, 8 para sacarlo) y miraba al enchufe que me regresaba la cara de terror. La otra chica que  le componía un tatuaje a un hombre de grandes dimensiones me miraba de reojo y sonreía.
 
El armado de la camilla y su limpieza, así como la instalación de la maquina, la presentación del material esterilizado y los depósitos de desechos sólidos, es todo un ritual que se hace con habilidad pero minuciosa y metódicamente.   
 
A los nervios acumulados por el tiempo transcurrido hasta ese momento, súmenle el sonido del motor de la máquina para tatuar. Es tan intimidante como el taladro de un dentista.  De hecho, podría asegurar que (como en muchos otros casos) la mayor parte del miedo al dolor proviene de los rumores y mitos que rodean un suceso.

Por otra parte, las pausas que hace el tatuador incrementan el terror psicológico porque cuando uno ya se acostumbró al sonido de la máquina y por unos instantes dejas de escucharlo, piensas que ya pasó lo peor. Resulta angustiante escuchar de nuevo el zumbido sin que sientas nada sobre la piel hasta que vuelven a trabajar sobre ti y entiendes que aún no han terminado contigo.

Ahora que lo peor- lo peor, viene en los siguientes días cuando la piel se despelleja y te da una comezón imparable. Afortunadamente en mi caso, la piel se me irritó poco y el enrojecimiento fue leve, no así la comezón. Esa sí me mortificó.

Los primeros días  veía en el espejo  mi tatuaje y me gustaba muchísimo. Con el paso del tiempo empecé a encontrar detallitos que me decía que podría haber mejorado en el diseño. Pasó por mi cabeza programar otra sesión para corregir esos detalles y entonces caí en la cuenta de que difícilmente quedaría totalmente satisfecha. Soy obsesiva y ya encontraría el negrito en el arroz. Entendí también por qué hay gente que tiene más de un tatuaje: una vez superado el susto, pasan por la cabeza muchas otras cosas que quisieras ver en tu cuerpo; otro punto es poner a prueba tu resistencia al dolor con un tatuaje más grande, otra zona, más tintas, etc. Aunque yo no sé si me haría otro tatuaje. Es mucha tensión previa a la cita.

Definitivamente me gusta mi tatuaje y por ahora lo disfruto como un invitado especial en mi vida.