Siempre he creído que la única forma de disfrutar una función de danza folkclórica, es siendo parte del ballet; de cualquier otra forma, siempre resultará engorrosa por más que haya regiones que emocionan con su música.
Hace unas semanas asistí a una presentación de un amigo donde la directora del taller echa mano de ciertos recursos escénicos que visualmente son atractivos, como caracterizar a una mujer como la virgen de la fiesta patronal ante la que se baila o el simular la actividad de hombres y mujeres que muelen, beben alcohol y conversan previo a una fiesta. En cierta medida recrea parte del contexto en que estos bailes se dan en su lugar de origen.
Lo novedoso esta vez, fue que además del baile se recreó la comparsa que acompaña a la danza: sonidos de cohetes, hombres disfrazados de diablo, de perro, vaca, calavera y jaguar que rodean a los danzantes e interactúan con... ¿el público?
Justamente en esta semana empieza la fiesta en el pueblo de mis padres. Allá se presentan tres danzas: la de Chilolos, la de Chareos y los Diablos. La primera de ella sin diálogos y con una coreografía muy básica en pasos y cruces acompañados de dos armónicas pero monótonas piezas en tambor y flauta durante todos los días de fiesta. La segunda es la representación de las batallas de los moros contra los cristianos, con diálogos y piezas musicales que contadas bandas ejecutan bien. Ahí Mahoma es el personaje que juega bromas a los danzantes y con su bastón mantiene a "raya" a los espectadores y sobre todo a los niños que se divierten provocándolo jalando su raído vestuario y sus "juguetes" con los que hace chistes obscenos.
Bueno, hasta ahí me quedé yo en el 2002, durante la última fiesta patronal que pasé en Santa Rosa de Lima (¡hace 11años!). Durante toda mi infancia, desde los 5 años hasta mi penúltimo año en la universidad, era tradición tener una muda de ropa nueva para llevarla puesta el día de la Misa y por supuesto, en la noche durante el baile en la cancha municipal. Pero ése es otro tema.
Quiero centrarme en lo que las danzas implicaban para la comunidad: lugar para echarte un taco de ojo; el pretexto para estar en la calle; estatus social para los danzantes; el espacio de diversión para los niños que haciendo a un lado lo formal del asunto se correteaban con el Mahoma por toda la cancha; entretenimiento de los más grandes y el momento más esperado para los jóvenes y adultos que acechábamos el momento de descanso de los Chareos y la irrupción de los Diablos en la cancha con los metales de la banda de viento resonando: la hora en que los que hasta entonces habíamos sido espectadores éramos parte del festejo.
Pienso en la imagen: civiles bailando entre hombres vestidos con chivarras llenas de pelo de toro sobre los pantalones, capulinas de piel (o camiseta de tirantes) y máscaras de madera con rasgos de diablo tronando su chicote a diestra y siniestra apurando a la banda para que toquen más y mejor; haciéndose presentes algunos con elegancia, otros imponentes y otros hasta graciosos.
Hasta allá me llevó la función de danza en el teatro Carlos Lazo de la UNAM: a la añoranza de poder ser partícipe sin diálogo ni coreografía; de comentar cualquier cosa en voz alta sin pudor, de saborear unos chicharrones de llanta o un elote recién cosechado, de cobijarme de la lluvia en los portales de la cancha municipal.
Aunque en el escenario del Carlos Lazo las luces resaltan el contraste de la música con tambor y flauta de carrizo que suenan a prehispánico con lo desparpajado de los pasos que remiten a nuestra raíz negra y para completar la estampa, el vestuario bordado con lentejuela con reminiscencia hispana no logran, empero, hacernos llegar el olor a la pólvora, a tierra mojada, ni al alcohol caído de las botellas de cerveza. Las butacas apretadas una tras otra no te permite seguir la música con los pies. La comparsa se anima y baja hasta el público sin que este reaccione desde el instinto de seguir el relajo: es un teatro y el espectáculo termina donde empieza la primera fila de butacas.
No sé quién o quiénes, pero lo han conseguido: han puesto la correa sobre nuestro instinto lúdico. Disfruté y agradecí el esfuerzo de la directora del taller de danza folkclórica de la Facultad de Química y de los Talleres libres de la UNAM por tratar de invocar el regocijo bullicioso que despiertan las fiestas populares originarias.