17 de diciembre de 2013

Fuera!

En su libro sobre  Metagenealogía, Jodorowski plantea que la familia puede ser un buen elemento para impulsarte a crecer y así encontrar tu verdadero camino o por el contrario, termina siendo un lastre que te limita  y te frena. Sin duda, la sagrada familia, es un tema escabroso para muchos. 

Personalmente, me agrada mi familia  porque me hace sentir cobijada  y con elementos para salir avante en este mundo terrible. Sin embargo, hacia afuera quizá proyecto demasiado apego por la misma. Cosa curiosa, porque hacia adentro, me perciben con el lazo demasiado suelto.
Por otra parte, es un chiste local hacer referencia a las 1001 cantaletas de nuestro padre. Ya saben: "Amigo es el que te dice: ven, vamos a estudiar; no el que te dice vamos aquí, vamos allá..."  Crecimos con ciertos valores  y creencias de carácter ético que ya de adultos decidimos conservar y otras con cierto matiz moral, que por lo menos yo, todavía hago labor para sacarlos de mi inconsciente.  
Fuera!  es el espectáculo unipersonal que Leticia Vetrano presentó en el encuentro de Clown del que ya escribí. Actriz argentina con formación como clown en Europa, su trabajo resulta muy divertido y más que conmovedor, yo diría que terrible. 
Ella explicaba en el foro de clown mujeres, que después de dos años de  presentar y depurar su número,  supo cuál era la historia que estaba contando. Que su personaje empezó siendo una niña y después fue cambiando sus gags infantiles por lo que ahora se ve en escena. 
De entrada es algo desolador la idea de un cumpleaños autofestejado con los retratos  de sus padres  muertos a su espalda; el pastel, el regalo, su esencia, es lo cómico. Es un hacer y deshacer in memoriam de los padres, como la obsesión por la limpieza o la autocensura de su erotismo ante la inerte mirada proveniente de las fotos. 
                                                                                         

De hecho, al final, Leticia Vetrano opta por el final gris y regresa a la soledad planteada al principio de la obra: fiel al recuerdo añejo de sus padres omnipresentes. Eso me recordó cuando mi madre me hacía repelar, siendo niña,  diciéndome  que yo no me podía casar porque a mí me tocaba cuidarla, como le hacían a la hija menor en la película Como agua para chocolate. Y sin pensar propiamente en el matrimonio como mi meta dorada, lo que me enfurecía era que pretendiera controlar mi futuro. Por supuesto mi madre se atornillaba de risa ante mi ira y eso me ponía doblemente verde.



       


Y aunque no soy casada, creo que hace mucho que mi madre perdió la esperanza de que yo me haga cargo de ella. Hace poco, cuando murió Robin, de la nada me dijo: -Eres buena gente... Porque te preocupas por él. (¡!) Eureka, después de 34 años, ella sabe que no soy mala hierba. Otro chiste local  para bajarnos los humos entre hermanos, es decirnos que si se tiene el ego muy inflamado, basta sentarse con la mami media hora para bajarte el autoestima y equilibrar
                                                                             
A ese tipo de cosas me refiero cuando digo que es una cosa compleja eso de los lazos familiares. A pesar de tener mala fama dentro de mi familia, lo cierto es que soy bastante ñoñita y tengo  que reconocer  que en buena medida yo asumí el rol del  pilón: soy la única que desde niña no le hablo de ud. a mis padres; los besuqueo y los saco a bailar cuando se descuidan. Soy el número de  variedad de la casa. Mi madre sigue cocinando para todos y  puedo darme el lujo de chiquearme sin pudor.  
Esto tiene su lado negativo: a veces pierden de vista que tengo más de tres décadas encima y les cae como bomba mis salidas nocturnas o mis vacaciones sin ellos. Otro punto en contra es que no me he visto en la necesidad real de salir del hogar materno (nótese el matriarcado) y aunque durante casi medio año la casa sólo la habitamos mi hermana y yo, lo cierto es que ni así tengo la experiencia de llevar sola una casa.
Por otra parte,  llevar los apellidos que tengo fue durante mi etapa de la primaria una cosa estresante: con cuatro hermanos con rendimiento académico impecable, sentía el compromiso de no quedarme atrás. Viví los momentos más angustiantes cuando unas fulanas malintencionadas me dijeron que el director les había dicho que serían de la escolta¡Gulp!  Afortunadamente, sólo fue una mala pasada. Me sentí liberada cuando nos cambiamos de casa y en consecuencia, me inscribieron en una secundaria con más de 700 alumnos donde la maldición de los escudos familiares, la tenían otros.
Cuando por diferentes canales recibo el mensaje de no tomar tan en serio la vida, es cuando me hace ruido el rollo de la responsabilidad mamado en el seno familiar.  A veces me resuenan algunas reacciones que tengo ante hechos o palabras que me generan sospechosísmo. ¿De verdad la vida se nos va en cosas que son pasajeras? Dice uno de los chicos de secundaria que su nacimiento no le provoca nada porque se vive para morir y ya...  Por supuesto que quien ha gozado de esta vida, jamás podrá compartir esa opinión.

                                                   
Por lo que respecta a la técnica en el trabajo de Leticia Vetrano, tiene un juego muy  efectivo con el público aunque por  momentos se torna tenso cuando arremete a almohadazos contra el público. Lo rescata muy bien hacia el final cuando todo se vuelve risas y lo corta con un recurso aun mejor, cuando pasa de la ternura de un gato a la pesadilla de una plaga de éstos. Un espectáculo muy completo con un mínimo de diálogos, malabares, contorsionismo, y gags bien medidos. Para mi gusto, lo mejor que vi durante el encuentro. 

4 de diciembre de 2013

Combo payaso

GABRIELA MUÑOZ

El pasado lunes, asistí a  la charla sobre  El clown y su perspectiva femenina. Estaba anunciada como un foro de discusión, pero lo cierto es que las actrices convocadas, no tenían ninguna intención de discutir. Como todas unas damas, se miraban de reojo  y todas le cedían la palabra a las otras siete, así que la cosa se puso un tanto fría.
Otra cosa curiosa es que las ocho iban en una onda bastante relajada, con poca producción: apenas con los ojos delineados y algunas con los labios pintados; jeans, chamarras, abrigo, chalina;  botas de piso; una trenza, chongo, cabello suelto; nada demasiado extravagante tratándose de actrices. Quizá la única que actuaba de forma afectada era Gabriela Muñoz, porque el resto, se declararon y se veían de personalidad introvertida.


Calladas y expectantes, Darina Robles, Madeleine Sierra, Leticia Vetrano, Gabriela Muñoz, Hilary Chaplain, Nubia Alfonso, Norma Angélica y Nohemí Espinosa, aguardaban a que alguien tomara la palabra como si el asunto no fuera con ellas.  Cosa por demás  curiosa porque todas tienen un currículum basto y uno podría pensar que tienen mucho qué decir, pero para mi sorpresa todas se mostraban reservadas e incluso tímidas, por lo cual  ninguna atinaba a jalar el gatillo de la palabra.

NORMA ANGÉLICA
HILARY CHARPLAIN
                                                        
                                           
Norma Angélica como buena docente,  salvó el primer silencio con su participación. Aunque en realidad se asumió como actriz más que clown. Fue Darina Robles quien rompió el hielo contando cómo empezó su amor por el teatro con el personaje de vaca de establo en la pastorela escolar. Carcajadas. Después del éxito obtenido, lo intentaron Madeleine Sierra y Gabriela Muñoz, pero ya estaba escrito que el clown estelar sería Darina. También me parecieron muy certeras las intervenciones de Leticia Vetrano y Hilary Chaplain, con cierto toque jocoso, pero sobre todo, inteligente.

Creo que la constante para  todas es que  encontraron en la generosidad del clown un espacio dónde desarrollarse como actrices y que, al parecer, se hallaron en el camino del clown casi por casualidad (si ésta existe). Todas coincidieron además, en que haciendo clown se encontraron con su esencia como personas.  

NUBIA ALFONSO
Con posiciones divididas en cuanto si el clown debe tener una postura femenina o humana, es decir, sin anteponer el género, sino al ser humano vulnerable que habita en todos los cuerpos, fue el único tema en que se mostró una divergencia de opiniones sin que se diera paso a una verdadera confrontación de  ideas argumentadas a fondo.

Leticia Vetrano dijo algo al respecto algo que me pareció interesante y que salva ambas posturas: ella hablaba del trapo (en lugar de papel, como dice Mafalda) que ha jugado la mujer en la historia de la humanidad. Y a partir de ese rezago en la profesionalización de ésta, es que apenas se está dando el boom de las mujeres clown ocupando foros, escenarios, circos, calles y teatros.

DARINA ROBLES
             
De ahí que los temas que se abordan son aquellos que competen a su historia de vida y sólo hasta que las mujeres clown hayan saturado la escena con esas historias más  ligadas a sus alegrías, miedos, tristezas, sinsabores, etc.  es que podrá hablarse de temas más generales. Y es que partiendo de aquello que las mueve para crear sus espectáculos unipersonales, algunas apelan a que el amor, la soledad, la histeria o la neurosis es universal.
MADELEINE SIERRA
                                                                                   

Darina Robles agregó que aún hablando de un asunto general como la Creación del mundo, ella sí da su punto de vista desde su género para contrarrestar las ideas que se sustentan en la historia oficial. Es su aportación como  mujer clown. Nohemí Espinosa por su parte, dijo que ella sí explotaba sus recursos femeninos desde la coquetería y la sensualidad como parte de su clown, en una postura contra los arquetipos clásicos de belleza.

LETICIA VETRANO 
                                                     

Sin duda, lo más interesante fue verlas ahí sentadas: sus miradas, sus risas, sus abrazos, sus gestos, sus exclamaciones... A pesar de la parquedad discursiva de la mayoría, para mí fue una publicidad muy efectiva. Por lo menos me quedé con la inquietud de ver el trabajo de cuatro de ellas. Y la primera, ya se me concedió. Tuve la fortuna de enterarme de un combo: por el pago de dos funciones te dan boletos para cuatro espectáculos, así que sin dudarlo, pedí mi combo payaso.


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NOHEMÍ ESPINOZA

El 1° Encuentro Internacional de Clown de la Ciudad de  México termina sus funciones hasta el jueves 12 de diciembre de 2013 en el Centro Cultural Helénico, 20:30 hrs. 
    

18 de noviembre de 2013

Y por eso rompimos

Cuando un adolescente de quince años dice: "todos nos equivocamos", refiriéndose a que es perfectamente comprensible y aceptable una infidelidad por parte de su pareja, me pregunto ¿En qué siglo me quedé?
¿Por qué algunos adultos no podemos darle la vuelta a la hoja?, ¿Por qué nuestro orgullo herido tarda tanto en (re)sanarse?, ¿por qué seguimos guardando la caja que dice FRÁGIL con los recuerdos de lo que fue un tórrido romance? La respuesta es obvia, por supuesto y la razón nos pone cara de ¿Cómo te lo explico?

Y por eso rompimos, tal como lo sugiere el título, es una historia de amor que termina en desamor. Pero lo más cómico es que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

Daniel Handler
Empecé a leerla el sábado por la noche. Gruesos lagrimones escurrieron por mis mejillas; mis ojos hinchados al otro día, certificaban la congoja de mi corazoncito.


Identificación o SPM (Síndrome Pre Menstrual), lo cierto es que reconocí mi estupidez en la estupidez de la adolescente preparatoriana. Afortunadamente, la novela tiene un final feliz y a la luz del sol de las 3 de la tarde, mi cerebro sale a mi rescate y me dice que ya todo está bajo control.

Eso es lo que me agrada de la novela, en 353 páginas esta mujer logra la catarsis luego de explotar una y otra vez a lo largo de su narración. Hay ira salpicada por todos lados. (Aquí vemos a Beatrix Kiddo con su espada  ensangrentada).  La ira.  (¿Notan qué mal vista está la ira en una mujer? Por eso me cae bien Medea, por iracunda).

Y no falta el típico:
 - "¿Estás enojada?"
 - "Noo, me pongo verde porque combina con mi bolsa....".
No sé a los demás, pero a mí la tristeza me alborota el enojo. Es una postura que te hace sentir menos vulnerable, aunque llegada la factura, el arranque te cuesta el doble.

Yo guardé hasta hace una semana, los boletos de un año de transporte en camión público, con una pequeña nota en clave que resumía ese día en mi vida amorosa: las cosas maravillosas, las tormentas, los oasis, todo. Una línea escrita seguida del dibujo de una boca que según el gesto, ilustraba la sensación general de nuestro día.  

No faltará quien piense que es una cursilería, pero en una persona incapaz de soltar un te amo a tiempo; para quien no voltea para decir adiós; para quien nunca llama gordito, mi amor, o cosita a su pareja; para quien evita conocer a la suegra; para quien no celebra los mini aniversarios porque no cuenta ni las horas, ni  los días ni los meses (sólo los años),  es evidencia no presentada ante la parte acusadora de que se amó.
  
Acabo de terminar la novela y una risa en parte histérica y en parte triste, brotó de mis labios. ¡Qué ordinarios somos los humanos! Tanto lugar común le resta credibilidad al dolor provocado por  una historia de amor que parecía única.


Resulta que todas las chicas somos diferentes mientras somos vistas bajo el efecto de las flechas de cupido. Después, por algún extraño giro en la historia nos convertimos en el infierno personal del susodicho (aquí suenan Los Daniels) o peor aún, en las extraordinarias mujeres con las que no quieren estar porque, claro, se merecen una mujer algo más.... común.

En un poema leí que las promesas de amor  tienen  fecha de caducidad; que valen únicamente en el momento en que son hechas. Que es injusto reclamar la desaparición, por acto de magia, del amor si cuando aparece intempestivamente nadie arma alboroto. El argumento me parece válido.

En mi caja de cartas guardo una constancia de mi talento como peluquera expedida por  un ex al que le cortaba el cabello; y en algún diario tengo una tarjeta con un corazón dibujado y un mensaje secreto inscrito sin tinta dentro del mismo. No me he  podido deshacer de esas dos cosas. Aún no. Quizá porque es evidente la dedicación y la inocencia con que fueron hechas. Quizá por que guardan un mensaje genuino. Quizá porque no hieren. O sólo porque ayudan a cuidar el equilibrio del universo. 

Lo demás, es el recuento de por qué rompimos.



Gatito de cobija



 Y por eso rompimos. Handler, Daniel. Ilustrado por Maira Kalman. Ed. Alfaguara.

17 de noviembre de 2013

El club de la salamandra

 



Jaime Alfonso Sandoval me regresa la mirada desde la contraportada de su novela El club de la salamandra mientras escribo estas líneas.

Escrita con gran sentido del humor,  resultó una lectura muy gratificante; es una novela que te invita a no soltarla por su narrativa ligera (Premio Gran Angular, 1997). Como toda buena historia de ciencia ficción, deja al aire la incógnita de hasta dónde la ciencia debe respetar los secretos y leyes de la naturaleza.         
     
Pensada inicialmente como un guión cinematográfico, a veces la narrativa se vuelve algo obvia; aunque por el dibujo de los personajes, la empatía hacia éstos no se hace esperar.  De hecho, en el momento crucial de la historia y a pesar de los argumentos por demás lógicos, uno no pierde la simpatía por el grupo de anticientíficos.
He de reconocer que la ciencia,  es uno de los conocimientos que reconozco interesantes, pero que no me resultan particularmente atractivos como para buscarlo por cuenta propia. Siempre me he acercado a través de otros al conocimiento científico, llámese astrología, física o geografía. 
El club de la salamandra  es un buen pretexto para hablar del primer (des) amor, de la relatividad de la verdad, el fanatismo,  el crecer y ¿por qué no? de ciencia. Es en definitiva una buena opción para una lectura de fin de semana.
                                             
El club de la salamandra. Sandoval, Jaime Alfonso. Ediciones SM.


14 de noviembre de 2013

Mi casa es tu casa

Recuerdo que en la clase de teoría dramática, Anfitrión era una de las obras que había que leer de rigor. La huelga del 99 truncó la lista completa y no sobrevivió a la selección abreviada que tuvimos que revisar a marchas forzadas.
Recientemente la leí y me dejó una sensación extraña, quizá porque lo hice después de leer la adaptación del montaje. De entrada, me pareció mucho más púdico Plauto que Aristófanes quien es más escatológico y mucho más directo cuando se trata de  hacer referencia al cuerpo y sus curvitas.
   
En la obra de Plauto además, la historia gira en torno a las apetencias y la voluntad de Júpiter: Alcemena es un objeto sexual a la que, para colmo, le lavan el coco y ni siquiera se entera de que ha sido víctima de un engaño. La única parte que suena a comedia, es el monólogo de Sosia al inicio de la obra; incluso, Mercurio dice que la historia es una tragicomedia porque los  hechos que serán expuestos no caben en un sólo género y menos estando involucrado un dios.

Desde luego, por estructura, no se corresponde con la tragicomedia, porque ésta no se limita a manejar un tono serio y cómico de forma alternativa. Hay más elementos que caracterizan este género. ¿Pero, entonces de qué va Anfitrión?
Si seguimos la línea del personaje principal, Anfitrión es un dios con vicios humanos que decide gozar del cuerpo de una mortal virtuosa  y procrear un hijo con ella. Pero como es un ser omnipotente, arregla todo al final para que no haya consecuencias por sus actos. Por su puesto, eso no es gracioso, habla de impunidad, tema por demás actual en estos días.

En Anfitrión Mx (montaje de Odur Teatro),  la historia se torna más cargada hacia la comedia griega en las acciones; los personajes, desde Júpiter hasta Belfaris (Belfonte en el original), son  presas de sus más bajos instintos. De hecho, Alcmena no es un personaje victimizado, es una mujer que reconoce su falta en la culpa que le genera el placer disfrutado; Bromia es una escolta personal (criada, en el original) que hace alarde de su fuerza bruta para someter a sus deseos al tímido Mercurio; y Belfaris a parte de ser testigo y juez en el caso de clonación de Anfitrión, ya entrados en confianza, reclama su parte del botín a Sosia.

Anfitrión Mx le hace justicia a los personajes femeninos; juega con el tema del apetito sexual y el abuso de poder de unos hacia otros. La risa viene de los vicios de los  personajes dentro de una sociedad que le da cabida a los mismos. Anfitrión termina reconciliándose con su mujer y su rival.  ¿O no dice la regla de la hospitalidad que mi casa es tu casa?
   

12 de noviembre de 2013

Colgar los guantes

Después de 10 años ininterrumpidos de correr Pumathon (trotar, en honor a la verdad), este es el primer año en que no estaré ahí.  Todo empezó como mera precaución anímica (quería evitar la depre post carrera), después fue una cita familiar por confirmar, luego una invitación a  una carrera ruda y finalmente se me atraviesa otro asunto de agenda. Estaba escrito que  esta vez no rugiría un  goya en el puesto de salida.

   
Dicen que el hombre es un animal de costumbres y en eso pensaba cuando me pasó por la cabeza participar en la carrera ruda. No era traición a la patria chica, sino  romper con la nostalgia y cambiar con los tiempos, dejar de aferrarme a la mentira de la inmovilidad de las cosas. Hay cosas que cambian y otras que deben, necesariamente, cambiar. 

...no me he querido ir para ver si algún día
que tú quieras volver me encuentres todavía
Por eso aún estoy en el lugar de siempre
en la misma ciudad y con la misma gente
para que tú al volver no encuentres nada extraño
y sea como ayer y nunca más dejarnos...
Es curioso, pero cada que nos reencontramos la vieja camada del AFG, nos contamos las noticias que apuntan a los avances académicos o laborales  (en el mejor de los casos) o simplemente que las cosas siguen igual. Y luego viene el reanudar los votos para vernos el siguiente  año. Pero atrás dejamos las salidas extra clase, los vecinos (de casilleros), las fiestas, los convivios y los retos. Mis amigos siguen en contacto, pero en el transcurso de estos diez años, dejé el corazón y un poco de mí con personas que ya no están en mi vida. Pumathon va de la mano con una de las etapas más importantes de mi vida personal. 

Aunque acepto el cambio, no niego ni oculto la marca que le queda  a mi corazoncito romántico que pensó que siempre estaríamos ahí.  Cierro un ciclo y no pierdo la esperanza de regresar en otro contexto y con otro talante  a trotar en los  circuitos de CU. Colgar hoy los guantes implica que me voy por mi propio pie, no porque me sienta con falta de energía para suplir la falta de condición física, sino porque entiendo que hasta en eso hay que variar: falto con la conciencia de la elección.  Este año decido no ir.

Guardo el buen ánimo, porque colgar los guantes, nunca será igual a colgar los tennis. Hoy reposa en mi librero una medalla en que se lee: Victoria, rodeada de laureles. La gané en una competencia por parejas en el trampolín de piso. Quién sabe y  a lo mejor...

    



10 de noviembre de 2013

El pánico escénico

Noviembre del 2005, Ozumba de Alzate.
A punto de empezar la función  y uno de los actor principales de mi montaje estaba  alcoholizado; otro de los actores  se puso diva cuando supo la situación y se negaba a dar función. A los dramaturgos del evento nos llamaron  para decirnos que no había comida para los actores y que el hospedaje tampoco estaba reservado, que lo resolviéramos cada quién como pudiera; el sonido de la feria era demasiado alto; en el auditorio municipal había una fiesta particular con sonido  y aunque teníamos micrófonos ambientales, los puestos de discos pirata nos ganaban en volumen. La directora general del evento salía para algún lugar de la república esa misma noche y con el ánimo enchilado preparaba la salsa para el chicharrón  que iba a convidar a parte de sus invitados al festival...
Yo había invitado amigos y familia y ya no sabía dónde poner la cabeza. Nerviosa, preocupada, enojada, presionada di función como pude. Fue un evento traumatizante que me rebasó. Ni el apoyo de la gente más cercana a mí, bastó para detener mi seguridad que ese día se perdió en algún sendero hacia los volcanes.
2006, Estrategias  de enseñanza-aprendizaje
Me tocó exponer un tema para mis compañeras de trabajo. El boicot inconsciente se había echado a andar desde que no preparé mi tema y una noche antes hice mi material de apoyo. Dormí poco y mal. No busco justificarme, en muchas otras ocasiones lo hice así durante mi vida escolar y casi siempre salí avante y condecorada. Pero en este caso, fue un rotundo fiasco mi participación: me trabé; volví a empezar  y en mi interior yo mantenía un diálogo conmigo misma: ¿Qué demonios estaba diciendo?, ¿Por qué mantenía ese doble diálogo, conmigo y con mis compañeras simultáneamente? Ellas tenían cara de pena ajena y misericordiosas no dijeron nada en la sesión de preguntas.
Estos dos eventos me sepultaron y evité a toda costa exponerme públicamente. La Yucuíñali aguerrida y pícara me abandonó. Ninguno de mis compañeros de CCH, hubiera pensado que se trataba de la misma persona pedante de aquellos días de escuela.
Aunque parecieran hechos aislados, detrás hay todo un historial de frases, comentarios y acciones que se van instalando dentro de ti hasta que encuentran el momento oportuno para germinar. Mi profe Monroy, decía que los elogios podían ser un arma de dos filos porque generan altas expectativas en los demás  (y uno mismo) y cuando  vienen los fracasos, no siempre se está preparado para superarlo.  

Me ha llevado hacer labor hormiga para restablecer la seguridad perdida. Así que cuando me propusieron integrarme al elenco de Anfitrión,  no lo dudé: era la ventana abierta después del último portazo que se cerró ante mi nariz. Todavía el día del estreno no sabía lo que podía pasar en el escenario, lo supe esa noche: se sembró la semilla de querer más. Porque como dice Kundera:
puede más el placer que el miedo.   




 

Anfitrión mx se presenta los miércoles 13, 20 y 27 de noviembre, 20:00 hrs. Foro Quinto Piso. Sn Jerónimo #74. Col. Centro.  Reservaciones: 57 09 10 93. Adolescentes y adultos. 

  



22 de octubre de 2013

El muso inspirador

En éstos días en los que me peleo con mi condición de obrera de la educación, me volví a preguntar qué sirve de inspiración a los que concretan un proyecto, a propósito de Estación Ítaca y Derretiré con un cerillo la nieve de un volcán. No he visto ninguna de las dos, pero en ambos casos, conozco el trabajo previo de Odur Teatro y de Lagartijas Tiradas al Sol.
Las ideas merodeaban al respecto porque  hace tiempo que no he tenido la necesidad de escribir teatro.  Este blog y los montajes con los chavos, en el trabajo, cumplen  bien con mis necesidades creativas e intelectuales. La ventaja con los chicos, es que las propuestas de texto las hago yo, luego entonces, son montajes que disfruto (entripados a parte). Trabajamos  en promedio  5  montajes al año, con lo cual, me mantengo  bastante ocupada.
Mi ritmo de lectura también bajó, aunque en honor a la verdad,  las horas de telenovelas también se incrementaron. Eso puede explicar claramente por qué las ideas se me acaban y mi cerebro se llena de varices.
Mi maestra de escenografía, Mónica Raya, decía que la inspiración debía encontrarnos trabajando; el profe Casanova, por su parte, nos recomendaba  dedicarle cuatro horas diarias, por lo menos,  a la escritura para hacer oficio; la maestra Lugo, de actuación, también  decía que había que hacer de la actuación un modo de vida. No, si esto de ser léido y escribido, es ardua labor.
Por eso empecé a rascarle a esto del muso inspirador. De entrada, necesita habitar en uno la necesidad de crear y los estímulos externos después van dando forma y camino a los proyectos. Ahora que se me puso enfrente el reto de la actuación, me doy cuenta de que mi cerebro tiene cierta forma de operar ante un nuevo montaje, con una mirada panorámica del todo,  pero ha perdido la visión a corta distancia, ese disfrute del escenario y del ser propositivo, más que ilustrador.
Habrá que invertir los papeles de mis hábitos y hallar un muso inspirador que provoque mi espíritu teatrero más primitivo.
Este domingo 27 de Octubre, última función de  Estación Ítaca. Foro Contigo América. Arizona #156, Col. Nápoles. 18:00 hrs.
Derretiré con un cerillo la nieve de  un volcán. Foro Sor Juana Inés de la Cruz. A partir del 24 de Octubre, hasta el 15 de diciembre. Centro Cultural Universitario, CU.

Ítaca I

Por una postal publicitaria conocí a Constantino Kavafis. Conforme leía, el puñal de palabras  me abrió en canal y se detuvo en mi contraído estómago. ¡Cáscaras!
 
Comencé de nuevo la lectura del poema y el desgarre interno se hizo presente otra vez y cada vez que lo leí ese domingo.  Qué amigo más sabio, qué consejo más oportuno; una cachetada de verdad estampándose en mi cara.
 
En los últimos días me he revuelto en mi antigua piel. Me despellejo, arranco con los dientes los girones descoloridos  que se resisten a dejar este cuerpo que me pertenece. De pronto me encontré recetando a otros lo que yo debía tomar; de pronto me encontré censurando a los otros,  justo lo que yo estaba haciendo; me vi señalando con reprobación a quienes imitaban mi conducta; de pronto me encontré en lo alto de un pedestal dándome golpes de pecho, semidesnuda.
 
El poema de Kavafis me sentó en la banqueta, me cubrió con una cobija y me dio agua de beber. Me hablo con voz suave y en el reflejo de sus ojos me vi tal cual era en ese momento: me quité la acartonada máscara, regresé mis senos al brassiere, solté mi pesado cabello, me descalcé los pies. La tierra.
 
¿En qué momento me armé el personaje?, ¿Cuándo empecé a creerme con tanta ceguera mis palabras?, ¿Con qué retorcido fin me victimicé?, ¿De verdad esperaba tomarme el pelo? La única espectadora de aquel mal número, fui yo misma. Kavafis pasaba por ahí y le conmovió la miseria del espectáculo.
 
El arte cuando es bueno limpia de un sólo golpe o con multi carcajadas. Yo todavía sigo recogiendo los estragos de tan grande mentira. 
 
 
 Mi Ítaca, aun no se divisa.

6 de octubre de 2013

Café para tres

Mientras miraba cómo le costaba respirar, el cansancio que este esfuerzo le producía y el poco aire que entraba por los  hinchados pulmones de Robin, vinieron  a mi mente la muerte de los otros. Boris era mitad mi gato, mitad gato universal; mi gato de entrada por salida. Un día apareció en el patio con la pata lastimada y mi madre lo curó y alimentó. Pero no lo quiso adoptar. Así que sólo venía a la casa a comer, a tomar una siesta y se iba.

Aunque públicamente había dicho que no quería involucrarme sentimentalmente con él, fue inevitable. Yo salía y lo abrazaba como a un bebé. Él entrecerraba los ojos y me palpaba con sus garritas; me olfateaba y se dejaba arrullar. Conforme fue creciendo, pasaba menos tiempo en la casa, pero cuando lo pescaba, se dejaba hacer: de nuevo me reconocía y condescendientemente entornaba los ojos y permanecía un momento así, sin moverse, acurrucando su cabeza sobre mi pecho y mordisqueando mi ropa. 

Con dieta de croquetas y pájaros silvestres, nos pasaba a dejar "nuestra parte" del botín en la entrada de la puerta que da al patio, hasta que mi madre le dejó claro que encontrar alas desplumadas no era precisamente lo que quería ver por las mañanas. Él dejó de ponerlas ahí y se las dejaba a Robin, el perro de la casa.

Y digo de la casa porque nunca vivió entre nosotros, dentro del "hogar". De hecho, conforme fue envejeciendo y se fue haciendo más sedentario, hasta el día de su muerte, realmente le dedicamos poco tiempo. Cumplimos con alimentarlo y saludarlo, sin dedicarle tiempo de calidad. En eso pensaba mientras lo veía agonizar  y en la repelencia que provoca la muerte, en  lo lúgubre que resulta un cuerpo agonizante: la vida que se escapa en cada exhalación.

Uno de esos días que estuvo tendido,  los puercos de la casa de atrás chillaban mientras sacrificaban a uno de ellos como cada semana. Robin empezó a ladrar y llorar lastimosamente: quizá reconocía la muerte a sus espaldas, acercándose o quizá sólo se compadecía del puerco como otro se compadecería de él. 

A Boris no lo vi morir, no había nadie en la casa. Eso me deprimió. Un día antes el veterinario me sugirió que lo bañara para quitarle las pulgas; no comía: tenía un colmillo roto y no le quedaban dientes delanteros. La diarrea y la deshidratación lo consumieron. En la noche vi como las pulgas que sobrevivieron al baño abandonaron la nave: niños y mujeres-pulga, primero.  Al otro día, al regresar del trabajo, ya estaba muerto. Seco su cuerpo y su carita dulce inmóvil, con los labios negros entreabiertos. Era el mismo gesto relajado de cuando dormía. Como no había nadie más en la casa, no me quedó de otra que enterrarlo sola. Sentí un escalofrío al tomar su pequeño y ligero cuerpo. No era miedo ni asco, era otra cosa que no sé explicar.  Era el vestigio de la muerte, no la muerte.

La muerte se siente antes, pesada y densa sentada a un lado de los cuerpos agonizantes. Estaba ahí junto a Robin: quitándole el aire, oprimiendo sus inflamados pulmones, enfriando sus extremidades mientras él se esforzaba por ladrar.  Qué triste oír su voz apagándose con cada intento de ladrido. De nuevo las pulgas se paseaban por su cuerpo con prisa y sin pudor, muy por encima de su pelo. Al matarlas, no guardaban sangre, estaban llenas de grasa. Y ahí estábamos los tres: Robin resistiendo,  la muerte con la pierna cruzada en una actitud casual y yo mirando su inclemente  indiferencia, como si aquello no fuera su asunto.

Moví su cuerpo para acomodarlo en los tapetes: no pesaba nada; su piel se pegaba a sus huesos; tenía cuatro días sin comer y tampoco aceptaba agua. Sólo un poco antes del final  aceptó un par de jeringas de agua. Me fui a cenar y a calentar el agua para estabilizarle la temperatura. Cuando regresé ya estaba muerto: también pasó sus últimos minutos solo.

Al  meter su cuerpo en la bolsa que lo iba a contener hasta que consiguiéramos quién lo enterrara, era como si no se tratara de él. Me imagino que es como tirar la ropa de un difunto: algo que le perteneció a alguien sin ser la esencia de esa persona. Robin se fue un poco antes -sin que me pudiera despedir-, dejando ese pellejo con huesos en su lugar. Ya no sentía pena por él porque eso que yo levantaba ya no era Robin. Al otro día vi su tumba como algo ajeno y no he vuelto por ahí.

Aunque actuamos ante la enfermedad de Robin, lo hicimos tarde de nuevo. Veo al perro del vecino grande y fuerte, comiendo restos de comida directamente del suelo; beber agua de la coladera; escurriendo agua en medio de los aguaceros afuera de su casa. En ambos casos, se trata de negligencia. Tener cualquier ser vivo a tu cargo implica responsabilidades y compromiso que no asumimos del todo.

Un aullido lastimero se escuchó por la noche durante dos días después de la muerte de Robin. Sé que no fueron suyos porque Robin forma parte del panteón familiar, pero en algún lugar otro animal manifiesta sus carencias o presiente la muerte de los otros.  



30 de septiembre de 2013

La flor del tiempo

- "Sí estuvo chida. Luego los maestros nos mandan a ver cada cosa..."

Foto: Contradanza baila _La flor del tiempo_ en el CCU.
Y así es: hay quien sin ningún pudor ni ética merca con el teatro, la danza y la música con proyectos pseudoescolares donde el negocio disfrazado de discurso  pedagógico moraliza al espectador con una endeble propuesta estética. "Vacunan contra el teatro al potencial público", afirmaba un profesor en la facultad.
Y en verdad es un riesgo promover un espectáculo sin antes haberlo visto y sobre todo, es un arma de dos filos obligar a los estudiantes a asistir a una función de cualquier disciplina artística aunque sea un espectáculo de calidad porque el simple hecho de "mandarlos" implica asistir sin la disposición y receptividad que se  requiere en estos eventos.
En el CCH el maestro de física nos vendía boletos por un punto  para ir al conservatorio y oír música de cámara porque su hija tocaba la viola. Agradezco la vendimia porque nunca me gustó la física, pero descubrí que la música de academia, . Sin embargo, había quien compraba el boleto (por el punto), pero no asistía a los conciertos. En esos casos, perdía la cultura y ganaba el negocio. 
Previo a la función de La flor del tiempo, la directora, un  músico y alguien más (que no me enteré qué creativo era) dieron una entrevista donde los chavos reclamaban (en pocas palabras), que había coreografías que sólo el director entendía y que eso los alejaba del mundo de la danza. Que los no iniciados en el lenguaje corporal requerían más claridad. 



Contrario a lo que esperaba, Cecilia Apletton no cedió diplomáticamente, como artista con la  camiseta bien puesta dijo un par de cositas al público que, desde luego, están llenas de razón:   

Primero,  es labor del público completar la obra de arte -sea cual sea-  pues el público no puede ser un ente pasivo y quedar sólo como receptor del mensaje del artista; lo completa con sus referentes, su imaginación y su creatividad.

Segundo, en tiempos donde todo se quiere adquirir  rápido y sin esfuerzo, el arte no juega con esa inmediatez, para disfrutar del arte, dijo citando a Roland Barthes, es necesario dedicarle tiempo para el gozo  (cuando algo nos resulta familiar) y para el placer  (cuando se trata de algo que nos parece ajeno).  De ahí la invitación a ver más danza como un reto a nuestra propia estructura mental para averiguar por qué nos cerramos ante lo que no entendemos.



Después de la cajeteada, vino la función y el público adolescente que charló con sus respectivos acompañantes durante la mayor parte de la entrevista, guardó silencio  y se dejó envolver por esos firmes y elásticos cuerpos narrando  sobre el escenario.

Un espectáculo bien cuidado en todos sus ingredientes: música en vivo, luces, escenografía, vestuario y utilería lograron capturar la estética de Ende y  conjugarlo con la lectura  que hace Cecilia Appleton del texto: una crítica al consumismo y al acelerado ritmo que ha tomado nuestra vida cotidiana. Lo que mis ojos vieron esa noche conectó con las imágenes de mi recuerdo infantil que guardo de Momo: las  ilustraciones de  mi vieja edición de Alfaguara, tomaron movimiento en el escenario.

                                                       


Sea por el buen sabor de boca que me dejó La flor del tiempo o por la sacudida de Cecilia Apletton, habrá que seguirle los pasos a la compañía Contradanza. El viernes pasado en la Covarrubias ganó la cultura: el público aplaudió de buena gana un espectáculo para los sentidos

     

27 de agosto de 2013

Bailando con diablos


Siempre he creído que la única forma de disfrutar una función de danza folkclórica, es siendo parte del ballet; de cualquier otra forma, siempre resultará engorrosa por más que haya regiones que emocionan con su música.
Hace unas semanas asistí a una presentación de un amigo  donde la directora del taller echa mano de ciertos recursos escénicos que visualmente son atractivos, como caracterizar a una mujer como la virgen de la fiesta patronal ante la que se baila o el simular la actividad de hombres y mujeres que muelen, beben alcohol y conversan previo a una fiesta. En cierta medida recrea parte del contexto en que estos bailes se dan en su lugar de origen.
Lo novedoso  esta vez, fue que además del baile se recreó la comparsa que acompaña a la danza: sonidos de cohetes, hombres disfrazados de diablo, de perro, vaca, calavera y  jaguar que rodean a los danzantes e interactúan con...  ¿el público?
Justamente en esta semana empieza la fiesta en el pueblo de mis padres. Allá se presentan tres danzas: la de Chilolos, la de Chareos y los Diablos. La primera de ella sin diálogos y con una coreografía muy básica en pasos y cruces acompañados de dos armónicas pero monótonas piezas en tambor y flauta durante todos los días de fiesta. La segunda  es la representación de las batallas de los moros contra los cristianos, con diálogos y piezas musicales que contadas bandas ejecutan bien. Ahí Mahoma es el personaje que juega bromas a los danzantes y con su bastón mantiene a "raya" a los espectadores y sobre todo a los niños que se divierten  provocándolo jalando su raído vestuario y sus "juguetes" con los que hace chistes obscenos.
Bueno, hasta ahí me quedé yo en el 2002, durante la última fiesta patronal que pasé en Santa Rosa de Lima (¡hace 11años!). Durante toda mi infancia, desde los 5 años hasta mi penúltimo año en la universidad, era tradición tener una muda de ropa nueva para llevarla puesta el día de la Misa y por supuesto, en la noche durante el baile en la cancha municipal. Pero ése es otro tema.
Quiero centrarme en lo que las danzas implicaban para la comunidad: lugar para echarte un taco de ojo; el pretexto para estar en la calle; estatus social para los danzantes; el espacio de diversión para los niños que haciendo a un lado lo formal del asunto se correteaban con el Mahoma por toda la cancha; entretenimiento de los más grandes y el momento más esperado para los jóvenes y adultos que acechábamos el momento de descanso de los Chareos y la irrupción de los Diablos en la cancha con los metales de la banda de viento resonando: la hora en que los que hasta entonces habíamos sido espectadores éramos parte del festejo.   
                                                               
Pienso en la imagen: civiles bailando entre hombres vestidos con chivarras llenas de pelo de toro sobre los pantalones, capulinas de piel (o camiseta de tirantes) y máscaras de madera con rasgos de diablo tronando su chicote a diestra y siniestra apurando a la banda para que toquen más y mejor; haciéndose presentes algunos con elegancia, otros imponentes y otros hasta graciosos.
 
Hasta allá me llevó la función de danza en el teatro Carlos Lazo de la UNAM: a la añoranza de poder ser partícipe sin diálogo ni coreografía; de comentar cualquier cosa en voz alta sin pudor, de saborear unos chicharrones de llanta o un elote recién cosechado, de cobijarme de la lluvia en los portales de la cancha municipal. 
                                           
Aunque en el escenario  del Carlos Lazo las luces resaltan el contraste de la música con tambor y flauta de carrizo que suenan a prehispánico  con lo desparpajado de los pasos que remiten a nuestra raíz negra y para completar  la estampa, el vestuario bordado con lentejuela con reminiscencia hispana no logran, empero, hacernos llegar el olor a la pólvora, a tierra mojada, ni al alcohol caído de las botellas de cerveza. Las butacas apretadas una tras otra no te permite seguir la música con los pies. La comparsa se anima y baja hasta el público sin que este reaccione desde el instinto de seguir el relajo: es un teatro y el espectáculo termina donde empieza  la primera fila de butacas. 
No sé quién o quiénes, pero lo han conseguido: han puesto la correa sobre nuestro instinto lúdico. Disfruté y agradecí el esfuerzo de la directora del taller de danza folkclórica de la Facultad de Química y de los Talleres libres de la UNAM por tratar de invocar el regocijo bullicioso que despiertan las fiestas populares originarias.
                   

21 de agosto de 2013

El pollito pío, el taladro bzzzzz...


¿Dolió? Sí, aunque menos de lo que esperaba. La sesión en el estudio fue corta según la tatuadora, para mí fue laarga. El tiempo que estuve acostada en aquella plancha,  (en realidad era un maletín gigante que al desdoblarlo y atornillarlo, era una camilla) pensaba en el diseño y en cómo se me vería. Respiraba por tiempos (4 para meter aire, 8 para sacarlo) y miraba al enchufe que me regresaba la cara de terror. La otra chica que  le componía un tatuaje a un hombre de grandes dimensiones me miraba de reojo y sonreía.
 
El armado de la camilla y su limpieza, así como la instalación de la maquina, la presentación del material esterilizado y los depósitos de desechos sólidos, es todo un ritual que se hace con habilidad pero minuciosa y metódicamente.   
 
A los nervios acumulados por el tiempo transcurrido hasta ese momento, súmenle el sonido del motor de la máquina para tatuar. Es tan intimidante como el taladro de un dentista.  De hecho, podría asegurar que (como en muchos otros casos) la mayor parte del miedo al dolor proviene de los rumores y mitos que rodean un suceso.

Por otra parte, las pausas que hace el tatuador incrementan el terror psicológico porque cuando uno ya se acostumbró al sonido de la máquina y por unos instantes dejas de escucharlo, piensas que ya pasó lo peor. Resulta angustiante escuchar de nuevo el zumbido sin que sientas nada sobre la piel hasta que vuelven a trabajar sobre ti y entiendes que aún no han terminado contigo.

Ahora que lo peor- lo peor, viene en los siguientes días cuando la piel se despelleja y te da una comezón imparable. Afortunadamente en mi caso, la piel se me irritó poco y el enrojecimiento fue leve, no así la comezón. Esa sí me mortificó.

Los primeros días  veía en el espejo  mi tatuaje y me gustaba muchísimo. Con el paso del tiempo empecé a encontrar detallitos que me decía que podría haber mejorado en el diseño. Pasó por mi cabeza programar otra sesión para corregir esos detalles y entonces caí en la cuenta de que difícilmente quedaría totalmente satisfecha. Soy obsesiva y ya encontraría el negrito en el arroz. Entendí también por qué hay gente que tiene más de un tatuaje: una vez superado el susto, pasan por la cabeza muchas otras cosas que quisieras ver en tu cuerpo; otro punto es poner a prueba tu resistencia al dolor con un tatuaje más grande, otra zona, más tintas, etc. Aunque yo no sé si me haría otro tatuaje. Es mucha tensión previa a la cita.

Definitivamente me gusta mi tatuaje y por ahora lo disfruto como un invitado especial en mi vida.

26 de julio de 2013

De mí, para mí

Dos noches antes me costó conciliar el sueño. Y ese día al amanecer, la impresión me hizo despertar. Fue una pesadilla bastante real: mi hermana perdía una pierna y yo deduje que había sido por un accidente automovilístico. Pero la pierna estaba ahí, sólo que doblada. No había sangre ni nada que corroborara el accidente. Yo les cuestionaba eso justo cuando desperté. Había hecho claramente una proyección de mi propio miedo.
 
Me pregunté a mí misma si quería continuar con el plan o había que abortar la misión. Y decidí que no había marcha atrás. A medio día estaba en Plaza Río; nerviosa pero segura. Todo  empezó casi un año atrás.
 
Cumplir años siempre me emociona y cumplir 33 me parecía especial sobre todo después de los asaltos de meses atrás. En el primero de ellos me amenazaron con "clavarme", pero como nunca  vi el arma, mantuve la calma. La segunda vez no fue así: el miedo me entró al ver la navaja y él lo sabía. De hecho, cuando lo vi tuve el impulso de dar media  vuelta y bajar por las escaleras intermedias de ese largo puente  de Zaragoza, pero por no demostrarle miedo o desconfianza seguí caminando. Y me asaltó. Diga lo que diga Will Smith en After Heart,  yo no sé si el miedo  es una elección o no, pero éste se me metió en los huesos después de ese día.
 
Me llevó muchos meses quitarme el sobresalto cuando sentía que alguien se me acercaba. Aún ahora vigilo mi espalda cuando camino sola. Fue una mala racha que ya pasó, pero me dejó rondando en la cabeza que estamos viviendo tiempos que dejan abiertas muchas variantes que no controlamos. Sin ser fatalista, creo que siempre será mejor decidir acerca de  nuestra persona y sobre todo, no quedarse con las ganas de hacer algo.
 
Además del miedo, coincidió que conocí (no de tratarlos, sino de saber de su existencia) a una cantautora y un escritor de textos para niños que tienen tatuadas frases (e incluso un párrafo) en los brazos. Palabras. Me llamó la atención porque ninguno de los dos son del tipo "rudo", pero tampoco del tipo "frívolo". ¿Quiénes se tatúan y por qué? 
 
La pregunta llegó a mí: ¿Por qué no?  Desde mi época de CCH me llamaban la atención y uno a uno de los argumentos que antes me habían detenido o mejor dicho,  con los que me espantaba la idea, los fui desechando por obsoletos: no puedo donar sangre; no soy actriz ("tu cuerpo siempre  está a disposición de un nuevo personaje", es lo que te dicen en la escuela); la maternidad no es un tema sobre la mesa; no me siento "vieja"; no es impedimento para la donación de órganos; podía pagarlo y sobre todo, estaba en un momento de estabilidad emocional que me permitía decidir sin apasionamiento, despecho, enojo, etc., tatuarme algo que realmente me convenciera.
 
Así que lo fui maquinando poco a poco. Pedí recomendación de estudios y busqué información por mi cuenta. Así llegué a Molly. Canal Once la entrevistó para el programa Hechas en México.  He ahí otra mujer que está muy lejos del cliché del tatuador pandroso. Se alejaban de mí los prejuicios de lo que podía significar un tatuaje en un contexto de cárcel, militares, marinos, rockeros, la farándula, pandillas, barrios, sicarios, etc. Recordemos que provengo de una familia de provincia y los tatuajes no habían entrado en ella (mi hermano tiene uno, pero al no vivir en el país... Ojos que no ven...)  Decidí que quería ser tatuada por una mujer.

Revisé los tatuajes más comúnes, los más feos y los más excéntricos; diferentes técnicas en el mundo; también  las zonas más dolorosas y las menos recomendables. Así decidí el lugar, pero no el diseño. Un día platicando con mi hermano, me preguntó: ¿Por qué no lo dibujas tú? Hacía mucho que no lo hacía, así que estaba fuera de práctica. Me llevó varias horas de bocetos sueltos hasta que una noche me dediqué a concretar las ideas que traía flotando.

Fue curioso porque empecé con la idea de un ciervo básicamente porque me parece un animal que tiene una figura muy estilizada; además  de que había leído sobre sus características, usos y costumbres por ser mi  tótem de nacimiento y me agradaba el vínculo con este animal. 
 
Un día en el metro, mientras esperaba a que el tren avanzara, vi la silueta de dos venados en una posición similar a la de mi diseño: era la estación Parque de los venados en la línea dorada. Me sentí iluminada: ahí estaba mi nexo inconsciente con este animal. Mi madre me había repetido un sin fin de veces que yo había nacido "en el Parque de los venados" y de pronto,  caí en la cuenta de que mi diseño me  regresaba al origen  de mi historia de vida sintetizada en una imagen. 
 
Ya con la figura central, sólo agregué dos elementos que complementan el diseño en torno a mí misma: flores de Santa Cruz y un glifo prehispánico. Y así, el 25 de mayo, el último día de mis 33 años, lo cerré con este regalo de mí, para mí.