Con el fin de año, me parece conveniente hacer un corte de caja. Y es que desde la segunda mitad de este año que corre, las cosas empezaron a moverse y yo con ellas.
Lo más evidente es que casi clausuro este espacio porque dejé de rumiar desde mis adentros para darle paso a la acción fuera del cobijo familiar. Con la cabeza y el cuerpo en mejor sintonía, estaba lista para volver a las andadas, esperando agazapada como gato tras cascabel. Mi pluma ahora reclamaba silencio.
La oportunidad se dió y volví a la docencia. Nuevos chicos, nuevas rutas de traslado; nuevos compañeros, nuevos retos, nueva forma de trabajo; nuevo salario; nuevas espectativas.
Pero lo que definitivamente movió el engranaje de la vida, fue el tomar el taller de comedia musical en un taller de iniciación artística. Me mantengo firme en mi preferencia por el teatro de autor y sin embargo, ahora puedo mirar el teatro musical sin el repelús anterior.
Me pasó un poco como en mi estancia en el Coro de mi facultad: mientras aprendo de la disciplina o actividad, puedo involucrarme, aunque sé que mi paso es temporal. Había una necesidad de conocer por experiencia propia el porqué tiene tan buena aceptación entre cierto público.
Y así llegué a Hairspray. Con un personaje antagónico, glamuroso, con muchos cambios de vestuario y de mediana edad. Algo impensable en mis días de universidad. Lo mejor del asunto fue que el profesor es también egresado de la facultad de Filosofía y Letras; muy joven y completamente enamorado y convencido de lo que hace. Caí, pues, en blandito.
Unos meses después, me contactó el director de una compañía para la que ya había trabajado en el montaje de Anfitrión Mx a finales de 2013 con una pequeña participación y que por cuestiones de salud, había tenido que declinar a mi puesto en la reposición de dicho montaje en mayo del 2014. Había la posibilidad de cubrir a una actriz en un monólogo de Enrique Buenaventura. También fue mi primera vez en este tipo de texto. E incluso, el proceso me llevó a incluir una canción en mixteco, con la asesoría de mi madre.
Hairspray me renovó la confianza de estar en un escenario, y se empezó a cocinar un proyecto que tuvimos que frenar ante la intempestiva partida de uno de los integrantes. La aventura que significó preparar el monólogo, me dejó un rico saborcillo en la comisura de los labios. Así que, cuando me invitaron a formar parte del ensamble en la pastorela musical, se me presentó la oportunidad de mantener los motores encendidos.
En la última función de la pastorela, nos presentamos en un camellón para una posada comunitaria. Cubrí de emergencia el personaje de una compañera que no pudo dar la función. Recordé mis tiempos de teatro callejero en el CCH y comunitario en Neza. Sentí cierta nostalgia cuando los organizadores, calentaron para aventarse una pastorela improvisada. Siempre admiré el arrojo de mis compañeros teatreros que me doblaban la edad y cuadruplicaban mi incipiente experiencia con su kilometraje. "El teatro se hace en la calle y hasta en los teatros" era su lema, citando a Brecht.
Después de mi descalabro en Ozumba de Alzate en una presentación que fue desastrosa al interior del grupo con un integrante ebrio antes de la función y horrible por las condiciones externas: con un puesto de discos pirata a todo volumen de un lado y la música sonidera de una fiesta particular en la otra acera, además del espaldarazo de los organizadores, me vacuné contra los escenarios por un buen ratote que duró todo el camino que hice de taller en taller, a pequeños pasos, juntando las migas a mitad del bosque para volver a encontrar el camino a casa.
El último día, antes de salir de vacaciones, los chicos de la escuela me comentaron que están organizando un grupo de teatro independiente de la escuela porque en buena medida, les había quedado la cosquilla de hacer más teatro a partir del taller conmigo, (tenemos 100 minutos de clase a la semana). Como docente, ¿qué más se puede pedir?
El reto es grande. Hacer teatro y vivir de ello (no sólo como metáfora), es un camino que se me figura largo y con mucha piedra por picar. ¿Pero qué eso no lo sabía ya cuando llené mi formulario de pase automático para ingresar a la carrera? Sabía eso y que no hay otro estado en el que me sienta tan retribuida que cuando pienso y creo teatro.
El año que está por irse, me devolvió el gusto por la actuación; el regreso al aula; y de la mano, la dirección y mi oficio de dramaturga por encargo. Sin más por el momento, quedo agradecida con el año que acaba.
El año que está por irse, me devolvió el gusto por la actuación; el regreso al aula; y de la mano, la dirección y mi oficio de dramaturga por encargo. Sin más por el momento, quedo agradecida con el año que acaba.