24 de mayo de 2014

Liberales vs conservadores

Con un pie en el quirófano, de pronto me vi en medio de una controversia tan sesuda como aquella otra en el Colegio de San Gregorio en Valladolid, España, hace más de 500 años.  ¿Era más prudente una miomectomía o una histerectomía en una mujer de mi edad? Y ahí se detuvo el tiempo.

I


En la primera opinión que me dieron, dijeron que era cuestión de tiempo antes de una operación que podía ser de primera intención sólo una miomectomía y en caso crítico, la histerectomía. Pero se me aconsejó que esperara por si me embarazaba.  Y aún cuando dije que no tenía la intención de hacerlo, la respuesta fue: ahorita no, pero puede que con  el tiempo sí quieras estarlo. Los riesgos de la espera eran que se presentara una hemorragia o una anemia muy severa.  Eres muy joven, deberías esperar...

Busqué una segunda opinión y con una explicación mucho más completa de los pros y los contras de un tratamiento hormonal, el diagnóstico fue más o menos el mismo: del quirófano no me salvaba. Pero también se me aconsejó esperar la posibilidad de un embarazo, aunque éste tampoco me libraría de la cirugía, sólo me daba la posibilidad de utilizar la matriz antes de extraerla. Eres joven y puedes querer familia... 

Aunque  el panorama era bastante claro -en apariencia-,  lo cierto es que la sola  idea de que abrieran mi cuerpo y me quitaran algo de ahí adentro, me llenaba de pánico.  Por otra parte, tener un bebé sin la menor ilusión, era otra cosa que me aterraba y sin otra opción que esperar,  tomé si no el mejor camino, sí el que me parecía (en ese momento), el menos amenazador. Y esperé.

Cuando los años y los síntomas me pusieron en el camino de la anemia, una tercera opinión dijo que era tiempo de la cirugía: ¿Qué estás esperandoDespués no habrá quien te quiera operar porque el riesgo es mayor entre más avanzada esté la anemia (...) ¿Así, quién se va a arriesgar contigo?

La cuarta opinión fue  más clara todavía: 
 -Aunque no te operes conmigo, hazlo. Busca otra opinión y cualquier médico te va a decir lo mismo: es necesaria la cirugía. En tus condiciones, un embarazo ya no es opción, el producto no pegaría, no tendría espacio...
  
- No estoy buscando un embarazo.
   
-Con mayor razón: ¿Para qué esperas algo que ni siquiera sabes si se va a dar? Aquí la que importa eres tú, tu salud...
  
Dicen que no hay quinto malo, y al final, el que me noqueó fue Gaona:  
- ¡Ya, enfrente la realidad: le van a sacar la matriz! Piense en Dios y confíe en mí, a esto me dedico... 
  
¡Toing!

Empecé  a llorar porque  supe que ya no había más lugar en el ring: estaba contra las cuerdas y el pinche viejito  no se iba a detener. Lloré mientras me contaban los diez segundos reglamentarios  y después acordamos los preparativos para la cirugía.

21 de mayo de 2014

Los gallos salvajes u otra de los vetados


 
¡Zas! Hace unas semanas leí una tesis de licenciatura sobre la violencia como mecanismo de defensa en la obra Los gallos salvajes de  Hugo Argüelles (siguiendo en la línea de los dramaturgos vetados). Al término, quedé con la impresión de que el tema se quedó entre azul y buenas noches por falta de sustento teórico de lo que son y cómo operan los mecanismos de defensa. De hecho, la sustentante argumentó más sobre el supuesto género de la obra, explicándola desde el melodrama que de la violencia desde alguna teoría psicológica que es lo que me sugería el título.
 
                                                               
Pero lo que  más-más levantó mi sospechosísmo, fue el método (Si no es Juana, es  Chana y si no, su hermana) que siguió  para llegar a esa conclusión: explicó las características de la tragedia, la pieza y el melodrama y luego de un análisis bastante superficial, como la obra no cumplía con las características ni de la tragedia ni de la pieza, luego entonces -según ella-  Los gallos salvajes es a todas luces un melodrama. ¡Toing! 
Y con superficial me refiero a tomar literalmente todo: desde la poética de Aristóteles (un ejemplo: como la obra sólo dura del medio día al anochecer, no cumple con las 24 horas que supuestamente dicen, que dijo Aristóteles, duraban las jornadas destinadas a las tragedias), así como que el autor haya escrito en la portada "Pieza en dos actos", cuando el primer tip que te dan en la facultad, para leer teatro es: no te saltes las acotaciones; dos: lee toda la obra de principio a fin y tercero: Ignora lo que el propio autor dice de su obra.

El cuestionamiento va hacia el nuevo plan de estudios de la carrera, donde se supone que es más amplio, para abarcar todo el hecho teatral. Sin embargo, si a las asignaturas base como Teoría Dramática, les reduces las horas de clase, pasa esto: te haces de menos elementos para saber qué estás leyendo, actuando o dirigiendo. Mi agradecimiento eterno a Fernando Martínez Monroy que me despabiló y después de sus clases, nada volvió a ser igual: ni para bien, ni para mal. Con él perdí la inocencia.
Leí las más de ochenta cuartillas porque me pareció interesante el tema de la tesis y sobre todo, el de la obra: no se parecía a lo que conocía hasta entonces de la obra de Hugo Argüelles. Y resultó que de chiripa, tenía la obra en casa.
                                      
La acabo de leer y confirmo mi sospecha: no se trata de un melodrama, sino de una tragedia: es la historia de dos hombres que van directo a su destrucción en un mecanismo de causa y efecto. Existe además la consciencia de que se ha atentado contra un orden superior y la única forma de restaurarlo es por medio de la muerte. Agreguemos el personaje de Otoniel, el brujo que  funciona la veces como oráculo, haciendo evidente lo que es invisible para los personajes; así como quien da testimonio de la verdad  justo hacia el desenlace para ayudar a restaurar el orden. Cuando uno llega al final de la obra, el lector no puede más que sentir piedad por ese hombre que mata a su hijo para negar la situación de incesto en la que han vivido.

El padre se sirve un trago y bebe. Se limpia las lágrimas y de pronto comienza a reír a carcajadas, abiertas, francas, casi gozosas. Y con la misma y rápida actitud impulsiva, rompe de pronto la  botella contra la mesa y dice con voz sorda:

PADRE: A éste lo mato. Tanto por lo cabrón como por puto.

Nada más terrorífico y motivo de compasión cuando en la última línea, el Padre reconoce el amor carnal que siente por su hijo y que con su muerte le está negado.
                                                         
Esto, siguiendo la línea dramática del padre, la del hijo, queda de tarea. Tragedia, melodrama o pieza, júzguenla por sí mismos, si les apetece. Que es la mejor manera, digo yo,  de disfrutar el teatro.
                                                                                                                                  
Los gallos salvajes en Teatro Mexicano Contemporáneo. Arguelles, Hugo. Ed. FCE. 1991.  
  

19 de mayo de 2014

La paz sea con ustedes

En mi generación, montar a Carballido -aun para un examen semestral-, significaba un linchamiento público. Si no, ¿para qué estaban Beckett, Ionesco, Lorca, Pirandello o Shakespeare? Impensable siquiera detenerse en el pasillo, por la letra C de Carballido, de la biblioteca.



Pero me prestaron el libro de las 26 Obras en un acto de Carballido y aproveché para leer las obras que sólo conocía por los montajes del TACO, en mi época de CCH. Y efectivamente, recordé que las comedias eran ligeras y que su lenguaje coloquial siempre significó éxito seguro entre el público estudiantil.
                            
Hace poco  llevé a clase  El censo y, no sin esfuerzo,  logré entre los alumnos, que se pasara de la anécdota y se analizaran las motivaciones de los personajes.Y el resultado fue bueno, considerando la inmediatez con que le dan carpetazo a la mayor parte de las cosas,  estas nuevas generaciones. Los muchachos encontraron algo más que una risa ligera en la obra de Carballido.
Y me sorprendió más (paréntesis aparte) que otro de los grupos eligiera montar Cosas de muchachos, de Willebaldo López (autor que no me gusta, para decirlo con todas sus letras). Un texto escrito a finales de los sesenta, con la estética del flash-back (¡tan novedosa para cada generación que la redescubre!). El embarazo no deseado, la pobreza y la miseria humana con su respectiva carga melodramática y su tono didáctico hicieron eco en algunas alumnas. 

Regresando a Carballido, dos textos me parecieron interesantes: El espejo 1 y 2.  Al primero lo llama  farsa y al segundo sketch, (sea lo que sea que signifique esa información para él). A mí, lo que más me gustó es que en pocas páginas plantea un juego escénico divertido que se sostiene con un diálogo fluido. Sus personajes son la  contraparte de la típica mujer sumisa y el macho mexicano que utiliza para ridiculizar al hombre maltratado y la mujer cínica e infiel llevando la situación hasta el absurdo. Escénicamente juega  con los aparte  en el Espejo 2 y con la duplicidad de personajes en el Espejo 1.
                                                          
Un recurso similar es utilizado por otro de los vetados por prejuicio: Luis Mario Moncada en su obra Opción múltiple. Comedia en la que plantea un problema de personalidad disociada que lleva a su personaje principal a una serie de pequeños enredos. Divertida y ligerita, lejana a El  motel de los destinos cruzados, obra del mismo autor (a la cual yo le hubiera tijereteado bastantes cuartillas y salvo por una frase, que en mis momentos más azotados, yo misma  avalaba su veracidad),  que se ganó a pulso el veto oficial por mi parte (¡ja!).   Afortunadamente en un remate de libros -de los que se organizan  a fuera del Auditorio Nacional-  me hice de la publicación de Opción Múltiple  (y de otras obras de las que ya daré cuenta en lo sucesivo) quedándome con la grata sorpresa de la pluma de nuestro H. ex coordinador de la carrera de teatro.
                                                                       
 
Y así, en mis lecturas desde el corralón, torito, retiro, limbo, rinconcito solidario o como gusten llamarle a este lugar-tiempo en el que me encuentro, les digo que me he reconciliado con la dramaturgia que por ignorancia y sobre todo, por prejuicio había evitado en mis años más mozos. 

18 de mayo de 2014

Uli, la cavernícola

En estos días he tenido la oportunidad de leer otros blogs y me ha sorprendido el rigor periodístico de algunos aficionados que se han comprometido con su página. Y he encontrado blogs de  profesionales de las letras cuyos escritos dejan un basto mundo para explorar en su página, sin mencionar su impecable redacción.

Así como el blog de un tal Pollo -cuyos comentarios inconexos-  me animó a empezar este blog, tengo que decir que éstos últimos blogs revisados, me hicieron ver lo primitivo de esta página y cuestionarme el sentido de darle seguimiento a este proyectito que inició como un ejercicio para despertar mis dedos y exorcizar mi sombra.

Ayer terminé de leer un libro de teatro sobre santones y más que las obras, los dos estudios introductorios me dieron luz:
 
Si Malverde, la Santa muerte, el Niño Fidencio, etc., tienen cabida y vigencia dentro del imaginario mexicano (o en algunos grupos específicos), es porque de alguna forma hay una identificación con estos santos que no caben en el inmaculado santoral judeocristiano. Tan pecadores sus santos como los devotos.
 
También tuve oportunidad de leer por primera vez a Jorge Luis Borges. El libro de arena, título por demás atractivo, sin embargo me sentí excluída de su mundo: me hablaba desde las alturas de una cultura que me resulta ajena. Lenguaje cifrado para los más léidos y escribidos. De igual manera que con los libros, navegando en la red, nunca sabes del todo en qué sitio vas a parar y lo que puedes encontrar. 
 
El conocimiento es alimento que sosiega ciertos apetitos y estos blogs de cuidada sintaxis  y retacados de información apuntan hacia allá. Ése es su mérito y se agradece.

Este blog habla de humano a humano: con toda la luz o la banalidad propia de alguien que busca respuestas en personas, cosas y hechos reales o imaginados. No se especializa en nada, no tiene mayor sustento teórico ni rigor científico. Esta página es una pintura hecha en la pared de una cueva: la evidencia de mi existencia y del mundo que miro y no siempre entiendo.