Cuando invitaron ese día a Yucuiñálu al cine, nunca le dijeron que estaría frente aquella pantalla enorme por más de seis horas viendo pistolazos y corretizas. Eran los años ochenta y en los cines del centro de la ciudad, todavía se gozaba del beneficio de la permanencia voluntaria en sus funciones.
La tarde del domingo era especial porque desde que mi hermano antecesor empezó a trabajar, su sueldo le alcanzaba para algunos lujos, incluído el cine . Ahí la ganona era yo, que al ser la hermana menor, se me invitaba con la única condición de ir muy cambiadita y peinada (el trato no incluía el baño, por supuesto).
A los nueve años ir al cine era una cosa muy buena, sobre todo porque me ayudaba a olvidarme que por la tarde empezaba el calvario de saber que al día siguiente sería lunes (ya escribiré sobre mi síndrome de Cachirulo). El Palacio Chino, el Metropolitan y el Arcadia eran los cines que más frecuentábamos en esos días por ser los más cercanos a la casa: grandes salas de proyección, con espaciosas estancias y fachadas recargadas que nada más verlas al doblar la esquina, me alegraban el corazón.
Lo regular era ir a la función de las 12:00 o de las 14:00 hrs, que eran los horarios con menos gente y nos permitía salir a las 16:00 hrs. a comer en familia. De esta forma, si la película nos gustaba, nos quedábamos a verla una vez más sin problemas. En otras ocasiones, pasaban dos películas diferentes por el mismo boleto y también nos quedábamos, pero la segunda función ya sin palomitas.
Ese domingo del año 88, entramos a ver Duro de matar I, temprano. Acabamos tan emocionados que nos quedamos a la segunda función y para la tercera, como la adrenalina de mi hermano no disminuyó, prefirió comprarme otras palomitas y una bonafina (coca-cola no rifaba en los cines todavía) para que yo no le hiciera un berrinche. Y no es que me disgustara la película, pero 3 veces seguidas, el mismo día, fue un exceso para una niña.
Pero ni modo, aquella vez apechugué y ya no recuerdo si nos quedamos a la cuarta función o si se compadeció mi carnal de mí. Lo cierto es que ya había oscurecido y tuvimos que regresar corriendo -literalmente- porque nadie supo nada de nosotros en todo el día y yo era una menor de edad al cuidado de su adolescente hermano.
Comencé este escrito (hace un par de meses)luego de ver un sábado por la tarde la misma película de Bruce Willlis en la televisión. El pretexto para su programación fue el estreno de Duro de Matar 4: Un buen día para morir. Me sorprendió que después de tantos años y sobre todo, de haberla visto tantas veces en televisión abierta, todavía me atrapara la atención e incluso que me emocionara esa tarde (¡Ja!).
Luego de volver a verla, fue inevitable pensar en el gran churro que fue Un buen día para morir. Muy atrás quedó el irreverente y carismático John McClane. En su lugar vemos una máquina de disparar cantaletas; un hombre egocéntrico que raya en la necedad al andar detrás de un hijo bastante desenrolladito al que no lo deja ser él mismo. En fin, un hombre que como dicen mis sobrinos adolescentes: ¡fastidia!
Qué triste pasar más de dos horas frente a la pantalla sin que pase nada de verdadero interés. Corretizas sin fin, destrucción de carros, balazos, mucho ruido y nada de nueces. Los dos hijos de McClane, abandonados de la mano de la madre naturaleza (o de Dios), no sacan nada de sus padres. Ambos carecen de cualquier atractivo; a uno le pesa la fama del padre y la otra desarrolla complejo de Electra y termina comportándose como si fuera la madre de McClane y sin nada de gracia.
Definitivamente, Un buen día para morir es una mala historia y un pésimo guión para acabar la saga de Duro de matar; razón de sobra para nombrarla con el título que le dió el Videorisa (¿Se acuerdan de ese cómic?) al primer film: Duro de aguantar.
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