29 de abril de 2013

Peña del carnal

Regresé a Peña de Bernal luego de haber estado ahí a principios de mes. Entonces como ahora, fuimos a festejar un cumpleaños número 33.

En esa primera ocasión, la intensión era conocer el pueblo y contactar un lugar de masajes. Quiso la suerte  que no encontraramos el centro holístico y  en su lugar nos llevó a una casa de artesanías que en su patio interior contaba con  mesas rústicas donde se servían micheladas, cheladas y bebidas espirituosas. Sobre  la banqueta tenían un gran comal con gorditas que redondeaba la alternativa para el turista sedentario. El calor y la rocola hicieron el resto: una buena charla y a la voz de Paloma negra, eres la reja de un penar, salimos de ahí hasta que los meseros empezaron a contar sus propinas.

25 días después, regresé con otro grupo de amigos. Esta vez llegamos por el lado de la peña y la empezamos a subir como no queriendo la cosa. Fotos, risas,  chisme  y un camino empedrado hicieron  la primera parte del camino una cosa amena. Al camino empedrado, siguió una vereda ancha y bien marcada que ya no fue tan fácil subir. En el último descanso un aviso de buen tamaño indicaba que no se podía subir sin equipo y remataba con una frase: VALORA TU VIDA.

Seguimos subiendo un tramo más hasta donde lo permitió la peña. La vista del pueblo valió la pena el esfuerzo: pequeños cuadros de viviendas y terrenos sembrados bien trazados como maqueta escolar.              
 


     




 
Tirada sobre una enorme piedra recuperé el aliento perdido. Sólo los mosquitos me convencieron de que era tiempo de bajar. Mientras brincaba, me deslizaba, sudaba, me derrapaba, y  buscaba con la vista el siguiente paso, pensé en lo afortunada que me sentía de tener esos amigos.
 
Yucuiñálu vivió en un edificio lleno de adultos. Los dos pubertos con los que trató de pronto se hicieron muy grandes. En esos días el Centro Histórico se vaciaba el sábado por la noche y el domingo quedaba practicamente desierto. Regresar por sus calles en la tarde- noche nos permitía oír nuestros pasos sobre el adoquín y las carcajadas estruendosas de mis primas resonaban de forma espectacular. (En otro momento hablaré de la influencia de esas carcajadas en mi vida).
 
Por esta razón, Yucuiñálu fue casi una niña de departamento (como se le nombra a esos niños de poca acción) sólo salvada por los dos pisos y una azotea que componían aquel edificio de Palma #33. No aprendí a andar en bicicleta, patines o patineta, ni trepé árboles; incluso, cada que salía de paseo era necesario llevar una bolsa por si ocurría un accidente asqueroso.
 
El AFG (UNAM) me llevó a conocer gente que de otra forma quizá nunca hubiera tratado. Independientemente de la facultad a la que pertenecíamos, teníamos ciertas afinidades que la convivencia convirtió en amistad. Kilómetros corridos, cerros caminados, techo, comida y bebida compartidos (eso sí: sin babas por favor. Perdón, chiste local.)  por  más de diez años.
 
De bajada por aquel peñasco, mientras me extendían la mano para asegurar mi descenso, tuve presente el aviso que dejaba a mi espalda. Valoré todas esas cosas que por mi naturaleza miedosa  no me hubiera animado a hacer de no ser por estas personas que han estado conmigo. La seguridad y la confianza que me infunden, me permiten explorar mi tímido espíritu aventurero que sin llegar a lo extremo, si me ha implicado cierto reto.

Y aunque muchas veces he dicho que es la última vez que lo haré, de pronto me encuentro de nuevo en un cerro, volcán, laguna o con una ballena a lado. Mmmmh, eso me recuerda el libro de Simbad el marino: cada capítulo empieza diciendo lo mismo que yo, pero se vuelve a embarcar y eso me chocó.
Peña de Bernal se queda en mi recuerdo como un lugar ligado a la compañía de mis amigos, sudando la gota gorda o diciendo ¡Salud!
 


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