28 de noviembre de 2012

¿Tepache, yo?

Ayer conocí el mercado de "la cuarta", en Ciudad Neza y aunque yo no iba por nada específico porque  sólo iba de acompañante, salí de ahí con una rebanada de sandía en una mano, un tepache en la otra y una gran sonrisa en el rostro.

El recuerdo  de un tepache  más remoto en el tiempo, pero también el más cercano por sus implicaciones, lo tengo en mi infancia, en mis días de la primaria cuando mi papá me llevaba a la escuela. Sobre la calle de Corregidora y alrededores, justo atrás de Palacio Nacional , era muy común ver  a los señores con su barril anaranjado sobre  una base que tenía llantas a los lados para facilitar su transportación vendiendo esta bebida en bolsas de plástico.

Cuando había oportunidad y -supongo ahora- dinero, mi padre me preguntaba si  quería un tepache, pero como desde entonces su color me provocaba sospechosísmo, siempre decliné la invitación.

Aún así, por compromiso, llegué a darle un sorbo al que mi padre me ofrecía  sólo para certificar que mi negativa tenía un fundamento en ese sabor concentrado que no me convencía.

Más tarde, una vez que iba rumbo a Tepelmeme a un tequio cultural , hicimos parada en Puebla para esperar a un grupo de danzantes. El calor estaba a todo lo que daba y bajamos del camión. En una esquina había un local donde vendían tepache y de nuevo, presionada por las circunstancias acepté tomarme uno

Más de diez años después de aquél tepache de mi niñez, me siguió pareciendo muy fuerte el sabor y el gustito a fermento que lo acompaña, me desagradó. Afortunadamente una vez en el camión, no me fue difícil deshacerme de aquel tepachín.

Después, lo más cerca que estuve de ese sabor, fue en la universidad, cuando una amiga (de ese entonces), llevaba agua de fruta de su casa. Para las cuatro de la tarde aquello se volvía un tepachazo que (ni modo) por solidaridad había que compartir.

Hace algunos años, debí probar un tepache en la avenida cercana a mi casa. Creo que fue por iniciativa de mi hermana y quizá por esa nostalgia de la que hablé al inicio que nos compramos uno. Y volví a recordar por qué no lo acostumbro.

Pero el tepache de ayer llegó a mí por una invitación a la que no me pude negar. Mi compañera se compró uno de litro y yo pedí uno de cinco pesos, sospechando que no me iba a gustar. Pero ante la insistencia, tomé el de diez pesos.

Ella se veía tan segura cuando me garantizó que era muy rico que acepté. Lo probé y el sabor esta vez era muy dulce y estaba frío. Era como una inocente agua de piña azucarada. Así que seguí sorbiendo mientras mi memoria me decía que algo le faltaba o le sobraba a ese tepache que no era como lo recordaba.

En eso pensaba mientras  le daba traguitos al tepache, cuando la señora de los postres indemnizó a mi compañera por la espera con una rebanada de sandía para cada una.

No cabía de alegría: me recordó aquellos domingos en que iba a desayunar barbacoa al mercado "Abelardo Rodríguez" , a un lado del Teatro del Pueblo, con mi hermano y mi cuñada. Flaca, como era en esos días,  pero con una barriga redonda y satisfecha.

Salí del mercado con la sonrisa chimuela de mi infancia, pero con dos décadas más al lomo. Con las manos ocupadas por el tepache y la rebanada de sandía que me habían regalado. Y tan contenta salí a la calle, dando pasos saltarines, que pasé por alto la recomendación de mi padre; la básica: no comas cosas "frías" con  cosas "calientes". Desde luego no se refiere a la temperatura de los alimentos, sino a su naturaleza intrínseca.

Y que me tomo la mitad del tepache y la mitad de la sandía: mortal para mi pobre estómago. Hay un momento  en la vida de toda mujer... Empecé con retortijones y eso sólo fue el comienzo, una vez en casa, la diarrea y el vómito hicieron que me acostara desde  las ocho de  la noche para olvidarme del malestar.

Un tecito de manzanilla y cuatro tabletas de Pepto Bismol después, me permiten contarla. Y pienso que quizá la chica fresa de la canción, no era tan fresa; sólo tenía un estómago igual o más fregado que el mío. Por si las moscas, trataré de no caer en las trampas de mi memoria y la próxima vez, poder decir: ¿Tepache, yo? Para nada...










25 de noviembre de 2012

Dios te ama

... pero yo soy su consentida, reza una calcomanía en el auto de una vecina. Suena pretencioso, pero esa es la sensación que me queda cuando los astros se alinean y a pesar de empezar mal la jornada, al final todo me sale bien.

Teatro del Pueblo; Jesusa Rodríguez; Domingo por la tarde. Mi casi acompañante ya estaba adentro y el teatro estaba abarrotado. Marqué por teléfono pero no había solución: les repartieron el boleto en la fila. Aún así lo intentamos. Se asomó al balcón y me lanzó su boleto. De caricatura: el pequeño papel se meció por el aire casi en cámara lenta y al caer, se metió por entre los barrotes de la reja quedando fuera de mi alcance. Ya estaba buscando un plan B para recuperarlo cuando pasó un tramoyista  que me entregó el boleto con cara de incredulidad ante la historia que le conté sobre cómo llegó hasta ahí mi pase mágico.

Me acerqué a la puerta y ahí estaban otras tres personas argumentando que habían ido al baño y por eso se salieron de la fila, pero sí tenían boleto.  -¡Y no hay ninguno cerca, fuimos bien lejos!- agregué apoyando a los otros tres. Como seguimos insistiendo, el guardia nos permitió el paso.

Efectivamente, adentro no cabía ni un alfiler y me senté en un escalón. Después de un rato, una mujer mayor me preguntó cuántos años tenía. Cuando se convenció de que estaba apta para estar ahí, me dijo: "Si quieres siéntate aquí, pero está bien fea la obra".  Se levantó para irse y me dejó su lugar: butaca en la primera sección.

Sala Miguel Covarrubias; Talleres libres de la UNAM; Fin de semana. No encargué el boleto con anticipación porque no estaba segura de poder asistir. De hecho, me salí de una comida para llegar a la función de un amigo. Aunque estaba cerca del CCU, cuando llegué, ya estaba cerrada la taquilla. Me acerqué a la puerta principal para ver si haciéndole a la chillona, me permitían el paso. Me batearon con cara de profesional: sin piedad.

Ya me iba, diciéndome que "así no se hacen las cosas, que hay que hacer sólo una a la vez"... Cuando vi la puerta trasera abierta. Me acerqué dudosa y le dije al guardia que quería pasar al baño. Sonrió y me dijo que le preguntara a la señora de la segunda puerta. Ya estaba casi adentro. La señora me vió de arriba-abajo y de regreso, pero me permitió la entrada cuando dije que se trataba de una verdadera emergencia. 

Ya iba para la sala, cuando me regresó señalándome los baños hacia el lado contrario.  Ya estaba adentro. En el baño, me encontré algunas bailarinas y les pregunté si había acceso desde ahí a la sala. Dijeron que sí, pero con gafete. Que podía pasar con ellas si quería. Entre las chicas con vestuario hawaiano y yo que iba de pana, supongo que no le fue difícil a la vigilante, reconocerme y escoltarme hacia la salida. Otra vez estaba fuera.

Afuera, pero picada. Ahora me decía que si ya había llegado hasta ahí dejando pendiente el postre en mi reunión, pues ahora había que entrar. Merodeé la puerta trasera como pretendiente de pueblo pensando en un plan C. En eso la providencia dejó la puerta abierta. ¿Cómo le hago? Puerta abierta y sin guardia. ¿Cómo entro? Desde afuera podía ver al guardia 2  platicando  con el guardia 1 (el de cara profesional) y luego irse los dos hacia la  puerta principal.  Ahora es cuando...

Pasé la primera puerta y mientras pensaba la excusa para la señora de vigilancia, abrí la segunda puerta y ¡no estaba! Todavía lo pensé un instante antes de aventurarme hacia el lobby. Una vez adentro, encontré la puerta lateral que daba al escenario. Me metí y aprovechando el cambio de grupo, me escurrí para la butaquería y encontré un lugar vacío. La voz en cabina anunciaba al grupo de folcklórico: era mi número. Me acomodé en la butaca y me preparé para ver el número. Grité y aplaudí con mi sonrisa brillando en la oscuridad.



Tec de Monterrey; Sábado por la mañana;Congreso patito. Iba con el tiempo justo... para llegar tarde. Hay que sumarle que me pasé una parada del autobús, por lo que tuve que regresar caminando dos cuadras largas. Llegué a la entrada del estacionamiento y en la caseta me pidieron una identificación oficial que por supuesto no llevaba. Me dijeron que con el boleto no había problema, pero sí lo había porque yo  no traía mi boleto sino la organizadora de eventos de la escuela. Y cuando se me ocurrió llamarle, ¡tampoco traía teléfono! Como la fila de autos esperando entrar era larga, el vigilante optó por dejarme pasar.
 
Una vez adentro, fui a la mesa de registro, dí mi nombre pero no me encontraron. Entonces pedí que me buscaran por escuela y así dieron conmigo. Me entregaron el gafete con el salón y el número de taller. Sin embargo, cuando venía en el camión, revisé el listado de talleres y me di cuenta que al que me inscribieron (porque no alcancé cupo en el que yo quería) era el número antecesor  de otro taller que era más útil para mí.

Así que lo intenté: le dije al muchachito de los gafetes que había un error, que yo me había inscrito al "31" y no al "30". Fue un ir y venir hasta que finalmente el chico me dijo muy contento que me había conseguido el cambio. 

Después de la conferencia inaugural  no alcancé cuernito en el lunch, sólo una feita concha bimbo. Afortunadamente, una amiga me lo consiguió y guardé el pan de mentiritas para más tarde. Y qué bueno, porque al salir de los talleres ya no había comida. De casualidad, fui una de las últimas que alcanzaron dos tacos de longaniza con papas y un vaso de agua de jamaica que por supuesto devoré. Me pidieron de nuevo el boleto, pero me la pasaron con el gafete.

Cuando ya me había resignado a comerme la concha patito para completar mis 2000 calorías de la tarde, me encontró una amiga y me dió un boleto extra que tenía para ir  a la filita donde estaban repartiendo pizza para los que no alcanzamos comida. El mesero me sirvió una rebanada hawaiana bastante desolada, así que le pregunté si me la podía cambiar por una  de aceitunas negras y jaló otra rebanada más generosa junto con un chesco. Panza llena, corazón contento. Me esperé hasta la clausura para irme en la camioneta de la escuela, lo cual me ahorró una hora extra en el tráfico de periférico si me iba en transporte público. Me sentí como Don Gato tomándose la leche del camión repartidor que lo deja en su bote de basura.

 
 
 Y aunque se trate de asuntos aparentemente intrascendentes en mi vida, lo cierto es que esos pequeños golpes de buena suerte (por llamarles de algún modo), me hacen sentir apapachada por el cosmos.
 
 
 
 
 
    



18 de noviembre de 2012

Estacionamiento con servicio de universidad

El  sábado pasado me presenté a un congreso sobre educación en el Tec de Monterrey, pero no fue hasta el lunes en que tuvimos la oportunidad de intercambiar comentarios entre los compañeros de trabajo, cuando dimensioné  el circo en el que había participado (debo decir  que mi opinión sobre el congreso, no incluye a la tallerista, sino exclusivamente a las conferencias magistrales). 

La primera conferencia estuvo a cargo de Alfonso Pompa Padilla, rector del Tec Campus Ciudad de México, donde expuso 5 retos  para los estudiantes del nuevo milenio. En términos generales, los temas que puso sobre la mesa fueron eso: muy generales. El sr. Pompa utilizó una presentación que evidentemente no hizo él mismo porque desconocía  las cifras ahí mostradas ("bueno, no les hagamos mucho caso"), no manejaba  los datos precisos de lo que quería contextualizar ("mejor no las digo, porque siempre se me olvidan. Dejémoslo en la zona que rodea al DF") y comentó en voz alta  que no sabía qué habían hecho con la lámina sobre el reto cultural y social que debería estar ahí.

Todo pudo haberse quedado en que la ponencia era un comercialote sobre las bondades del Tec como oferta educativa, pero la cosa se puso bastante mal cuando en la sesión de preguntas se le ocurrió decir cosas como que el problema de México es que se quedó en el pasado en lugar de ver al futuro. ¿Para qué sirve la  historia? Nos han vendido la idea de que el petróleo es nuestro, pero ¿Quién tiene un barril de petróleo en su casa? En estos tiempos de violencia ¿A quién le importa que Benito Juárez haya dicho  que la educación debe ser laica?, ¿Por qué tiene que ser laica?; Los chinos no estudian historia y vean hasta donde han llegado, porque ellos no se quedaron en el pasado...
 Al final de su participación, le dieron la mascota del equipo de fútbol americano del Tec. Agarró el  peluche, lo  vió y se lo regresó a la edecán para que fuera rifado "junto con los otros premios de los patrocinadores". Como dicen los niños: ¡zzzzz! Que feo desaire. 
Para clausurar el congreso, se dieron dos conferencias magistrales que se quedaron en pláticas motivacionales sólo comparables a una sesión del Club de los optimistas o de Pare de sufrir, a decir de mis compañeros. Pumas, Burros blancos y Uameros unidos contra la falta de rigor académico de los expositores. En algún momento al Tec de Monterrey se le olvidó que se trataba del XII Congreso de Educación sobre los  Pilares de la Educación y llamaron a dos de sus profesores que tienen ya muy armado su número para animar el evento y ponernos a bailar  "Pajaritos a volar" (Norma Alonso imparte el Diplomado de Coaching Ejecutivo) y cantar canciones religiosas (Julio Vega, miembro del Programa en Innovación y Tecnología Educativa) porque sobre los cuatro Pilares de la Educación planteados por la UNESCO, sólo nos quedó la portada de un cuadernillo  para apuntes que nos dieron a la entrada del evento.  
Norma Alonso, entre otras cosas, nos aportó el verbo "coche" del cuál podría provenir el término coaching; nos contó como sacó adelante su taller con grandes empresarios porque su maestro le llamó por teléfono y le dijo que estando ella, el éxito era una garantía. También nos contó que su hijo no quiso jugar para la NFL porque donde él va, triunfa. Palabras poderosas: esencia del coaching.

Y si todavía no los impresiona su manejo del tema, a mí sí me impactó cuando dijo que le aconsejó a su hijo que no se atormentara por una pelea con su novia, total si no se iba a casar con ella, con que le diera un apachurrón (movimiento obsceno con los brazos), ¿Para qué se complicaba? Y cerró su participación con una frase de su autoría: "No eres responsable de la cara que tienes, pero sí de la jeta que pones". Y no se esponjen, porque no son groserías: son palabras de alto impacto.

Por su parte, el Dr. Julio Vega nos contó su paso por la vida: de vender refrescos junto al bracero de sopes de su madre, hasta el momento en que llegó  a Holanda a completar sus estudios, gracias al Tec de Monterrey. También nos contó que a partir de haber encontrado el " David" que había en la rocota que era su hijo, éste se  graduó (perdón, por ignorar qué le aporta su hijo titulado a la humanidad). Después se discutió con dos canciones que puso completitas (en video), previo aviso de hacer a un lado que fueran temas religiosos, lo importante es que tenían un bonito mensaje. "¡Vamos, canten!"
Lo más triste de  este show cómico-motivacional, es que  fue del agrado de muchos de los asistentes. Hubo quien aplaudió cada chiste; quien tomó notas de lo que se  iba diciendo; quien agradeció el hecho de que haya sido tan ameno y no puras cifras;  y quien  aplaudió de pie hasta el final.  Pan y circo para profesores de escuelas particulares por la módica cantidad de $230 pesos en  preventa.
El rector Pompa Padilla, mencionó que lo que le falta a nuestro país es actuar con ética para lograr verdaderos cambios sociales. Creo que aplica también al hecho de organizar responsablemente espacios donde se puedan preparar y actualizar los docentes que están en las aulas. Un Congreso con Conferencias  Magistrales, no una variante barnizada de intelectualidá de Los Comediantes de televisa sin risas grabadas.
 













8 de noviembre de 2012

Pokémon

Los mejores festejos, considero que se dan cuando éste nace de la buena voluntad de los implicados. En cambio, los cumpleaños en los lugares de trabajo siempre tienen algo de incómodo porque si optas por no participar con toda la honestidad porque el festejado no te simpatiza, todos te malmiran por cortado.

Y cuando participas por compromiso,  sabes qué estás de  más porque  se cuentan puros chistes locales entre los cuates y el festejado. Además de  la pena ajena de ver que hay gente que una vez que toma su pastel, elude pasar  a felicitar al cumpleañero o que más de uno no canta las mañanitas y se ve que está haciendo acto de presencia para no quemarse.

Y si el festejado eres tú, con mayor razón conoces quién es quien te pone las piedras en el camino y no le crees las "muchas felicidades" y el seudoabrazo donde sólo te medio palmotean los hombros. Doble pena ajena que les cobren en tu presencia lo de "la cooperación" para el pastel.

Todavía se puede ver algo más gachito  (¿o triste?) y es que un pastel sea el motivo para el protagonismo malsano de una persona. Tuve el infortunio de ver el berrinche de la organizadora de un cumpleaños doble porque uno de los festejados no llegó.

"¡Cómo! Tanto esfuerzo, el tiempo, la sorpresa, la gasolina y el desgaste de ir por el pastel en mi carro; y no fue cualquier pastel sino uno grande, para los dos... y todo para que no viniera".

Cabe aclarar que el ausente cumplió años un día antes del día del festejo, que fue el aniversario de la otra festejada que además era la jefa y donde el pastel  muy especial, grande y para los dos, tenía tulipanes amarillos de plástico en el decorado (no un adorno unisex).

Luego de las mañanitas, desplazó a la festejada y se puso cortar el pastel. E incluso le hizo la observación  a alguien, cuchillo en mano, de que "aunque no pagó, se le iba a convidar pastel pero con la invitación a integrarse a los festejos".

Lo que me indignó fue escuchar cómo vertía cizaña con la jefa sobre el supuesto contratiempo del ausente, descalificar el contratiempo, decir que aquello era una crónica de una inasistencia anunciada, que era la quinta defunción en el año de la abuela materna del susodicho, que no había ido porque no se le había dado la gana.

Todavía peor,  fue escuchar las justificaciones por la balconeada a "su amigo". Porque: "¡Cómo! Tanto esfuerzo, el tiempo, la sorpresa, la gasolina ..." Lo verdaderamente canalla del asunto, es que la dejó plantada  con el detalle del pastel uno de los festejados. Si el ausente quería quedarse en casa, en Garibaldi, en un prostíbulo, a ella le tenía sin cuidado, lo que le molestaba, es que "¡Cómo! Tanto esfuerzo, el tiempo, la sorpresa..."

 Pero lo que remató con el colmo de la falsedad, fue que nos pidiera que escucháramos lo que le escribió al ausente por el Facebook: "... haces que el resto de los que te rodeamos seamos mejores personas al  contar con tu amistad..." ¡Un pepto, por amor de Dios!

No me ciego y sé que todos buscamos algo de protagonismo en un sentido u  otro. Es parte de nuestra sombra. Pero hay personas que me generan la sensación de que el alma humana es algo imposible de entender. Me asusta un poco que no seamos capaces de ver cuando mutamos con actitudes de esta especie, porque no dudo que yo haya aparecido ante los ojos de otras personas como esta mujer apareció ahora ante los míos.

No está de más echarle un ojito a nuestra sombra para cerciorarnos de que no nos ha salido un rabo o las orejas se nos han puesto un poco puntiagudas.

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4 de noviembre de 2012

Ésa es la cuestión

Dicen los estudiosos que para ser indígena hay ciertos requisitos mínimos que hay que cubrir: Hablar un  idioma original, nacer dentro de un pueblo indígena y que ese grupo te reconozca como parte del mismo. Es decir, que hasta en el agua, hay niveles.
 
En mi etapa preescolar, mi apariencia fue motivo de simpatía porque apenas levantaba  unos cuantos centímetros del piso. Hasta las hermanas menores de mis compañeras de grupo -que eran  más altas que yo- me veían con ternura. En la primaria, durante los dos primeros años, recuerdo que las otras niñas del salón  hasta se peleaban porque me sentara con ellas en el recreo. 
 
Claro que, conforme pasaron los años y se iba perfilando quién era quién en el aula, mi simpatía natural se perdió (acaso con razón... pero no creo). Sea como sea, mis rasgos no fueron motivo de burla, quizá  porque entre mis compañeritas de la primaria, mayoriteaban las descendientes de mazahuas. Así que  por ahí no había mucho que criticar.
 
En la Secun, yo era más bien  de las equis, así que no había necesidad de que nadie se ensañara conmigo. Ya en el CCH, desde que entré me incliné por el teatro y la grilla, así que me llamaban  despectivamente "la política" y eso siempre me dió mucha risa (en ese entonces todavía no estaba de moda la expresión: "¿eso qué?" tan apropiada en este caso).
 
Ya en la lejana CU, formaba parte de los "cuatro fantásticos" que se creían los "non-plus-ultra", a decir de las compañeritas del grupo.  De nuevo pesaba más que fuera de los poco sociables, que mi apariencia indígena. Aunque ya para entonces,  había reciclado un par de blusas bordadas súper cómodas y muy ad hoc con la moda de la facultad, con las que me dejaba ver por esos tiempos.
 
Total que en lugar de ser motivo de burla o discriminación, mi pinta indígena me valió para dos cosas: una invitación para modelar semi desnuda para unas fotos en un folleto de tintorería mexicana  (en ese tiempo tomaba un taller en la Escuela de Artesanías del INBA) y otra invitación para audicionar en La Malinche de Rascón Banda.
 
La primera oferta la decliné porque ya tenía diferencias con el que era mi profesor y me "daba la oportunidad" de aparecer en su catálogo. Me parecía un tipo oportunista, egocéntrico, incoherente entre su hacer y su decir, además de rabo verde. Me presionó con el cuento de que le urgían las fotos y que era una muy buena oportunidad para mí, si es que quería ser actriz. (Permítanme vomitarme en su idea de lo que es ser una actriz).
 
La segunda invitación sí la acepté. Audicioné y me quedé. Mis rasgos indígenas sumados a  mi corta estatura me valieron mi primer trabajo profesional. Un minuto en escena por dos horas de montaje total en cada función (aquí suenan los grillos: cri-cri-cri). Sin embargo, esta chambita me permitió ver de cerca cómo se maneja el teatro profesional y lo distante que está de lo que uno se imagina en la escuelita.
 
Este recuento viene a colación porque a mi regreso de Santa Rosa después de los nueve días de la muerte de la abuela, me reincorporé a las clases optativas de México, nación multicultural y todo lo que me había ahorrado en dudas e interrogaciones  sobre mi identidad hasta ese momento, se me vino encima después de mi estancia y participación en los funerales de mi abuela.

¿Soy  oaxaqueña como dice mi acta de nacimiento o de "México", como nos  dicen allá ?, ¿Expiró mi membresía como santaroseña después de los nueve días de mi abuela?, ¿Por qué es tan fácil para los otros entenderme como "oaxaqueña"?, ¿Qué tan chilanga soy si mi paladar se crió con el sazón de mi madre y mi corazón vibra con el sonido de la banda de viento?, ¿Y qué hago  sin las letras, sin las aulas (incluidas las simbólicas), sin los tacos, los pambazos y las tortas de tamal?, ¿Por qué si camino allá, hombro con hombro con sus mujeres, me siento en mi ambiente del metro y medio?, ¿Por qué basta un par de frases en mixteco para sentirme de nuevo fuera del círculo?

Ser o no ser, como dijo Hamlet, no es tan sencillo.





 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


Una cita pospuesta

Alguna vez durante la carrera debo haber -por lo menos- hojeado alguna de sus obras, pero francamente no recuerdo ningún título en particular. Lo cierto es que llegó el día de encontrarme de frente en la biblioteca de la F.F. y L., a ese señor: Antonio González Caballero.

Sobra decir que lo que leí me movió muchas cosas, de ahí que esté escribiendo. Primero, su fotografía en la solapa del libro. Esperé la foto típica que ponen en todos los libros: con el mejor ángulo del escritor y en el mejor momento de su vida. Sin embargo, me encontré con  un rostro cargado de arrugas, nariz prominente, mirada fija y triste.  Me parecía increíble haberme reído tanto con el ingenio de un hombre con esos rasgos.

Luego, una mini biografía que no dice nada que se pueda certificar, salvo algo que  debió ser crucial en su historia de vida y que es también -quizá- lo más incierto para conocer su origen:  el haber nacido en una casa hogar. Y por último, la obra misma.

¡Qué maravilloso es el poder leer algo que te atrape desde el inicio! Y es que Los nudistas del buzón sentimental, es un texto que me arrancó sonoras carcajadas en plena línea tres del metro en hora pico. Sin censura ni sonrojo, carcajadas plenas. Conforme leía, regresaba a la solapa para encontrarme con sus ojos caídos: ése hombre decía esas cosas...
 
Los nudistas del buzón sentimental cumple con ese teatro que combina la vertiginosidad de los textos contemporáneos, pero con el lenguaje universal de las buenas farsas. Un simbolismo muy básico  por evidente, pero justo por esa sencillez es que te sacude la polilla de las buenas costumbres que te impiden hablar con la verdad; aceptarnos (y aceptar al otro) como somos y no como lo pide el ideal.

Y lo más difícil, aceptar toda la maraña de mentiras (grandes o chicas, blancas o muy negras) que tejemos alrededor de nuestra propia historia y del personaje que representamos ante la sociedad para encajar dentro de ella con los roles que nos han asignado y hemos aceptado jugar. No con la esencia que tenemos cuando ni Dios padre nos impide vernos tal cual somos.

Algo que reconocí al poco tiempo de mis andadas alcóholicas en mi década de los veinte, es que llegaba a un punto de lucidez y veracidad en la cual me metía al baño, me mojaba la cara, me veía al espejo (cuando había uno a la mano) y podía resolver casi cualquier conflicto existencial en el que anduviera atorada en un honesto monólogo privado.

Ahí podía decirme sin tapujos lo que pensaba y esperaba de mí o de los otros involucrados. Y así, entre caguama y caguama, entre canción y canción,  me levantaba a dialogar con la del espejo que tiraba netas a la menor provocación. Eso me gustaba. Era dura y certera esa chaparrita de los ojos rojos que me terapeaba. Y casi siempre tenía razón, aunque casi nunca le hiciera caso.

Lo mismo pasa con la historia de González Caballero, donde los personajes pueden despojarse de sus fantasmas, encararlos; verse reflejados en los ojos del otro luego de un pacto de hosnestidad. Y al final, esa desnudez del alma, les aligera el paso, les deja más claro el camino a seguir. Canjearon el matrimonio y el sexo ocasional por un momento de cómplice camaradería.  Un buen trato, después de todo.

Un texto crudo y desolador escrito a los 66 años de edad - justo el doble de los que hoy tengo yo-  Los nudistas del buzón sentimental  fue sin duda un encuentro muy afortunado.