Ayer conocí el mercado de "la cuarta", en Ciudad Neza y aunque yo no iba por nada específico porque sólo iba de acompañante, salí de ahí con una rebanada de sandía en una mano, un tepache en la otra y una gran sonrisa en el rostro.
El recuerdo de un tepache más remoto en el tiempo, pero también el más cercano por sus implicaciones, lo tengo en mi infancia, en mis días de la primaria cuando mi papá me llevaba a la escuela. Sobre la calle de Corregidora y alrededores, justo atrás de Palacio Nacional , era muy común ver a los señores con su barril anaranjado sobre una base que tenía llantas a los lados para facilitar su transportación vendiendo esta bebida en bolsas de plástico.
Cuando había oportunidad y -supongo ahora- dinero, mi padre me preguntaba si quería un tepache, pero como desde entonces su color me provocaba sospechosísmo, siempre decliné la invitación.
Aún así, por compromiso, llegué a darle un sorbo al que mi padre me ofrecía sólo para certificar que mi negativa tenía un fundamento en ese sabor concentrado que no me convencía.
Más tarde, una vez que iba rumbo a Tepelmeme a un tequio cultural , hicimos parada en Puebla para esperar a un grupo de danzantes. El calor estaba a todo lo que daba y bajamos del camión. En una esquina había un local donde vendían tepache y de nuevo, presionada por las circunstancias acepté tomarme uno.
Más de diez años después de aquél tepache de mi niñez, me siguió pareciendo muy fuerte el sabor y el gustito a fermento que lo acompaña, me desagradó. Afortunadamente una vez en el camión, no me fue difícil deshacerme de aquel tepachín.
Después, lo más cerca que estuve de ese sabor, fue en la universidad, cuando una amiga (de ese entonces), llevaba agua de fruta de su casa. Para las cuatro de la tarde aquello se volvía un tepachazo que (ni modo) por solidaridad había que compartir.
Hace algunos años, debí probar un tepache en la avenida cercana a mi casa. Creo que fue por iniciativa de mi hermana y quizá por esa nostalgia de la que hablé al inicio que nos compramos uno. Y volví a recordar por qué no lo acostumbro.
Pero el tepache de ayer llegó a mí por una invitación a la que no me pude negar. Mi compañera se compró uno de litro y yo pedí uno de cinco pesos, sospechando que no me iba a gustar. Pero ante la insistencia, tomé el de diez pesos.
Ella se veía tan segura cuando me garantizó que era muy rico que acepté. Lo probé y el sabor esta vez era muy dulce y estaba frío. Era como una inocente agua de piña azucarada. Así que seguí sorbiendo mientras mi memoria me decía que algo le faltaba o le sobraba a ese tepache que no era como lo recordaba.
En eso pensaba mientras le daba traguitos al tepache, cuando la señora de los postres indemnizó a mi compañera por la espera con una rebanada de sandía para cada una.
No cabía de alegría: me recordó aquellos domingos en que iba a desayunar barbacoa al mercado "Abelardo Rodríguez" , a un lado del Teatro del Pueblo, con mi hermano y mi cuñada. Flaca, como era en esos días, pero con una barriga redonda y satisfecha.
Salí del mercado con la sonrisa chimuela de mi infancia, pero con dos décadas más al lomo. Con las manos ocupadas por el tepache y la rebanada de sandía que me habían regalado. Y tan contenta salí a la calle, dando pasos saltarines, que pasé por alto la recomendación de mi padre; la básica: no comas cosas "frías" con cosas "calientes". Desde luego no se refiere a la temperatura de los alimentos, sino a su naturaleza intrínseca.
Y que me tomo la mitad del tepache y la mitad de la sandía: mortal para mi pobre estómago. Hay un momento en la vida de toda mujer... Empecé con retortijones y eso sólo fue el comienzo, una vez en casa, la diarrea y el vómito hicieron que me acostara desde las ocho de la noche para olvidarme del malestar.
Un tecito de manzanilla y cuatro tabletas de Pepto Bismol después, me permiten contarla. Y pienso que quizá la chica fresa de la canción, no era tan fresa; sólo tenía un estómago igual o más fregado que el mío. Por si las moscas, trataré de no caer en las trampas de mi memoria y la próxima vez, poder decir: ¿Tepache, yo? Para nada...
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