Alguna vez durante la carrera debo haber -por lo menos- hojeado alguna de sus obras, pero francamente no recuerdo ningún título en particular. Lo cierto es que llegó el día de encontrarme de frente en la biblioteca de la F.F. y L., a ese señor: Antonio González Caballero.
Sobra decir que lo que leí me movió muchas cosas, de ahí que esté escribiendo. Primero, su fotografía en la solapa del libro. Esperé la foto típica que ponen en todos los libros: con el mejor ángulo del escritor y en el mejor momento de su vida. Sin embargo, me encontré con un rostro cargado de arrugas, nariz prominente, mirada fija y triste. Me parecía increíble haberme reído tanto con el ingenio de un hombre con esos rasgos.
Luego, una mini biografía que no dice nada que se pueda certificar, salvo algo que debió ser crucial en su historia de vida y que es también -quizá- lo más incierto para conocer su origen: el haber nacido en una casa hogar. Y por último, la obra misma.
¡Qué maravilloso es el poder leer algo que te atrape desde el inicio! Y es que Los nudistas del buzón sentimental, es un texto que me arrancó sonoras carcajadas en plena línea tres del metro en hora pico. Sin censura ni sonrojo, carcajadas plenas. Conforme leía, regresaba a la solapa para encontrarme con sus ojos caídos: ése hombre decía esas cosas...
Los nudistas del buzón sentimental cumple con ese teatro que combina la vertiginosidad de los textos contemporáneos, pero con el lenguaje universal de las buenas farsas. Un simbolismo muy básico por evidente, pero justo por esa sencillez es que te sacude la polilla de las buenas costumbres que te impiden hablar con la verdad; aceptarnos (y aceptar al otro) como somos y no como lo pide el ideal.
Y lo más difícil, aceptar toda la maraña de mentiras (grandes o chicas, blancas o muy negras) que tejemos alrededor de nuestra propia historia y del personaje que representamos ante la sociedad para encajar dentro de ella con los roles que nos han asignado y hemos aceptado jugar. No con la esencia que tenemos cuando ni Dios padre nos impide vernos tal cual somos.
Algo que reconocí al poco tiempo de mis andadas alcóholicas en mi década de los veinte, es que llegaba a un punto de lucidez y veracidad en la cual me metía al baño, me mojaba la cara, me veía al espejo (cuando había uno a la mano) y podía resolver casi cualquier conflicto existencial en el que anduviera atorada en un honesto monólogo privado.
Ahí podía decirme sin tapujos lo que pensaba y esperaba de mí o de los otros involucrados. Y así, entre caguama y caguama, entre canción y canción, me levantaba a dialogar con la del espejo que tiraba netas a la menor provocación. Eso me gustaba. Era dura y certera esa chaparrita de los ojos rojos que me terapeaba. Y casi siempre tenía razón, aunque casi nunca le hiciera caso.
Lo mismo pasa con la historia de González Caballero, donde los personajes pueden despojarse de sus fantasmas, encararlos; verse reflejados en los ojos del otro luego de un pacto de hosnestidad. Y al final, esa desnudez del alma, les aligera el paso, les deja más claro el camino a seguir. Canjearon el matrimonio y el sexo ocasional por un momento de cómplice camaradería. Un buen trato, después de todo.
Un texto crudo y desolador escrito a los 66 años de edad - justo el doble de los que hoy tengo yo- Los nudistas del buzón sentimental fue sin duda un encuentro muy afortunado.
Lo mismo pasa con la historia de González Caballero, donde los personajes pueden despojarse de sus fantasmas, encararlos; verse reflejados en los ojos del otro luego de un pacto de hosnestidad. Y al final, esa desnudez del alma, les aligera el paso, les deja más claro el camino a seguir. Canjearon el matrimonio y el sexo ocasional por un momento de cómplice camaradería. Un buen trato, después de todo.
Un texto crudo y desolador escrito a los 66 años de edad - justo el doble de los que hoy tengo yo- Los nudistas del buzón sentimental fue sin duda un encuentro muy afortunado.

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