Dicen los estudiosos que para ser indígena hay ciertos requisitos mínimos que hay que cubrir: Hablar un idioma original, nacer dentro de un pueblo indígena y que ese grupo te reconozca como parte del mismo. Es decir, que hasta en el agua, hay niveles.
En mi etapa preescolar, mi apariencia fue motivo de simpatía porque apenas levantaba unos cuantos centímetros del piso. Hasta las hermanas menores de mis compañeras de grupo -que eran más altas que yo- me veían con ternura. En la primaria, durante los dos primeros años, recuerdo que las otras niñas del salón hasta se peleaban porque me sentara con ellas en el recreo.
Claro que, conforme pasaron los años y se iba perfilando quién era quién en el aula, mi simpatía natural se perdió (acaso con razón... pero no creo). Sea como sea, mis rasgos no fueron motivo de burla, quizá porque entre mis compañeritas de la primaria, mayoriteaban las descendientes de mazahuas. Así que por ahí no había mucho que criticar.
En la Secun, yo era más bien de las equis, así que no había necesidad de que nadie se ensañara conmigo. Ya en el CCH, desde que entré me incliné por el teatro y la grilla, así que me llamaban despectivamente "la política" y eso siempre me dió mucha risa (en ese entonces todavía no estaba de moda la expresión: "¿eso qué?" tan apropiada en este caso).
Ya en la lejana CU, formaba parte de los "cuatro fantásticos" que se creían los "non-plus-ultra", a decir de las compañeritas del grupo. De nuevo pesaba más que fuera de los poco sociables, que mi apariencia indígena. Aunque ya para entonces, había reciclado un par de blusas bordadas súper cómodas y muy ad hoc con la moda de la facultad, con las que me dejaba ver por esos tiempos.
Total que en lugar de ser motivo de burla o discriminación, mi pinta indígena me valió para dos cosas: una invitación para modelar semi desnuda para unas fotos en un folleto de tintorería mexicana (en ese tiempo tomaba un taller en la Escuela de Artesanías del INBA) y otra invitación para audicionar en La Malinche de Rascón Banda.
La primera oferta la decliné porque ya tenía diferencias con el que era mi profesor y me "daba la oportunidad" de aparecer en su catálogo. Me parecía un tipo oportunista, egocéntrico, incoherente entre su hacer y su decir, además de rabo verde. Me presionó con el cuento de que le urgían las fotos y que era una muy buena oportunidad para mí, si es que quería ser actriz. (Permítanme vomitarme en su idea de lo que es ser una actriz).
La segunda invitación sí la acepté. Audicioné y me quedé. Mis rasgos indígenas sumados a mi corta estatura me valieron mi primer trabajo profesional. Un minuto en escena por dos horas de montaje total en cada función (aquí suenan los grillos: cri-cri-cri). Sin embargo, esta chambita me permitió ver de cerca cómo se maneja el teatro profesional y lo distante que está de lo que uno se imagina en la escuelita.
Este recuento viene a colación porque a mi regreso de Santa Rosa después de los nueve días de la muerte de la abuela, me reincorporé a las clases optativas de México, nación multicultural y todo lo que me había ahorrado en dudas e interrogaciones sobre mi identidad hasta ese momento, se me vino encima después de mi estancia y participación en los funerales de mi abuela.
¿Soy oaxaqueña como dice mi acta de nacimiento o de "México", como nos dicen allá ?, ¿Expiró mi membresía como santaroseña después de los nueve días de mi abuela?, ¿Por qué es tan fácil para los otros entenderme como "oaxaqueña"?, ¿Qué tan chilanga soy si mi paladar se crió con el sazón de mi madre y mi corazón vibra con el sonido de la banda de viento?, ¿Y qué hago sin las letras, sin las aulas (incluidas las simbólicas), sin los tacos, los pambazos y las tortas de tamal?, ¿Por qué si camino allá, hombro con hombro con sus mujeres, me siento en mi ambiente del metro y medio?, ¿Por qué basta un par de frases en mixteco para sentirme de nuevo fuera del círculo?
Ser o no ser, como dijo Hamlet, no es tan sencillo.

¿Soy oaxaqueña como dice mi acta de nacimiento o de "México", como nos dicen allá ?, ¿Expiró mi membresía como santaroseña después de los nueve días de mi abuela?, ¿Por qué es tan fácil para los otros entenderme como "oaxaqueña"?, ¿Qué tan chilanga soy si mi paladar se crió con el sazón de mi madre y mi corazón vibra con el sonido de la banda de viento?, ¿Y qué hago sin las letras, sin las aulas (incluidas las simbólicas), sin los tacos, los pambazos y las tortas de tamal?, ¿Por qué si camino allá, hombro con hombro con sus mujeres, me siento en mi ambiente del metro y medio?, ¿Por qué basta un par de frases en mixteco para sentirme de nuevo fuera del círculo?
Ser o no ser, como dijo Hamlet, no es tan sencillo.
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