27 de julio de 2015

La cura del corazón: HGG

Epílogo

Después de un par de semanas -ya en casa- empecé a ver documentales sobre diversos temas. Brincaba de un tema a otro hasta que fui a parar a un canal que tenía programas de televisión que abordaban varios problemas desde una perspectiva de género.

En uno de estos programas, hablaban de la importancia del profesionalismo y la ética de las instituciones de salud en España. Se decía que si el dar a luz podía ser una experiencia maravillosa, también podía convertirse en un evento traumático para la madre, si enfermeras y/o médicos la intimidaban o le daban un trato denigrante. De ahí la importancia de la vocación y del trato de mutuo  respeto entre pacientes y personal de un hospital. 

Mi estancia en el Hospital Gustavo Guerrero, el "hospitalito" como le conocen en la zona, no sólo me cobijó con profesionalismo, sino también con calidez. Constantemente había enfermeras revisando signos vitales; todo el personal médico se presentaban por su nombre y me llamaban por el mío; bromeaban entre ellos y conmigo mientras me explicaban lo que hacían con los aparatos o los medicamentos, lo que siempre sirvió para aligerar el ambiente. 

Guardo una grata sensación, en general, de mi estancia en este hospital. Desde luego, al tratarse de una institución fundada por una orden religiosa, sí hay un sesgo en esta línea de parte de algunos miembros del personal, así como de la información que se expone en sus espacios informativos.

En una ocasión, mientras esperaba mi turno para la consulta, vi La historia de Juanito en el periódico mural: una historia gráfica (por momentos, demasiado gráfica) en contra del aborto. Me pareció una cosa muy agresiva tanto por el contenido, como por lo explícito de algunas imágenes. 

Salvo por este tipo de  detalles de orden ideológico, en realidad, puedo decir que conforme fui superando mi miedo y las dudas, quedé  muy agradecida con el trato recibido por el personal del hospital. Médicos, enfermeras, enfermeros, anestesista, personal de limpieza y administrativos, mostraron muy buena disposición, profesionalismo y calidez humana, al llevar a cabo sus tareas.

Esto le da un giro a lo que se dice del servicio de salud pública y en este caso específico, al de beneficiencia. Los costos son accesibles y se ven bien empleados en pro del servicio que se le da al paciente. Años atrás, las habitaciones eran comunitarias. Ahora cada paciente cuenta con un cuarto con baño propio y una literita para el familiar de guardia; los alimentos tienen buen sabor (dentro de las restricciones propias de la dieta); tienen sus propios laboratorios y hay más especialidades en servicio y por lo que respecta al servicio de hospitalización, puedo decir que la mayoría del personal trabajan con un gran sentido humanitario. Coincido con quienes dicen que si el corazón se siente bien, la recuperación del cuerpo es más llevadera. 

Y yo encontré en el Hospitalito, un lugar que apapachó mi corazón temeroso. Temeroso de los procedimientos desconocidos; de las viejas y conocidas creencias; de los prejuicios. Ha pasado más de un año desde mi operación y he tenido tiempo y ánimo para pensar en todo lo que implicó entonces y ahora ese suceso. Es importante estar atento a lo que el cuerpo y el alma dicen. 

Creo que pocas cosas quedan por decir respecto a este ciclo de recuperación física y anímica; es momento de cerrarlo. Así lo indica el último proyecto que he dado a luz. Crear requiere energía y he reunido la suficiente para mantener encendido el piloto automático para seguir adelante. Lo que viene, es parte de otro ciclo y habrá que abordarlo desde otro contexto. Me toca poner la cara ante el porvenir con todo lo que soy.

8 de julio de 2015

La herencia del abuelo sacatón

Cuando a mi abuelo le dijeron que lo tenían que operar de la próstata, dijo que iba al pueblo a ver a sus animales  y una vez que dejara todo en orden, regresaría a la ciudad. Pero no regresó. Mi hermano, que siempre fue muy cercano a él, sustituyó el formal PapaTaquio por el sobrenombre de Abuelito sacatón.

Pues bien, he dicho antes que soy una miedosa consumada. Y específicamente, el miedo al dolor físico es una de las cosas que más pueden paralizarme. El día que me presenté en el hospital para que me quitaran las puntadas, pasé un verdadero momento de terror. Mientras tocaba la ventanilla para entregar mi ficha, el corazón me latía a mil por hora; me sudaban las manos, salivaba y por dentro yo quería que algo pasara para que no me pudieran atender.

La mujer que abrió la ventanilla era, sin mentir, el vivo retrato de Pam Ferris en Matilda. Una mujerona imponente vestida de blanco. Recogió mi ticket y me dijo que esperara. Yo rogaba que no fuera ella quien me quitara las puntadas y cuando casi pensé que la había librado, la enfermera en jefe le dio la instrucción de que procediera sobre mi humanidad.

Cuando la enfermera vio mi herida, consultó con su jefa y, efectivamente: la cicatriz aún estaba fresca y no se debían retirar los puntos. Salvada por la campana. Para la siguiente semana me volví a presentar y esta vez fue la jefa de curaciones quien me retiró los puntos en un dos por tres y sin dolor, apenas un tirón.

Si bien el miedo -en ocasiones- te hace más prudente, también es cierto que puede jugar en contra. Sobre todo cuando no es un miedo real sino sólo una anticipación de algo que puede -como en este caso- no ocurrir. La mente es poderosa. En todo caso, echémosle la culpa al abuelo y a sus genes del miedo.