En una emisión del programa Escucha tu Cuerpo, de Radio Educación, la especialista decía que algo que ha perdido el ser humano, es ese acto reflejo que conserva el resto de animales después de un fuerte estado de estrés: temblar. Así, un venado después de sobrevivir al ataque de su depredador, deja que su cuerpo se sacuda hasta que la química de su cuerpo se estabiliza.
Eso mismo sentí después de despejar un diagnóstico de cáncer. Me llamaron por separado en un pasillo anexo a la sala de espera y yo estaba tranquila, pero alerta. Dos médicas muy jóvenes me dieron el resultado de la reciente operación. Una parte de mí capturaba la información que me daban y la otra, los pormenores; como si tuviera yo una cámara integrada. Registré nervios, cansancio o cierta inexperiencia al hablar conmigo. Pienso que la parte de la comunicación empática con el paciente y sus familiares, es algo que no debe ser fácil en los primeros años de cualquier médico.
-Es usted ...?
- No, yo soy...
- (Sonrisa) Sí, claro: ella es la paciente y ud. su familiar...
Me dirigí a la terraza dando tiempo a mi cerebro para que asimilara la buena nueva, cuando tuve una sacudida en el pecho y mi voz se quebró. Daba las gracias en voz alta cuando me percaté de que había más gente alrededor, me cohibí y bajé el volumen. Pero sollozaba. Lo hice consciente y lo frené: no podía alarmar a mi familia con mi llanto. Empecé a mandar mensajes a diestra y siniestra. Hablé por teléfono y luego me dispuse a hablar en persona con mis padres. Hasta entonces me di cuenta de que mi tranquilidad de adulta ocultó todo ese tiempo mi tensión de hermana menor hasta que, sin pedir permiso, se soltó mi venado interior. Y temblé. Una de mis yo, se daba cuenta del peso que se me quitó de encima. De nuevo la adulta tomó el control y caminé con mi mejor sonrisa por los pasillos. Me sentía contenta y ligera otra vez. Y de nuevo me cohibí. ¡Qué difícil mostrar lo que sientes en un lugar así! Sin saber lo que tu risa o tu llanto puede provocar en los otros.
Estar en el Instituto de Cancerología es como estar en un pueblo: la gente te saluda cuando entra a los elevadores o en los pasillos, si te reconocen; te hacen plática si te ven desocupado, te desean buena suerte o te orientan antes de que les preguntes. La solidaridad se ha arraigado sobre todo en la gente que lleva más tiempo en sus instalaciones. Entre consultas y trámites se puede recorrer todo el hospital varias veces en un mismo día, lo que propicia la identificación de unos pacientes y otros. Me llama la atención el gran parecido que existe entre los pacientes y sus familiares; hay gente de todas las edades y condiciones; personas muy enteras y otras muy abatidas física y/o anímicamente.
Pero en los pasillos o las salas de espera también te puedes encontrar a la gente del voluntariado dando alimento para el alma o para el cuerpo. Y la gente se ve reconfortada. Un chascarrillo, un dulce, una canción, una bendición, es bien recibida. Y también se ven cosas que te arañan el corazón. O cosas inusuales. En una de las salas de espera, un día vi pasar un preso, escoltado al baño por tres policías con una minimetralleta y pistolas, iba encadenado de las esposas hasta los grilletes en sus pies. Y el día del padre, mariachis para festejar a todos los varones del hospital.
En los años que estuve en el Coro de Filosofía y letras, era de rigor ir a en diciembre al INER a cantar a los pasillos y en algunas áreas, a las habitaciones del hospital. Desde ese lado, uno se siente contento por la sorpresa o incluso, la alegría que provocan nuestras presencias; de este lado, mi corazón se encogió de imaginar que había alguien más que sin conocernos, pensó en los que ahí estábamos en ese momento. Me conmovió el regalo de una persona desconocida.
El director del coro proviene de una familia de médicos y él mismo lo es. Quizá por eso le era natural el moverse en ese medio y generosamente, nos convidaba de él. Y de verdad impacta ver a gente de tu edad o más joven en medio de tubos y aparatos cuando tú estás en una actividad con fines recreativos. Te pone los pies sobre la tierra de nuevo. La primera vez que me tocó entrar a una de las salas aisladas, se me quebró la voz y en automático se encendió mi voz interior para explicarle a la otra yo que lloraba, que la tarea consistía en compartir eso que en otro contexto es festivo y acercarlo hasta los pacientes; que no les aportas nada con tu dolor, pero sí con tu energía. Y a cantar de nuevo, con más ganas...
Aunque alcancé a lazar a mi venado interior, por un momento pude constatar el bienestar de mi persona cuando pude liberar la tensión contenida. Ojalá los años y las vivencias me enseñen a discernir cuándo darle espacio y libertad a ese sentimentalismo mío. Ahora puedo ver que en ese momento se trataba de un acto de consideración para conmigo misma darme ese tiempo de libre desahogo para reconfortarme mejor. Habrá que aprender a reconocer y abrigar el temblor del venado.
El director del coro proviene de una familia de médicos y él mismo lo es. Quizá por eso le era natural el moverse en ese medio y generosamente, nos convidaba de él. Y de verdad impacta ver a gente de tu edad o más joven en medio de tubos y aparatos cuando tú estás en una actividad con fines recreativos. Te pone los pies sobre la tierra de nuevo. La primera vez que me tocó entrar a una de las salas aisladas, se me quebró la voz y en automático se encendió mi voz interior para explicarle a la otra yo que lloraba, que la tarea consistía en compartir eso que en otro contexto es festivo y acercarlo hasta los pacientes; que no les aportas nada con tu dolor, pero sí con tu energía. Y a cantar de nuevo, con más ganas...
Aunque alcancé a lazar a mi venado interior, por un momento pude constatar el bienestar de mi persona cuando pude liberar la tensión contenida. Ojalá los años y las vivencias me enseñen a discernir cuándo darle espacio y libertad a ese sentimentalismo mío. Ahora puedo ver que en ese momento se trataba de un acto de consideración para conmigo misma darme ese tiempo de libre desahogo para reconfortarme mejor. Habrá que aprender a reconocer y abrigar el temblor del venado.