- (...) No entendí...
- Lo mejor es que terminemos.
- Mmmh... Sí, es lo mejor...
Y colgó la bocina de un teléfono público, al otro lado de la ciudad. ¡Pinches novios! ¡Pinches ex novios!
Ese mismo día, todavía con la incredulidad de haber terminado de esa forma una relación de poco más de un año, me dirigí a la calle de Dolores. Convocada por el letrero de "Se busca empleada de mostrador" de una librería que hoy en día ya no existe, pero que en esos ayeres tenía la osadía de poner a sus empleados a "jalar clientes" enfrente de El sótano, fui a mi entrevista de trabajo. Y me lo dieron. ¡Pinche trabajo!
Parecía un mal chiste del destino que mi nuevo empleo se ubicara precisamente entre las calles de Dolores y de López. Mi primer apellido. Ni cómo negar la cruz de mi parroquia. ¡Pinches cruces!
"México, con cierta timidez, le llama a la calle de Dolores su barrio chino (...). Más que un barrio chino, da el aspecto de una calle vieja donde han anclado algunos chinos, huérfanos de dragones imperiales, de recetas milenarias y de misterios."
Me tomó por sorpresa no sólo el ritmo, sino el estilo y el carácter del personaje principal de la que es considerada una de las piezas clave en la novela negra mexicana: El complot mongol. La historia transcurre entre ires y venires por el barrio chino y el centro histórico de los años setenta, para detener una intriga contra la paz mundial. Dicho así, la trama podría parecer inverosímil, lo cierto es que Rafael Bernal, atrapa por la forma llena de humor negro que tiene para hablar de este México priísta de ayer y de hoy.
Hay muchas cosas por las cuales esta novela me gustó. Pero sin duda, Filiberto García es un personaje que se queda colgado en la orilla más flaca del corazón. Su "pinche" esto y lo otro, es el leitmotiv con que remata sus reflexiones. Entre tropezones y descalabradas durante la investigación del complot, deja caer ese pinche con la aspereza del kilometraje recorrido desde la primera juventud en su natal Michoacán, hasta sus actuales días como matón disfrazado de investigador por los democráticos tiempos que ha dejado la Revolución Mexicana y su exquisita clase política.
"La cara oscura era inexpresiva, la boca casi siempre inmóvil, hasta cuando hablaba. Sólo había vida en sus grandes ojos verdes, almendrados. Cuando niño, en Yurécuaro, le decían el Gato, y una mujer en Tampico le decía mi Tigre Manso. ¡Pinche Tigre Manso! (...)"
Tan manso el Gato-Tigre, que toda su dureza y machismo se transforma en torpeza y candidez frente a la sumisa Martita:
"Le sonrió. Si me vuelve a sonreír, el señor don Rosendo del Valle y el Coronel se van al carajo. ¡Pinche maricón que soy! ¿Desde cuándo tan modoso para saltarle a una changuita?"
Y mientras en una línea narrativa se desarrolla toda la trama sobre la conspiración en el barrio chino, en otra vemos fragmentos de la vida de Filiberto García, su iniciación como pistolero, sus primeros muertos, sus demonios interiores y la nueva ilusión que le despierta una mujer asiática:
"¿Y si le cuento todo a Martita? (...). Más que contarle cosas, ya debería estar acostado con ella. ¡Pinche Martita! Capaz y se está riendo. Pero a lo mejor sale más suave así, con calma."
El final no puede ser más gris: el Tigre-Gato ha perdido la mansedumbre y una vez saldadas las cuentas, compra con coñac un plañidero alcohólico para un velorio. ¡Pinche velorio! ¡Pinche Soledad! Uno termina con muchos sentimientos arremolinados: entre la rabia provocada por la politiquería mexicana; la compasión ante un amor frustrado... Somos testigos de ese crujido proveniente del alma de un hombre que no va a retoñar. Y eso explica por qué van en la novena reimpresión de El complot mongol.
Mi estancia en la que fue la librería "El Caballito", estuvo lejos del paraíso de libros que yo imaginé. Aún así, como parte de las prestaciones no contempladas en el contrato, pude conocer mucha gente y algunas de sus historias. Encontré compañeras que fueron mis amigas porque nutrieron mi raspado corazón; la imagen de un sol anaranjado iluminando el monumento a la Revolución, una tarde de domingo despoblado; intercambio de poemas por cuentos en una café literario sin café, a la entrada del metro Bellas Artes; un concierto del Panteón Rococó, en el Zócalo después de la jornada laboral; unos hot cakes fríos en la Alameda Central, doblemente valiosos por compartirlos en una amena charla salpicada de filosofía y psicología con Magnolia (sus temas favoritos, aunque en realidad era estudiante de pedagogía). Le perdí la pista, pero no el cariño. Con eso me quedo. De la calle de Dolores para mí.
Seis meses después, cuando vi y aprendí lo que había que ver y aprender de mi estancia en El Caballito, salí de las calles de Dolores y López. La vida me tenía un viaje a Cuba. Un día, - de los últimos que estuve ahí-, él regresó. Fue a buscarme a la salida del trabajo. Y tiempo después, regresamos. Pero ésa, es otra historia. ¡Pinches novios! ¡Pinches ex novios!
Bernal, Rafael. El complot mongol. Ed. Joaquín Mortiz. Novena reimpresión, 2017. México. pp.221.