29 de noviembre de 2017

El complot mongol o cada quien su calle de Dolores



-  (...) No entendí...
- Lo mejor es que terminemos.
- Mmmh... Sí,  es lo mejor...

Y colgó la bocina de un teléfono público, al otro lado de la ciudad. ¡Pinches novios! ¡Pinches ex novios!

Ese mismo día, todavía con la incredulidad de haber terminado de esa forma una relación de poco más de un año, me dirigí a la calle de Dolores. Convocada por el letrero de "Se busca empleada de mostrador" de una librería que hoy en día ya no existe, pero que en esos ayeres tenía la osadía de poner a sus empleados a "jalar clientes" enfrente de El sótano, fui a mi entrevista de trabajo. Y me lo dieron. ¡Pinche trabajo!

Parecía un mal chiste del destino que mi nuevo empleo se ubicara precisamente entre las calles de Dolores y de López. Mi primer apellido.  Ni cómo negar la cruz de mi parroquia. ¡Pinches cruces! 

"México, con cierta timidez, le llama a la calle de Dolores su barrio chino (...). Más que un barrio chino, da el aspecto de una calle vieja donde han anclado algunos chinos, huérfanos de dragones imperiales, de recetas milenarias y de misterios."

Me tomó por sorpresa no sólo el ritmo, sino el estilo y el carácter del  personaje principal de la que es considerada una de las piezas clave en la novela negra mexicana: El complot mongol. La historia transcurre entre ires y venires por el barrio chino y el centro histórico de los años setenta, para detener una intriga contra la paz mundial. Dicho así, la trama podría parecer inverosímil, lo cierto es que Rafael Bernal, atrapa por la forma llena de humor negro que tiene para hablar de este México priísta de ayer y de hoy.   

Hay muchas cosas por las cuales esta novela me gustó. Pero sin duda, Filiberto García es un personaje que se queda colgado en la orilla más flaca del corazón. Su "pinche" esto y lo otro, es el  leitmotiv con que remata sus reflexiones. Entre tropezones  y descalabradas  durante la investigación del complot, deja caer ese pinche con la aspereza del kilometraje recorrido desde la primera juventud en su natal Michoacán, hasta sus actuales días como matón disfrazado de investigador por los democráticos tiempos que ha dejado la Revolución Mexicana y su exquisita clase política.

"La cara oscura era inexpresiva, la boca casi siempre inmóvil, hasta cuando hablaba. Sólo había vida en sus grandes ojos verdes, almendrados. Cuando niño, en Yurécuaro, le decían el Gato, y una mujer en Tampico le decía mi Tigre Manso. ¡Pinche Tigre Manso! (...)"

Tan manso el Gato-Tigre, que toda su dureza y machismo se transforma en torpeza y candidez frente a la sumisa Martita: 

"Le sonrió. Si me vuelve a sonreír, el señor don Rosendo del Valle y el Coronel se van al carajo. ¡Pinche maricón que soy! ¿Desde cuándo tan modoso para saltarle a una changuita?"
Y mientras en una línea  narrativa se desarrolla toda la trama sobre la conspiración en el barrio chino, en otra vemos fragmentos de la vida de Filiberto García, su iniciación como pistolero, sus primeros muertos, sus demonios interiores y la nueva ilusión que le despierta una mujer asiática:     

"¿Y si le cuento todo a Martita? (...). Más que contarle cosas, ya debería estar acostado con ella. ¡Pinche Martita! Capaz y se está riendo. Pero a lo mejor sale más suave así, con calma."

El final no puede ser más gris: el Tigre-Gato ha perdido la mansedumbre y una vez saldadas las cuentas, compra con coñac un plañidero alcohólico para un velorio. ¡Pinche velorio! ¡Pinche Soledad! Uno termina con muchos sentimientos arremolinados: entre la rabia provocada por la politiquería mexicana; la compasión ante un amor frustrado... Somos testigos de ese crujido proveniente del alma  de un hombre que no va a retoñar. Y eso explica por qué van en la novena reimpresión de El complot mongol.    

Mi estancia en la que fue la librería "El Caballito", estuvo lejos del paraíso de libros que yo imaginé. Aún así, como parte de las prestaciones no contempladas en el contrato, pude conocer mucha gente y algunas de sus historias. Encontré compañeras que fueron mis amigas porque nutrieron mi raspado corazón; la imagen de un sol anaranjado iluminando el monumento a la Revolución, una tarde de domingo despoblado; intercambio de poemas por cuentos en una café literario sin café, a la entrada del metro Bellas Artes; un concierto del Panteón Rococó, en el Zócalo después de la jornada laboral;  unos hot cakes fríos en la Alameda Central, doblemente valiosos por compartirlos en una amena charla salpicada de filosofía y psicología con Magnolia (sus temas favoritos, aunque en realidad era estudiante de pedagogía). Le  perdí la pista, pero no el cariño. Con eso me quedo. De la calle de Dolores para mí.

Seis meses después, cuando vi y aprendí lo que había que ver y aprender de mi estancia en El Caballito, salí de las  calles de Dolores y López. La vida me tenía un viaje a Cuba. Un día, - de los últimos que estuve ahí-,  él regresó. Fue a buscarme a la salida del trabajo. Y tiempo después, regresamos. Pero ésa, es otra historia.  ¡Pinches novios! ¡Pinches ex novios!



Bernal, Rafael. El complot mongol. Ed. Joaquín Mortiz. Novena reimpresión, 2017. México. pp.221.
   











  


30 de agosto de 2017

Machaca western o las lluvias de agosto

Hoy en la noche empieza oficialmente la fiesta patronal de Santa Rosa de Lima. Pude haber ido. Pero a pesar de la añoranza de oír la música de viento, ver las danzas y mojarme con la lluvia fría y el olor a tierra mojada en los pulmones, tuve miedo de volver a sentirme extraña.

La última vez que estuve en la fiesta grande, fue en 2009, luego de un periodo más o menos corto de no asistir. Y en aquella ocasión, todo fue diferente a lo que recordaba:  no había primos, la lluvia corría por toda la calle principal hasta encharcarse frente a la iglesia (el pavimento no filtra el agua y no hay coladeras), había pocos músicos en la banda municipal, y no conocía a los paisanos que venían de Estados Unidos (hijos de mis contemporáneos).  El paso del tiempo me cayó de golpe.  

El guacho, machaca western  trata de ese regreso a un lugar que tampoco es lo que solía ser. Con una estética de cómic, Luis Mario Moncada se sirve del ambiente del viejo oeste para hablar del viaje que hace el Forastero, un  gánster citadino que regresa con una misión a sueldo y,  -quizá-,  a cumplir una promesa a un viejo amigo, pero es sorprendido por el amor y por la novedad que envuelve el poblado de Cactus.


En el pueblo (y en otros estados del sur del país), guacho es el soldado raso. En América latina, significa huérfano o hijo natural, incluso se dice de la persona que tiene malas intenciones.  Luis Mario Moncada lo utiliza como se usa en Sonora, como sinónimo de "chilango". En  cualquiera de estas acepciones, se trata de un extraño, de alguien ajeno a la comunidad en cuestión, y en definitiva, es una forma despectiva de llamar al otro.



El viejo oeste es el escenario donde cabe la nostalgia,  la pasión y la traición. La estética del cómic acepta la interacción de los personajes con una estatua que simboliza el orden. El guacho, machaca western, es una obra que nos abre la puerta a ese lugar  (físico o simbólico) del que hemos sido expulsados y nos ha convertido en extraños.

No habrá más fiestas patronales como las que viví en mi niñez y mi adolescencia. No habrá más lluvia con olor a tierra mojada ni  barro rojo que detenga mis huaraches a cada paso. Algunos de las y los primos ahora son abuelos. Santa Rosa de Lima dejó de ser un punto de reunión en el periodo vacacional de verano. La festividad unía a los niños de la ciudad y los del pueblo.  Ellos eran el pase, la acreditación para ser parte de la colectividad. Ser menos "guachos" en la tierra de los padres. California y  Oregon les han dado su propia barnizada de "guachos".



El guacho, machaca western. Moncada, Luis Mario. Ed. Instituto Sonorense de Cultura. 2010.




      









26 de julio de 2017

Dramaturgia Terminal

"Es hora de poner punto final a treinta años de labores dramatúrgicas", es la frase con la que cierra el autor, la nota introductoria a este tomo editado dentro de la colección Arco Iris. La Editorial Colibrí  recoge cuatro obras cortas de Vicente Leñero. La selección abarca obras escritas  en el año de 1984, 1989, 1995, 1996 -1997. 

Una característica en común en estas obras, es un diálogo ligero conseguido con oficio de dramaturgo experimentado: con personajes históricos o de un entorno contemporáneo y cotidiano, éstos se deslizan del pensamiento a la palabra y de ésta a la acción. O la inacción.

HACE YA TANTO TIEMPO (1984)

Es la historia de dos personas adultas mayores que en otro momento de su vida (37 años atrás), se separaron por esas cosas "raras" o "tontas" de la vida (según la canción de su preferencia), y se dan cita para armar un rompecabezas de recuerdos al que ya le faltan piezas. Sin embargo, es un momento propicio para celebrar la vida.

Esta pieza, es una delicia: la coquetería de una mujer mayor, la expectativa de cada uno respecto al encuentro,  la tensión que se genera al retomar la causa de su separación; el ego y la soberbia de los -en otro tiempo- jóvenes enamorados y de nuevo la calma. Sin duda, un texto con delicados matices para los intérpretes de esta obra.

AVARICIA (1989)

Casi un chiste escénico, un juego fársico de apenas una escena a propósito del humor (hasta el último soplo de vida) de Álvaro Obregón,  a partir de un capítulo del libro El militarismo mexicano de Vicente Blasco Ibáñez. 

TODOS SOMOS MARCOS (1995)

Otra historia de separación de una pareja donde un suceso histórico, es el detonante para que  los personajes fijen posturas políticas y de paso, decisiones de vida. El conflicto de pareja sirve como pretexto para contraponer distintos puntos de vista que el surgimiento del EZLN y la figura del subcomandante Marcos provocaron en la sociedad y que fueron motivo de debate en su momento. 

DON JUAN EN CHAPULTEPEC (1996-1997)

¿Qué pasaría si...? Parece ser el ejercicio recreativo de Vicente Leñero al plantear un romance entre José Zorrilla y Carlota, así como  la traición como otra forma de muerte para Maximiliano. Basado en hechos históricos, Leñero se da una licencia literaria para su juego escénico, aderezado con versos de la versión original del Don Juan Tenorio de Zorrilla.








Dramaturgia Terminal. Cuatro Obras. Leñero, Vicente. Col. Arco Iris. Editorial Colibrí. 









10 de marzo de 2017

LA NOVIA DEL PAPILOMA

Peralvillo es una vieja colonia de la Delegación Cuauhtémoc que conforma, junto con la colonia Guerrero y la Morelos, parte del cinturón de inseguridad que rodea al Centro Histórico de la Ciudad de México. Con cierta regularidad se escucha al señor que recorre las calles con su megáfono anunciando la nota roja que tuvo como escenario alguna calle con el nombre de un maestro de la música clásica: Beethoven, Mozart, Berlioz, Caruso, Wagner, Schubert, etc. 
 
Con el inicio del año, en la colonia se ha instalado una tensión permanente por el incremento de delitos de diversa índole. Aunque no tengo datos estadísticos que sustenten lo dicho, comparto la misma apreciación,  con los vecinos que también la perciben.
     
Chopin es una calle predominantemente de uso habitacional, con viejas vecindades, unidades habitacionales de interés social, pequeños comercios y tránsito vehicular local y en general no se padece de contaminación auditiva. 
             
En la madrugada del domingo, cerca de las cinco de la mañana, los vecinos de la calle Chopin despertamos con los gritos destemplados de la novia de El Papiloma.

De la nada, de repente se escuchó: ¡¡¡Pinche jodido, dijiste que te ibas a comprar un colchón, guey !!! ¡¡¡Pinche Papiloma!!! ¡¡¡Todavía es buena hora para ir a coger con el Miki, me lo voy a coger sin condón, bien rico, pinche Papiloma!!! (...) ¡¡¡Papiloma!!! ¡¡Papiloma!! ¡Papiloma! ¡Dame mi chamarra, guey! ¡Solo quiero mi chamarrra!...

Como Papiloma no daba señales de interlocución, la novia volvió a la carga: ¡¡¡Marcos Papiloma!!! ¡¡¡Dame mi chamarra, pinche Papiloma!!!...

No sé si fue Papiloma o algún vecino enojado por la interrupción de su sagrado descanso o alguna buena conciencia ofendida por el monólogo y el alias de Marcos, pero en lugar de la voz del Papiloma, lo que se escuchó a continuación fue la torreta de una patrulla que cruzó la calle y se retiró, en una clara acción de rondín.

Desconozco cómo hizo la novia de Papiloma para hacerse invisible a los patrulleros, pero la presencia policiaca terminó por enfurecerla y una vez que los oficiales se retiraron, cantó la despedida: ¡¡¡Pinche Papiloma, puto decrépito que no puedes ni coger!!! ¡Ya me lo había dicho Miriam! ¡¡¡ Chinga a la puta que te parió!!! ¡¡¡Pinche Papiloma, ya valiste verga, sé cómo vives, guey!!! ¡¡¡Te vas a pudrir en la cárcel, pinche Papiloma!!!

A la distancia se volvió a escuchar la sirena de la patrulla que nuevamente cruzó la calle y se retiró. No se escuchó que el auto se detuviera, ni se escuchó forcejeo alguno, por lo que supongo que no levantaron a la novia del Papiloma. El silencio se volvió a adueñar de la madrugada en la calle Chopin.

Ya no me volví a dormir y me quedé pensando en la sabiduría de los Tigres del Norte, con la reflexión que hacen en la canción Camelia la texana: "…una hembra si quiere a un hombre, por él puede dar la vida; pero hay que tener cuidado, si esa hembra se encuentra herida…".  Ahora la texana Camelia y los siete plomazos que le descargó a Emilio Varela me parece una historia menor frente a la furia de la novia de El Papiloma. Esta anécdota califica para trascender como leyenda urbana.