31 de enero de 2015

Ay, mis hijos...

De pronto me vi en medio de una controversia como aquella, en Valladolid...

III

Cuando desperté,  aún estaba aletargada por la anestesia. Una mujer, celular en mano, entró a la habitación y me dijo algo que no entendí; me extendió una hoja de papel y dijo que la firmara. Pregunté qué era y sólo entonces volteó a mirarme para decir: "Soy el médico de guardia y es una carta donde le quitas la responsabilidad al hospital por la operación que te van a hacer...". Después regresó la vista a su celular mientras esperaba mi firma. La volví a leer y no entendí nada. Le pedí a mi hermana que la leyera y me corroboró la información. Firmé y me volví a dormir pensando en que ya había firmado un par de hojas similares.

Estuve todo el 1° de abril en el hospital luego de la fallida operación. Como la biopsia me la hicieron en el quirófano y con anestesia, tuve que quedarme esa noche en el hospital. A la mañana siguiente, salí para regresar tres días después a pasar por el mismo procedimiento de ayuno, registro y preparativos de rigor.

Mi madre estuvo tranquila en las dos ocasiones hasta el momento justo de entrar a quirófano. Se le humedecieron los ojos y se le quebró la voz al echarme la bendición. Qué bueno había sido para mí estar en su compañía. Tanto el día del ensayo (chiste local), como el día de la operación. Su fortaleza me hacía fuerte. Permaneció impasible aun cuando sin ningún tacto o pudor la enfermera me hizo preguntas personales delante de ella. Cuando lo pienso con calma, ahora la conservadora soy yo. Sin embargo, apelo a mi derecho al resguardo de mi intimidad.

El punto es que durante mi estancia en el hospital, entraron a verme varios médicos, enfermeras y hasta una monja. Los primeros, convocados por la particularidad de mi caso: "Ah, el mioma gigante", decían cuando leían el expediente; las segundas, porque eran muy profesionales y constantemente pasaban a revisar que todo estuviera en orden; y la monja (que por cierto tenía un rostro muy bello), para echarme porras.

En general, los médicos reparaban en el tamaño del mioma y el grado de anemia que tenía. Acto seguido, preguntaban mi edad y algunos, si tenía hijos.  Después, me animaban o me deseaban una rápida recuperación y se iban. Muy parecida fue la actitud de las enfermeras. Pero hubo una ginecóloga que me interrogó  en otro tono. O por lo menos, así me lo pareció.

Ya no recuerdo las palabras que usó, pero la actitud fue de cuestionar mi no maternidad y/o la ausencia de un marido. De inmediato me puse a la defensiva poniendo en duda  la relevancia de sus preguntas. Mala cosa. Nos dijimos un par de cosas más. Luego ella, con mayor prudencia -a pesar de todo-, se retiró del cuarto.

En medio de ese ambiente tenso pre y post-operatorio, yo había aguantado vara contestando con mayor o menor ánimo, pero tranquila. Pero conforme pasaba el número de gente, se empezó a meter la inseguridad: ¿Y si estaba equivocada?, ¿Qué tal si ellos tenían razón y un día me pesaba no haber sido madre?, ¿Por qué a todas les parecía lamentable que yo perdiera la matriz sin haberla usado?, ¿Por qué el celo para deslindar responsabilidades, si se supone que todo estaba en orden?

-"Dios sabe porqué hace las cosas..."

-"Si Dios quiere, a lo mejor sólo te quitan los miomas..."

Me animaron la monja y la jefa de enfermeras. Bajo presión y en medio de la duda, pensaba en la adopción como último recurso, por si me arrepentía. Hoy sé que no he cambiado mi forma de pensar: un niño debe ser, ante todo, deseado. La maternidad tiene que ver no sólo con lo biológico, sino con la crianza. Y para muestra, están las mujeres que se desentienden de sus hijos y/o las que sin tener una relación consanguínea, se comprometen con un parentesco adoptivo. Me asusta pensar en la maternidad como una inversión  a largo plazo para asegurar (si acaso eso fuera posible), una vejez acompañada.

Y la pregunta que queda para el ocio: si hubiera tenido un hijo(a), ¿Qué tanto se parecería a mí?  La idea me hace sonreír.



La vereda de la nostalgia

A veces me pregunto qué  suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.  
Mario Benedetti. La noche de los feos.

Aunque no fui niña de departamento propiamente, tampoco fui niña trepa árboles, ni aprendí a andar en bicicleta, patines o patineta,  ni me fui a los trompones contra nadie por esos años. Gracias a eso llegué a la edad adulta sin pisar un hospital y sin rastro de cicatrices en el cuerpo. 

De mis años de infancia conservaba además, una delgada línea de vello muy delgado, casi pelusa que dividía mi vientre en dos y que era muy de mi agrado. Hoy ya no está.

No vi mi cicatriz sino hasta una semana después, cuando la enfermera del área de curaciones me puso un espejo enfrente para que la viera. Tuvimos un mal entendido en el que ella interpretó que ponía en duda su experiencia profesional, cuando en realidad, el miedo y la ignorancia me llevaba a cuestionar todo dos veces. En venganza me ofreció un espejo. Entonces la vi por primera vez.

Me impresionó la longitud y lo feo que se veía el costurón de hilo negro. Por el tacto tenía una idea de la cicatriz, pero como no me podía agachar, sólo la había visto parcialmente cuando me bañaba. 
Mentiría si digo que después de que me quitaron los puntos no pensé en utilizar alguna crema, ungüento o lo que fuera para desaparecer lo más que se pudiera, el rastro de la cicatriz. Pero en esos primeros días me interesaba más que cerrara sin infectarse, que su apariencia. 

Y así fui posponiendo el tratamiento cosmético hasta que dejé de pensar en eso. Al paso de los meses la piel se ha abultado y se  ha puesto lisa; en algunos puntos la cicatriz apenas se ve y en la parte más ancha, se han formado pequeños pliegues.  Lo que al principio era una línea roja después fue oscureciéndose respecto al resto de la piel. Eso es lo que me desagradaba: el color, más que la textura. Y cuando identifiqué la razón de mi desagrado, dejé de mal mirarla. Podría ser más simétrica, pero no lo es. Podría ser más corta, pero tampoco lo es. Esa línea chueca y oscura, es lo que quedó de un corte que permitió la extracción de algo que estaba afectando mi calidad de vida.    
Un día escuché en la radio, el  final de un programa donde dijeron algo que terminó de reconciliarme con mi cicatriz: esta sociedad se empeña en negar todo aquello que en otro momento significó valor, respeto e individualidad con los tintes para el cabello, las cremas reafirmantes, reductoras, antiestrías, aclarantes, desvanecedoras de arrugas y cicatrices... En otro tiempo, las cicatrices de guerra significaban un alto estatus, lo mismo que llegar a viejo, porque  era sinónimo de experiencia y conocimiento adquirido. Entonces, ¿por qué  empeñarse en eliminar todo lo que nos puede servir para asimilar mejor la transición de un estado a otro, como en un rito de paso?

De alguna forma, el tatuaje previo a la operación, me sirvió para aceptar la idea de la cicatriz no elegida y no estética. Lo del color, ahora no es más que un detalle. En cuanto a la desnudez de mi cuerpo no me intimida más que  desnudar  mis pensamientos. Y sólo a veces siento un poco de nostalgia cuando repaso con mis dedos ese nuevo camino de terracería que ahora atraviesa mi cuerpo.  

12 de enero de 2015

Conservadores 1-1 Liberales


Con un pie en el quirófano, de pronto me vi en medio de una controversia tan sesuda como aquella otra en el Colegio de San Gregorio en Valladolid, España hace más de 500 años.  ¿Toda mujer debe ser madre?
II
Gálvez entró con energía y su mejor sonrisa. Juntó sus palmas y preguntó:
- ¿Qué tal si sólo te quitamos los miomas?
- ¿?
- ... Y te dejamos la matriz ...
En los siguientes 45 minutos, los médicos Gálvez y Gaona entraron varias veces, uno después del otro,  a hablar conmigo. La cosa estaba tensa. Mientras Gálvez  insistía en evitar la histerectomía; Gaona cada que entraba a la habitación era para cerciorarse de que yo no me había echado  para atrás y que seguíamos en lo acordado. De hecho, salió radiante con la declaración de mi puño y letra en la que declaraba que conocía el procedimiento y que estaba de acuerdo con la cirugía. 
¿A qué te dedicas?
-Doy clases (...), de teatro.
- ¡Mi vida!

Besó mi frente y luego dijo que todo iba a salir bien y salió de la habitación como si contáramos con la venia del mismísimo Dioniso. Con todo el borlote, la verdad es que yo me relajé. Algo me decía que por lo menos ese día, no pasaría nada más. Por otra parte, me intrigaba lo que pasaba afuera, como si yo no estuviera involucrada en el asunto. 
Pero el doctor Gálvez, todavía regresó a confirmar si sabía -mediante lo que en momentos me parecía un examen oral-,  en qué consistía la operación y sus respectivas secuelas. Expliqué lo más claro que pude todo lo que me preguntó y si el director de cirugía hubiera sido mi sinodal, seguramente me aprobaba. Sin embargo, aunque eso parecía un marcador 1-0 favor los Liberales, las cosas no se iban a quedar así.

El doctor Gálvez (cualquier parecido el sistema de transporte de esta ciudad, es mera coincidencia), argumentó que no se había seguido adecuadamente el protocolo y hacía falta un estudio. Gaona regresó para decirme que la operación se cancelaba hasta próximo aviso. Así se empató el marcador: Liberales 1-1 Conservadores.

He de decir que por un pequeño momento pasó por mi cabeza la posibilidad de aceptar el ofrecimiento del doctor Gálvez. ¿Y qué tal si me quedaba con la matriz? Sólo fueron unos segundos en los que repasé los diferentes escenarios, para después descalificarlos. Pensar en la posibilidad de salvar mi matriz, no era más que una triquiñuela para ganar tiempo. Era una prórroga de mi angustia.  Y eso ya lo había vivido. Y lo había superado.
Cada médico defendió su postura: Gaona el lado clínico; Gálvez, el lado de la fe. La esperanza de poder generar vida, a pesar de todo. ¿Por qué nadie me preguntó lo que yo esperaba de mi propia matriz? Gaona en la lógica de mi madre: "Lo que no sirve, tíralo" y Gálvez en la lógica donde todas las mujeres quieren ser madres. Pero yo no tenía problema con ese asunto. O por lo menos, eso pensaba en ese momento. Mi terror se debía al hecho en sí de  abrir mi cuerpo y extraer algo de él.

La idea de ser madre a veces se me presentaba como un chispazo de luz cuando la sonrisa desdentada de algún bebé, casi me convencía de su encanto. Luz de bengala. El llanto o pataleta de otro niño me regresaba a la realidad: me falta paciencia y ese sentido de nutrición (de alimentos, afecto, atención, etc.) que se requiere en ese puesto. Mi interés sobre la maternidad, era sobre todo, una curiosidad científica, más que una idea romántica del embarazo. Mi instinto maternal afloró y creo que también se agotó con el nacimiento de mi último sobrino. 
Ser madre podría haber sido una opción para mí, sólo bajo ciertas condiciones. Creo en la  maternidad compartida y nunca me vi como madre soltera. Ésa es una labor maratónica reservada para mujeres intrépidas. Y no me refiero al matrimonio, sino a un proyecto en común, planeado con alguien más. Para mí, ser madre no era una meta en la vida.

Pero esto que era tan claro para mí antes de ingresar al hospital, se vería puesto a prueba por los comentarios y actitudes del personal durante mi estancia en sus instalaciones.