De pronto me vi en medio de una controversia como aquella, en Valladolid...
III
Cuando desperté, aún estaba aletargada por la anestesia. Una mujer, celular en mano, entró a la habitación y me dijo algo que no entendí; me extendió una hoja de papel y dijo que la firmara. Pregunté qué era y sólo entonces volteó a mirarme para decir: "Soy el médico de guardia y es una carta donde le quitas la responsabilidad al hospital por la operación que te van a hacer...". Después regresó la vista a su celular mientras esperaba mi firma. La volví a leer y no entendí nada. Le pedí a mi hermana que la leyera y me corroboró la información. Firmé y me volví a dormir pensando en que ya había firmado un par de hojas similares.
Estuve todo el 1° de abril en el hospital luego de la fallida operación. Como la biopsia me la hicieron en el quirófano y con anestesia, tuve que quedarme esa noche en el hospital. A la mañana siguiente, salí para regresar tres días después a pasar por el mismo procedimiento de ayuno, registro y preparativos de rigor.
Mi madre estuvo tranquila en las dos ocasiones hasta el momento justo de entrar a quirófano. Se le humedecieron los ojos y se le quebró la voz al echarme la bendición. Qué bueno había sido para mí estar en su compañía. Tanto el día del ensayo (chiste local), como el día de la operación. Su fortaleza me hacía fuerte. Permaneció impasible aun cuando sin ningún tacto o pudor la enfermera me hizo preguntas personales delante de ella. Cuando lo pienso con calma, ahora la conservadora soy yo. Sin embargo, apelo a mi derecho al resguardo de mi intimidad.
El punto es que durante mi estancia en el hospital, entraron a verme varios médicos, enfermeras y hasta una monja. Los primeros, convocados por la particularidad de mi caso: "Ah, el mioma gigante", decían cuando leían el expediente; las segundas, porque eran muy profesionales y constantemente pasaban a revisar que todo estuviera en orden; y la monja (que por cierto tenía un rostro muy bello), para echarme porras.
En general, los médicos reparaban en el tamaño del mioma y el grado de anemia que tenía. Acto seguido, preguntaban mi edad y algunos, si tenía hijos. Después, me animaban o me deseaban una rápida recuperación y se iban. Muy parecida fue la actitud de las enfermeras. Pero hubo una ginecóloga que me interrogó en otro tono. O por lo menos, así me lo pareció.
Ya no recuerdo las palabras que usó, pero la actitud fue de cuestionar mi no maternidad y/o la ausencia de un marido. De inmediato me puse a la defensiva poniendo en duda la relevancia de sus preguntas. Mala cosa. Nos dijimos un par de cosas más. Luego ella, con mayor prudencia -a pesar de todo-, se retiró del cuarto.
En medio de ese ambiente tenso pre y post-operatorio, yo había aguantado vara contestando con mayor o menor ánimo, pero tranquila. Pero conforme pasaba el número de gente, se empezó a meter la inseguridad: ¿Y si estaba equivocada?, ¿Qué tal si ellos tenían razón y un día me pesaba no haber sido madre?, ¿Por qué a todas les parecía lamentable que yo perdiera la matriz sin haberla usado?, ¿Por qué el celo para deslindar responsabilidades, si se supone que todo estaba en orden?
-"Dios sabe porqué hace las cosas..."
-"Si Dios quiere, a lo mejor sólo te quitan los miomas..."
Me animaron la monja y la jefa de enfermeras. Bajo presión y en medio de la duda, pensaba en la adopción como último recurso, por si me arrepentía. Hoy sé que no he cambiado mi forma de pensar: un niño debe ser, ante todo, deseado. La maternidad tiene que ver no sólo con lo biológico, sino con la crianza. Y para muestra, están las mujeres que se desentienden de sus hijos y/o las que sin tener una relación consanguínea, se comprometen con un parentesco adoptivo. Me asusta pensar en la maternidad como una inversión a largo plazo para asegurar (si acaso eso fuera posible), una vejez acompañada.
Y la pregunta que queda para el ocio: si hubiera tenido un hijo(a), ¿Qué tanto se parecería a mí? La idea me hace sonreír.
III
Cuando desperté, aún estaba aletargada por la anestesia. Una mujer, celular en mano, entró a la habitación y me dijo algo que no entendí; me extendió una hoja de papel y dijo que la firmara. Pregunté qué era y sólo entonces volteó a mirarme para decir: "Soy el médico de guardia y es una carta donde le quitas la responsabilidad al hospital por la operación que te van a hacer...". Después regresó la vista a su celular mientras esperaba mi firma. La volví a leer y no entendí nada. Le pedí a mi hermana que la leyera y me corroboró la información. Firmé y me volví a dormir pensando en que ya había firmado un par de hojas similares.
Estuve todo el 1° de abril en el hospital luego de la fallida operación. Como la biopsia me la hicieron en el quirófano y con anestesia, tuve que quedarme esa noche en el hospital. A la mañana siguiente, salí para regresar tres días después a pasar por el mismo procedimiento de ayuno, registro y preparativos de rigor.
Mi madre estuvo tranquila en las dos ocasiones hasta el momento justo de entrar a quirófano. Se le humedecieron los ojos y se le quebró la voz al echarme la bendición. Qué bueno había sido para mí estar en su compañía. Tanto el día del ensayo (chiste local), como el día de la operación. Su fortaleza me hacía fuerte. Permaneció impasible aun cuando sin ningún tacto o pudor la enfermera me hizo preguntas personales delante de ella. Cuando lo pienso con calma, ahora la conservadora soy yo. Sin embargo, apelo a mi derecho al resguardo de mi intimidad.
El punto es que durante mi estancia en el hospital, entraron a verme varios médicos, enfermeras y hasta una monja. Los primeros, convocados por la particularidad de mi caso: "Ah, el mioma gigante", decían cuando leían el expediente; las segundas, porque eran muy profesionales y constantemente pasaban a revisar que todo estuviera en orden; y la monja (que por cierto tenía un rostro muy bello), para echarme porras.
En general, los médicos reparaban en el tamaño del mioma y el grado de anemia que tenía. Acto seguido, preguntaban mi edad y algunos, si tenía hijos. Después, me animaban o me deseaban una rápida recuperación y se iban. Muy parecida fue la actitud de las enfermeras. Pero hubo una ginecóloga que me interrogó en otro tono. O por lo menos, así me lo pareció.
Ya no recuerdo las palabras que usó, pero la actitud fue de cuestionar mi no maternidad y/o la ausencia de un marido. De inmediato me puse a la defensiva poniendo en duda la relevancia de sus preguntas. Mala cosa. Nos dijimos un par de cosas más. Luego ella, con mayor prudencia -a pesar de todo-, se retiró del cuarto.
En medio de ese ambiente tenso pre y post-operatorio, yo había aguantado vara contestando con mayor o menor ánimo, pero tranquila. Pero conforme pasaba el número de gente, se empezó a meter la inseguridad: ¿Y si estaba equivocada?, ¿Qué tal si ellos tenían razón y un día me pesaba no haber sido madre?, ¿Por qué a todas les parecía lamentable que yo perdiera la matriz sin haberla usado?, ¿Por qué el celo para deslindar responsabilidades, si se supone que todo estaba en orden?
-"Dios sabe porqué hace las cosas..."
-"Si Dios quiere, a lo mejor sólo te quitan los miomas..."
Me animaron la monja y la jefa de enfermeras. Bajo presión y en medio de la duda, pensaba en la adopción como último recurso, por si me arrepentía. Hoy sé que no he cambiado mi forma de pensar: un niño debe ser, ante todo, deseado. La maternidad tiene que ver no sólo con lo biológico, sino con la crianza. Y para muestra, están las mujeres que se desentienden de sus hijos y/o las que sin tener una relación consanguínea, se comprometen con un parentesco adoptivo. Me asusta pensar en la maternidad como una inversión a largo plazo para asegurar (si acaso eso fuera posible), una vejez acompañada.
Y la pregunta que queda para el ocio: si hubiera tenido un hijo(a), ¿Qué tanto se parecería a mí? La idea me hace sonreír.