12 de enero de 2015

Conservadores 1-1 Liberales


Con un pie en el quirófano, de pronto me vi en medio de una controversia tan sesuda como aquella otra en el Colegio de San Gregorio en Valladolid, España hace más de 500 años.  ¿Toda mujer debe ser madre?
II
Gálvez entró con energía y su mejor sonrisa. Juntó sus palmas y preguntó:
- ¿Qué tal si sólo te quitamos los miomas?
- ¿?
- ... Y te dejamos la matriz ...
En los siguientes 45 minutos, los médicos Gálvez y Gaona entraron varias veces, uno después del otro,  a hablar conmigo. La cosa estaba tensa. Mientras Gálvez  insistía en evitar la histerectomía; Gaona cada que entraba a la habitación era para cerciorarse de que yo no me había echado  para atrás y que seguíamos en lo acordado. De hecho, salió radiante con la declaración de mi puño y letra en la que declaraba que conocía el procedimiento y que estaba de acuerdo con la cirugía. 
¿A qué te dedicas?
-Doy clases (...), de teatro.
- ¡Mi vida!

Besó mi frente y luego dijo que todo iba a salir bien y salió de la habitación como si contáramos con la venia del mismísimo Dioniso. Con todo el borlote, la verdad es que yo me relajé. Algo me decía que por lo menos ese día, no pasaría nada más. Por otra parte, me intrigaba lo que pasaba afuera, como si yo no estuviera involucrada en el asunto. 
Pero el doctor Gálvez, todavía regresó a confirmar si sabía -mediante lo que en momentos me parecía un examen oral-,  en qué consistía la operación y sus respectivas secuelas. Expliqué lo más claro que pude todo lo que me preguntó y si el director de cirugía hubiera sido mi sinodal, seguramente me aprobaba. Sin embargo, aunque eso parecía un marcador 1-0 favor los Liberales, las cosas no se iban a quedar así.

El doctor Gálvez (cualquier parecido el sistema de transporte de esta ciudad, es mera coincidencia), argumentó que no se había seguido adecuadamente el protocolo y hacía falta un estudio. Gaona regresó para decirme que la operación se cancelaba hasta próximo aviso. Así se empató el marcador: Liberales 1-1 Conservadores.

He de decir que por un pequeño momento pasó por mi cabeza la posibilidad de aceptar el ofrecimiento del doctor Gálvez. ¿Y qué tal si me quedaba con la matriz? Sólo fueron unos segundos en los que repasé los diferentes escenarios, para después descalificarlos. Pensar en la posibilidad de salvar mi matriz, no era más que una triquiñuela para ganar tiempo. Era una prórroga de mi angustia.  Y eso ya lo había vivido. Y lo había superado.
Cada médico defendió su postura: Gaona el lado clínico; Gálvez, el lado de la fe. La esperanza de poder generar vida, a pesar de todo. ¿Por qué nadie me preguntó lo que yo esperaba de mi propia matriz? Gaona en la lógica de mi madre: "Lo que no sirve, tíralo" y Gálvez en la lógica donde todas las mujeres quieren ser madres. Pero yo no tenía problema con ese asunto. O por lo menos, eso pensaba en ese momento. Mi terror se debía al hecho en sí de  abrir mi cuerpo y extraer algo de él.

La idea de ser madre a veces se me presentaba como un chispazo de luz cuando la sonrisa desdentada de algún bebé, casi me convencía de su encanto. Luz de bengala. El llanto o pataleta de otro niño me regresaba a la realidad: me falta paciencia y ese sentido de nutrición (de alimentos, afecto, atención, etc.) que se requiere en ese puesto. Mi interés sobre la maternidad, era sobre todo, una curiosidad científica, más que una idea romántica del embarazo. Mi instinto maternal afloró y creo que también se agotó con el nacimiento de mi último sobrino. 
Ser madre podría haber sido una opción para mí, sólo bajo ciertas condiciones. Creo en la  maternidad compartida y nunca me vi como madre soltera. Ésa es una labor maratónica reservada para mujeres intrépidas. Y no me refiero al matrimonio, sino a un proyecto en común, planeado con alguien más. Para mí, ser madre no era una meta en la vida.

Pero esto que era tan claro para mí antes de ingresar al hospital, se vería puesto a prueba por los comentarios y actitudes del personal durante mi estancia en sus instalaciones.

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