A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.
Mario Benedetti. La noche de los feos.
Aunque no fui niña de departamento propiamente, tampoco fui niña trepa árboles, ni aprendí a andar en bicicleta, patines o patineta, ni me fui a los trompones contra nadie por esos años. Gracias a eso llegué a la edad adulta sin pisar un hospital y sin rastro de cicatrices en el cuerpo.
De mis años de infancia conservaba además, una delgada línea de vello muy delgado, casi pelusa que dividía mi vientre en dos y que era muy de mi agrado. Hoy ya no está.
No vi mi cicatriz sino hasta una semana después, cuando la enfermera del área de curaciones me puso un espejo enfrente para que la viera. Tuvimos un mal entendido en el que ella interpretó que ponía en duda su experiencia profesional, cuando en realidad, el miedo y la ignorancia me llevaba a cuestionar todo dos veces. En venganza me ofreció un espejo. Entonces la vi por primera vez.
Me impresionó la longitud y lo feo que se veía el costurón de hilo negro. Por el tacto tenía una idea de la cicatriz, pero como no me podía agachar, sólo la había visto parcialmente cuando me bañaba.
Mentiría si digo que después de que me quitaron los puntos no pensé en utilizar alguna crema, ungüento o lo que fuera para desaparecer lo más que se pudiera, el rastro de la cicatriz. Pero en esos primeros días me interesaba más que cerrara sin infectarse, que su apariencia.
Y así fui posponiendo el tratamiento cosmético hasta que dejé de pensar en eso. Al paso de los meses la piel se ha abultado y se ha puesto lisa; en algunos puntos la cicatriz apenas se ve y en la parte más ancha, se han formado pequeños pliegues. Lo que al principio era una línea roja después fue oscureciéndose respecto al resto de la piel. Eso es lo que me desagradaba: el color, más que la textura. Y cuando identifiqué la razón de mi desagrado, dejé de mal mirarla. Podría ser más simétrica, pero no lo es. Podría ser más corta, pero tampoco lo es. Esa línea chueca y oscura, es lo que quedó de un corte que permitió la extracción de algo que estaba afectando mi calidad de vida.
Un día escuché en la radio, el final de un programa donde dijeron algo que terminó de reconciliarme con mi cicatriz: esta sociedad se empeña en negar todo aquello que en otro momento significó valor, respeto e individualidad con los tintes para el cabello, las cremas reafirmantes, reductoras, antiestrías, aclarantes, desvanecedoras de arrugas y cicatrices... En otro tiempo, las cicatrices de guerra significaban un alto estatus, lo mismo que llegar a viejo, porque era sinónimo de experiencia y conocimiento adquirido. Entonces, ¿por qué empeñarse en eliminar todo lo que nos puede servir para asimilar mejor la transición de un estado a otro, como en un rito de paso?
De alguna forma, el tatuaje previo a la operación, me sirvió para aceptar la idea de la cicatriz no elegida y no estética. Lo del color, ahora no es más que un detalle. En cuanto a la desnudez de mi cuerpo no me intimida más que desnudar mis pensamientos. Y sólo a veces siento un poco de nostalgia cuando repaso con mis dedos ese nuevo camino de terracería que ahora atraviesa mi cuerpo.
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