Como alebrije
mi cuerpo contiene otros cuerpos.
Yo no amanecí escarabajo,
pero siendo humano
gruñí mientras roía un hueso...
Saldando una cuenta pendiente, fui a las migas de la Morelos. Nunca había probado ese peculiar platillo de la gastronomía mexicana. Aunque su origen es más bien español, las migas mexicanas tienen su propio sazón y las de la colonia Morelos tienen además, toda una tradición.
-¿Plato chico o plato grande?, ¿Con hueso?
Dicen que la primera impresión, jamás se olvida: ese plato lleno de caldo rojo con espuma blanca (que no era otra cosa que pan) con un enorme hueso, nunca-nunca lo he de olvidar. No hubo tiempo para la foto del recuerdo, pero yo sé que mi cara (tan delatora) dijo todo lo que nunca podré decir con palabras. Mi encuentro con las migas fue un evento casi traumático.
A lo hecho, pecho. Dos limones y una pizca de orégano después...
Si la vista era horrible, la sensación bofa del pan remojado fue todavía peor. Cucharada de pan, cucharada de caldo y un sorbo de jugo (delicioso) de toronja. Cuando finalmente terminé con los restos de pan, el caldo solo era llevadero. Y ya pasado el susto, empecé a despellejar mi enorme hueso de res. Conforme le fui quitando los tendones, la cosa iba mejorando. Seguí con el tuétano y sin darme cuenta, al calor de la plática, ya le tenía aprecio a mi hueso. Y mientras lo chupaba y succionaba, le daba vueltas buscando alguna gomita que se me hubiera escondido en algún recoveco. Poco me faltó para gruñirle a los nuevos comensales que se unían a la mesa y ante quienes sentía amenazada la posesión de mi amado hueso. ¿Cuándo me convertí en un celoso can? No podría decirlo. Aunque ya había dado muestras de celos desde mi tierna infancia... Pero de lo otro, nada.
Debo agregar a mi favor que el ambiente sirvió para relajarme y entrar en confianza: mujeres de la tercera edad con su bolsa de mandado rumbo al tianguis que de pasada iban por sus migas. "Sin hueso, porque eso es bien tardado"; pacientes o familiares del Hospitalito; parejas y vecinos de la colonia le roban un ratito al día para echarse su plato de migas. Todos alrededor de un tablón, compartiendo los sagrados alimentos a la par de una charla al aire como si fuéramos de una misma familia.
Y también un cafecito, ¿por qué no?
En ese momento también yo era de la Morelos aunque viva en las montañas del oriente de la ciudad. El mundo unido por un plato de migas. Cuando me retiraron el plato, no tuve más remedio que sustituir el hueso por un palillo de madera. Mi nahual no me abandonaba todavía.
Y también un cafecito, ¿por qué no?
En ese momento también yo era de la Morelos aunque viva en las montañas del oriente de la ciudad. El mundo unido por un plato de migas. Cuando me retiraron el plato, no tuve más remedio que sustituir el hueso por un palillo de madera. Mi nahual no me abandonaba todavía.
-¿Otro platito?
-No, muchas gracias, mejor una tostada...
Por mi parte, ¡Viva Centéotl, dios del maíz! En la esquina de Herreros, a dos cuadras del metro Morelos pueden buscar su plato de migas. Quién quita y no necesitan psicoanalista y hasta descubren el nahual que llevan dentro.