18 de junio de 2015

Cerezos en flor

Si puedo evitar los dramas, los evito. Al menos en el cine. Llegué a ella por casualidad y una vez iniciada, me atraparon sus imágenes: una provincia en Alemania muy pintoresca, y después, una historia que avanza entre la risa y las lágrimas. Se trata de Cerezos en flor escrita y dirigida por Doris Dorrën (2008). La anécdota de la película trata acerca de un matrimonio maduro, al final de sus días; lo que sembraron en el camino y lo que  dejaron pendiente. Un cierre de ciclo. Un drama con pizcas de humor y una hermosa fotografía.
Lo primero que veo es la vieja y conocida historia de una mujer que deja de lado su esencia por centrarse en el aspecto esposa-madre. Su deseo más grande era practicar  danza Butoh y algún día aprenderla en Japón. Las circunstancias se lo impiden. "...estamos juntos y eso es la felicidad", dice Rudi para consolar a su esposa. 
                                                    Imagen de Cerezos en flor

Eso nos lleva al segundo asunto: la pareja: ¿cuándo y cuánto ceder para conservar una relación? Podríamos quedarnos con la primera impresión de la mujer abnegada cuya vida gira entorno del marido, pero también nos dan datos, en medio de los diálogos, que nos indican que Trudi es quien decide por Rudi.  Aunque sólo sea en las pequeñas cosas cotidianas, ella tiene un espacio en el que ejerce el poder. En su casa, él juega el rol de proveedor, pero es la madre quien tiene el vínculo con los hijos. Y más tarde eso se pondrá de manifiesto.

Lo cual, nos lleva al tercero y escabroso tema de la familia: el ojito derecho y los hijos de la cloaca. Entre el hijo casado, con sus propias particularidades en su nuevo núcleo familiar; la hija lesbiana, rebelde y en guardia todo el tiempo y el hijo consentido que oculta su alcoholismo tras muchos miles de kilómetros de distancia, la relación con los padres cuelga de un hilo cuando se trata de hacerse cargo de ellos por unos días. Lo cual es muy triste y crudo porque es cierto: al final, resulta más empática Emma, la pareja de la hija, con Trudi y Rudi que sus propios hijos.

El único vínculo afectivo de Rudi (además del que tiene con su mujer), es el que desarrolla por Yu, una chica indigente que le enseña de qué va el practicar danza Butoh. El personaje de Yu es también una especie de metáfora: carga con lo necesario en una maleta con llantas a donde va.  Su danza es la forma de mantener el contacto con su madre muerta y la practica con disciplina en un parque público. Eso sí: muy bien ataviada, dentro de un espacio delimitado y con utilería como si fuera a ejecutar para un público cautivo. La danza forma parte de su ser. Es una necesidad creativa natural.

Aunque no gusto de la estética grotesca de la danza Butoh, sí me parece que guarda un valor especial como manifestación  abstracta del cuerpo que exterioriza el sentir humano sin poses, desde lo más oscuro del ser.  Una estética  diferente a lo bello y lo armónico que enarbola el arte occidental y que responde a un contexto específico, pero que, por otra parte, sigue satisfaciendo las necesidades expresivas de sus ejecutantes y cierto público.

Doris Dorrën también dirigió Iluminación garantizada y La peluquera, dos filmes que disfruté mucho y apenas ahora me entero del dato. Me gustan sus historias y el humor que utiliza para contarlas. Otro dato completamente irrelevante, pero que no puedo omitir, es que compartimos fecha de cumpleaños y eso también me late. 


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