14 de enero de 2014

El doceavo mandamiento

"Era una mujer tan territorial, pero tan territorial, que sólo le faltaba orinar a sus amigos... " ¡Zaz! Cuando oí cada una de estas palabras en boca de una amiga, no pude más que pensar y decir: ¡Zaz! Me había descrito en un par de frases y lo peor es que ni siquiera fue intencional, hablaba de otra persona, cuando me cayó aquella roca en la cabeza.

He padecido de ese mal desde niña. Tengo muy presente un cumpleaños en el que "las matoncitas" (su papá era chofer-guardaespaldas) quedaron maravilladas con mi cuñada porque jugó un rato con nosotras y yo traía un entripado porque no la dejaban en paz y le insistían en que se quedara con nosotras.

Mi cuñada me resultaba atractiva porque siempre vestía muy combinada con sus tacones y en la bolsa siempre traía  dulces con los cuales me sobornaba. Fuera de eso, nada quitaba que compartíamos la atención del mismo hombre... Pero ese día, no hallaba la forma de hacerles ver a ese par, que ella era mi cuñada y que ellas la acababan de conocer como para tratarla con esas confiancitas. 

Otras que me sacaban miradas de Diana Salazar, eran las primas del lado paterno de mis primos hermanos cuando un verano coincidimos todos  en el pueblo. ¿Qué tenían de especial un par de gemelas con los cabellos ensortijados que vestían igual? Y no conformes con acapararse a mis primos que también eran sus primos, se engatusaron a mi primo el Ratón. Infames. 

Y así por el estilo, tengo un largo historial de casos en los que me he puesto más verde que Hulk; con peinado de punk, a pesar de mi lacia y pesada cabellera de herencia indígena; y en que he  lanzado las altas como si fueran faros de neón.

A pesar de ser una persona que se siente a gusto entre la gente, siempre he optado por amistades más íntimas; una mejor amiga (o). Y puedo ser odiosamente territorial con aquellos que quiero. Pero hasta que lo oí en voz de otra persona dimensioné hasta qué punto puede ser terrible para los demás cargar con una tipa posesiva como yo.

Lo peor del asunto, es que en caso inverso, no me hallo. Cierto es que puedo ceder de buena gana y volverme uña o mugre de alguien más,  pero con el tiempo algo no me cuadra y busco la forma de recuperar mi espacio vital. Quizá por eso no había visto mal el tomarme unilateralmente la exclusividad del afecto de las personas cercanas a mí, puesto que puedo estar ahí, si me lo solicitan. El problema viene con los orines... Al final,  todo lo corroen.

Tan útil es el conocidísimo onceavo mandamiento: "No estorbar", como ahora para mí  se vuelve indispensable lo que debería ser el doceavo mandamiento:  "No orinarás sobre tu prójimo". (Perversiones sexuales, aparte).



10 de enero de 2014

Miel y plumas


Decía en la entrada a propósito de la compañía de teatro brasileña Grupo 59, que el teatro combativo es una opción que todavía alcanzó a permear a nuestra generación. Para algunos teatreros sigue siendo importante hacer teatro con una postura política o social clara ante su público, además de divertir u ofrecer una propuesta estética.
                                                              
El espectáculo de Leo Bassi generó mucha expectativa por  provenir de una familia de payasos europeos y por su fama de ser un artista sumamente provocador. Para mí, que empiezo a conocer nombres y apellidos en el mundo del clown, fui al teatro con la idea de apreciar una historia y un personaje en escena, pero no de la forma en que lo presencié. De hecho, él se asume como bufón, más que clown y creo que eso  explica el formato de su espectáculo.

Bassi empieza su espectáculo contando la historia del niño transgresor que fue él en su infancia;  una narración graciosa que sirve como introducción al cuestionamiento sobre la vigencia del ser combativo en el arte y cómo, tanto el público como  su propio discurso, se ha ido moderando  a través de los años hasta llegar al punto en que la transgresión de mojar al respetable  público con refresco de cola se ve frenada (por las reglas del teatro y de los organizadores) haciéndoles poner un plástico a los espectadores de las primeras filas para protegerse del pegajoso líquido.


                                                      


En lo que pareciera un paréntesis a su discurso, hace un acto de hipnotismo, con el pretexto de que a él se le contrató para entretener al público y mostrar lo que aprendió entre los suyos. Al final, declara que sus voluntarios son actores profesionales (Madeleine Sierra y alguien del Escuadrón) y que algo parecido hacen los poderosos en nuestras vidas cotidianas enajenándonos con  necesidades que no son reales  para fomentar nuestro espíritu consumista.

Por último, empieza a jugar con un baile sensual, se desnuda y sube a una escalera; se vacía miel sobre el cuerpo y luego, de las baras, le caen plumas blancas. Mientras lo observaba con la angustia de verlo resbalar, la verdad es que su discurso es efectista: plantea que se siente dichoso de hacer lo que le gusta, a pesar de los años y los tiempos; que a sus sesenta y cacho de años, no le preocupa exponer su cuerpo desnudo cubierto de plumas y extiende  la invitación a no renunciar a ser  felices a pesar de la mercadotecnia, de vivir como se ha decidido: haciendo lo que se quiere con amor.

Los aplausos sonoros se dejaron caer.  He de decir que me impactó lo que hizo en ese momento. Incluso me conmovió. Sin embargo, a la distancia, no sé si  fue  grotesco o patético. Fue lastimoso además, verlo arrastrar su pierna lastimada  (en otra función, al parecer en Brazil) por el escenario durante dos horas. Es decir, se agradece que permanezca fiel a sus ideales, pero como él mismo cuestionó, ¿Qué tan oportuno es el discurso que manejó  esa noche con el público del Helénico conformado mayoritariamente por gente de teatro que se saluda efusivamente de un extremo a otro de la sala? Supongo que el resultado es diferente presentando el mismo espectáculo para un público más heterogéneo.

                                                       

¿Rebeldía hasta el final de los tiempos o una crítica condescendiente? Tuve la impresión de un palomazo para la ocasión, más que un espectáculo de repertorio. Me quedo con la diferencia entre clown y bufón: la lección de la noche.