Decía en la entrada a propósito de la compañía de teatro brasileña Grupo 59, que el teatro combativo es una opción que todavía alcanzó a permear a nuestra generación. Para algunos teatreros sigue siendo importante hacer teatro con una postura política o social clara ante su público, además de divertir u ofrecer una propuesta estética.
El espectáculo de Leo Bassi generó mucha expectativa por provenir de una familia de payasos europeos y por su fama de ser un artista sumamente provocador. Para mí, que empiezo a conocer nombres y apellidos en el mundo del clown, fui al teatro con la idea de apreciar una historia y un personaje en escena, pero no de la forma en que lo presencié. De hecho, él se asume como bufón, más que clown y creo que eso explica el formato de su espectáculo.
Bassi empieza su espectáculo contando la historia del niño transgresor que fue él en su infancia; una narración graciosa que sirve como introducción al cuestionamiento sobre la vigencia del ser combativo en el arte y cómo, tanto el público como su propio discurso, se ha ido moderando a través de los años hasta llegar al punto en que la transgresión de mojar al respetable público con refresco de cola se ve frenada (por las reglas del teatro y de los organizadores) haciéndoles poner un plástico a los espectadores de las primeras filas para protegerse del pegajoso líquido.
En lo que pareciera un paréntesis a su discurso, hace un acto de hipnotismo, con el pretexto de que a él se le contrató para entretener al público y mostrar lo que aprendió entre los suyos. Al final, declara que sus voluntarios son actores profesionales (Madeleine Sierra y alguien del Escuadrón) y que algo parecido hacen los poderosos en nuestras vidas cotidianas enajenándonos con necesidades que no son reales para fomentar nuestro espíritu consumista.
Por último, empieza a jugar con un baile sensual, se desnuda y sube a una escalera; se vacía miel sobre el cuerpo y luego, de las baras, le caen plumas blancas. Mientras lo observaba con la angustia de verlo resbalar, la verdad es que su discurso es efectista: plantea que se siente dichoso de hacer lo que le gusta, a pesar de los años y los tiempos; que a sus sesenta y cacho de años, no le preocupa exponer su cuerpo desnudo cubierto de plumas y extiende la invitación a no renunciar a ser felices a pesar de la mercadotecnia, de vivir como se ha decidido: haciendo lo que se quiere con amor.
Los aplausos sonoros se dejaron caer. He de decir que me impactó lo que hizo en ese momento. Incluso me conmovió. Sin embargo, a la distancia, no sé si fue grotesco o patético. Fue lastimoso además, verlo arrastrar su pierna lastimada (en otra función, al parecer en Brazil) por el escenario durante dos horas. Es decir, se agradece que permanezca fiel a sus ideales, pero como él mismo cuestionó, ¿Qué tan oportuno es el discurso que manejó esa noche con el público del Helénico conformado mayoritariamente por gente de teatro que se saluda efusivamente de un extremo a otro de la sala? Supongo que el resultado es diferente presentando el mismo espectáculo para un público más heterogéneo.
¿Rebeldía hasta el final de los tiempos o una crítica condescendiente? Tuve la impresión de un palomazo para la ocasión, más que un espectáculo de repertorio. Me quedo con la diferencia entre clown y bufón: la lección de la noche.
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