"Era una mujer tan territorial, pero tan territorial, que sólo le faltaba orinar a sus amigos... " ¡Zaz! Cuando oí cada una de estas palabras en boca de una amiga, no pude más que pensar y decir: ¡Zaz! Me había descrito en un par de frases y lo peor es que ni siquiera fue intencional, hablaba de otra persona, cuando me cayó aquella roca en la cabeza.
He padecido de ese mal desde niña. Tengo muy presente un cumpleaños en el que "las matoncitas" (su papá era chofer-guardaespaldas) quedaron maravilladas con mi cuñada porque jugó un rato con nosotras y yo traía un entripado porque no la dejaban en paz y le insistían en que se quedara con nosotras.
Mi cuñada me resultaba atractiva porque siempre vestía muy combinada con sus tacones y en la bolsa siempre traía dulces con los cuales me sobornaba. Fuera de eso, nada quitaba que compartíamos la atención del mismo hombre... Pero ese día, no hallaba la forma de hacerles ver a ese par, que ella era mi cuñada y que ellas la acababan de conocer como para tratarla con esas confiancitas.
Otras que me sacaban miradas de Diana Salazar, eran las primas del lado paterno de mis primos hermanos cuando un verano coincidimos todos en el pueblo. ¿Qué tenían de especial un par de gemelas con los cabellos ensortijados que vestían igual? Y no conformes con acapararse a mis primos que también eran sus primos, se engatusaron a mi primo el Ratón. Infames.
Y así por el estilo, tengo un largo historial de casos en los que me he puesto más verde que Hulk; con peinado de punk, a pesar de mi lacia y pesada cabellera de herencia indígena; y en que he lanzado las altas como si fueran faros de neón.
A pesar de ser una persona que se siente a gusto entre la gente, siempre he optado por amistades más íntimas; una mejor amiga (o). Y puedo ser odiosamente territorial con aquellos que quiero. Pero hasta que lo oí en voz de otra persona dimensioné hasta qué punto puede ser terrible para los demás cargar con una tipa posesiva como yo.
Lo peor del asunto, es que en caso inverso, no me hallo. Cierto es que puedo ceder de buena gana y volverme uña o mugre de alguien más, pero con el tiempo algo no me cuadra y busco la forma de recuperar mi espacio vital. Quizá por eso no había visto mal el tomarme unilateralmente la exclusividad del afecto de las personas cercanas a mí, puesto que puedo estar ahí, si me lo solicitan. El problema viene con los orines... Al final, todo lo corroen.
Tan útil es el conocidísimo onceavo mandamiento: "No estorbar", como ahora para mí se vuelve indispensable lo que debería ser el doceavo mandamiento: "No orinarás sobre tu prójimo". (Perversiones sexuales, aparte).
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