Salí de la Biblioteca Central rumbo a los pastos de Rectoría. Era un soleado día que estaba dispuesta a disfrutar cuando alguien me detuvo. Bastó mirarla para recordarla: Mireya. Cuando la conocí, ella estudiaba filosofía en CU, pero iba con frecuencia al CCH a la danza mexica, cuando este taller todavía era parte del TACO. Solíamos platicar mucho e incluso me llegó a prestar grabaciones de programas de radio sobre el movimiento estudiantil del 68 y del 71, sin yo pedirlas y ella sin desconfianza de perder sus cintas.
Recuerdo también que en alguna ocasión me acompañó a salonear por aquella iniciativa de ley "187", en contra de los inmigrantes indocumentados. Eso me brindó más seguridad. Previamente, me cuestionó sobre el contenido de dicha iniciativa y al final se decidió:
- Bueno, esto no se hace (salonear sin estar informado)... Pero vamos, te acompaño.
De regreso a ese día en CU, ella me saludó con un efusivo abrazo. Yo le correspondí doblemente emocionada: por reencontrarla y por haberse acordado ella de mí. Poco me duró el gusto después del breve intercambio de frases. En su lugar, el encuentro me dejó cierto sospechosísmo sobre mí:
- ... Discúlpame, no me acuerdo de tu nombre, pero me acuerdo mucho de que ti, por lo que decías de Demian...
- ¿?
- ... de Herman Hesse...
Dijo algunas cosas más respecto a mi apasionamiento en aquellas viejas charlas y luego, tras comentar su paso de Filosofía a Ingeniería (civil), nos dimos un último beso de despedida. Según su versión oficial, ella estuvo equivocada: no era desde la filosofía que se puede cambiar al mundo, sino desde el hacer cosas que verdaderamente ayuden a la gente en la vida real. ¡Toing!
Sin embargo, si yo recordaba a esa mujer, era porque me sentía comprendida por ella: se interesaba en lo que le decía. Prueba de ello, es que sin recordar quién demonios era yo, retenía en esencia que Hesse había sido importante en mi vida. Es decir, ella hizo algo verdaderamente importante por mí en aquellos días: me escuchó.
La edad ingrata, como la llama Simone de Beauvoir, para mí no sólo fue ingrata sino descarnada.
Más en el CCH que en la secundaria. Quizá porque en ésta última, los malos momentos los vas campechaneando con la complicidad de tus cuates y la vertiginosidad de los cambios hormonales apenas te dejan tiempo para sufrirlos demasiado a fondo.
En cambio durante el CCH, por lo menos yo, siempre tuve la sensación de soledad a pesar de los pactos ensalivados con mis amigas. No sé si era asunto de mi generación o de mi carácter, pero en cuanto empezaba a sentirme a gusto, las piezas se movían y otra vez me sentía desolada. Reviví ese malestar que me escocía en aquellos años de adolescencia mientras leía Memorias de una chica formal de Simone de Beauvoir.
Eran tiempos en los que -al igual que ella- sólo entre libros me sentía bien. Y todavía entonces, había días en que me parecía vano vaciar páginas: nada podía hacer con esa soledad encaramada a mi espalda. El teatro era apenas un espacio-tiempo en el que la adrenalina de estar en escena -aún en ensayos- me hacía sentir que estar vivo tenía algún sentido. Pero una vez agotada la efervescencia de los aplausos y los abrazos, mientras el resto celebraba, había algo en mí que no terminaba de integrarse al regocijo general. De ese tamaño era el azote.
En esos días el alcohol no era una opción: ni me atraía y más aún, entre menos elementos pudiera darle a mi madre para recortar mi campo de acción, era mejor evitarlo. Tengo la impresión de que ella no tenía ni una idea de quién era yo. Y mientras ella se imaginaba quién sabe que historias pecaminosas, yo me empecinaba en una moral que lo más ilícito que se le ocurría, era ahogarme con un cigarro mentolado. Pero como aquello no eran Chocoretas, lo dejé bien pronto. Jamás le hallé ni el modo ni el gusto.
Ahí también encontré similitudes con Simone de Beauvoir, aunque por razones distintas. Yo no tenía argumentada mi postura: mi actitud nada tenía que ver con subordinar a la pureza del espíritu lo carnal. Todo se resumía en una terca moral seguida tal como me fue inculcada para poder restregársela a la cara a mi madre en cuanto se requiriera. Nunca lo hice, aunque ensayé mis diálogos mentalmente muchas veces.
Nunca me he considerado rebelde, pero desde esa primera etapa de adolescencia, eran tiempos ríspidos en casa. Así que no había que hacer mucho para que ardiera Troya. Mi madre -supongo- encaraba la vida desde lo que le tocaba vivir y yo, empezaba a forjar mi carácter.
Nunca me he considerado rebelde, pero desde esa primera etapa de adolescencia, eran tiempos ríspidos en casa. Así que no había que hacer mucho para que ardiera Troya. Mi madre -supongo- encaraba la vida desde lo que le tocaba vivir y yo, empezaba a forjar mi carácter.
Beauvoir va más allá cuando narra lo que le costó no sólo encontrarse, sino despojarse de la educación y la fe recibida en su familia; además de enfrentar el rechazo que sus padres le demostraban a partir de sus nuevas ideas. El choque de dos formas de concebir el mundo. Resultó un alivio para mí tener hermanos mayores que en buena medida me sirvieron de referencia intelectual y cultural por lo que si hacía falta apapacho o un espacio para dar mi punto de vista sobre lo leído, lo tuve ahí, entre mi sangre.
No sé exactamente cuando rompí con la religión. Tengo muy presente a la maestra de Historia (en la secundaria), cuando nos decía que las religiones eran motivo de unión, pero también de guerra entre las naciones. Eso derivó en una marcada reserva hacia la Iglesia como institución. Lo que me hizo gracia, en medio de la lectura, fue encontrar las discusiones monologadas de Simone con Dios. Yo también recuerdo haberle avisado sobre mis dudas y que necesitábamos restablecer los términos de nuestra relación, como un gesto de miedo-respeto por las posibles represalias o simplemente, evitar el agravio. Pero a diferencia de Simone de Beauvoir, no me generó mayor conflicto ni personal ni familiar.
En ese punto mi familia se ha colocado dentro del bloque de creyentes, lo cual les permite no seguir todos los ritos y fiestas católicas al pie de la letra, así como creer en la injerencia que tienen en nuestras vidas Jesús, vírgenes, santos o dioses prehispánicos. En el altar de la casa conviven armoniosamente un dios del maíz (que compró mi papá en Monte Albán); imágenes de la virgen de Guadalupe; la virgen de Sta. Rosa; un crucifijo; la virgen de Juquila y el Santo niño de Atocha compartiendo flores y veladoras.
También encontré puntos de relación en lo expuesto por Simone de Beauvoir y el libro de La metagenealogía de Jodorowsky, específicamente en la relación con sus padres y su hermana. Sin embargo, lo expuesto por ella en este primer libro, sólo son las memorias de esos días. Hay cosas que analiza, pero muchas otras que describe sólo para dejarlas asentadas.
Memorias de una chica formal me hizo reír por las identificaciones más cínicas de la niñez, pero sobre todo, me hizo pensar en una etapa muy oscura de mi vida. Alguna vez, ya terminada la universidad, releí algunos diarios de esa época y noté lo azotada que era en esos días. Con la lectura de Beauvoir, reconocí el coraje, un gran vacío y la falta de sentido que tenía la existencia entonces.
Me reconocí en la soledad y en esa necesidad de no perderme entre el montón de gente; de ser aceptada sin ceder en mi individualidad; de aferrarme a las letras como tabla de salvación. Me reconocí en la soberbia y en el despecho de no encajar socialmente: nunca del todo con mis amigas, ni con mis compañeros de teatro, ni en la grilla, ni con mis contados pretendientes, ni con mis amores platónicos. Había perdido la dimensión que cobran las cosas en la adolescencia. Beauvoir me la devolvió. Ahora, al reencontrarme con algunos trabajos de los chicos de secundaria, los leí sin ojos de quien evalúa una tarea, sino como quien encuentra a la persona atrapada en un cuerpo en desarrollo.
¿Qué es lo que encendió Demian dentro de mí? Hoy con trabajos recuerdo la anécdota. Pero pasé a la inmortalidad en la memoria de una persona como la más ferviente seguidora de las ideas de Herman Hesse. Por su parte, para Simone de Beauvoir, descubrir la filosofía fue un parteaguas en su vida. Mireya se equivoca: puedes morir aplastado sin que se te caiga el techo de tu vivienda. Escuchar a un alma atormentada también puede salvar una vida, literal o metafóricamente.

Me reconocí en la soledad y en esa necesidad de no perderme entre el montón de gente; de ser aceptada sin ceder en mi individualidad; de aferrarme a las letras como tabla de salvación. Me reconocí en la soberbia y en el despecho de no encajar socialmente: nunca del todo con mis amigas, ni con mis compañeros de teatro, ni en la grilla, ni con mis contados pretendientes, ni con mis amores platónicos. Había perdido la dimensión que cobran las cosas en la adolescencia. Beauvoir me la devolvió. Ahora, al reencontrarme con algunos trabajos de los chicos de secundaria, los leí sin ojos de quien evalúa una tarea, sino como quien encuentra a la persona atrapada en un cuerpo en desarrollo.
¿Qué es lo que encendió Demian dentro de mí? Hoy con trabajos recuerdo la anécdota. Pero pasé a la inmortalidad en la memoria de una persona como la más ferviente seguidora de las ideas de Herman Hesse. Por su parte, para Simone de Beauvoir, descubrir la filosofía fue un parteaguas en su vida. Mireya se equivoca: puedes morir aplastado sin que se te caiga el techo de tu vivienda. Escuchar a un alma atormentada también puede salvar una vida, literal o metafóricamente.