26 de julio de 2013

De mí, para mí

Dos noches antes me costó conciliar el sueño. Y ese día al amanecer, la impresión me hizo despertar. Fue una pesadilla bastante real: mi hermana perdía una pierna y yo deduje que había sido por un accidente automovilístico. Pero la pierna estaba ahí, sólo que doblada. No había sangre ni nada que corroborara el accidente. Yo les cuestionaba eso justo cuando desperté. Había hecho claramente una proyección de mi propio miedo.
 
Me pregunté a mí misma si quería continuar con el plan o había que abortar la misión. Y decidí que no había marcha atrás. A medio día estaba en Plaza Río; nerviosa pero segura. Todo  empezó casi un año atrás.
 
Cumplir años siempre me emociona y cumplir 33 me parecía especial sobre todo después de los asaltos de meses atrás. En el primero de ellos me amenazaron con "clavarme", pero como nunca  vi el arma, mantuve la calma. La segunda vez no fue así: el miedo me entró al ver la navaja y él lo sabía. De hecho, cuando lo vi tuve el impulso de dar media  vuelta y bajar por las escaleras intermedias de ese largo puente  de Zaragoza, pero por no demostrarle miedo o desconfianza seguí caminando. Y me asaltó. Diga lo que diga Will Smith en After Heart,  yo no sé si el miedo  es una elección o no, pero éste se me metió en los huesos después de ese día.
 
Me llevó muchos meses quitarme el sobresalto cuando sentía que alguien se me acercaba. Aún ahora vigilo mi espalda cuando camino sola. Fue una mala racha que ya pasó, pero me dejó rondando en la cabeza que estamos viviendo tiempos que dejan abiertas muchas variantes que no controlamos. Sin ser fatalista, creo que siempre será mejor decidir acerca de  nuestra persona y sobre todo, no quedarse con las ganas de hacer algo.
 
Además del miedo, coincidió que conocí (no de tratarlos, sino de saber de su existencia) a una cantautora y un escritor de textos para niños que tienen tatuadas frases (e incluso un párrafo) en los brazos. Palabras. Me llamó la atención porque ninguno de los dos son del tipo "rudo", pero tampoco del tipo "frívolo". ¿Quiénes se tatúan y por qué? 
 
La pregunta llegó a mí: ¿Por qué no?  Desde mi época de CCH me llamaban la atención y uno a uno de los argumentos que antes me habían detenido o mejor dicho,  con los que me espantaba la idea, los fui desechando por obsoletos: no puedo donar sangre; no soy actriz ("tu cuerpo siempre  está a disposición de un nuevo personaje", es lo que te dicen en la escuela); la maternidad no es un tema sobre la mesa; no me siento "vieja"; no es impedimento para la donación de órganos; podía pagarlo y sobre todo, estaba en un momento de estabilidad emocional que me permitía decidir sin apasionamiento, despecho, enojo, etc., tatuarme algo que realmente me convenciera.
 
Así que lo fui maquinando poco a poco. Pedí recomendación de estudios y busqué información por mi cuenta. Así llegué a Molly. Canal Once la entrevistó para el programa Hechas en México.  He ahí otra mujer que está muy lejos del cliché del tatuador pandroso. Se alejaban de mí los prejuicios de lo que podía significar un tatuaje en un contexto de cárcel, militares, marinos, rockeros, la farándula, pandillas, barrios, sicarios, etc. Recordemos que provengo de una familia de provincia y los tatuajes no habían entrado en ella (mi hermano tiene uno, pero al no vivir en el país... Ojos que no ven...)  Decidí que quería ser tatuada por una mujer.

Revisé los tatuajes más comúnes, los más feos y los más excéntricos; diferentes técnicas en el mundo; también  las zonas más dolorosas y las menos recomendables. Así decidí el lugar, pero no el diseño. Un día platicando con mi hermano, me preguntó: ¿Por qué no lo dibujas tú? Hacía mucho que no lo hacía, así que estaba fuera de práctica. Me llevó varias horas de bocetos sueltos hasta que una noche me dediqué a concretar las ideas que traía flotando.

Fue curioso porque empecé con la idea de un ciervo básicamente porque me parece un animal que tiene una figura muy estilizada; además  de que había leído sobre sus características, usos y costumbres por ser mi  tótem de nacimiento y me agradaba el vínculo con este animal. 
 
Un día en el metro, mientras esperaba a que el tren avanzara, vi la silueta de dos venados en una posición similar a la de mi diseño: era la estación Parque de los venados en la línea dorada. Me sentí iluminada: ahí estaba mi nexo inconsciente con este animal. Mi madre me había repetido un sin fin de veces que yo había nacido "en el Parque de los venados" y de pronto,  caí en la cuenta de que mi diseño me  regresaba al origen  de mi historia de vida sintetizada en una imagen. 
 
Ya con la figura central, sólo agregué dos elementos que complementan el diseño en torno a mí misma: flores de Santa Cruz y un glifo prehispánico. Y así, el 25 de mayo, el último día de mis 33 años, lo cerré con este regalo de mí, para mí.
 

 


 


 

   


 
 
 
 
 
 







14 de julio de 2013

No hay cosa más tonta que una vaca tonta


En mi librero conservo el primer libro de Yucuiñálu: es un libro flacucho de color verde, bastante maltratado. Cuenta la historia de un viejo libro que sufre de bullying (ji-ji),  por parte de los otros libros hasta que lo salva una niña que al leerlo en voz alta deja al descubierto su valor frente a sus congéneres.
Era un material de obsequio que le dieron en la calle a mi hermana mayor y que ella me regaló a  mí. El primer libro mío-mío: El libro de cuentos. Desde entonces, me he hecho acompañar de  la literatura infantil y juvenil porque la encuentro como  un rincón acogedor donde más de una vez he encontrado una buena sacudida, un bofetón oportuno, una reconfortante palmadita en la espalda y sobre todo, me siento comprendida y cobijada entre esas páginas.  
En esta ocasión, pospuse mi lectura de Memorias de una joven formal por Memorias de una vaca, de Bernardo Atxaga.  Y no es que mi primera lectura haya empezado mal, sólo que me falta condición para empezar con una lectura que me lleva a hacer tantas conexiones con mis propios recuerdos. Por otra parte, la novela de Atxaga no es lectura fácil, pero sí tiene un ritmo y un tono que la hace mucho más accesible  para ir calentando motores este verano.
                                                     
La irreverencia de Mo, la simpleza de Pauline Bernardette, la explosividad de La Vache qui Rit, la propiedad de El pesado son elementos que hacen entrañable a esta novela. Además cuenta con un plus: el personaje principal echa mano de un listado de refranes para vaca que  están muy sacados de la manga, pero justamente por eso, resultan tan oportunos y amenos. Mis favoritos: "Vaca dichosa no tiene historia"; "No es lo mismo saberlo, que tragarlo" (¡Tómala! Se refiere a una verdad que no por conocida se digiere con facilidad); "¿Qué creías que era vivir?, ¿Creérselo todo y echarse a dormir?"; "El que quiera saber enseguida todo, que abra el libro por el otro lado".
 
Gratísimo encuentro de esta novela y yo en este valle de lágrimas...  ¡De risa!, con la ingeniosa pluma de Bernardo Atxaga, 
                                                                 
Memorias de una vaca. Bernardo Atxaga. Ediciones SM. Col. El barco de vapor.

2 de julio de 2013

El gordo Enriquetote

A Yucuiñálu le regalaron un libro editado por la SEP, en el que un niño  contaba la historia de sus hermanos haciendo una analogía con los dedos de la mano. Cada hermano tenía una apariencia y una personalidad distinta como nuestros cinco dedos. El dedo pulgar, era el gordo Enriquetote, el bebé de su familia.

A tantos años de distancia, no recuerdo al autor (a), sólo que era un libro que me gustaba por el tema. Yo no sería el dedo pulgar, sino el meñique, pero al igual que el personaje principal, mis hermanos, mi clan, es la base de la persona que ahora soy.

En esto pensaba a mitad de la película After Heart. Más allá de que la historia es muy básica, el vínculo de Kitai con su hermana conectó con mi historia personal. 
 
Con un padre huérfano que fue criado por su abuela y una madre con una familia "disfuncional", no fuimos criados con cariñitos ni palabras melosas sino con manifestaciones más bien parcas y secas. Ahora que  observó a mis padres cómo se comportan con los niños pequeños, creo recordar que los apapachos los recibimos de muy chicos, porque en cuanto dimos señales de que podíamos salirnos del huacal, la disciplina se antepuso al arrumaco. 
 
De esta forma, mis hermanos fueron esa fuente de cariño que acompañó a Yucuiñálu. Es curioso porque conforme fui creciendo, tuve oportunidad de compartir etapas de mi vida con cada uno de ellos y aunque me llevan algunos añitos de diferencia, nuestros intereses se empataron en algún momento y eso es lo que nos une. De cada uno tengo recuerdos muy precisos y sé exactamente por qué los quiero.
 
En la infancia y adolescencia tenía una pesadilla muy recurrente: por alguna razón, toda la gente se convertía en algo así como vampiros (o zombies, ahora que están de moda). Uno a uno se iban mordiendo y me iban cercando. Mi mayor angustia era saber que mi familia también se iba a convertir y que me pudiera atacar porque no sabía si pesaría más mi instinto de supervivencia  o nuestro vínculo afectivo.  Me aterraba tener que decidir entre su vida y la mía.

Después de una intensa corretiza, ese momento llegaba. Yo lloraba apelando a nuestro parentesco y justo cuando se acercaban más a mí, despertaba con el corazón ahorcado por mis tripas.  Era terrible ese momento, sobre todo porque si por alguna razón me despertaba, cuando cerraba los ojos otra vez, el sueño empezaba desde el principio: una casa blanca que se veía chica desde afuera; luego la recorríamos cuarto a cuarto mi madre y yo; las paredes, los marcos, los cuadros en las paredes eran blancos. La impresión era que estábamos en un museo viendo esos grandes cuadros pegados en las paredes de esas habitaciones que  se conectaban unas a otras por un marco de madera sin puerta.

De pronto, ya estaba sola en el exterior y empezaba a correr para evitar a la horda. Corría por las azoteas y aunque me repetía que eso ya lo había vivido, que ya sabía lo que seguía en ese guión, era desesperante, angustioso, horrible.
 
Otro mal sueño de Yucuiñáñu que apareció después de ver un capítulo de Hora Marcada, fue uno en el que aparecían unos dobles malignos de cada uno de los integrantes de la familia que iban matando a los originales hasta que los suplantaban. ¡Qué miedo!
 
Un psicólogo seguramente tendrá muchas cositas que decir al respecto, pero como eso no es lo que me interesa, sino señalar lo importante que son mis familiares y el impacto que causa en mí la posibilidad de una ruptura con ellos, dejemos el corchoanálisis para otra ocasión.
 
 
No sé si seríamos los que somos si hubiéramos tenido otros padres u otro contexto; hasta dudo si podríamos ser cuates si no fuéramos de la misma sangre porque quizá esas cosas en las que nos parecemos nos harían repelernos, así que,  qué fortuna ser miembros de la misma mano.