Dos noches antes me costó conciliar el sueño. Y ese día al amanecer, la impresión me hizo despertar. Fue una pesadilla bastante real: mi hermana perdía una pierna y yo deduje que había sido por un accidente automovilístico. Pero la pierna estaba ahí, sólo que doblada. No había sangre ni nada que corroborara el accidente. Yo les cuestionaba eso justo cuando desperté. Había hecho claramente una proyección de mi propio miedo.
Me pregunté a mí misma si quería continuar con el plan o había que abortar la misión. Y decidí que no había marcha atrás. A medio día estaba en Plaza Río; nerviosa pero segura. Todo empezó casi un año atrás.
Cumplir años siempre me emociona y cumplir 33 me parecía especial sobre todo después de los asaltos de meses atrás. En el primero de ellos me amenazaron con "clavarme", pero como nunca vi el arma, mantuve la calma. La segunda vez no fue así: el miedo me entró al ver la navaja y él lo sabía. De hecho, cuando lo vi tuve el impulso de dar media vuelta y bajar por las escaleras intermedias de ese largo puente de Zaragoza, pero por no demostrarle miedo o desconfianza seguí caminando. Y me asaltó. Diga lo que diga Will Smith en After Heart, yo no sé si el miedo es una elección o no, pero éste se me metió en los huesos después de ese día.
Me llevó muchos meses quitarme el sobresalto cuando sentía que alguien se me acercaba. Aún ahora vigilo mi espalda cuando camino sola. Fue una mala racha que ya pasó, pero me dejó rondando en la cabeza que estamos viviendo tiempos que dejan abiertas muchas variantes que no controlamos. Sin ser fatalista, creo que siempre será mejor decidir acerca de nuestra persona y sobre todo, no quedarse con las ganas de hacer algo.
Además del miedo, coincidió que conocí (no de tratarlos, sino de saber de su existencia) a una cantautora y un escritor de textos para niños que tienen tatuadas frases (e incluso un párrafo) en los brazos. Palabras. Me llamó la atención porque ninguno de los dos son del tipo "rudo", pero tampoco del tipo "frívolo". ¿Quiénes se tatúan y por qué?
La pregunta llegó a mí: ¿Por qué no? Desde mi época de CCH me llamaban la atención y uno a uno de los argumentos que antes me habían detenido o mejor dicho, con los que me espantaba la idea, los fui desechando por obsoletos: no puedo donar sangre; no soy actriz ("tu cuerpo siempre está a disposición de un nuevo personaje", es lo que te dicen en la escuela); la maternidad no es un tema sobre la mesa; no me siento "vieja"; no es impedimento para la donación de órganos; podía pagarlo y sobre todo, estaba en un momento de estabilidad emocional que me permitía decidir sin apasionamiento, despecho, enojo, etc., tatuarme algo que realmente me convenciera.
Así que lo fui maquinando poco a poco. Pedí recomendación de estudios y busqué información por mi cuenta. Así llegué a Molly. Canal Once la entrevistó para el programa Hechas en México. He ahí otra mujer que está muy lejos del cliché del tatuador pandroso. Se alejaban de mí los prejuicios de lo que podía significar un tatuaje en un contexto de cárcel, militares, marinos, rockeros, la farándula, pandillas, barrios, sicarios, etc. Recordemos que provengo de una familia de provincia y los tatuajes no habían entrado en ella (mi hermano tiene uno, pero al no vivir en el país... Ojos que no ven...) Decidí que quería ser tatuada por una mujer.
Revisé los tatuajes más comúnes, los más feos y los más excéntricos; diferentes técnicas en el mundo; también las zonas más dolorosas y las menos recomendables. Así decidí el lugar, pero no el diseño. Un día platicando con mi hermano, me preguntó: ¿Por qué no lo dibujas tú? Hacía mucho que no lo hacía, así que estaba fuera de práctica. Me llevó varias horas de bocetos sueltos hasta que una noche me dediqué a concretar las ideas que traía flotando.
Fue curioso porque empecé con la idea de un ciervo básicamente porque me parece un animal que tiene una figura muy estilizada; además de que había leído sobre sus características, usos y costumbres por ser mi tótem de nacimiento y me agradaba el vínculo con este animal.
Un día en el metro, mientras esperaba a que el tren avanzara, vi la silueta de dos venados en una posición similar a la de mi diseño: era la estación Parque de los venados en la línea dorada. Me sentí iluminada: ahí estaba mi nexo inconsciente con este animal. Mi madre me había repetido un sin fin de veces que yo había nacido "en el Parque de los venados" y de pronto, caí en la cuenta de que mi diseño me regresaba al origen de mi historia de vida sintetizada en una imagen.
Ya con la figura central, sólo agregué dos elementos que complementan el diseño en torno a mí misma: flores de Santa Cruz y un glifo prehispánico. Y así, el 25 de mayo, el último día de mis 33 años, lo cerré con este regalo de mí, para mí.
