2 de julio de 2013

El gordo Enriquetote

A Yucuiñálu le regalaron un libro editado por la SEP, en el que un niño  contaba la historia de sus hermanos haciendo una analogía con los dedos de la mano. Cada hermano tenía una apariencia y una personalidad distinta como nuestros cinco dedos. El dedo pulgar, era el gordo Enriquetote, el bebé de su familia.

A tantos años de distancia, no recuerdo al autor (a), sólo que era un libro que me gustaba por el tema. Yo no sería el dedo pulgar, sino el meñique, pero al igual que el personaje principal, mis hermanos, mi clan, es la base de la persona que ahora soy.

En esto pensaba a mitad de la película After Heart. Más allá de que la historia es muy básica, el vínculo de Kitai con su hermana conectó con mi historia personal. 
 
Con un padre huérfano que fue criado por su abuela y una madre con una familia "disfuncional", no fuimos criados con cariñitos ni palabras melosas sino con manifestaciones más bien parcas y secas. Ahora que  observó a mis padres cómo se comportan con los niños pequeños, creo recordar que los apapachos los recibimos de muy chicos, porque en cuanto dimos señales de que podíamos salirnos del huacal, la disciplina se antepuso al arrumaco. 
 
De esta forma, mis hermanos fueron esa fuente de cariño que acompañó a Yucuiñálu. Es curioso porque conforme fui creciendo, tuve oportunidad de compartir etapas de mi vida con cada uno de ellos y aunque me llevan algunos añitos de diferencia, nuestros intereses se empataron en algún momento y eso es lo que nos une. De cada uno tengo recuerdos muy precisos y sé exactamente por qué los quiero.
 
En la infancia y adolescencia tenía una pesadilla muy recurrente: por alguna razón, toda la gente se convertía en algo así como vampiros (o zombies, ahora que están de moda). Uno a uno se iban mordiendo y me iban cercando. Mi mayor angustia era saber que mi familia también se iba a convertir y que me pudiera atacar porque no sabía si pesaría más mi instinto de supervivencia  o nuestro vínculo afectivo.  Me aterraba tener que decidir entre su vida y la mía.

Después de una intensa corretiza, ese momento llegaba. Yo lloraba apelando a nuestro parentesco y justo cuando se acercaban más a mí, despertaba con el corazón ahorcado por mis tripas.  Era terrible ese momento, sobre todo porque si por alguna razón me despertaba, cuando cerraba los ojos otra vez, el sueño empezaba desde el principio: una casa blanca que se veía chica desde afuera; luego la recorríamos cuarto a cuarto mi madre y yo; las paredes, los marcos, los cuadros en las paredes eran blancos. La impresión era que estábamos en un museo viendo esos grandes cuadros pegados en las paredes de esas habitaciones que  se conectaban unas a otras por un marco de madera sin puerta.

De pronto, ya estaba sola en el exterior y empezaba a correr para evitar a la horda. Corría por las azoteas y aunque me repetía que eso ya lo había vivido, que ya sabía lo que seguía en ese guión, era desesperante, angustioso, horrible.
 
Otro mal sueño de Yucuiñáñu que apareció después de ver un capítulo de Hora Marcada, fue uno en el que aparecían unos dobles malignos de cada uno de los integrantes de la familia que iban matando a los originales hasta que los suplantaban. ¡Qué miedo!
 
Un psicólogo seguramente tendrá muchas cositas que decir al respecto, pero como eso no es lo que me interesa, sino señalar lo importante que son mis familiares y el impacto que causa en mí la posibilidad de una ruptura con ellos, dejemos el corchoanálisis para otra ocasión.
 
 
No sé si seríamos los que somos si hubiéramos tenido otros padres u otro contexto; hasta dudo si podríamos ser cuates si no fuéramos de la misma sangre porque quizá esas cosas en las que nos parecemos nos harían repelernos, así que,  qué fortuna ser miembros de la misma mano. 
 
 
 
 
 
 

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