28 de mayo de 2015

Museo Memoria y mucha tolerancia

Hace  más de un mes, el Museo Memoria y Tolerancia sacó una convocatoria para renovar su equipo de guías de museo. A la convocatoria le caímos más de 900 personas, según la encargada de recursos humanos de dicho museo. 

Justo un día antes de que empezara el curso de capacitación, recibí (yo y seguramente el resto de postulantes) un mensaje informando que si me interesaba la plaza, aún estaba a tiempo de presentar las pruebas psicométricas vía internet por la módica cantidad de $299.50.00. El pago debía hacerse en una cuenta Transfer de Banamex a nombre de  Lic. Alma Mireya Ávila.

Rauda y veloz, me metí a la página del museo y no había ningún anuncio al respecto y las fechas de su proceso de selección se mantenían igual, de hecho, ya había descartado la posibilidad de que me llamaran. Llamadas y mensajes de intercambio de información con mi hermana -quien a diferencia mía, sí había pasado el primer filtro- llegamos al acuerdo de ir personalmente al museo para saber cuál era la situación.

Al otro día, por la mañana, llegué al museo y pregunté al guardia si ya había empezado el curso de capacitación. Me dijo que sí y que esperara a una persona que me daría informes. Se me acercó un hombre de mediana edad y me preguntó el asunto a tratar. Yo expliqué brevemente el tema del correo y de inmediato me dijo que el museo no era responsable y que ni siquiera se trataba de un correo institucional y que en un momento me llevaba con la persona a cargo.

Me pidió que esperara un par de minutos y después me dijo que lo siguiera a las oficinas. Subimos como dos o tres pisos por las escaleras, cada uno de ellos resguardado por una puerta que abría con su tarjeta electrónica personalizada. Más puertas y más pasillos hasta llegar a una oficina de la cual salió mi hermana con la jefa de recursos humanos. Eso me tranquilizó. Por un momento me entró la paranoia por cómo se dieron las cosas a la entrada: con sigilo y discreción. No quedó ningún registro de mi entrada al museo. Y aunque mi imaginación de serie policíaca chafa se disparó, lo cierto es que me pareció excesiva la seguridad de las instalaciones tratándose sólo de personal administrativo.

Finalmente pasé  con la licenciada Claudia Aguilar, expuse mi caso y su respuesta fue que les habían jaqueado la cuenta pero que ellos no tenían nada que ver y que ya se habían comunicado con el servidor para saber qué había pasado. No respondió por qué no se habían deslindado públicamente en su página de internet o de Facebook, ya que tampoco lo habían hecho vía correo electrónico. Con cierto fastidio, ella se comprometió a mantenernos informados (a todos los postulantes) sobre el curso de la investigación y a la fecha, por lo menos yo, no he vuelto a tener noticias sobre esta persona.


Me acompañó al pasillo y ahí le pidió a una mujer de intendencia que me acompañara a la salida. Al salir del elevador, ya en el sótano, no reconocí el lugar y me acerqué a los guardias de seguridad para buscar la salida y para mi sorpresa me empezó a interrogar: de dónde venía, si me había registrado al entrar, si no fue así, quién me dio el acceso; por dónde había entrado... Yo argumenté que en ningún momento me pidieron ningún registro y sólo quería salir de ahí. Después de hacerme abrir mi bolsa para revisarla, finalmente quitó la cadena y descorrió el cerrojo del portón.

Ya en avenida Juárez, encontré a mi hermana y al parecer, ella tampoco pudo evitar el absurdo interrogatorio. La diferencia radicó en que a ella se lo aplicaron a la entrada. Pasó al lobby sin registro porque no había personal en la puerta y cuando los vigilantes se percataron de su presencia, la abordaron en bola para que les explicara cómo había entrado y por qué estaba ahí. Aclarado el punto, el resto de la entrevista fue más o menos en los mismos términos.

Hasta ahí la anécdota. Me quedo con la mala impresión del rollo de la seguridad del museo; distante de toda tolerancia hacia el prójimo. Con la cuenta jaqueada mis datos personales quedaron expuestos ante quién sabe qué personas y lo peor es que el Museo lo manejó con un silencio que suena a complicidad  e incongruencia con lo que plantean en su Misión como institución. El talón de Aquiles de la tolerancia consiste en aplicarla a aquellos quienes estafan y lucran con las necesidades de un grupo desempleados. Cosa enojosa y triste.





6 de mayo de 2015

Afónica

Despertar en medio de un sueño recurrente de otro tiempo no es precisamente el estado ideal para empezar un nuevo día. 

En mi sueño, de nuevo la angustia de no saber cómo, cuándo ni por qué dejé de asistir a la clase de biología. Sé que pronto tendré que presentar el examen final, pero no tengo ni idea de lo que me van a preguntar. Un pasillo, compañeros. La angustia.

Se combinan las imágenes de una presentación de ballet o algo así. Despierto.

Cuando recién salí de la facultad, tenía ese sueño con cierta regularidad y constancia: yo reprobando biología y la preocupación de tener que pasar en algún momento la asignatura para continuar mis estudios. 

Mi llave para abrir la puerta del mundo onírico, se presenta cuando pienso que no llevo Biología en la carrera de teatro (¡!) y que para estar en la universidad, debí cursar todas las materias del bachillerato. 

Hoy pensé además, que no soy mala en Biología. Incluso, me gustaba en el CCH. Si se tratara de física o química, con toda seguridad, el sueño podría tornarse una verdadera pesadilla.

En esta última semana, he soñado y al despertar, recuerdo mis sueños. Es un alivio salir de este silencio digital, aunque sea por la mortificación de un mensaje cifrado.

Pienso que es momento de cerrar el ciclo de este blog, pero aún tengo algunos pendientes. Hasta entonces, estaré rondando por aquí.