30 de agosto de 2017

Machaca western o las lluvias de agosto

Hoy en la noche empieza oficialmente la fiesta patronal de Santa Rosa de Lima. Pude haber ido. Pero a pesar de la añoranza de oír la música de viento, ver las danzas y mojarme con la lluvia fría y el olor a tierra mojada en los pulmones, tuve miedo de volver a sentirme extraña.

La última vez que estuve en la fiesta grande, fue en 2009, luego de un periodo más o menos corto de no asistir. Y en aquella ocasión, todo fue diferente a lo que recordaba:  no había primos, la lluvia corría por toda la calle principal hasta encharcarse frente a la iglesia (el pavimento no filtra el agua y no hay coladeras), había pocos músicos en la banda municipal, y no conocía a los paisanos que venían de Estados Unidos (hijos de mis contemporáneos).  El paso del tiempo me cayó de golpe.  

El guacho, machaca western  trata de ese regreso a un lugar que tampoco es lo que solía ser. Con una estética de cómic, Luis Mario Moncada se sirve del ambiente del viejo oeste para hablar del viaje que hace el Forastero, un  gánster citadino que regresa con una misión a sueldo y,  -quizá-,  a cumplir una promesa a un viejo amigo, pero es sorprendido por el amor y por la novedad que envuelve el poblado de Cactus.


En el pueblo (y en otros estados del sur del país), guacho es el soldado raso. En América latina, significa huérfano o hijo natural, incluso se dice de la persona que tiene malas intenciones.  Luis Mario Moncada lo utiliza como se usa en Sonora, como sinónimo de "chilango". En  cualquiera de estas acepciones, se trata de un extraño, de alguien ajeno a la comunidad en cuestión, y en definitiva, es una forma despectiva de llamar al otro.



El viejo oeste es el escenario donde cabe la nostalgia,  la pasión y la traición. La estética del cómic acepta la interacción de los personajes con una estatua que simboliza el orden. El guacho, machaca western, es una obra que nos abre la puerta a ese lugar  (físico o simbólico) del que hemos sido expulsados y nos ha convertido en extraños.

No habrá más fiestas patronales como las que viví en mi niñez y mi adolescencia. No habrá más lluvia con olor a tierra mojada ni  barro rojo que detenga mis huaraches a cada paso. Algunos de las y los primos ahora son abuelos. Santa Rosa de Lima dejó de ser un punto de reunión en el periodo vacacional de verano. La festividad unía a los niños de la ciudad y los del pueblo.  Ellos eran el pase, la acreditación para ser parte de la colectividad. Ser menos "guachos" en la tierra de los padres. California y  Oregon les han dado su propia barnizada de "guachos".



El guacho, machaca western. Moncada, Luis Mario. Ed. Instituto Sonorense de Cultura. 2010.