Con toda certeza no diré nada que no se haya dicho antes, pero no puedo dejar de expresar mi asombro ante Cien años de soledad. Esta primavera, tan sólo un par de días antes de la muerte física de Gabriel García Márquez, empecé la lectura de esta novela, así que la noticia del deceso me cayó de sorpresa. ¿Cómo podía morirse, si apenas nos estábamos conociendo?
Cien años de soledad es, como dicen los que saben: la onda. Me sorprendió lo ágil que resulta su lectura, lo envolvente de la trama y el vertiginoso ritmo del final. A pesar de haber leído otras novelas y cuentos de García Márquez, sólo con Cien años de soledad entiendes la trascendencia de Gabriel García Márquez en la historia de las letras. ¡Qué clarividencia para ver dentro del alma de sus personajes! La sensación después de leer esta novela fue de entender lo que es la magnificencia: como conocer la historia de la humanidad en 400 páginas.
Me gustó mucho el manejo que hace de sus personajes femeninos: Úrsula, Amaranta y Pilar Ternera mis favoritas. Me causó admiración la fortaleza de Úrsula y el empuje de José Arcadio Buendia; lo etéreo de Remedios la bella; la crueldad de Amaranta sobre todo para sí misma; la rigidez de Fernanda; la generosidad de Petra Cotes y la empatía de Pilar Ternera.
Y el final es sorprendente: tanto esplendor, derroche, penuria, sobresaltos, maldiciones y llanto borrados por un ventarrón. Tan inútiles los esfuerzos de la que hizo todo por perpetuar su apellido como las que se dejaron guiar por el orgullo; las apariencias; la soberbia; el que buscó la sabiduría inalcanzable; el que apostó por el derroche y la indecisión. El sinsentido de las guerras; la porquería que viene ligada a la política; el capitalismo disfrazado de progreso. Al final, lo único que se conserva es el momento vivido: ni el recuerdo perdura ante el remolino que ha de borrar de la faz de la Tierra a Macondo.
Un acertado y merecido encuentro con Cien años de soledad. Gracias, Gabriel García Márquez.


