27 de agosto de 2014

Una breve sobre una grande

Con toda certeza no diré nada que no se haya dicho antes, pero no puedo dejar de expresar mi asombro ante Cien años de soledad. Esta primavera, tan sólo un par de días antes de la muerte física de Gabriel García Márquez,  empecé la  lectura de esta novela, así que la noticia del deceso me cayó de sorpresa. ¿Cómo podía morirse, si apenas nos estábamos conociendo?  

                       

Cien años de soledad es, como dicen los que saben: la onda. Me sorprendió lo ágil que resulta su lectura, lo envolvente de la trama y el vertiginoso ritmo del final. A pesar de haber leído otras novelas y cuentos de García Márquez, sólo con Cien años de soledad  entiendes la trascendencia de Gabriel García Márquez en la historia de las letras. ¡Qué clarividencia para ver dentro del alma de sus personajes! La sensación después de leer esta novela fue de entender lo que es la magnificencia: como conocer la historia de la humanidad en 400 páginas.

Me gustó mucho el manejo que hace de sus personajes femeninos: Úrsula, Amaranta y Pilar Ternera mis favoritas.  Me causó admiración la fortaleza de Úrsula y el empuje de José Arcadio Buendia; lo etéreo de Remedios la bella; la crueldad de Amaranta sobre todo para sí misma; la rigidez de Fernanda; la generosidad de Petra Cotes y la empatía de  Pilar Ternera.

Y el final es sorprendente: tanto esplendor, derroche, penuria, sobresaltos, maldiciones y llanto borrados por un ventarrón. Tan inútiles los esfuerzos  de  la que hizo todo por perpetuar su apellido como  las que se dejaron  guiar por el orgullo; las apariencias; la soberbia; el que buscó la sabiduría inalcanzable; el que apostó por el derroche y la indecisión. El sinsentido de las guerras; la porquería que viene ligada a la política; el capitalismo disfrazado de progreso. Al final, lo único que se conserva es el momento vivido: ni el recuerdo perdura ante el remolino que ha de borrar de la faz de la Tierra a Macondo.


                   


Un acertado y merecido encuentro con  Cien años de soledad. Gracias,  Gabriel García Márquez.










13 de agosto de 2014

Celda 211

Seven me impactó mucho la primera vez que la vi, a mediados de los noventa. Hace como una semana la volví a ver y aunque el efecto sorpresivo del final ya se perdió, lo cierto es que el planteamiento no deja de ser escabroso: la delgada línea que separa al asesino y al justiciero.  

                                            

De hecho, una de las historias que más me gustan de Batman, es la de la novela gráfica Arkham Asilum: A serius house a serious earth, donde él mismo desconfía de su cordura y teme llegar a sentirse como en casa al entrar a Arkham

En Celda 211, vemos no sólo el cambio de rol de Juan Oliver, sino también - y sobre todo- de percepción de lo que significa el sistema carcelario español. Así pasa de funcionario de prisiones a líder del motín de reos.
                                              

De entrada, lejos del esquema hollywoodense, el policía no acaba matando a todos los presos para salir bien librado. A través de la mirada de Juan Oliver, podemos ver la contraparte de  lo que es un reclusorio: paredes arañadas con mensajes anónimos de presos que intentan dejar vestigios de su existencia; amistad, lealtad, policías sádicos..

Mientras veía Celda 211, en un flashazo me vino a la memoria The dark night, cuando el Joker les plantea a los rehenes que están en diferentes buques, eliminar al otro grupo para poder sobrevivir. ¿Quién merece vivir: la mejor sociedad de Gótica o los reos de alta peligrosidad?, ¿Qué grupo resulta más humano en su decisión?, ¿Quién puede decidir qué vidas son más valiosas que otras?

                                                     

El personaje de Malamadre me resultó conmovedor. Es un hombre que a pesar de la apariencia ruda, al entrar en contacto con Juan Oliver, podemos ver su otra faceta: la de un hombre mucho más sensible de lo que admite públicamente. Desde el principio vemos que muestra simpatía por Calzones y de ahí en adelante, lo veremos confiar -prácticamente- en  un desconocido. A Juan Oliver,  por su parte, le va cambiando la vida con cada acción que va tomando dentro de la prisión, hasta ser parte del registro mudo de la pared de su celda.

                                            
                                                                   

Al final resulta descorazonador ver lo que desde el principio sabes que pasará: un Estado que asesina; que manipula la información; que traiciona  a propios y extraños. Una fuerza abstracta que oprime hombres que antes llevó al extremo de la violencia y la desesperación.

Nada se sabe sobre los antecedentes penales de ninguno de los presos: no importan. El guión se centra en los vínculos que se estrechan o se rompen en la prisión con la llegada de Juan Oliver (Calzones) y su camino hacia el horror.  

                               


Lo gacho y lo chido

Después de cuatro meses de reposo (¡Jo! Me imaginé como una mantecada) y una vez superada la etapa del dolor físico y las desveladas por los horarios de medicamentos; seguida o acompañada de una ansiedad por no perder el tiempo,  finalmente, julio representó para mí el primer mes en el que me cayó el veinte de que estoy en pausa. Esto significa que no tengo que justificar con números -de ninguna índole- lo que estoy o no haciendo.

Desde la primera semana en que salí del hospital, procuré sentarme sobre la cama o estar de pie. Acostarme de tiempo completo hubiera significado asumir que estaba ENFERMA y una sutil nube anímica me decía que no podía darme el lujo de achicopalarme. No cuando había jurado solemnemente que por lo que a mí tocaba, iba a hacer todo lo posible para recuperarme rápidamente. Tuve miedo de caer en un estado depresivo si le habría la puerta al llanto. Mi prioridad fue restablecerme en lo físico.

Ahora no sé si ocupar mi cabeza con lectura fue lo mejor o si por el contrario, debí llorar todo lo que se me antojara aunque no supiera ni a razón de qué, tanto sentimiento. Pero no me lo permití entonces y ahora es una posibilidad abierta. A llorar se ha dicho, si lo necesito. Y es que los cambios hormonales me tienen frita. Pero eso es motivo de otra entrada. Hoy quiero engalanar el blog haciendo mi propio listado de Lo gacho y lo chido de... Como en el Tentero, publicación para niños que me divierte mucho.

                                                                                                  

LO GACHO Y LO CHIDO DE LA OPERACIÓN

Lo gacho                                                                                                      

  • Es que me sacaron el aserrín.                                                      
  • Tengo cambios físicos.                                 
  • Tengo una gran cicatriz.                                                                
  • No puedo cargar cosas pesadas.                                               
  • Los exámenes de rutina para detectar anomalías.    

Lo chido

  • Es que ya no tengo un problema de salud
  • Mi complexión es parecida a la que tenía antes de enfermarme.
  • No está tan feo el zurcido.
  • Mi familia me apoya cuando lo requiero.               
  • Los análisis son anuales.


                                                                     

LO GACHO Y LO CHIDO DE  PERDER EL TRABAJO FIJO

Lo gacho                                                                                  

  • Que  no tengo un salario seguro.                                              
  • Extraño el trato humano con alumnos y compañeros.           
  • Ya no chacoteo con mis amigas en los ratos libres.                       
  • El ocio es mal consejero.                                                            
  • Perdí el hábito de despertar temprano.                 
Lo chido
  • Como no salgo, no gasto.
  • Hay gente y prácticas que no extraño.
  • Tengo tiempo para leer sólo lo que me gusta.
  • Reencontré la encuadernación.
  • Disfruto la intimidad y la lucidez que me brinda la noche.


Puedes acceder a la versión electrónica de El Tentero  en  www.eltentero.com.mx. "Para que sepas lo que no debes". 


                             
                                   






8 de agosto de 2014

Atalanta y El fugitivo


Grupo Editorial Norma tiene una colección llamada Zona Libre, con novelas juveniles cortas. De ahí mis últimas lecturas: Atalanta de Stephanie Spinner y El fugitivo de Terence Blacker.

La primera, Atalanta, es una versión sobre el mito griego del mismo nombre. Con una estética de este nuevo cine de Disney, se queda en una narrativa que esboza emociones sin llegar a profundizar en la mente o en el alma de los personajes, termina con un final apresurado que remata con una nota didáctica en la que menciona que hay por lo menos otras dos versiones sobre la muerte de Atalanta. Sólo  le falta agregar que si no te gusta su final, le pongas el que mejor te parezca. 





Lanza un buscapiés con  el personaje de Jasón, insinuando un lazo fuerte entre Atalanta y él sin que pase nada trascendente entre los dos. Y no necesariamente me refiero a un romance, si no a que más allá de que él es un personaje famoso y ella una humilde cazadora a la que Jasón le palmotea la espalda como reconocimiento a su talento con el arco, no pasa nada sin él en la historia. Es una carta que pone sobre la mesa y después no juega con ella.

Definitivamente no es de fiar una novela cuya autora abandona a sus personajes a un final incierto por tener una trama endeble,en lugar de tomar una postura frente al mito. Si no, ¿para qué hablar de Atalanta?, ¿Qué la hace especial para la autora?, ¿Cuál es el objetivo de presentárnosla?

Atalanta es la historia de una adolescente que quería ser cazadora, pero debe darle gusto a su recién conocido padre tirano y casarse sin agraviar a Diana ( a quien había ofrecido permanecer casta) y por un pequeño descuido lascivo, otro dios la castiga convirtiéndola a ella y a su amado esposo, en osos cariñosos. ¿Moraleja? Come frutas y verduras. En realidad no lo sé.


Por el contrario, El fugitivo,  al principio me pareció un lugar común. Sin embargo, conforme la trama avanza, se vuelve más atractiva, graciosa y muy humana. Todo forma parte de los recursos del autor. De hecho, él mismo se burla de los clichés en los que cae Nicky, el personaje principal, pero en el último momento barniza la situación y la libra de lo ordinario.

 En ciertos aspectos, El fugitivo me recordó vagamente Paseo en tiempos de guerra. No es tan oscura, pero si toca puntos sensibles de la vida adolescente en intersección con la vida adulta. La parte más dulce por conmovedora, es la del capítulo con Mi sol. No paraba de reír con la forma de reaccionar de Nicky, pero sin olvidar lo desolada que resulta la realidad de esta mujer. Me gustó.
                                                                      


Curiosamente, mientras buscaba imágenes para esta entrada, leí algunos comentarios de gente que ha leído el libro y me llamó la atención encontrar referencias sobre la densidad de la novela sobre todo en algunos capítulos. El Fugitivo tiene 168 páginas, con una fuente como 12 y cada inicio de capítulo el texto empieza a media cuartilla... sólo por hablar del formato. Del contenido, ya comenté que es bastante accesible la traducción.


En la entrada anterior, mencionaba mi corte de venas en el CCH, con Demian. Incluso, algunos  contemporáneos, leyeron a Sartre hasta con menos de quince años. ¿Qué  leen ahora los adolescentes? 

No desconozco que Volar sobre el pantano y Quióbole forman parte de la bibliografía recomendada por algunos profesores de secundaria. Bueno, ni yo con mis treinta y cinco años  me chutaría Arráncame la vida, que sí les hicieron (por lo menos), comprar a los alumnos de tercer grado de secundaria en mi ex plantel laboral. ¿Qué leemos los adultos que tenemos contacto con esos adolescentes?

También encontré breves reseñas de El fugitivo, escritas por gente que evidentemente, no leyó la novela, pero que religiosamente se registraron en el blog que se les indicó para que les tomaran la lección. 
Terence Blacker
                                                                    

En estos tiempos vertiginosos,  ¿Cómo nos reconciliamos los humanos con los libros?