"El clown habla de aquello que le duele y de lo cual, no se puede deshacer... Al clown, nada le sale según lo esperado, se cae, tartamudea... Es el que se equivoca, el que pierde, al que le va mal en lugar de nosotros. Por eso provoca la risa, para librarnos del dolor." Gardi Hutter.
El clown que me gusta a partir de Ícaro de Daniele Finzi, es ese clown que se sustenta en este ir y venir entre lo inocente, lo tierno, lo ingenioso, lo cómico, pero finalmente, terriblemente desolador. "Mis temas los busco en el drama, nunca en lo cómico", compartió Gardi Hutter en el marco del Segundo Encuentro Internacional de Clown de la Cd. de México, cuando dio su propia versión de la historia del clown, pues desde su punto de vista, cada clown tiene algo distinto que decir al respecto.
Cuando comenté Le Journal, mencioné como un tema no central, "la explotación del hombre por el hombre y las diferencias sociales" sin ahondar más en el asunto, porque no era el objetivo del escrito. Sin embargo, es una idea que no pensaba descartar entonces y que ahora retomo. Algunos días después de haber visto Le Journal, me encontré con una situación que me causó sospechosísmo:
Al entrar al vagón del metro, noté que se desocupó un asiento. Mientras caminaba hacia allá, me di cuenta de que junto al asiento vacío estaba una indigente que hacía muecas de enojo. Valoré rápidamente la situación y decidí que sería gacho no sentarme (un acto absolutamente moral) y además la mujer no parecía violenta. Cuando me senté, agradecí la fuerte ventilación de la línea 2, porque realmente olía muy mal esta señora. El problema sobrevino cuando al frenar el tren, no había calefacción que valiera: todo el tufo llegaba de golpe. Pensé que si me mentalizaba podía soportarlo... ¿Cuánto? Decidí prudentemente que no: no podía soportarlo. Me paré y me senté en la otra hilera de asientos. Desde ahí vi que mi historia le pasó a otras dos personas, hasta una tercera que sí permaneció en el asiento.
Lo que me pareció significativo, es que la indigente refunfuñaba y volteaba a ver insistentemente a cada nuevo despistado que se sentó a su lado. Era como si ella nos censurara por adelantado antes de que nosotros desertáramos. ¿Qué sentiría cada vez que nos levantamos? Había un rechazo implícito de nuestra parte, a pesar de todo.
Eso es lo que se plantea en Le Journal: quizá en un momento crítico, los personajes pueden olvidar sus diferencias, pero una vez que la vida toma su cauce, cada quién vuelve a su estatus. Y eso puede ser cruel: hacerle creer a una persona un afecto que no es real. Por más blanco que sea el clown y que en su esencia no sea malo (véase la entrada Malos y Malditos), lo cierto es que si miras con detenimiento el contexto del clown, resulta que la risa se aleja.
Pienso específicamente en dos personajes del cine que sirven para ejemplificar esto que digo: es comiquísimo ver a Chaplin comerse la suela de un zapato; pero si pienso en la imagen que cuenta mi madre, sobre la abuela repartiendo dos huevos machacados en agua, entre cuatro chamacos, la cosa ya no es tan chistosa. La miseria es más bien terrible. Lo mismo pasa con Gelsomina en La Strada: es tremendo que haya sido vendida a Zampanó y toda la violencia que padece a su lado, a pesar de la risa que provoca con sus ocurrencias.
Aquí nos alcanzan las palabras de Gardi Hutter: la tragedia, la catástrofe ligada a la comedia. "La risa para librarnos del dolor". Una charla que nos devuelve la imagen de ese clown físico y emocional que se niega a desaparecer ante el bien portado teatro de sala.