Mientras miraba cómo le costaba respirar, el cansancio que este esfuerzo le producía y el poco aire que entraba por los hinchados pulmones de Robin, vinieron a mi mente la muerte de los otros. Boris era mitad mi gato, mitad gato universal; mi gato de entrada por salida. Un día apareció en el patio con la pata lastimada y mi madre lo curó y alimentó. Pero no lo quiso adoptar. Así que sólo venía a la casa a comer, a tomar una siesta y se iba.
Aunque públicamente había dicho que no quería involucrarme sentimentalmente con él, fue inevitable. Yo salía y lo abrazaba como a un bebé. Él entrecerraba los ojos y me palpaba con sus garritas; me olfateaba y se dejaba arrullar. Conforme fue creciendo, pasaba menos tiempo en la casa, pero cuando lo pescaba, se dejaba hacer: de nuevo me reconocía y condescendientemente entornaba los ojos y permanecía un momento así, sin moverse, acurrucando su cabeza sobre mi pecho y mordisqueando mi ropa.
Con dieta de croquetas y pájaros silvestres, nos pasaba a dejar "nuestra parte" del botín en la entrada de la puerta que da al patio, hasta que mi madre le dejó claro que encontrar alas desplumadas no era precisamente lo que quería ver por las mañanas. Él dejó de ponerlas ahí y se las dejaba a Robin, el perro de la casa.
Y digo de la casa porque nunca vivió entre nosotros, dentro del "hogar". De hecho, conforme fue envejeciendo y se fue haciendo más sedentario, hasta el día de su muerte, realmente le dedicamos poco tiempo. Cumplimos con alimentarlo y saludarlo, sin dedicarle tiempo de calidad. En eso pensaba mientras lo veía agonizar y en la repelencia que provoca la muerte, en lo lúgubre que resulta un cuerpo agonizante: la vida que se escapa en cada exhalación.
Uno de esos días que estuvo tendido, los puercos de la casa de atrás chillaban mientras sacrificaban a uno de ellos como cada semana. Robin empezó a ladrar y llorar lastimosamente: quizá reconocía la muerte a sus espaldas, acercándose o quizá sólo se compadecía del puerco como otro se compadecería de él.
A Boris no lo vi morir, no había nadie en la casa. Eso me deprimió. Un día antes el veterinario me sugirió que lo bañara para quitarle las pulgas; no comía: tenía un colmillo roto y no le quedaban dientes delanteros. La diarrea y la deshidratación lo consumieron. En la noche vi como las pulgas que sobrevivieron al baño abandonaron la nave: niños y mujeres-pulga, primero. Al otro día, al regresar del trabajo, ya estaba muerto. Seco su cuerpo y su carita dulce inmóvil, con los labios negros entreabiertos. Era el mismo gesto relajado de cuando dormía. Como no había nadie más en la casa, no me quedó de otra que enterrarlo sola. Sentí un escalofrío al tomar su pequeño y ligero cuerpo. No era miedo ni asco, era otra cosa que no sé explicar. Era el vestigio de la muerte, no la muerte.
La muerte se siente antes, pesada y densa sentada a un lado de los cuerpos agonizantes. Estaba ahí junto a Robin: quitándole el aire, oprimiendo sus inflamados pulmones, enfriando sus extremidades mientras él se esforzaba por ladrar. Qué triste oír su voz apagándose con cada intento de ladrido. De nuevo las pulgas se paseaban por su cuerpo con prisa y sin pudor, muy por encima de su pelo. Al matarlas, no guardaban sangre, estaban llenas de grasa. Y ahí estábamos los tres: Robin resistiendo, la muerte con la pierna cruzada en una actitud casual y yo mirando su inclemente indiferencia, como si aquello no fuera su asunto.
Moví su cuerpo para acomodarlo en los tapetes: no pesaba nada; su piel se pegaba a sus huesos; tenía cuatro días sin comer y tampoco aceptaba agua. Sólo un poco antes del final aceptó un par de jeringas de agua. Me fui a cenar y a calentar el agua para estabilizarle la temperatura. Cuando regresé ya estaba muerto: también pasó sus últimos minutos solo.
Al meter su cuerpo en la bolsa que lo iba a contener hasta que consiguiéramos quién lo enterrara, era como si no se tratara de él. Me imagino que es como tirar la ropa de un difunto: algo que le perteneció a alguien sin ser la esencia de esa persona. Robin se fue un poco antes -sin que me pudiera despedir-, dejando ese pellejo con huesos en su lugar. Ya no sentía pena por él porque eso que yo levantaba ya no era Robin. Al otro día vi su tumba como algo ajeno y no he vuelto por ahí.
Aunque actuamos ante la enfermedad de Robin, lo hicimos tarde de nuevo. Veo al perro del vecino grande y fuerte, comiendo restos de comida directamente del suelo; beber agua de la coladera; escurriendo agua en medio de los aguaceros afuera de su casa. En ambos casos, se trata de negligencia. Tener cualquier ser vivo a tu cargo implica responsabilidades y compromiso que no asumimos del todo.
Un aullido lastimero se escuchó por la noche durante dos días después de la muerte de Robin. Sé que no fueron suyos porque Robin forma parte del panteón familiar, pero en algún lugar otro animal manifiesta sus carencias o presiente la muerte de los otros.