22 de octubre de 2013

Ítaca I

Por una postal publicitaria conocí a Constantino Kavafis. Conforme leía, el puñal de palabras  me abrió en canal y se detuvo en mi contraído estómago. ¡Cáscaras!
 
Comencé de nuevo la lectura del poema y el desgarre interno se hizo presente otra vez y cada vez que lo leí ese domingo.  Qué amigo más sabio, qué consejo más oportuno; una cachetada de verdad estampándose en mi cara.
 
En los últimos días me he revuelto en mi antigua piel. Me despellejo, arranco con los dientes los girones descoloridos  que se resisten a dejar este cuerpo que me pertenece. De pronto me encontré recetando a otros lo que yo debía tomar; de pronto me encontré censurando a los otros,  justo lo que yo estaba haciendo; me vi señalando con reprobación a quienes imitaban mi conducta; de pronto me encontré en lo alto de un pedestal dándome golpes de pecho, semidesnuda.
 
El poema de Kavafis me sentó en la banqueta, me cubrió con una cobija y me dio agua de beber. Me hablo con voz suave y en el reflejo de sus ojos me vi tal cual era en ese momento: me quité la acartonada máscara, regresé mis senos al brassiere, solté mi pesado cabello, me descalcé los pies. La tierra.
 
¿En qué momento me armé el personaje?, ¿Cuándo empecé a creerme con tanta ceguera mis palabras?, ¿Con qué retorcido fin me victimicé?, ¿De verdad esperaba tomarme el pelo? La única espectadora de aquel mal número, fui yo misma. Kavafis pasaba por ahí y le conmovió la miseria del espectáculo.
 
El arte cuando es bueno limpia de un sólo golpe o con multi carcajadas. Yo todavía sigo recogiendo los estragos de tan grande mentira. 
 
 
 Mi Ítaca, aun no se divisa.

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