He hablado de lo miedosa que soy para las actividades extremas y la afición de mis amigos por los paseos al natural (no desnudos, sino al aire libre, saltando cual Heidi en las praderas). En esta ocasión, aprovechando el fin de semana largo, hicimos maletas para las aguas infernales y un parque ecoturístico en el estado de Hidalgo: las grutas Xoxafi (donde cayó el trueno, en Otomí hña hñú).
La primera parada fue en Padre Nuestro, un balneario con una alberca olímpica (se supone que tiene esas medidas), toboganes, chapoteaderos y pequeñas albercas con aguas termales oficialmente de 34°; para mi gusto, tenían menos temperatura porque no se sentía que la piel se achicharrara al moverte, ni se percibe ese fuerte olor azufroso. Ahí conseguí mi primer moretón al chocar con un escalón camuflado que no vi, pero del que dio cuentas mi rodilla.
La segunda parada fue en El Alberto. Conecto mi memoria y traigo la imagen del ecocentro hace como 8 años atrás y me sorprende lo mucho que creció. En aquella ocasión éramos un puñadito de casas de campaña alrededor de la única alberca. Cenamos en una habitación en obra negra; más tarde pasamos un frío de perros (a pesar de dormir todos apretados). Visitamos la vieja iglesia del pueblo y desayunamos en casa de uno de los ejidatarios mientras nos contaban entusiasmados sobre el proyecto. Pasamos a la tirolesa e hicimos el recorrido en lancha por el río. Regreso al presente y me parece irreconocible, como un anciano mirando el rostro de una adolescente que conoció cuando estaba en brazos.
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