8 de julio de 2015

La herencia del abuelo sacatón

Cuando a mi abuelo le dijeron que lo tenían que operar de la próstata, dijo que iba al pueblo a ver a sus animales  y una vez que dejara todo en orden, regresaría a la ciudad. Pero no regresó. Mi hermano, que siempre fue muy cercano a él, sustituyó el formal PapaTaquio por el sobrenombre de Abuelito sacatón.

Pues bien, he dicho antes que soy una miedosa consumada. Y específicamente, el miedo al dolor físico es una de las cosas que más pueden paralizarme. El día que me presenté en el hospital para que me quitaran las puntadas, pasé un verdadero momento de terror. Mientras tocaba la ventanilla para entregar mi ficha, el corazón me latía a mil por hora; me sudaban las manos, salivaba y por dentro yo quería que algo pasara para que no me pudieran atender.

La mujer que abrió la ventanilla era, sin mentir, el vivo retrato de Pam Ferris en Matilda. Una mujerona imponente vestida de blanco. Recogió mi ticket y me dijo que esperara. Yo rogaba que no fuera ella quien me quitara las puntadas y cuando casi pensé que la había librado, la enfermera en jefe le dio la instrucción de que procediera sobre mi humanidad.

Cuando la enfermera vio mi herida, consultó con su jefa y, efectivamente: la cicatriz aún estaba fresca y no se debían retirar los puntos. Salvada por la campana. Para la siguiente semana me volví a presentar y esta vez fue la jefa de curaciones quien me retiró los puntos en un dos por tres y sin dolor, apenas un tirón.

Si bien el miedo -en ocasiones- te hace más prudente, también es cierto que puede jugar en contra. Sobre todo cuando no es un miedo real sino sólo una anticipación de algo que puede -como en este caso- no ocurrir. La mente es poderosa. En todo caso, echémosle la culpa al abuelo y a sus genes del miedo.

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