25 de noviembre de 2012

Dios te ama

... pero yo soy su consentida, reza una calcomanía en el auto de una vecina. Suena pretencioso, pero esa es la sensación que me queda cuando los astros se alinean y a pesar de empezar mal la jornada, al final todo me sale bien.

Teatro del Pueblo; Jesusa Rodríguez; Domingo por la tarde. Mi casi acompañante ya estaba adentro y el teatro estaba abarrotado. Marqué por teléfono pero no había solución: les repartieron el boleto en la fila. Aún así lo intentamos. Se asomó al balcón y me lanzó su boleto. De caricatura: el pequeño papel se meció por el aire casi en cámara lenta y al caer, se metió por entre los barrotes de la reja quedando fuera de mi alcance. Ya estaba buscando un plan B para recuperarlo cuando pasó un tramoyista  que me entregó el boleto con cara de incredulidad ante la historia que le conté sobre cómo llegó hasta ahí mi pase mágico.

Me acerqué a la puerta y ahí estaban otras tres personas argumentando que habían ido al baño y por eso se salieron de la fila, pero sí tenían boleto.  -¡Y no hay ninguno cerca, fuimos bien lejos!- agregué apoyando a los otros tres. Como seguimos insistiendo, el guardia nos permitió el paso.

Efectivamente, adentro no cabía ni un alfiler y me senté en un escalón. Después de un rato, una mujer mayor me preguntó cuántos años tenía. Cuando se convenció de que estaba apta para estar ahí, me dijo: "Si quieres siéntate aquí, pero está bien fea la obra".  Se levantó para irse y me dejó su lugar: butaca en la primera sección.

Sala Miguel Covarrubias; Talleres libres de la UNAM; Fin de semana. No encargué el boleto con anticipación porque no estaba segura de poder asistir. De hecho, me salí de una comida para llegar a la función de un amigo. Aunque estaba cerca del CCU, cuando llegué, ya estaba cerrada la taquilla. Me acerqué a la puerta principal para ver si haciéndole a la chillona, me permitían el paso. Me batearon con cara de profesional: sin piedad.

Ya me iba, diciéndome que "así no se hacen las cosas, que hay que hacer sólo una a la vez"... Cuando vi la puerta trasera abierta. Me acerqué dudosa y le dije al guardia que quería pasar al baño. Sonrió y me dijo que le preguntara a la señora de la segunda puerta. Ya estaba casi adentro. La señora me vió de arriba-abajo y de regreso, pero me permitió la entrada cuando dije que se trataba de una verdadera emergencia. 

Ya iba para la sala, cuando me regresó señalándome los baños hacia el lado contrario.  Ya estaba adentro. En el baño, me encontré algunas bailarinas y les pregunté si había acceso desde ahí a la sala. Dijeron que sí, pero con gafete. Que podía pasar con ellas si quería. Entre las chicas con vestuario hawaiano y yo que iba de pana, supongo que no le fue difícil a la vigilante, reconocerme y escoltarme hacia la salida. Otra vez estaba fuera.

Afuera, pero picada. Ahora me decía que si ya había llegado hasta ahí dejando pendiente el postre en mi reunión, pues ahora había que entrar. Merodeé la puerta trasera como pretendiente de pueblo pensando en un plan C. En eso la providencia dejó la puerta abierta. ¿Cómo le hago? Puerta abierta y sin guardia. ¿Cómo entro? Desde afuera podía ver al guardia 2  platicando  con el guardia 1 (el de cara profesional) y luego irse los dos hacia la  puerta principal.  Ahora es cuando...

Pasé la primera puerta y mientras pensaba la excusa para la señora de vigilancia, abrí la segunda puerta y ¡no estaba! Todavía lo pensé un instante antes de aventurarme hacia el lobby. Una vez adentro, encontré la puerta lateral que daba al escenario. Me metí y aprovechando el cambio de grupo, me escurrí para la butaquería y encontré un lugar vacío. La voz en cabina anunciaba al grupo de folcklórico: era mi número. Me acomodé en la butaca y me preparé para ver el número. Grité y aplaudí con mi sonrisa brillando en la oscuridad.



Tec de Monterrey; Sábado por la mañana;Congreso patito. Iba con el tiempo justo... para llegar tarde. Hay que sumarle que me pasé una parada del autobús, por lo que tuve que regresar caminando dos cuadras largas. Llegué a la entrada del estacionamiento y en la caseta me pidieron una identificación oficial que por supuesto no llevaba. Me dijeron que con el boleto no había problema, pero sí lo había porque yo  no traía mi boleto sino la organizadora de eventos de la escuela. Y cuando se me ocurrió llamarle, ¡tampoco traía teléfono! Como la fila de autos esperando entrar era larga, el vigilante optó por dejarme pasar.
 
Una vez adentro, fui a la mesa de registro, dí mi nombre pero no me encontraron. Entonces pedí que me buscaran por escuela y así dieron conmigo. Me entregaron el gafete con el salón y el número de taller. Sin embargo, cuando venía en el camión, revisé el listado de talleres y me di cuenta que al que me inscribieron (porque no alcancé cupo en el que yo quería) era el número antecesor  de otro taller que era más útil para mí.

Así que lo intenté: le dije al muchachito de los gafetes que había un error, que yo me había inscrito al "31" y no al "30". Fue un ir y venir hasta que finalmente el chico me dijo muy contento que me había conseguido el cambio. 

Después de la conferencia inaugural  no alcancé cuernito en el lunch, sólo una feita concha bimbo. Afortunadamente, una amiga me lo consiguió y guardé el pan de mentiritas para más tarde. Y qué bueno, porque al salir de los talleres ya no había comida. De casualidad, fui una de las últimas que alcanzaron dos tacos de longaniza con papas y un vaso de agua de jamaica que por supuesto devoré. Me pidieron de nuevo el boleto, pero me la pasaron con el gafete.

Cuando ya me había resignado a comerme la concha patito para completar mis 2000 calorías de la tarde, me encontró una amiga y me dió un boleto extra que tenía para ir  a la filita donde estaban repartiendo pizza para los que no alcanzamos comida. El mesero me sirvió una rebanada hawaiana bastante desolada, así que le pregunté si me la podía cambiar por una  de aceitunas negras y jaló otra rebanada más generosa junto con un chesco. Panza llena, corazón contento. Me esperé hasta la clausura para irme en la camioneta de la escuela, lo cual me ahorró una hora extra en el tráfico de periférico si me iba en transporte público. Me sentí como Don Gato tomándose la leche del camión repartidor que lo deja en su bote de basura.

 
 
 Y aunque se trate de asuntos aparentemente intrascendentes en mi vida, lo cierto es que esos pequeños golpes de buena suerte (por llamarles de algún modo), me hacen sentir apapachada por el cosmos.
 
 
 
 
 
    



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