
¿Por qué algunos adultos no podemos darle la vuelta a la hoja?, ¿Por qué nuestro orgullo herido tarda tanto en (re)sanarse?, ¿por qué seguimos guardando la caja que dice FRÁGIL con los recuerdos de lo que fue un tórrido romance? La respuesta es obvia, por supuesto y la razón nos pone cara de ¿Cómo te lo explico?
Y por eso rompimos, tal como lo sugiere el título, es una historia de amor que termina en desamor. Pero lo más cómico es que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
Empecé a leerla el sábado por la noche. Gruesos lagrimones escurrieron por mis mejillas; mis ojos hinchados al otro día, certificaban la congoja de mi corazoncito.
Identificación o SPM (Síndrome Pre Menstrual), lo cierto es que reconocí mi estupidez en la estupidez de la adolescente preparatoriana. Afortunadamente, la novela tiene un final feliz y a la luz del sol de las 3 de la tarde, mi cerebro sale a mi rescate y me dice que ya todo está bajo control.
Eso es lo que me agrada de la novela, en 353 páginas esta mujer logra la catarsis luego de explotar una y otra vez a lo largo de su narración. Hay ira salpicada por todos lados. (Aquí vemos a Beatrix Kiddo con su espada ensangrentada). La ira. (¿Notan qué mal vista está la ira en una mujer? Por eso me cae bien Medea, por iracunda).
Y no falta el típico:
- "¿Estás enojada?"
- "Noo, me pongo verde porque combina con mi bolsa....".
No sé a los demás, pero a mí la tristeza me alborota el enojo. Es una postura que te hace sentir menos vulnerable, aunque llegada la factura, el arranque te cuesta el doble.
Yo guardé hasta hace una semana, los boletos de un año de transporte en camión público, con una pequeña nota en clave que resumía ese día en mi vida amorosa: las cosas maravillosas, las tormentas, los oasis, todo. Una línea escrita seguida del dibujo de una boca que según el gesto, ilustraba la sensación general de nuestro día.
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| Daniel Handler |
Identificación o SPM (Síndrome Pre Menstrual), lo cierto es que reconocí mi estupidez en la estupidez de la adolescente preparatoriana. Afortunadamente, la novela tiene un final feliz y a la luz del sol de las 3 de la tarde, mi cerebro sale a mi rescate y me dice que ya todo está bajo control.
Eso es lo que me agrada de la novela, en 353 páginas esta mujer logra la catarsis luego de explotar una y otra vez a lo largo de su narración. Hay ira salpicada por todos lados. (Aquí vemos a Beatrix Kiddo con su espada ensangrentada). La ira. (¿Notan qué mal vista está la ira en una mujer? Por eso me cae bien Medea, por iracunda).
Y no falta el típico:
- "¿Estás enojada?"
- "Noo, me pongo verde porque combina con mi bolsa....".
No sé a los demás, pero a mí la tristeza me alborota el enojo. Es una postura que te hace sentir menos vulnerable, aunque llegada la factura, el arranque te cuesta el doble.
Yo guardé hasta hace una semana, los boletos de un año de transporte en camión público, con una pequeña nota en clave que resumía ese día en mi vida amorosa: las cosas maravillosas, las tormentas, los oasis, todo. Una línea escrita seguida del dibujo de una boca que según el gesto, ilustraba la sensación general de nuestro día.
No faltará quien piense que es una cursilería, pero en una persona incapaz de soltar un te amo a tiempo; para quien no voltea para decir adiós; para quien nunca llama gordito, mi amor, o cosita a su pareja; para quien evita conocer a la suegra; para quien no celebra los mini aniversarios porque no cuenta ni las horas, ni los días ni los meses (sólo los años), es evidencia no presentada ante la parte acusadora de que sí se amó.
Acabo de terminar la novela y una risa en parte histérica y en parte triste, brotó de mis labios. ¡Qué ordinarios somos los humanos! Tanto lugar común le resta credibilidad al dolor provocado por una historia de amor que parecía única.

Resulta que todas las chicas somos diferentes mientras somos vistas bajo el efecto de las flechas de cupido. Después, por algún extraño giro en la historia nos convertimos en el infierno personal del susodicho (aquí suenan Los Daniels) o peor aún, en las extraordinarias mujeres con las que no quieren estar porque, claro, se merecen una mujer algo más.... común.
En un poema leí que las promesas de amor tienen fecha de caducidad; que valen únicamente en el momento en que son hechas. Que es injusto reclamar la desaparición, por acto de magia, del amor si cuando aparece intempestivamente nadie arma alboroto. El argumento me parece válido.

Resulta que todas las chicas somos diferentes mientras somos vistas bajo el efecto de las flechas de cupido. Después, por algún extraño giro en la historia nos convertimos en el infierno personal del susodicho (aquí suenan Los Daniels) o peor aún, en las extraordinarias mujeres con las que no quieren estar porque, claro, se merecen una mujer algo más.... común.
En un poema leí que las promesas de amor tienen fecha de caducidad; que valen únicamente en el momento en que son hechas. Que es injusto reclamar la desaparición, por acto de magia, del amor si cuando aparece intempestivamente nadie arma alboroto. El argumento me parece válido.
En mi caja de cartas guardo una constancia de mi talento como peluquera expedida por un ex al que le cortaba el cabello; y en algún diario tengo una tarjeta con un corazón dibujado y un mensaje secreto inscrito sin tinta dentro del mismo. No me he podido deshacer de esas dos cosas. Aún no. Quizá porque es evidente la dedicación y la inocencia con que fueron hechas. Quizá por que guardan un mensaje genuino. Quizá porque no hieren. O sólo porque ayudan a cuidar el equilibrio del universo.
Lo demás, es el recuento de por qué rompimos.
Lo demás, es el recuento de por qué rompimos.
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| Gatito de cobija |


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