¿Dolió? Sí, aunque menos de lo que esperaba. La sesión en el estudio fue corta según la tatuadora, para mí fue laarga. El tiempo que estuve acostada en aquella plancha, (en realidad era un maletín gigante que al desdoblarlo y atornillarlo, era una camilla) pensaba en el diseño y en cómo se me vería. Respiraba por tiempos (4 para meter aire, 8 para sacarlo) y miraba al enchufe que me regresaba la cara de terror. La otra chica que le componía un tatuaje a un hombre de grandes dimensiones me miraba de reojo y sonreía.
El armado de la camilla y su limpieza, así como la instalación de la maquina, la presentación del material esterilizado y los depósitos de desechos sólidos, es todo un ritual que se hace con habilidad pero minuciosa y metódicamente.
A los nervios acumulados por el tiempo transcurrido hasta ese momento, súmenle el sonido del motor de la máquina para tatuar. Es tan intimidante como el taladro de un dentista. De hecho, podría asegurar que (como en muchos otros casos) la mayor parte del miedo al dolor proviene de los rumores y mitos que rodean un suceso.
Por otra parte, las pausas que hace el tatuador incrementan el terror psicológico porque cuando uno ya se acostumbró al sonido de la máquina y por unos instantes dejas de escucharlo, piensas que ya pasó lo peor. Resulta angustiante escuchar de nuevo el zumbido sin que sientas nada sobre la piel hasta que vuelven a trabajar sobre ti y entiendes que aún no han terminado contigo.
Ahora que lo peor- lo peor, viene en los siguientes días cuando la piel se despelleja y te da una comezón imparable. Afortunadamente en mi caso, la piel se me irritó poco y el enrojecimiento fue leve, no así la comezón. Esa sí me mortificó.
Los primeros días veía en el espejo mi tatuaje y me gustaba muchísimo. Con el paso del tiempo empecé a encontrar detallitos que me decía que podría haber mejorado en el diseño. Pasó por mi cabeza programar otra sesión para corregir esos detalles y entonces caí en la cuenta de que difícilmente quedaría totalmente satisfecha. Soy obsesiva y ya encontraría el negrito en el arroz. Entendí también por qué hay gente que tiene más de un tatuaje: una vez superado el susto, pasan por la cabeza muchas otras cosas que quisieras ver en tu cuerpo; otro punto es poner a prueba tu resistencia al dolor con un tatuaje más grande, otra zona, más tintas, etc. Aunque yo no sé si me haría otro tatuaje. Es mucha tensión previa a la cita.
Definitivamente me gusta mi tatuaje y por ahora lo disfruto como un invitado especial en mi vida.
Por otra parte, las pausas que hace el tatuador incrementan el terror psicológico porque cuando uno ya se acostumbró al sonido de la máquina y por unos instantes dejas de escucharlo, piensas que ya pasó lo peor. Resulta angustiante escuchar de nuevo el zumbido sin que sientas nada sobre la piel hasta que vuelven a trabajar sobre ti y entiendes que aún no han terminado contigo.
Ahora que lo peor- lo peor, viene en los siguientes días cuando la piel se despelleja y te da una comezón imparable. Afortunadamente en mi caso, la piel se me irritó poco y el enrojecimiento fue leve, no así la comezón. Esa sí me mortificó.
Los primeros días veía en el espejo mi tatuaje y me gustaba muchísimo. Con el paso del tiempo empecé a encontrar detallitos que me decía que podría haber mejorado en el diseño. Pasó por mi cabeza programar otra sesión para corregir esos detalles y entonces caí en la cuenta de que difícilmente quedaría totalmente satisfecha. Soy obsesiva y ya encontraría el negrito en el arroz. Entendí también por qué hay gente que tiene más de un tatuaje: una vez superado el susto, pasan por la cabeza muchas otras cosas que quisieras ver en tu cuerpo; otro punto es poner a prueba tu resistencia al dolor con un tatuaje más grande, otra zona, más tintas, etc. Aunque yo no sé si me haría otro tatuaje. Es mucha tensión previa a la cita.
Definitivamente me gusta mi tatuaje y por ahora lo disfruto como un invitado especial en mi vida.
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