Es inevitable estremecerme hasta la médula, cuando encuentro a mi paso un animal muerto: un perro, un gato, una paloma, un pájaro silvestre, una rata, etc. La piel se me enchina y un escalofrío me sacude. Sin contar algún gritito ridículo -hay que reconocerlo- que ocasionalmente se me ha escapado.
Estos animales anónimos (AA) que están en la vía pública ejercen en mi una sensación extraña. No es miedo, lástima, ni asco. Es algo enteramente viceral. Mi cuerpo reacciona en automático. Es completamente distinto a lo que se siente cuando muere un animal de tu familia.
En el patio de mi casa tenemos enterrados: dos perros, tres gatos, un perico y en una maceta, dos peces. Sus muertes han dejado en mí un dolor, una tristeza y casi siempre un sentimiento de culpa por cosas muy específicas que no contaré esta vez.
Pero además del panteón familiar, tengo mi propia mini colección de cuerpos muertos en una sección de mi librero. Quise decir, cuerpos de animales muertos. Todo empezó con un escarabajo rinoceronte (a reserva de que me corrija algún entomólogo) que encontré ya seco en una ventana en Sta. Rosa (Oax.). Me gustó ver ese cuerpo relativamente pequeño, completo y brillante. La muerte lo había dejado intacto. Con los rasgos propios de la cabeza del animal y unas pequeñas líneas, pude decorarlo como una calavera. Le puse laca, me gustó como quedó y lo conservé.

No recuerdo el orden en que llegaron los demás inquilinos, pero tengo un colibrí; una lagartija de CU (¡Ja! Juro que no he querido aludir a nadie); una mariposa pequeña de color aqua y otra de color amarillo; una catarina roja y algo que supongo que es una polilla. Todos ellos, cuerpos secos y casi completos (el tiempo ha empezado a pasarnos la factura).
A estos pequeños cuerpos disecados los acompañan dos flores y algo que en otro momento debió ser una flor o quizá sólo una planta, pero me parece muy peculiar con sus muchas espinas y su tallo decorado con ovalos irregulares. Me gusta.
Volviendo a los AA, decía que mi reacción al toparlos doblando una esquina era netamente viceral. ¿Por qué reacciona mi cuerpo? ¿Es mi instinto el que le gruñe y le ladra a la muerte? Las flores, el ataúd, el incienso, el esmero con el que se acicala a un humano en su encuentro con la muerte crea toda una atmósfera. Y hemos hecho una extensión de esa dignidad para despedir a nuestros animales. Pero los AA nos devuelven la crudeza de la muerte, donde a pesar del oropel, todos los cuerpos se corrompen en la tierra. Nada se escapa a la voracidad de los gusanos (incineración aparte).
He visto perros echados a un lado de otro animal muerto y me provocó una sensación lúgubre. Me escandalizé al verlos lamerse las patas junto a otro perro sin vida. ¿Pero, acaso no es lo que hacemos los humanos cuando muere uno de los nuestros? Animales todos, a fin de cuentas.
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