Si yo no me convencí con mis llamados, supuse que mi ánima menos. Y después del susto que le dieron, decidí que lo mejor era darle tiempo para que regresara por su propia cuenta cuando viera que este cuerpecito lo esperaba. Aunque sentía un poco de hambre, quise esperar un poco más. Quería irme en buenos términos con el mar veracruzano y sobre todo salir con el corazón templado. No podía regresar al hotel con el alma demacrada.
Desde la arena vi a un hombre, quizá cuarentón, que caminaba por la arena. Cuerpo curtido y moldeado por el sol y el mar. Traía una red, un visor y un snorkel. Dejó sus sandalias en la arena y se acercó a donde yo estaba. Retrocedí unos pasitos para, de nuevo, medir el terreno. Había un poco más de gente en el agua. Algunos adultos y niños estaban a mi izquierda; enfrente, en el malecón, un hombre barbado, mayor y enjuto; atrás de mí seguía la pareja que entró al mar poco antes que yo la primera vez .
- Buenos días. Me dijo mi compañero que la había correteado la loquita hace rato. ¿Qué le dijo?
Como no pensaba llorarle a un desconocido (aunque quizá hubiera sido sano) y tampoco iba a dejar mi orgullo votado en Veracruz, (ya bastante tenía con la desaparición de mi ánima) respondí que sólo habíamos hablado, que después yo me salí y ella se fué. Ajá.
-Es que luego viene y molesta a la gente, ya ve que está malita. A veces viene tomada, por eso le preguntaba. También nos pasó con un borrachito. Se puso pesado, llamamos a la patrulla y luego estaba llorando para que no se lo llevaran. Yo y mis compañeros somos de la armada y venimos a darnos nuestras vueltas. Por eso, si usted me dice que la molestó, llamamos a la patrulla y la remiten ahora mismo.
Como insistí en que todo estaba bien, se despidió no sin antes ponerse a disposición, señalando el lugar donde iba a snorkelear, por si algo se me ofrecía. No iba uniformado, ( ¿tendrá la armada, traje de baño establecido como uniforme? ), pero hablaba con coherencia y buenos modos, así que eso me tranquilizó.
Un rato después regresó con una amplia sonrisa para enseñarme un caracol vivo. A un lado estaban un par de niños y eso hizo el ambiente más relajado. El caracol tenía un tono magenta al igual que su brillante concha. Al acercar el animal a mi mano, se prendió de mi dedo, succionándolo. Hasta después de un buen rato de plática entre el veracruzano y yo, el caracol se animó a sacar sus antenas y pude verlo completo.
Me explicó que cuando se siente amenazado, se mete y sella la concha con una puertita (del mismo color y material de su concha) que tiene pegada al cuerpo. Estos caracoles los cocinan porque tiene muy buen sabor. En esa parte de la playa también hay caracoles grises y "disculpe por la palabra, pero aquí les dicen... chile de perro a éstos porque están rosas como la parte del perro; y a los grises se les dice chile de burro porque son oscuros... bueno así le dicen aquí..."
Vi cómo se calzaba las sandalias después de quitarles la arena, sacudió su camiseta blanca y luego caminó con calma por la arena hasta que lo perdí de vista. Me pregunté, ¿qué presencia había sido más irreal: el hombre que me había mostrado algo hermoso del mar de veracruz o la mujer que extravió mi ánima en las mismas aguas?
Era hora de salir del mar. Había quedado en ceros y en paz con la playa veracruzana. El hambre apremiaba, así que tomé mis cosas y me dirigí al hotel. El pescador de caracoles resultó un defeño renegado y nacionalizado veracruzano desde niño, feliz y convencido de que en el mar la vida es más sabrosa.
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